Los peligros para el liberalismo: Charla con Esteban Hernández

 

 

Hoy charlamos con el periodista y ensayista Esteban Hernández sobre los nuevos retos políticos aprovechando la reciente publicación de su último libro “El tiempo pervertido” .

 

 

  • Es habitual leerte hablando de “los peligros para el liberalismo”. ¿Qué es el liberalismo y por qué está en peligro?

 

El término ‘liberalismo’ esconde significados muy diferentes. Como ha ocurrido con ‘capitalismo’ o ‘catolicismo', los conceptos esconden expresiones distintas a lo largo de los tiempos. El capitalismo de 1890 se parece poco al de 1950 y éste poco al actual, del mismo modo que el catolicismo del siglo XVII se parece poco al del XIX o al del presente y todos se denominan igual. Con el concepto 'liberalismo' ocurre algo muy similar. Y eso sin contar con que acostumbra a haber mucha distancia entre lo que los teóricos de una doctrina dicen sobre ella y lo que después se lleva a la práctica. En todo caso, y sin entrar en demasiado detalle, cuando hablo de liberalismo me refiero al sistema actual, téoricamente sustentado en instituciones políticas y sociales típicas de las democracias liberales y en la libertad de mercado.

 

Sin embargo, esta libertad de mercado es inexistente. No hay competencia, y los monopolios y los oligopolios, sustentados y animados por los fondos de inversión, poseen una posición dominante desde la cual fijan las condiciones de funcionamiento de los mercados, tanto en lo productivo como en lo financiero.

 

Asimismo, en el plano político, lo que vemos no son instituciones fuertes. Las democracias occidentales se han distinguido los últimos años por la fragilidad de los reguladores y regímenes como los de Bolsonaro, Orban o el mismo Trump son el siguiente paso.

 

 

  • ¿Sugieres entonces que el poder efectivo de las instituciones –del poder político- para imponerse a los denominados “poderes fácticos” está muy mermado? ¿A qué se debería?

 

El conflicto entre los poderes informales, las élites de los sistemas, y la fuerza de las instituciones siempre está vivo. No hay más que leer a Maquiavelo para constatar cómo esta tensión se ha desarrollado a lo largo de la  historia. La situación actual se caracteriza por la acentuación y aceleración de este conflicto. Un ejemplo: en abstracto, los Estados disponen de muchas palancas para controlar los excesos del capitalismo financiero, el poder por excelencia de nuestra época; pero lo cierto es que no es así,  y eso llevó a que en el período más duro de la crisis fuese muy habitual oír quejas del estilo “Es que quien debía regular no ha regulado”.  El problema es que esos instrumentos de regulación existen, pero la capacidad del poder financiero para sortearlos es mucho mayor.

 

Sucede además que este “escapismo” del poder económico concurre con cierto pesimismo según el cual regular de forma efectiva es imposible, porque supone “ponerle puertas al campo”.

 

 

  • Luego ¿consideras que estos abusos se deben en parte a una cultura política derrotista?

 

En cierta medida. Y es importante darse cuenta de que algo así es falso. Por ejemplo, pensemos en los gigantes informáticos: Amazon, Google, Facebook. Parecería que frenar el avance de estos medios es imposible… pero sin embargo China lo ha hecho, y dispone de sus propias plataformas de comercio, de búsqueda de información, redes sociales etc. El régimen Chino nos puede gustar más o menos, pero evidencia que los Estados pueden imponerse sobre los agentes económicos más poderosos. Ha  puesto límites a algo que se supone que era imposible por su carácter global. Es un buen ejemplo de que la globalización no es irreversible.

 

 

  • En una línea similar queríamos preguntarte por tu postura concreta respecto a estas empresas. Así, te has mostrado muy crítico con iniciativas como las de Amazon que pretenden sustituir los centros comerciales y pequeños negocios a los que estamos habituados por tiendas sin prácticamente personal. ¿Debemos decir no a estos “progresos” y adoptar algo así como un ludismo del s.XXI? ¿Deben los Estados cerrarse a la llegada de estas empresas?

 

No, no, en absoluto. Esta sería una visión demasiado reduccionista. De nuevo vuelvo al caso de China. Allí Alibaba funciona como aquí Amazon, pero allí el Estado chino está por encima de la empresa, mientras que aquí son las empresas las que están por encima de los Estados.

