«Imperium» y «maiestas». A propósito del regnum de Cataluña

El debate en torno a la autodeterminación de Cataluña está envuelto en argumentos  de todo pelaje. Lamentablemente los que más se oyen son aquellos que caben en 140 caracteres. Junto con el clásico “qué pone en tu DNI” una de las maniobras más populares en contra la legitimidad de la sedición catalán es la idea según la cual como «Cataluña nunca fue un reino, sólo un condado» no tendría derecho a la independencia. Una cosa y otra no tienen nada que ver. No obstante, si un pasado independiente justificara un presente independiente entonces la consecuencia lógica seria que Navarra, Valencia, Mallorca, Tortosa y Lleida lo tendrían.

 

El objetivo de este texto no tendrá que ver la independencia. Nos centraremos en comprobar si es cierto aquello de «Cataluña nunca fue un reino, sólo un condado»; es decir, si con la mentalidad de las personas que tenían alguna influencia política e ideológica en el período que va del siglo IX al XV,  hay alguna duda de que el conde de Barcelona y príncipe de Catalunya era un rey y de que el territorio que gobernaba fuera un reino; y, en caso afirmativo, en qué momento histórico podemos estar seguros de ello.

 

Quede claro, pues, que no se va a «justificar» el derecho a la independencia de Catalunya en base a la afirmación de que «Catalunya fuera una nación» en esos siglos. El concepto de «Nación» no es aplicable plenamente antes de las revoluciones del siglo XVIII (la de las 13 Colonias norteamericanas, o la Francesa) o, a lo sumo, de las del siglo XVII, las revoluciones de Oliver Cromwell de 1640 y de 1688 en Gran Bretaña y la de las Provincias Unidas contra la monarquía hispánica de los Habsburgo.

 

Antes no hay «naciones» (en el sentido moderno, aunque el término se usase en el sentido de «pueblos»), pero sí hay «estados» que, en la época se acostumbran a llamar reinos, aunque no siempre, y que normalmente están dotados de un rey. Sin embargo, hay «estados» cuyo soberano no es formalmente considerado rey, que también se denominan reinos y hay estados republicanos (a menudo mucho más poderosos que un simple reino) aunque un funcionario escogido lleve una denominación «feudal» (el  imperio marítimo de la Serenísima República Veneciana tenia funcionarios llamados «duques»; la no menos imperial Serenísima República de Génova los llamaba cónsules o capitanes del pueblo). Por ello, a partir del siglo XV se preferirá la denominación genérica de «República» para los Estados, aún aplicándose a monarquías.

 

Imperium y maiestas

 

Para clarificar qué era un rey y qué un reino, conviene retroceder hasta Roma para distinguir entre dos conceptos fundamentales, «imperium» y «maiestas».

 

En la Roma Republicana había una única fuente de poder que era «el Senado y el Pueblo de Roma» (Senatus populusque romanus). El Senado (o las asambleas de ciudadanos llamadas «comicios») conferían un poder temporal a unos funcionarios electos que lo ejercían. Este poder se manifestaba en la existencia de una fuerza coercitiva situada a sus órdenes y se visualizaba, simplemente, mostrando unas insignias del poder que se ejercía (un haz de varas con un hacha, un pequeño cetro, un águila). Por ello, el concepto político fundamental era el «imperium», es decir, el poder coercitivo del Estado. Nada más distinguía a un cónsul del resto de senadores romanos, ni en la apariencia externa, ni en ceremonial alguno en su nombramiento o en el tratamiento que se le debía. La «maiestas» (el aparato propagandístico que envuelve a un gobernante para convertirlo en sagrado) es absolutamente ajena a cónsules y pretores y pertenece, en exclusiva, a la propia Roma, que era considerada una ciudad divina.

