Mitos y verdades sobre la Transición española

08/12/2018

Tania Fernandez @tania_fernandez


Las leyes son fruto de su tiempo y la Constitución de 1978 no es una excepción. Al contrario, es fruto de un periodo clave de la historia de la España reciente sin el cual es imposible entenderla hoy en día: la transición a la democracia, por la que se substituyó el régimen dictatorial encabezado por Franco por una democracia liberal. Durante muchos años existió un amplio consenso en analizar y recordar la transición como un éxito sin paliativos, un periodo admirable de la historia de España que hasta puede considerarse ejemplar y modélica para otros países. Sin embargo, en los últimos años se han alzado voces mucho más críticas con la transición, resaltando aspectos controvertidos y criticables, negando así dicha ejemplaridad. Existe además una tercera visión que concibe la Transición como fruto de las circunstancias del momento, alejándose de una visión maniquea, que se podría resumir en que “se hizo lo que se pudo”. ¿Qué visión es la más acertada? En este artículo intentaremos responder a esta pregunta. Aclarar pues que no entraremos a valorar el marco constitucional que surgió, si no el proceso en sí que lo engendró.

 

Lo primero que debemos considerar es cómo nos aproximamos a esta cuestión. Sería fácil reproducir los argumentos que sostienen las visiones mencionadas y sencillamente exponer cuales nos convencen más. Sin embargo, hay un problema. Nuestra posición probablemente dependería de nuestra ideología, simpatía o antipatía hacia la dictadura, hacia los protagonistas de la transición, hacia la Constitución y en gran medida a nuestra postura en cuestiones políticas actuales (vamos, que podríamos caer en formarnos una opinión a través de atajos cognitivos). Por ejemplo, si soy un ferviente monárquico, es probable que tenga una visión positiva de la transición, o por lo menos que no sea crítico con ella. Si en cambio soy un anarquista bakuniano, difícilmente podré sostener otra cosa que una crítica a ultranza a la misma. No obstante, ¿es esta la forma correcta de formar nuestra opinión?

 

El filósofo estadounidense John Rawls propuso el famoso ejercicio del velo de la ignorancia para intentar construir una teoría de la justicia y de ahí derivar un modelo de sociedad deseable, asumiendo que no sabemos las circunstancias de nuestro nacimiento y vida en ella. Podemos intentar hacer un ejercicio similar para determinar cómo debería ser una transición justa y deseable. Procuremos desprendernos por un momento de nuestros posicionamientos ideológicos sobre cómo debería ser el régimen político que se derive de esta hipotética transición. Es más, para que ello sea más fácil, imaginemos que esta transición se da en un país, año y contexto interno y externo que desconocemos.

 

Así pues, ¿cómo debería ser nuestra transición ideal? A continuación, exponemos una serie de criterios de mínimos (por supuesto, discutibles y ampliables) sobre los que deberíamos ponernos de acuerdo.

 

1) Nuestra transición debería servir para transformar dicho país en una democracia. Por supuesto, podríamos dedicar otro artículo entero a diseñar nuestra democracia ideal y contrastarla con el resultado observado. Pero para simplificar, digamos que en esencia este nuevo régimen democrático debería ser razonablemente equiparable a las otras democracias que ya existen en el mundo.

 

2) Nuestra transición debería ser pacífica. No es deseable que se utilice la violencia para conseguir encaminarla en uno u otro sentido, ni tampoco recurrir a su amenaza, a coacciones, etc.

 

3) Justicia y reparación. No debemos olvidar que si partimos de una situación no democrática, es posible que el régimen anterior haya cometido abusos de distinta índole. Parecería razonable que se garantizara algún tipo de justicia y reparación para las víctimas de dichos abusos en caso que hayan ocurrido.

 

4) Pluralidad. Deberíamos incluir todas las voces y posicionamientos (mínimamente) presentes en la sociedad en la construcción del nuevo régimen democrático. De nuevo, si el régimen político resultante está más o menos decantado hacia unos actores u otros correspondería a otro análisis. De lo que se trata aquí es de incluir esta pluralidad en el proceso de cambio. Además, sería deseable que existiera un equilibrio razonable en el peso de los distintos actores (que muy probablemente tendría que ver, con matices, con el peso real en la sociedad).

 

5) Sufragio popular. El cambio que estamos propiciando debería contar con una apoyo manifiesto de la ciudadanía, por lo menos de una parte significativamente mayoritaria de ella, por supuesto con sufragio universal.

 

Teniendo ya nuestros criterios sobre cómo debería ser nuestra transición ideal, contrastémoslos con el caso español de finales de los setenta.

 

1) En este criterio los defensores de la transición modélica respirarán tranquilos, pues efectivamente la España post 1978 resulta equiparable al resto de democracias europeas. La prueba sería el ingreso a la Comunidad Europea en 1986, hecho por el cual era requisito asimilarse democráticamente al resto de estados miembros. Semáforo verde en este punto.