 

Naturalmente que sería absurdo cerrarnos a la tecnología, pero debemos darnos cuenta de lo que la tecnología está produciendo y tomar una serie de precauciones. Pongo el ejemplo del mundo de las noticias: actualmente las noticias que más se leen son las difunden Facebook y, sobre todo, Google. Sin embargo, el mecanismo a través del cual se seleccionan esas noticias –la información que recibimos en definitiva- no es transparente. No sabemos los criterios que rigen sus algoritmos. No sabemos pues el interés o el fin que persigue el cribado informativo al que diariamente nos vemos sometidos. Podemos pensar que tales empresas efectúan su selección por motivaciones puramente económicas, pero también podríamos pensar que tienen intencionalidad política. Cualquier cosa podría ser cierta, precisamente por el secreto de su funcionamiento.

 

Otro ejemplo de los malos entendidos acerca de la tecnología son los coches autónomos. Si finalmente se desarrollan y permiten que los desplazamientos sean mucho más seguros y cómodos, habría poca oposición. Sería una muy buena noticia que los accidentes se redujeran drásticamente, y sería fantástico que lo hicieran por completo. Pero eso es una posibilidad que está todavía en el aire. Se nos asegura que ocurrirá, pero de momento nada de eso está demostrado. Con las promesas tecnológicas hay que ser prudente porque las formulan los mismos que ganan dinero con ellas. Y por último, hay que hacer economía política de la tecnología, algo esencial que no estamos valorando, cómo es el hecho de quiénes serán los propietarios de estas innovaciones y qué nueva estructura social se derivará de ellos, en el caso de que acontezcan.

 

 

  • ¿Propones entonces, no la oposición a estos actores, sino su control; que existan auditorias estatales que introduzcan un fuerte elemento de transparencia en su funcionamiento?

 

Pensemos que a lo largo de la historia los Estados se han preocupado de tener controlados los sectores más importantes para su funcionamiento y subsistencia precisamente para evitar que los intereses de esas empresas estratégicas no fueran contrarias a las de los ciudadanos. Tradicionalmente, sectores que requerían gran inversión o que poseían gran importancia, como el eléctrico o de las telecomunicaciones han sido de titularidad pública por razones estratégicas nacionales, pero también para evitar abusos. Y quizá en algunos casos habría que plantearse eso hoy. Pero eso tampoco  solucionaría el problema: como bien sabemos, también los Estados pueden ser corruptibles. Lo esencial es que estas grandes empresas, sea cual sea su titularidad, estén sometidas a controles para evitar un uso perverso o ilegítimo. En la tecnología hoy, por ejemplo, esto sería crucial. Pero lo que vemos es precisamente lo contrario, que no están sometidos a casi ningún control. 

 

 

  • ¿Son estas medidas las que formarían parte del nuevo “contrato social” al que habitualmente te refieres como necesario para reflotar nuestras democracias?

 

Si el sistema actual quiere persistir debe colocar contrapesos a un sistema que se ha pasado de frenada. Uno de ellos, y esencial, es la desigualdad. Hemos visto cómo en los últimos 40 años se ha disparado: la parte más alta de la pirámide social ha acumulado una cantidad ingente de poder y recursos. Es necesario “tirar de allí hacia abajo”. Conlleva una redistribución de los recursos de manera que no tengamos situaciones en que la gente tiene trabajo pero no llega a fin de mes, en las que la clase media se convierte en pobre, en que la inestabilidad de los jóvenes sea inmensa, en que una parte no pequeña de la clase trabajadora viva por debajo del nivel de subsistencia... Sin un mínimo de bienestar material no hay democracia, sino que nos dirigimos hacia los regímenes que vemos irrumpir en todo el mundo.  Por eso se habla mucho del nuevo contrato social en medios liberales, como The Economist o Financial Times, e incluso algunos políticos socialdemócratas o incluso algunos macronistas insisten en él. Otra cosa es que lo lleven a efecto.

 

 

  • ¿Sugieres entonces que el surgimiento de los “nacional populismo” es resultado de esta perversión liberal? ¿Qué relación tiene todo ello con la globalización y sus perdedores –tan mencionados por ti?

 

Sin duda, los populismos de derecha están directamente relacionados con esta perversión de las democracias liberales, que se han convertido en sistemas que perjudican a la mayor parte de sus poblaciones. Es en este suelo que pueden crecer, como es normal. Y ese crecimiento ha tenido diferentes expresiones. Dejando de lado el este de Europa, que tiene una derecha diferente, porque es nacionalista a ultranza, religiosa, partidaria de líderes muy fuertes pero que se beneficia de la UE, y por esto tiene una postura ambivalente hacia ella, hay dos populismos de derecha en Europa: los del norte, con un mensaje nacionalista, religioso, anti inmigración y neoliberal en lo económico, sin opciones de gobernar de momento, pero que arrastra al resto de partidos hacia sus posiciones  –y eso sería Vox-, y las derechas populistas del sur que, además de los elementos anteriores, cuentan con un mensaje social muy claro –donde estaría Salvini, 5 estrellas, y Le Pen-, lo que les da un gran recorrido electoral. Este potencial reside en su mensaje según el cual “un país como el nuestro solo podrá salir adelante y progresar si dejamos atrás los socios actuales y vamos por nuestra cuenta, cerrándonos y centrándonos en nosotros mismos y nuestros nacionales” que conecta con el sentir de mucha gente, de muchos de estos perdedores de la globalización que no son escuchados por el sistema actual.

