Àngela Graupera: la identidad suprimida

¿Es posible que de una mujer del siglo XX, primera corresponsal de guerra catalana, autora de más de cincuenta libros y cientos de artículos periodísticos; que compartía tribuna en mítines con Ángel Pestaña, que era recibida y consultada por Francesc Macià y por Lluís Companys, lo hayamos ignorado todo hasta hoy: su segundo apellido, la identidad de sus padres; si era soltera o casada; la fecha de nacimiento o defunción;  o si tuvo descendencia?

 

Pues eso es lo que ha sucedido con ella. Sabíamos que escribió novelas que mezclaban un sentimentalismo propio de una sociedad pacata y católica con una crítica abierta a los privilegios masculinos propios del patriarcado y a la sujeción de las mujeres a unas estructuras familiares que no las dejaban crecer como personas. Eran novelas cortas, de grandes tiradas, publicadas en la editorial de Federica Montseny que pretendían influir en las relaciones entre hombres y mujeres de clase obrera.

 

Se conocía su actividad como enfermera voluntaria, adherida a la sección francesa de Cruz Roja, al menos en Melilla durante las batallas de Gurugú, Barranco del Lobo y Annual y en Serbia y Grecia durante toda la Primera Guerra Mundial, actividad humanitaria que combinó con la profesión de corresponsal de guerra y de autora de ensayos sobre el helenismo y la persecución de los griegos a manos de los turcos en los años inmediatamente posteriores a la Gran Guerra.

 

Siguiendo la prensa del período 1918 al 1935, se podía comprobar su incesante actividad como conferenciante y propagandista: en pro de la paz y contra el fascismo; en defensa de los derechos de las mujeres; a favor de la calidad del agua de suministro para las clases populares; en pro del sufragio femenino; actos electorales; a favor de las cooperativas; de los derechos de los trabajadores y hasta de las tradiciones asociadas a los pájaros y las plantas.

 

Sabemos de su exilio a Bélgica, huyendo de la dictadura de Primo de Rivera. Podíamos deducir de sus actividades públicas una cierta simpatía con los medios libertarios y un progresivo distanciamiento de los mismos a partir del asesinato del líder moderado de la CNT Salvador Seguí «el Noi del Sucre»; distanciamiento que la llevaría a integrarse en la USC, pero que no le impidió seguir escribiendo y colaborando con Federica Montseny ni compartir tribuna con Ángel Pestaña, él mismo expulsado de la CNT por una nueva dirección partidaria de una insurrección armada.

 

Finalmente, aparece en los medios el reflejo de su activismo en todo tipo de organizaciones políticas y sociales: la Unió Socialista de Cataluña, la Academia de Sociología, Comité Femenino de Reformas Sociales, el Front Únic Esquerranista.

 

Siempre con su nombre y su primer apellido. Nunca en compañía de su familia. Hasta que en la primavera de 1936 aparece por última vez su nombre y nos quedamos con un vacío doloroso y punzante. ¿Quien era, en realidad, Ángela Graupera? ¿Dónde y cuándo nació? ¿Cuál era su domicilio? ¿Quiénes eran y a qué se dedicaban sus padres? ¿Tuvo hermanos o hermanas? ¿Sobrinos o sobrinas? ¿Marido? ¿Hijos? ¿En qué circunstancias murió y porqué callan los periódicos sobre su muerte, cuando tanto nos habían hablado de su actividad pública? ¿Y su familia no rompió ese silencio llamando a la sociedad barcelonesa a compartir su dolor por la desaparición de Ángela?

 

Éste ha sido el estado de la cuestión durante  82 años, hasta que una editorial de nueva creación, Chapiteau 2.3, me encargó intentar remediar la penosa penuria de información sobre la escritora a raíz de la inminente publicación de una de las obras de Ángela: «El gran crimen. Lo que yo he visto en la guerra».

 

La insistencia de Ángela Graupera en prescindir del segundo apellido me sugirió una mala relación con su madre, y pensé en buscar noticias de prensa emanadas de actas «oficiales» donde, forzosamente, aparecería el segundo apellido. Efectivamente, en el ejemplar del diario «La Publicidad» del domingo 2 de octubre de 1932, se recogía el acta de constitución de la Academia de Sociología, cuya presidenta era Ángela Graupera Gil; la sede, el número 6 de la calle Canvis Vells de Barcelona, y la bibliotecaria, Regina Opisso.

