Una consideración previa sobre la prostitución como trabajo

17/11/2018

 En un llamamiento a la defensa de la regulación legal de la prostitución el psicólogo Eric Sprankle nos dice: “Si piensas que las trabajadoras sexuales están vendiendo su cuerpo, pero no hacen lo mismo los mineros, tu idea del trabajo está distorsionada por una idea moralista de sexualidad” [1].

 

El autor nos transmite esta idea: “el problema no es la prostitución, sino tu moral sobre la sexualidad, que considera ese trabajo como algo incorrecto”. Sprankle no se equivoca. Es cierto que la moral actúa como un prisma traslúcido con que evaluamos la realidad que nos rodea. Sin embargo, creemos que hay más diferencias entre el trabajo de prostituta y el de minero – o cualquier otro- que animan a considerar la prostitución como un acto social peculiar.

 

Qué duda cabe sobre el hecho de que en un sistema económico fundado en el intercambio de bienes y servicios por dinero cualquier objeción al mismo es moral. Pues, en esencia, ese intercambio se presume libre, de lo contrario no podríamos hablar de libertad en el mercado laboral. Toda limitación a esa libertad, a cualquier libertad de acción en el espacio público, tiene una razón moral.

 

Por otro lado, resulta complicado defender la libertad para trabajar. Podemos afirmar que para sobrevivir hay que trabajar, es una necesidad. Incluso desde un punto de vista al más puro estilo de Thoureau y su periplo relatado en Walden [2], necesitamos una mínima actividad para satisfacer nuestras necesidades más básicas: el trabajo, sea para obtener los frutos de la tierra, directamente, como en el Paleolítico o para conseguir un medio, el dinero, que nos permita comprarlos.  

 

Si aceptamos que el trabajo es, por tanto, necesario, su regulación – moral, legal, religiosa, etc. – se vuelve imprescindible ante el conflicto de intereses entre quién oferta y quién demanda. El acuerdo libre entre dos individuos es una abstracción si no se concretan las circunstancias de los intervinientes en el objeto, acuerdo y contexto del intercambio. Esta consideración acarreó las diversas regulaciones jurídicas del mercado laboral desde el S. XIX: horarios, salario, jornada, permisos, negociación colectiva, etc.

 

Sprankle nos viene a decir que no aceptar el trabajo con el adjetivo sexual como algo legítimo es afirmar que la sexualidad es el límite moral para el trabajo. El límite lo marca el hecho de que su objetivo es el sexo. Límite peculiar que no tiene, por ejemplo, el trabajo de minero. O cualquier otro. De manera que la clave estaría en la sexualidad y su consideración.

 

Toda moral es cultural. Y la sexualidad no puede escapar a la cultura que la delimita. La cultura nos invade desde la más tierna infancia y nos determina como individuos. Por supuesto, en el ejercicio de nuestro libre albedrío podemos pelear con los condicionamientos morales. Sin embargo, cualquier forma de regulación de las relaciones entre individuos no deja de ser cultural.

 

Si partimos de esta idea, que toda relación entre individuos está condicionada por los parámetros de la cultura, sería bueno considerar por qué muchas personas consideran la prostitución como una forma de explotación de la mujer. Lo veremos en el siguiente párrafo. Por usar un símil: a nuestros ojos occidentales nos parece explotación que muchas personas trabajen interminables jornadas, con apenas salario y condiciones nefastas, en numerosos lugares del planeta. Sin embargo, muchas de esas personas no tendrán la misma visión del asunto.

 

Nuestra concepción de la sexualidad estaría condicionada por tres ideas: reproducción, amor e intimidad [3]. El sexo que se enmarca en estas categorías se considera legítimo. En cambio, la ausencia de alguno de estos parámetros genera distintas formas de sexualidad y su ausencia plena es el lugar donde se ubica la prostitución: sin fin reproductor, sin amor y público. No juzgamos relaciones sexuales sin fin reproductor, tampoco por simple placer… sin embargo, al ubicarse en la esfera pública como negocio, al pasar a ser una actividad de mercado accesible para todos, nace el juicio. Como bien indica Sprankle, el juicio sobre la prostitución está condicionado por la moral, pública. Pero, ¿qué moral?

 

Con el cristianismo la prostitución se relaciona con lo pecaminoso e impuro [4] o un mundo escandaloso, clandestino. Desde un punto de vista antropológico se observa como un fenómeno social y cultural que implica procesos de marginalidad, exclusión, una forma de esclavitud [4]. Estos valores arraigados serían los que orientan a considerar la prostitución como algo negativo desde un punto de vista moral. Decía San Agustín que “la prostitución es a la ciudad lo que la cloaca al palacio”.

 

La concepción de la sexualidad, no obstante, es libre e individual y evoluciona con el tiempo, permeable a las tendencias. Podemos ir, como individuos, contra una moral tradicional que considera la prostitución una forma de esclavitud, argumentando que nadie tiene potestad para interferir en un intercambio libre entre dos individuos, por ejemplo. En tal sentido, no parece que la sexualidad, como indica Sprankle, sea la peculiaridad determinante, dada la ambigüedad de la idea de sexualidad que puede tener una persona.  

 

Todo trabajo se compone de dos actores y dos bienes que se intercambian. Comprador y vendedor. Los bienes que se intercambian son un producto o servicio  y una remuneración. Además, existen unas condiciones que delimitan los derechos, deberes, condiciones, etc. de ambas partes para llevar a cabo el negocio. Por ejemplo, en el ámbito laboral, ninguna persona puede cobrar, legalmente, menos de lo que marca el convenio colectivo del sector donde se ubica la actividad de la empresa. En una relación laboral ordinaria el bien con que se comercia es la propia actividad laboral. El empleado presta un servicio a cambio de una remuneración. La norma regula las condiciones del servicio, del propio trabajo: limita su horario, sus condiciones de ejercicio, establece las medidas de seguridad, los derechos del empleado y el empleador, etc. Tan es así que la propia actividad laboral puede llegar a ser sustituida.

