En defensa de Vox

14/12/2018

Aarón Blanco Tejedor @blancotejedor


De todo el mundo puede aprenderse algo, se dice habitualmente. Ni que sea lo que no debe hacerse. De Vox y su ascenso podemos aprender varias cosas. Ahora bien, para sacar alguna conclusión constructiva debe antes realizarse una elección. Si en Andalucía Vox ha cosechado cerca de 400.000 votos es de suponer que en toda España la cifra podría duplicarse o triplicarse. Luego, incluso con unos cálculos conservadores, todo apunta a la existencia de una bolsa muy importante de personas atraídas por el mensaje de Abascal. La elección es la siguiente: el camino fácil es suponer que son todos unos… y la palabra gruesa que uno prefiera. Es decir, que son todos muy estúpidos y muy malos, y que aquellos opuestos a “la España viva” son muy listos y muy buenos. La otra opción, más incómoda, es suponer que los “ismos”, la lógica del “blanco o negro”, no explica adecuadamente el sentir y futuro comportamiento de –presumiblemente- más de un millón de conciudadanos; suponer, en definitiva, que en Vox puede haber ni que sea una pizca de razón disuelta homeopaticamente entre todos los "¡Vivas!" que salpimientan sus mitines. 

 

La primera lección que podríamos sacar tiene que ver con los propios términos. Tal y como evidenciaba Abascal en Vistalegre el uso excesivo de determinadas palabras ha acabado por desgastarlas completamente. Cuando todo es fascismo, machismo y racismo recibir esos calificativos deja de tener efecto. “Que amáis a vuestra patria… Fachas! Que queréis a España… Facha!” decía entre aplausos. “Que queréis defender las fronteras de España, las paredes de vuestro hogar… Xenofobos!... Y fachas!”. ¿Significa esto que tales calificativos no capturan el pensamiento de Vox? Vayamos por partes. Debería reconocerse que el término ‘fascista’ difícilmente puede acoger con precisión los fenómenos de hoy en día. Sin duda existen puntos de conexión significativos entre ambas ideologías tales como el patrioterismo, la exaltación y mitificación de la historia, o el culto a lo castrense. Expresiones como “la derrota sin paliativos del golpismo” o “Reconquista” tienen un tufillo extraño. Ahora bien, eso no hace que los millones de personas adheridas a esta “nueva derecha” –en España pero también en todo occidente- pretendan acabar, literalmente hablando, con la democracia liberal –con las armas si hace falta- e instaurar un régimen corporativista de economía planificada a las órdenes de un gran líder. Tildarlos de fascistas es, cuanto menos, impreciso y perezoso. 

 

No obstante, de las frases antes reproducidas es de destacar algo mucho más importante. Y es que, como se venía reivindicando desde hace ya bastante tiempo, en España una serie de símbolos y afiliaciones sentimentales han sido completamente demonizadas des del progresismo. Acierta Abascal cuando, como parte de su delirio nacionalista, se queja de la estigmatización que -entre algunos sectores- ha sufrido la identidad española. Un mundo sin banderas –por decirlo apresuradamente- sería mejor; pero ello no es excusa para que sacar la Ikurriña simbolice la riqueza cultural de los pueblos de España y el talante pluralista de su tenedor, pero sacar la Rojigualda le convierta a uno en un nostálgico del franquismo. Insisto, el empache de Ñ que Vox ha convertido en marca es lamentable pues lleva a sustituir la razón por la emoción. Pero su denuncia del gatillo fácil de tantos para criminalizar los “sentimientos patrióticos” –a falta de un mejor término- de muchas personas es acertada (aun cuando su consiguiente divinización de la Hispanidad sea ridícula y peligrosa). Vox nos enseña que la inflación también afecta a las palabras, y que no todo puede ser fascismo. Y en especial que este apelativo con el que los españoles nos insultamos desde hace tantos años no debe usarse indiscriminadamente contra cualquier persona que se identifique y emocione con según que “españolidades” pues no lo haríamos ante su análogo periférico. Entre otros muchos factores –muchos de los cuales se me escaparan- Vox es resultado de esta inercia estúpida que hace del bable un tesoro cultural inconmensurable pero convierte a las sevillanas en el ruido de los catetos.

 

En íntima conexión se sitúa la defensa voxiana de la tradición y el mundo rural. Y es que aun cuando no cabe duda que la antigüedad de una costumbre no la protege de la crítica –piense en tauromaquia o el matrimonio concebido solo como hombre y mujer – tampoco puede suceder lo contrario, e identificar cualquier tipo de expresión cultural de corte conservador o religioso con la ignorancia y el oscurantismo. Ni lo antiguo es bueno por antiguo, ni lo moderno es bueno por moderno.