 

Sin embargo, las guerras civiles (Mario contra Sila, César contra Pompeyo, Augusto contra Marco Antonio) implicaron un doble cambio. Por una parte, los generales romanos entraron en contacto, se casaron, firmaron tratados de paz o guerrearon contra monarquías orientales cuyos mandatarios eran considerados dioses. Julio César era considerado un dios en Egipto y un simple funcionario (cónsul) en Roma. Además, las guerras civiles mostraron claramente que cualquier general ambicioso a la cabeza de media docena de legiones podía aspirar a usurpar el poder del Senado y del Pueblo y a legitimarse posteriormente eliminando por la violencia parte del senado y rellenándolo con sus propios partidarios.

 

Es por ello que desde el instante mismo en que se implanta el Imperio Romano, Augusto inventa un ceremonial que le convierte en sagrado y dificulta la acción de los generales que quieran eliminarlo para alcanzar el poder. Augusto se proclama un dios, se inventa genealogías divinas, erige templos a su persona en todas las ciudades y deviene «pontífice máximo». De esto modo la «maiestas» se añade al «imperium».

 

Pero la existencia de cientos de dioses coexistiendo con la figura imperial la devaluaba. Era mejor centralizar la religión; crear una religión oficial y obligatoria que le presentase como sagrado, y que al mismo tiempo le diese el control sobre los sacerdotes, a través del obispo de Roma, escogido por el Emperador. Este feliz encuentro del poder imperial y el monoteísmo es lo que instauran el emperador Constantino y sus continuadores.

 

Esta solución, sin embargo, no resultó duradera. Antes de acabar el siglo IV, el emperador Teodosio dividió el imperio entre sus dos hijos, Honorio (Occidente) y Arcadio (Oriente), y pronto el primero hubo de reconocer que su «imperium» coexistiría con el de los reyezuelos de diversos pueblos germánicos, acostumbrados a una tradición política bien diversa: eran caudillos militares escogidos por sus pares, que podían ser depuestos (normalmente a través del asesinato o la ejecución) y no hereditarios.

 

Desaparecido el Imperio de Occidente (cuando el rey hérulo Odoacro destituye al emperador Rómulo Augústulo), las insignias imperiales son enviadas a Oriente (pronto llamado Imperio Bizantino). Tras varios siglos de coexistencia de las dos tradiciones de poder (la germánica y la romana), a través de la cristianización de los pueblos germánicos, finalmente los reyes francos, visigodos y del resto de estados adaptan el modelo romano para protegerse y aumentar su poder. Copian el ceremonial de la «maiestas» imperial con una unción sagrada llevada a cabo por arzobispos cristianos en el marco de la coronación como reyes. Su persona deviene inviolable; la obediencia a ellos, un deber religioso y su poder, de origen divino. El problema es que esta solución aumentaba la autonomía de los obispos de Roma, que aprovecharon el vacío de poder para usurpar la «maiestas» que antes detentaban los emperadores romanos, empezando de este modo a pretender que su dignidad es superior a la de los propios reyes.

 

Después de que su padre usurpara el poder de los reyes francos de la dinastía Clodovea, en el año 800 Carlomagno intenta aumentar su «maiestas», haciéndose coronar emperador por el papa León III. A partir de este momento en Europa habrá varios emperadores (establecidos por herencia, coronación papal o reconocimiento mutuo) y muchos reyes que son en su reino son como los emperadores en el suyo (in regnum suum quasi imperator in imperium eius).

 

Porque, en realidad, ¿qué diferencia hay entre un emperador y un rey? Desde el punto de vista de la substancia del poder, del «imperium», ninguna. Pero en cuanto a la dignidad, a la «maiestas», hay una gran diferencia: el prestigio. Un emperador ceñía una corona más elaborada. Se suponía que tenía que dirigir empresas colectivas en las que participasen diversos reyes (como las Cruzadas). Era coronado frecuentemente por el papa y no por un arzobispo. Los reyes a menudo le pedían arbitraje en sus conflictos. Podía conferir coronas reales a personajes que, en ese acto, eran reconocidos universalmente como reyes.

 

 

El rey y su regalía

 

¿Cómo se llegaba a ser rey? Los caminos eran, principalmente:

 

-Por herencia aceptada por otros posibles herederos.