 

Para entender la noción de sustituibilidad retomaremos el ejemplo del propio Sprankle: la minería. Pocas personas dudarán de que el trabajo de minero es muy duro, tal vez uno de los más penosos que existen. O existían. En la actualidad, en los mercados de trabajo occidentales, el trabajo de minero ha modificado sus condiciones sustancialmente. Reducción de horarios, medios de prevención de riesgos, jornadas limitadas, jubilaciones anticipadas, mejora técnica de las herramientas… y llegará un día en que las máquinas sustituyan la fuerza de trabajo humana. Como ya ha ocurrido con multitud de empleos del pasado. 

 

No es el caso de la prostitución. Es cierto que se podrían mejorar las condiciones de trabajo de la prostituta, pero su cuerpo, el objeto de intercambio, el objeto de uso por el cliente, no es sustituible. Y esta íntima, insustituible, dependencia de la prostitución con el cuerpo humano aleja esta actividad de cualquier otra prestación laboral acercándose, peligrosamente, a otra: la esclavitud, en la que el cuerpo humano es el objeto de negocio

 

En las sociedades modernas que han acabado con la esclavitud de humanos queda otro mercado donde se comercia con el cuerpo de un ser vivo: el de los animales para consumo, donde lo que compras, el producto, es el propio animal, su cuerpo. Podemos mejorar las condiciones de vida y muerte del animal que irá al matadero, pero su cuerpo para consumo no podrá ser sustituido. El cuerpo del animal es la esencia del negocio. Asimismo sin el cuerpo no puede haber prostitución o esclavitud. La característica esencial de estos negocios es la consideración del cuerpo como un objeto mercantil. Hay, pues, una reducción de la percepción del sujeto individual - con sus propios intereses, deseos, necesidades físicas y psíquicas, etc. – a un objeto cuya relevancia se reduce al uso que de él haga el cliente.

 

Se podría objetar que en el futuro las máquinas podrán sustituir a las prostitutas humanas, robots que realizarán los servicios habituales de la prostitución, igual o mejor. Es probable que ese momento llegue pero ¿al consumidor de prostitución le dará igual si el cuerpo es de un robot o de una mujer? Habrá quién no tenga objeciones al respecto, pero también habrá quién prefiera el cuerpo humano e intente comerciar con él. Por otro lado, también se podría plantear si hay diferencias en la visión ética entre el masaje sexual que practica la prostituta y otro masaje de tipo terapéutico. En realidad sólo cambiaría el lugar objeto de las friegas. Es curioso porque el mercado actual está plagado de artilugios que sustituyen tanto o mejor las maniobras de un cuerpo humano y sin embargo, sigue demandándose prostitución de “carne y hueso”. Hay algo en el cuerpo humano que atrae sexualmente, que impide su sustitución por cualquier objeto… el cuerpo es esencial siempre que haya alguien dispuesto a pagar por él,  a pesar de sofisticadas – y mecánicamente mejores – alternativas, a día de hoy o en el futuro.

 

Resumiendo. Hemos visto que el trabajo es una necesidad ineludible para la vida y que los límites al mercado de trabajo son morales, como todo límite a la acción individual, cuanto menos, en el espacio público. También que la consideración sobre la sexualidad no es relevante a la hora de juzgar la prostitución pues, al fin y al cabo, toda moral es relativa y por tanto, también la concepción de la sexualidad. Pensamos que, sin embargo, hay un matiz esencial en la actividad de la prostitución que lo aleja de un trabajo ordinario: la falta de sustituibilidad del objeto de intercambio: el propio cuerpo, lo que implica un proceso de deconstrucción del sujeto individual hacia un objeto mercantil, tal y como se hizo en el pasado con ciertos colectivos de humanos (negros, judíos, prisioneros de guerra, deudores, etc.) o en la actualidad con el resto de especies animales para consumo humano.  En tal sentido pensamos que la cuestión relevante no es si la prostitución es o no un trabajo que debe ser regulado, como paso previo creemos necesario otro planteamiento al respecto: ¿Queremos una sociedad donde se permite el comercio de cuerpos humanos reducidos a simples objetos mercantiles?

 

 

[1]https://me.me/i/sylvia-barnes-retweeted-eric-sprankle-psyd-drsprankle-if-you-think-19827107

 

[2] Walden es un ensayo del filósofo norteamericano H. D. Thoreau (12/06/1817-06/05/1862) publicado en 1854. Es un relato de las experiencias y pensamientos que el autor vivió durante dos años en soledad, junto al lago Walden, en el Estado de Massachusetts. Allí Thoureau se construyó su propia cabaña y vivió de lo que cultivaba y obtenía, directamente, de la tierra.

 

[3] Betancur Betancur, C. y Marín Cortés, A.F. “Cuerpo, comercio sexual, amor e identidad. Significados constrtuido por mujers que practicaron la prstitución. Revista CES Psicología. 2011.

 

[4] Martinez A. Sanz, y V. Puertas, M. “Efectos psicosociales en el ejercicio de la prostitución. Documentación social. 2007.

 

[5] Jiménez García, F. “El análisis de la prostitución en la ciudad de Granada”. Espacios públicos. 2008.

 

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