 

Asimismo el que “la derecha sin complejos” pueda atraer a una parte nada desdeñable del país responde –de nuevo, entre muchos factores- al acomplejamiento al que la derecha en general ha sido sometida. Si el mero hecho de denominarse abiertamente de derechas –y no de “centro derecha” o de “derecha moderada”- supone un activo electoral es porque con ello un partido se sacude el estigma asociada a la misma, validando así el sentir avergonzado de tantas personas. “Por fin alguien me dice que mis inclinaciones políticas no me convierten en un monstruo”. Ojo, eso no significa que la derecha o la derecha sin complejos sostengan posiciones razonables. Significa que la crítica debe ser en el plano filosófico sin sugerir, como es habitual, que quien sostiene posiciones conservadoras tiene alguna tara moral o intelectual. Se trata,  de reconocer que, como acertadamente señaló Rajoy, la izquierda no puede arrogarse “el monopolio de los buenos sentimientos”

 

Es evidente que Vox no está especialmente interesado en ampliar los límites de lo decible, en reforzar el pluralismo político o en proteger la neutralidad ideológica del Estado. Su talante liberal empieza y acaba con su alocada propuesta tributaria. Tan es así que a la vez que se propone un “8. Plan integral para el conocimiento, difusión y protección de la identidad nacional y de la aportación de España a la civilización y a la historia universal, con especial atención a las gestas y hazañas de nuestros héroes nacionales” se afirma que conviene la “9. Derogación inmediata de la Ley de Memoria Histórica. Ningún parlamento está legitimado para definir nuestro pasado, y menos excluyendo a los españoles que difieren de sus definiciones. No puede utilizarse el pasado para dividirnos, al contrario, hay que homenajear conjuntamente a todos los que, desde perspectivas históricas diferentes, lucharon por España.” Ahora bien, como ya decía, este histrionismo no es  (del todo) gratuito sino que responde al uso partidista y revanchista de la historia en España. Y es que ¿cuánto hay de maniobra política en la andanza del PSOE con la exhumación de Franco? ¿Qué  pretende la izquierda cuando propone votaciones de condena a la dictadura? 

 

Para Vox el "feminazismo" reina en las instituciones, de la legislación en materia de igualdad no cabe rescatar ni las tapas y las denuncias falsas son el único crimen "en materia de género" que merece atención. No obstante, eso no es excusa para reconocer que en los últimos años los objetivos nobles del feminismo hayan dado lugar a excesos importantes. ¿Cuántos se “avoxaron” al recibir en su WhatsApp uno de esos formularios de consentimiento sexual ahora que “solo sí iba a ser si”, o cuándo se sugirió que quizás debía invertirse la carga de la prueba en según qué delitos? Y es que aun cuando la reivindicación de la familia tradicional sugiera una involución en materia de género (al acercarnos a esa España en blanco y negro en que ellos trabajan y ellas crían) y un despropósito sin parangón en lo que a paternidad/maternidad se refiere, eso no quita que, por ejemplo, las desigualdades de sexo hoy existentes a nivel penal hagan comprensible aquella queja según la cual “se criminaliza al hombre por el hecho de serlo”. En efecto, ¿es razonable que nuestro Derecho asuma, sin que quepa prueba en contra, que la agresión del marido a la mujer viene movida por ideas sexistas y que por ende debe ser más duramente penada que otra agresión idéntica? O por hablar de otro ámbito legal ¿es razonable que, sin que quepa excepción ninguna, la existencia de un proceso por violencia de género abierto contra un padre impida que se le otorgue la custodia compartida de sus hijos? ¿No serían estas generalidades algo excesivas y por ello dignas de revisión?

 

Que os parece que la inmigración debe controlarse de alguna manera… racistas…y fachas”. Seguramente el electorado de Vox no esté formado por las personas más abiertas al multiculturalismo. Solo Abascal sugiere sin tapujos que el inmigrante medio es medio criminal. Pero la preocupación de tantas personas por la inmigración no puede reducirse a un insulto. En su último programa Évole se preguntaba por qué si España es un país poco xenófobo -tal y como sostenía Herrera- el cierre absoluto de fronteras sacaba 400.000 votos. La respuesta es sencilla: guste o no es evidente que el aumento de la inmigración de países pobres hacia la Europa rica genera diversos problemas. Entre ellos, y por citar el más destacado, mayor congestión de los servicios sociales. Así, votar a un partido que promete "un muro infranqueable" puede ser una opción atractiva para el racista de toda la vida, pero también para las personas corrientes que esperan su turno en las colas de sus ayuntamientos en competición con personas de múltiples procedencias. Luego, responder al importante reto que  la inmigración supone con los eslóganes idealistas -“ninguna persona es ilegal”- solo hará que los más necesitados se revoten y caigan en las garras del “aquí no cabemos todos”. En nada ayuda el descalificar a quien, por ejemplo, teme el surgimiento de un gueto en su ciudad o la dura competencia laboral que puede suponer el que está desesperado. La forma de combatir estos mensajes es mostrando que se comprende la preocupación pero que cabe reorganizar los recursos existentes de una forma tal que se de cumplimiento a nuestros compromisos humanitarios (y legales) para los más necesitados sin por ello desproteger al nacional.

 

En resumen. Son muchos los factores que explican el surgimiento y éxito de Vox. No obstante, creo que los aquí destacados no acostumbran a tenerse suficiente en cuenta, eclipsados normalmente por cuestiones más vistosas como el independentismo catalán. Sea como fuera, creo que la mejor manera para frenar el extremismo no es polarizarse en un sentido opuesto sino adoptar posturas más auto críticas y por ello moderadas. 

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