 

 

  • ¿Es este mensaje el que –dices- no ha sabido leer y transmitir la izquierda? Es decir, parecería que lo más natural es que las clases más desfavorecidas tendieran hacia la izquierda pero estamos viendo que cada vez sucede más lo contrario.

 

La izquierda ha fracaso a la hora de identificar al que debía ser su electorado, que está siendo seducida por los dextropopulismos. La izquierda se ha centrado en el obrero, en el rider de Deliveroo, en la teleoperadora… y está bien, pero eso es solo una parte de la sociedad. Hay mucha más gente que se está perdiendo: el profesional pauperizado, el joven precarizado, el pequeño empresario ahogado para llegar a fin de mes, el autónomo, el transportista, los obreros industriales que quedan, una parte no menor del funcionariado, etc. Es decir, es una masa de gente muy grande que podría estar inclinada al voto de izquierdas pero que sin embargo se siente, salvo los funcionarios, completamente desatendida por la izquierda.

 

La izquierda no está tan preocupada por las cuestiones materiales y la distribución de la riqueza, más allá de las invocaciones a la conservación del estado de bienestar, como por la batalla en el plano cultural (siendo el ejemplo más claro la cuestión LGTBI, el feminismo o la inmigración). Eso supone que buena parte de la población siente que no es tenida en cuenta, y se aleja de ellos. Y con cierta razón, porque ese movimiento estratégico de las izquierdas es revelador de su impotencia. Esto se vio muy bien con Zapatero: como no vas a poner ninguna medida que limite las dinámicas financieras globales, necesitas diferenciarte de la derecha con el apoyo a las minorías, a la mujer etc. Y son derechos que deben ser defendidos, pero lo que estamos viendo es que lo material es el precio que se paga; cuando más impotente se es en ese terreno, más se apuesta por lo cultural. No es un mal sólo de la izquierda; a la derecha le ocurre igual. Por más que diga que defiende al autónomo o al pequeño empresario, o que quiere bajar impuestos, no es cierto. Cuando gobierna los sube, como ocurrió con Rajoy, y perjudica a los suyos. Lo que ocurre es que sus símbolos culturales son más potentes.

 

 

  •  Y a modo de conclusión, ¿cuáles crees que serían entonces las líneas maestras a la hora de combatir el surgimiento de estas nuevas derechas?

 

En el campo de las soluciones la cuestión se complica. Pero no porque no existan, sino porque lo esencial es poseer las fuerzas precisas para aplicarlas. La austeridad tiene fácil remedio si el BCE quiere. El problema es que no quiere, y los ciudadanos no tenemos los mecanismos para cambiar esa decisión. Sin embargo, habría tres ideas que sí destacaría para actuar políticamente. En primer lugar es necesario mejorar la situación material de las personas, porque la desesperación o situación difícil de mucha gente es lo que aboca al dextropopulismo. Y tomar medidas económicas en ese sentido es perfectamente posible. En segundo lugar debe reforzarse un buen funcionamiento de las instituciones, de tal modo que dejen de generar descrédito. Pero no se trata sólo de la democracia o de las instituciones políticas. Los ciudadanos tenemos la sensación de que las cosas funcionan mal, y es cierto en buena medida. Cuando un pleito te sale caro y se alarga mucho tiempo, cuando la frecuencia de paso de los transportes es demasiado larga, cuando la vivienda te cuesta mucho, cuando una operadora telefónica abusa de ti y tienes pocas armas para defenderte (o son costosas) o cuando la corrupción es claramente perceptible, es normal que crezca mucho la desconfianza en el sistema. Y en tercer lugar, aunque creo que es muy difícil que ocurra, convendría que las diversas fuerzas políticas conocieran mejor a la sociedad y sus necesidades, en vez de embarcarse constantemente en insultos o envolverse en banderas. Estas actitudes crean un clima de enfrentamiento muy fecundo para el populismo de derechas y dejan intactos los problemas de fondo. Pero insisto, para arreglar estas cosas hay que tener voluntad, y no la percibo.  

 

 

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