¿Apropiación cultural? Una defensa de la libertad cultural

 

 

Grosso modo la apropiación cultural (en adelante AC) es un concepto de reciente aparición con el que denominar de forma peyorativa todas aquellas prácticas por las que un grupo social mayoritario o dominante adopta elementos culturales –en el sentido más amplio del término- de un grupo social minoritario o marginalizado.

Así, y bajo la comprensión más extendida al respecto, sería AP (y por ende criticable) actividades tan aparentemente inanes como el que una persona blanca llevará el pelo a lo afro o el usar motivos navajos en las prendas de ropa con fines meramente estilísticos.

 

Como sugiero con los ejemplos esta curiosa polémica surge en EEUU y es allí donde hoy en día se desarrolla con más fuerza (así como en Canadá y Australia, integrados también por población indígena, en torno a la cual gira gran parte de esta cuestión). No obstante, ya podemos decir que el debate en torno a la AC ha empezado a infiltrarse en el mainstream español a raíz del fulgurante éxito de la artista Rosalía y su disco “El mal querer”. Y es que la popular mezcla propuesta entre flamenco y trap le ha granjeado todo tipo de admiraciones y reconocimientos, pero también la más absoluta crucifixión por parte de cierto sector del mundo gitano y/o andaluz, al entender que una chica blanca y catalana no debe inmiscuirse en el noble arte del cante jondo.  

 

En este artículo, pretendo desgranar y analizar algunos de los muchos argumentos en pro de esta visión restrictiva de la –llamémosle- libertad cultural.  

 

 

Propiedad intelectual colectiva

 

Desde una sensibilidad de corte liberal la cuestión de la AC aparece como algo descabellado, contrario a todos los valores ilustrados. No obstante, una de las formas más comunes en las que, explícita o implícitamente, se argumenta en contra de la AC es apelando a nociones razonablemente atractivas para esta tradición de pensamiento como sería la de propiedad intelectual. Así se dice que de la misma forma que si X es el producto cultural de Fulano entonces no puede usarse X sin el permiso de Fulano, si Y es el producto de la cultura mengana, entonces no puede usarse Y sin el permiso de esa cultura. De este modo, y bajo esta perspectiva, cuando los miembros de la cultura dominante A usaran los elementos de la cultura minoritaria B estarían incurriendo en algo así como un robo inmaterial.

 

¿Qué decir de ello? Sin duda la analogía anterior podría ser puesta en duda y argumentar que la cultura -las ideas- es libre y que no caben derechos de exclusividad sobre la misma. No obstante, por mor del argumento, tomémosla como cierta y veamos hasta donde nos conduciría.

 

Son dos los sentidos que puede darse a la noción de “propiedad cultural” o de la idea de que “la cultura X es la propietaria del producto Y”. Por un lado cabe entender que, en sentido literal, la cultura X es la titular del bien Y. Por otra lado cabe entender que los miembros de la cultura X son titulares del bien Y.

 

La primera interpretación debe rechazarse dado que nada parece indicar que algo distinto de una o varias personas pueda ser titular de bienes o derechos. Una cultura es una abstracción y las abstracciones no pueden poseer nada. En cambio, la segunda interpretación es mucho más plausible, sin que a priori nada se le oponga.

 

Hecha esta primer aclaración podríamos decir que, de acuerdo con el pensar común, serían dos las formas en que una colectividad puede ser titular de un producto cultural: porque lo hayan creado (de acuerdo con las reglas que permiten que la creación de algo de lugar a la propiedad sobre lo creado –cuestión que no se discutirá aquí), o bien porque la propiedad les haya sido válidamente transmitida por un propietario legítimo anterior.

 

No obstante, si asumimos que la propiedad tiene este doble origen el argumento de la “propiedad intelectual colectiva” hace aguas. Y es que difícilmente un grupo cultural puede ser propietario de algo de acuerdo con la primera vía. En especial cuando el producto en cuestión surge en una generación ya extinta (como casi todas las manifestaciones culturales que hoy son objeto de debate). Es decir, difícilmente los estadounidenses negros de hoy en día podrían arrogarse por la primera vía la propiedad intelectual del Jazz creado –principalmente- por algunos estadounidenses negros de principios del s. XX. Y es que si bien es evidente que la cultura a la que un artista pertenece contribuye al surgimiento de su obra, eso no implica que los miembros de esa cultura puedan arrogarse derecho alguno sobre la misma. De ser así los artistas no podrían considerarse los propietarios únicos de sus creaciones, sino solo co-propietarios con otras muchas personas. Sin embargo, no parece que Duke Ellignton estuviera obligado a, por ejemplo, compartir parte de sus royalties con los demás negros de su generación (aun cuando fuera cierto que si Duke Ellignton se hubiera criado fuera de la cultura negra de principios de siglo jamás se habría convertido en el príncipe del jazz).

 

Vayamos entonces a la segunda vía para obtener la propiedad que parecería mucho más plausible. Por ejemplo, cabría argumentar que de la misma manera en que Dalí testo en favor de España, otro artista podría haber donado su obra a otra colectividad.