 

-Por auto-proclamación (como Roger de Sicilia en 1130, Boleslao de Polonia en 1025 o Otakar de Bohemia en 1198). La violación por parte de un rey de los pactos con un súbdito suficientemente fuerte podía dar lugar a la auto-proclamación como rey del territorio del que antes no se era soberano, o bien podía producirse como respuesta a una usurpación no aceptada por un súbdito poderoso (creación del imperio de Trebisonda por Alejo Comneno como respuesta a la usurpación del imperio bizantino por los cruzados en 1204).

 

-Por conquista de un reino, aceptada por los demás reyes. Por ejemplo, el duque de Normandía Guillermo el Conquistador, en 1066, invade y conquista Gran Bretaña y es reconocido como rey.

 

-Por coronación por autoridad imperial (1212, Otakar de Bohemia); sea del emperador bizantino o alemán, o incluso de un emperador no cristiano (Gran Kan mogol, califa de Bagdad)

 

-Por coronación papal (como Esteban I de Hungría en 1000, o el conde de Anjou, Carlos, nombrado rey de Sicília); a menudo, como premio por la conversión al cristianismo de un caudillo tribal pagano.

 

-Por «disociación» de los territorios de un reino, por ejemplo por un rey que deja la corona a su heredero principal y crea un reino con otra parte de sus territorios para otro hijo (Sancho III el Mayor de Navarra); siempre que el nuevo reino sea aceptado por otros reyes.

 

-Por decisión de una «asamblea» representativa de un territorio, fuera o no reconocido previamente como reino. Por ejemplo, Godofredo de Bouillon rey de Jerusalen en 1099 en la primera cruzada o Frederic III de Sicilia en 1291.

 

-Por usurpación de un título real ya existente, aceptada por los demás reyes (Enrique de Trastamara tras matar a Pedro «el Cruel» de Castilla).

 

Pero ¿qué más hace rey a un rey? El rey no reconoce un poder superior al suyo en sus territorios, tiene recursos para defender su territorio que disuaden a sus vecinos y ejerce un conjunto de potestades reservadas al rey (regalía): acuñación de moneda a su nombre, decidir sobre el uso de la tierra vacante, los ríos, la costa, recibe el juramento de fidelidad de sus vasallos, dirige la política exterior, decide la paz y la guerra, castiga y perdona, convoca el ejército, cobra determinados impuestos, hace cumplir las leyes (aunque puede delegar las causas menores a los nobles). Lleva una corona con un diseño determinado, un cetro especial, se corona con un ceremonial determinado (generalmente de manos de un arzobispo). Exige un tratamiento concreto.

 

Por tanto, un rey lo es por un reconocimiento interno y externo, por un «imperium» que le permite defender el territorio y castigar a los díscolos, por el ejercicio de unas regalías y por una «maiestas» que le confiere un carácter sagrado como representante del poder de Dios en la Tierra. Ahora bien, la «maiestas» era exactamente igual para todos los reyes. Tenía el mismo ceremonial, prestigio o protocolo un rey poderoso o uno con muchos menos territorios. Eso explica conflictos como los de Ricardo Corazón de León, abandonado por los otros soberanos cuando intenta imponerse como caudillo de la Tercera Cruzada, y su captura y exigencia de rescate por el duque soberano de Austria. Por poner un ejemplo: Joan II «Sin Fe» era rey de Aragón, Valencia, Sicília, Nápoles y Cerdeña; regente de Navarra, conde de Rosellón, príncipe de Catalunya (que incluía el antiguo reino de Mallorca). Convertir uno de sus ducados (como Montblanc), condados (como Barcelona) o principados (como Girona) en reinos no le habría aumentado en nada ni su «imperium» ni su «maiestas».

 

 

Los atributos de un «regnum». El regnum de catalunya

 

Vamos ahora a comprobar en qué momento los soberanos de Catalunya se convirtieron en reyes (independientemente del título que tuvieran).