 

Esta pista condujo a la esquela de la defunción de la madre, Carmen Gil Llauradó, muerta a los 83 años el día 9 de febrero de 1933. La necrológica cita el domicilio de la difunta, que no es otro que la calle Canvis Vells, número 6. En ella, los datos del padre, Josep Graupera Majó, de las hermanas, Teresa, la mayor,  y Carmen, viuda de Balaguer, Mercè y Francisca, de menor edad que ella. Los cuñados de Ángela (Gabriel Julià, Luís Reig Bernet y Nicolás Marxuach). Aun más importante: el nombre del marido de Ángela, Manuel Buxedas, y el negocio que dirigía, la pasteleria «El Gurugú» en Melilla.

 

Y a continuación la esquela del padre, fallecido el 11 de marzo de 1918, hecho que explica el precipitado retorno de Ángela desde el frente antes del fin de la guerra; las de las hermanas: Teresa (1871-1955), Carmen (1878-1960) y Francesca (muerta en 1972) y las de los cuñados (Gabriel Julià Roure, 1869-1950; Josep Balaguer Oms, muerto en 1932; Luís Reig Bernet, 1881-1968; Joan Balaguer Fins, primer esposo de Francesca, muerto en 1911, y Nicolau Marxuach Doler, 1890-1978). Las fechas de nacimiento de sus hermanas nos indican el intervalo en que se produjo el nacimiento de Ángela (entre 1872 y 1877).

 

Una búsqueda genealógica permite comprobar que Ángela no tuvo hijos, ni Carmen tampoco; pero sus hermanas sí: Teresa (7), Francesca (1) y Mercè (3).

 

 

Quedaban dos incógnitas: el fallecimiento de Ángela y el de su marido. Una hipótesis plausible era que ella muriese en los combates de Barcelona de los días 19 al 21 de julio de 1936. Añadían probabilidades a ello su vocación de enfermera en escenarios de combates, y el hecho de que el 70% de las víctimas del golpe fascista y de su represión no pudieron ser identificadas y fueron enterradas en la fosa común; pero dos elementos jugaban en contra: ¿cómo es que ningún familiar (once sobrinos, cuatro hermanas, marido, tres cuñados) intentó localizarla? ¿Cómo se explica que ninguno de ellos pidiera ayuda para encontrarla o un recuerdo para ella?

 

 

Y la esquela de su marido elimina las dudas: Manuel Buxedas Aupí falleció en Barcelona el día 1 de septiembre de 1936, a los 69 años de edad. La extraña esquela constata que «por disposición del difunto no se informó de la hora del entierro». Enterado de la muerte de Ángela a finales de julio, tardó semanas en conseguir llegar a Barcelona para hacerse cargo de la herencia de su esposa (a su edad y siendo empresario, los militares golpistas no le debieron poner excesivas trabas para salir de Melilla, y a través de Tánger o de las posesiones francesas, llegar a la Ciudad Condal).

 

¿Cómo dar sentido a todo esto? Ángela se comportaba de una manera tan escandalosa para su familia que la ignoraron hasta más allá de la muerte. Su matrimonio era una mera fachada para fingir respetabilidad. Ella jamás usó el apellido de su marido y no hay constancia de ningún acto o circunstancia (ni tan siquiera la boda) en que aparezcan juntos. Àngela viajó en repetidas ocasiones sin él al otro extremo de Europa. El marido recibió un negocio (la pastelería «El Gurugú») de los padres de Àngela, ellos mismos propietarios de una pastelería, a cambio de residir a mil kilómetros del domicilio de su «esposa». Nada de hijos.

 

 

 

 

 

 

Pasteleria «El Gurugú» en Melilla, propiedad de Manuel Buxedas Aupí

 

Federica Montseny la critica por sus concepciones sobre la relación entre hombres y mujeres, el matrimonio y la maternidad (y es conocida su frase de que los hombres anarquistas eran muy hombres y las mujeres anarquistas muy mujeres). Y critica, en el mismo paquete, a Regina Opisso, también autora de novelas en la editorial «La Revista Blanca» de la líder anarquista, bibliotecaria de los libros de Graupera en la calle de Canvis Vells, número 6 de Barcelona, y compañera en muchas de las aventuras asociativas y periodísticas de Ángela Graupera. Regina Opisso Sala, un par de años más joven que Ángela, en mi opinión se llevó a la tumba el secreto mejor guardado de Graupera al fallecer en 1965. Las represiones propias de la mentalidad patriarcal y ultracatólica de nuestro país consiguieron suprimir la verdadera identidad de Ángela Graupera durante 82 años. Hasta ahora.

 

 

 

 

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