 

No obstante, ¿tenemos acaso razones para pensar que los creadores/propietarios-originales de los diversos productos culturales que hoy algunos defienden como “de uso exclusivo” los legaran en propiedad de alguien? No lo parece, entre otros motivos porqué no sabríamos decir quién o quienes fueron sus propietarios legítimos originales. (Por ejemplo, ¿quien fue el creador intelectual de las rastas, un estilo de pelo que hoy mucho consideran solo apto para negros?) Luego sí, la cultura X puede que sea “la cultura de Fulano” pero en el mismo sentido en que la filosofía de Wittgenstein puede ser mi filosofía: no en un sentido fuerte de propiedad –con lo que ello implicaría-, sino en un sentido de mera adopción o comulgación.

 

Pero es más, incluso si hubiera existido esa transmisión y hoy determinadas colectividades fueran los titulares de determinados bienes inmateriales –un estilo de pelo, unos ropajes, una música…-  eso no implicaría que la AC constituyera alguna clase de robo. Para ello sería necesario que los titulares de ese bien hubieran decidido que no permiten su uso a terceros, para lo que a su vez sería necesario descubrir o establecer el método legítimo para tomar esas decisiones. ¿De acuerdo al criterio de los sabios en la materia? ¿De acuerdo a mayorías? ¿Qué clase mayorías, simples o reforzadas?

 

Pero no solo esto, si por algún azar el argumento de la propiedad intelectual funcionara entonces el mismo no serviría -strictu sensu- para oponerse a la AC, sino que conllevaría algo diferente, a saber, el “estanquismo cultural”, según el cual cada persona solo tendría derecho a usar los elementos de su cultura a fin de no incurrir en un “robo”, (con independencia de si uno perteneciera a un grupo dominante o a un grupo minoritario.) ¿No sería eso terrible?

 

 

El argumento del daño

 

Aun dentro de un marco conceptual liberal es habitual oponerse la AC aplicando el principio miliano del daño según el cual uno no es libre de hacer aquello que dañe a los demás. Pues bien, de acuerdo con algunos críticos de la AC la misma sería objetable por causar todo tipo de daños de entre los que destacarían la frivolización de la cultura apropiada y su “misrepresentation. Por ejemplo, sería criticable el que un blanco llevara un peinado afro por motivos puramente estéticos porque –dicho muy brevemente- con ello estaría descontextulizando y vaciando de contenido uno de los símbolos más importantes de la lucha anti-racista. Similarmente se dice que no es adecuado que un escritor blanco use los motivos de los indios canadienses en sus historias ya que, dado su desconocimiento en la materia, no capturaría adecuadamente las ideas y experiencias que se esconden en los mismos, distorsionando de este modo su bagaje intelectual. Unos daños que, dado el estado minoritario o incluso marginado de esos grupos, sería especialmente negativo.

 

Como todo argumento de estas características para que pudiera funcionar deberían probarse dos afirmaciones. (1) Que efectivamente existe una relación de causalidad minimamente robusta entre todas las instancias de AC que se consideren criticables y el daño sugerido, y (2) que ese daño es suficientemente significativo como para considerarlo inmoral (pues no todo lo que causa un daño social es inmoral, al respecto véase por ejemplo lo dicho aquí). Pues bien, no imagino de qué modo podría probarse (1), dado que cualquier daño que pueda producir la AC debe verse de sobras compensado por todo el bien que el libre intercambio cultural genera, tanto a nivel artístico/estético como a nivel ético. En efecto, si como decía Unamuno el racismo se cura viajando, vedar que una cultura dominante “viaje” a una cultura minoritaria sería peligrosísimo. 

 

Sea como fuera, incluso si se pudiera probar (1) –cuestión empírica- y se argumentara convincente en favor de (2) –cuestión moral- la crítica a la AC seguiría sin triunfar. De nuevo, como sucedía con el argumento de la propiedad colectiva el argumento del daño no supondría una objeción a la AC per se. ¿Y es que acaso no puede un negro llevar el pelo afro por frívolos motivos estéticos, desconociendo él también su significado original y vaciándolo entonces de contenido? ¿Y es que acaso no puede ser un escritor blanco un erudito de las culturas indígenas y reflejarlas mucho mejor que el indígena medio (dado que formar parte de una cultura no asegura un conocimiento adecuado de las mismas)?

 

Es decir, si el argumento del daño fuera válido entonces las conductas que proscribiría no serían la AC propiamente dicha, sino todas aquellas que –AC o no- tuvieran ese mismo efecto dañino. Un efecto que, como se ve, puede ser realizado tanto por un insider como por un outsider pues frivolizar, designificar, erosionar o difuminar una cultura puede ser hecho por cualquier persona, con independencia de su adscripción cultural. La conclusión de todo ello es que, como ya sucedía con el argumento de la propiedad, el argumento del daño debe descartarse. Si la libertad cultural de los individuos debe verse cohibida no será por estas razones. 

 

 

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