 

Los primeros condes catalanes a lo largo del siglo IX eran funcionarios nombrados y destituidos por los reyes francos. Ejercían un «imperium» de forma delegada, no disfrutaban de regalía alguna ni se rodeaban de «maiestas». Con Guifré «el Pilós» los condes devienen hereditarios, pero ello no significa ninguna ruptura con los reyes francos. La decisión la tomó en 877 el propio rey Carlos «el Calvo» en la capitular de Quierzy con carácter general.

 

Durante el siglo siguiente (877-988), los condes catalanes dependen de París y ejercen un poder delegado. Van a la corte franca a jurar fidelidad cada vez que muere un rey o cada vez que un conde catalán hereda el cargo de  su padre, fechan sus documentos por el año del reinado de los reyes de París, acuñan moneda a nombre de los reyes francos y no tienen una política exterior propia.

 

El cambio se produce con Borrell II. Pide (y no recibe) asistencia militar a la corte franca para hacer frente a la política agresiva del general cordobés al-Mansur que llega a saquear Barcelona. Lleva a cabo una política exterior propia (embajadas a Córdoba y a Roma). Además, cuando se da el cambio de dinastía en París no acude a jurar fidelidad al nuevo rey, rompiendo así el compromiso de fidelidad personal que antes podía atarlo.

 

A partir de este momento y hasta Ramón Berenguer IV se va produciendo una progresiva apropiación de las regalías hasta entonces en manos francas. Emisión de moneda con la efigie de los condes. Intensificación de las iniciativas militares y de política exterior al margen de París (saqueo de Córdoba, cobro de parias a los reinos de taifas musulmanes, negociaciones con Génova para conquistar el reino de Mayurqa), obtención de feudos dependientes de otros soberanos (condado de Provenza, teóricamente dependiente del Emperador alemán).

 

Y, finalmente, en los reinados de Ramón Berenguer IV y Alfonso «el Casto» (1131-1193), se produce la plena ruptura con los reyes francos y la creación de un «regnum» de Cataluña. Veamos los elementos:

 

-Con Ramón Berenguer III se crea un arzobispado de Tarragona (1118). Los obispos catalanes ya no tendrán que asistir a ningún concilio convocado en Narbona. La coronación de los soberanos catalanes se efectuará en presencia y con intervención de un arzobispo en Barcelona.

 

-Ramón Berenguer en 1148 conquista el reino taifa de Turtuixa (Tortosa) y lo incorpora al condado de Barcelona, con la categoría de «marquesado». El año siguiente, ocupa el reino taifa de Larida (Lleida), y lo incorpora al condado de Barcelona con la categoría de «marquesado». Esto solo demostraría que el condado de Barcelona (pronto Principat de Catalunya) ya era un «regnum».

 

-Matrimonio con la princesa Petronila de Aragón que le proporciona el «imperium» sobre ese reino y la «maiestas» como príncipe regente. Cabe resaltar que la nobleza aragonesa prefirió la alianza con el conde Ramón Berenguer y no con el rey de Castilla Alfonso VII.

 

-Compilación de los Usatges de Barcelona. Este sistema jurídico-político no contiene referencia alguna a los reyes francos y presenta al conde de Barcelona como el «princeps» que ejerce los mismos poderes que los antiguos emperadores romanos (disposición de las tierras vacías, regalía sobre las aguas corrientes, la moneda, guerra y paz, defensa del territorio, seguridad de los caminos, etc).

 

-A partir de 1180, se prohíbe fechar documento alguno en Cataluña por el año de reinado de los reyes franceses.

 

¿Qué atributos exclusivos de un reino poseía en ese momento Cataluña?

 

-Un sistema monetario propio y diferente del aragonés. La moneda catalana no podía circular en Aragón, ni la aragonesa en Cataluña. La modificación del sistema monetario catalán el rey sólo la podía llevar a cabo negociándola con las instituciones catalanas.

 

-Unos Fueros o Constituciones nacidas de la evolución de los Usatges, que sólo se pueden aprobar y modificar en las Cortes Catalanas. Estos fueros son totalmente diferentes de los aragoneses. Cuando se produce la conquista de Valencia se discute qué fueros estarán en vigor allí (los aragoneses o los catalanes) y Jaume «el Conqueridor» opta por convertir Valencia en un reino independiente tanto de Aragón como de Cataluña, con fueros propios.