 

2) Habida cuenta que el antecedente histórico que todos los actores tenían presente era la Guerra Civil (1936-1939) haber evitado otro conflicto de esta índole fue sin duda un éxito. Sin embargo, la transición estuvo lejos de ser una balsa de aceite. La violencia practicada por la oposición vino principalmente de la mano de ETA y algunos grupúsculos de extrema izquierda. A esto hay que sumarle la violencia de la extrema derecha y hasta la de origen institucional. Algunas fuentes hablan de casi 600 muertos. Todo ello sin olvidar la velada pero evidente amenaza de violencia por parte de no pocos grupos militares muy influyentes, presente en todo el proceso y culminada el 23F, si bien ya hubo algunos complots golpistas no culminados previamente. Una amenaza que, además de existir como telón de fondo, tuvo un efecto nada desdeñable en la redacción de algunos puntos capitales de la Constitución. Es decir, la falta de pacifismo no solo existió -algo de por sí indeseable- sino que afectó el proceso. Por lo tanto, semáforo ámbar en este aspecto.

 

3) La ley de amnistía de 1977 sirvió para sacar de las cárceles a opositores franquistas, pero de facto también garantizó la inmunidad de los crímenes cometidos por la dictadura desde la Guerra Civil. Nunca se ha juzgado a nadie por nada cometido en nombre del franquismo y incluso a día de hoy numerosas personas siguen reclamando la identificación y exhumación de los restos de sus familiares asesinados durante la Guerra Civil o la postguerra. Semáforo rojo aquí.

 

4) La pluralidad es quizás uno de los aspectos más debatibles en este análisis. Las elecciones de 1977 permitieron la concurrencia de partidos que fueron ilegales hasta hacía muy poco, si bien hubo algunas excepciones como la de ERC y otras organizaciones que se reivindicaban como republicanas. Es destacable que estas elecciones, a pesar que posteriormente han sido consideradas constituyentes, jamás fueron planteadas en este término. En la ponencia encargada de redactar la Constitución había representantes de UCD, AP, PSOE, PCE y Minoría Catalana (CiU). Sin embargo llama la atención la ausencia de representantes del PNV, presagio de lo que supondría después el apoyo al nuevo régimen en el País Vasco. Otra cuestión fue el reparto de poder entre los 7 miembros. Los representantes de UCD y AP contaban con mayoría absoluta (4 de 7), correspondiente a su mayoría parlamentaria surgida de las elecciones previas. Sin embargo, esta distribución en el número de representantes estaba viciada por la ley electoral creada precisamente para sobrerepresentar a la UCD entonces gobernante, pues de hecho los partidos provenientes del antifranquismo obtuvieron mayor porcentaje de voto que UCD y AP juntas. Por lo tanto, dejaremos este punto entre el verde y el ámbar.

 

5) El resultado del referéndum constitucional arroja un claro apoyo a la nueva carta magna, fruto sin dudas de los consensos alcanzados entre los principales partidos políticos, si bien la participación no fue masiva. Esto fue especialmente relevante en el País Vasco, dónde la participación no alcanzó el 50% y además el voto negativo llegó al 23,5%. A menudo este apoyo se ha considerado viciado por las voces más críticas, pues consideran que la alternativa al voto afirmativo era una incierta involución antidemocrática y la amenaza del golpe militar era una constante. Esto es cierto, pero parece difícil hacer la valoración en base a contrafácticos. Además, el problema de fondo creemos que no es tanto la elección viciada en ese momento fundacional, si no la viabilidad de reformas posteriores. Y es que creemos que no nos preocuparía tanto este voto viciado si al cabo de unos años la Constitución se pudiera modificar en otro sentido si una clara mayoría lo así lo deseara. Dejaremos esta cuestión para otro artículo y situaremos aquí un semáforo verde, si bien se le pueden detectar tonos anaranjados debido a la participación, la amenaza golpista y a la singularidad vasca.

 

Haciendo el recuento de nuestras valoraciones, la transición tuvo un número importante de elementos positivos, si bien con matices: se llegó a una democracia liberal equiparable a las del contexto occidental del momento, se llegaron a numerosos consensos gracias una (mejorable) pluralidad en el proceso y el apoyo popular fue considerable, aunque no espectacular, al margen de la excepción vasca. No obstante, el aspecto de la justicia y reparación a las víctimas del franquismo tiene un suspenso claro. La situación de violencia y amenaza de ella, si bien pudo ser mucho peor, también fue considerable y por lo tanto muy mejorable. Por lo tanto, hay aspectos de la transición claramente positivos que merecen nuestro reconocimiento y otros que de ejemplares no tuvieron nada.

 

PS: hemos realizado este ejercicio sin entrar a asignar responsabilidades a los protagonistas de ese período, ni en sus aciertos ni en sus errores. A diferencia del ejercicio que hemos hecho en este artículo, creemos que si quisiéramos hacer esa valoración sí que sería necesario tener en cuenta el contexto concreto de la transición: las correlaciones de fuerzas, la situación económica, la Guerra Fría, etc. Sólo así podríamos hacer una lectura justa de ese período.  

 

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