 

-Unas Cortes catalanas, que sólo pueden tener representantes catalanes, que tienen una  representación permanente (la Diputación del General de Cataluña, o Generalitat), que no tienen las cortes aragonesas; que dispone de los donativos aprobados para el rey hasta que éste justifica su uso. Estas Cortes elaboran, aprueban y derogan las Constituciones. Están representados los tres «brazos» típicos: las ciudades reales (con los burgueses sobre-representados), la nobleza y el clero.

 

-Una ceremonia de coronación privativa de Cataluña. El rey no podía entrar en Barcelona hasta ser coronado y jurar cumplir las Constituciones catalanas ante los representantes de los tres brazos de las Cortes catalanas (como descubrió con estupor Fernando «el de Antequera» después del Compromiso de Caspe. Tampoco se le daba el tratamiento de rey, sino el de «infante» o «heredero» hasta jurar, en un ceremonial absolutamente solemne, las Constituciones.

 

-Ningún cargo de gobierno en Cataluña podía ser ejercido por nadie que no fuera catalán.

 

-En caso de guerra en Cataluña, Aragón no tenia que suministrar tropas ni viceversa.

 

-El archivo de todos los documentos de la corte estuvo siempre en Barcelona, lugar de residencia preferente de los reyes.

 

-Todos los reyes se entierran en Cataluña y ninguno en Aragón.

 

-Excepcionalmente, se reunió una comisión para decidir la sucesión de Martí «l'Humà». Se escogen 9 miembros: tres aragoneses, tres catalanes y tres valencianos. El orden de intervención fue ese (Aragón-Cataluña-Valencia). Pere «el Cerimoniós»· estableció ese orden de preeminencia de los reinos de su corona.

 

-Después de la guerra de Pere «el Cerimoniós» contra su primo el rey Jaime de Mallorca, el rey incorpora el reino de Mallorca a Cataluña a perpetuidad.

 

-Los reyes catalanes, actuando en calidad de tales, crearon marquesados (Lleida, Tortosa), ducados (Montblanc) y principados (Girona), dentro del territorio de Cataluña.

 

-Cuando el rey no estaba en un reino, nombraba como representante con todos los poderes un virrey. Cuando el rey estaba en Barcelona, había un virrey en Aragón. Pero cuando estaba en Valencia o Nápoles, no sólo había un virrey en los diversos reinos, sino también en Cataluña.

 

Resumiendo. Cataluña era un regnum a partir del siglo XII porque tenía su propio rey que no dependía de ningún otro, sus propias leyes e instituciones, su ejército, su moneda, su política exterior, sus Cortes, sus Constituciones. No se llamó reino, como tampoco Florencia o Génova o Venecia o Borgoña.

 

Queda abierta la duda de porqué Cataluña nunca se denominó oficialmente «reino». Cabe pensar en varias posibles explicaciones:

 

-Los catalanes se consideraban «algo-así-como-una-República» como las italianas que tan bien conocían. Recordemos la fórmula, tan repetida, que a menudo se le decía a los reyes: «un de nos val tant com Vos i dos de nos, més que Vos» (uno de nosotros vale tanto como Vos y dos de nosotros, más que Vos).

 

-Los barceloneses prefirieron mantener un título oficial (conde y condado de Barcelona) que visualizaba el nombre de la ciudad; un reino de Cataluña lo hubiera hecho menos visible en la documentación oficial. Pensemos en el conde de Portugal conquistando el reino taifa de Lisboa y convirtiéndolo en parte del nuevo reino de Portugal.

 

-La tradición, la fuerza de la costumbre. El apego a la fórmula conocida.

 

Así pues, y con todo lo dicho, debería desecharse ya el tópico de “nunca hubo un reino catalán independiente” pues queda probado que, al menos a partir del s. XII y por más o menos tiempo –cuánto es ya otra cuestión- sí existió un reino catalán.

 

 

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