Yo quiero ser gestante altruista

Suhyeon Choi @choisyeon

 

No cabe duda de que nuestras opiniones, decisiones y razones provienen de las experiencias que hemos ido encontrando a nuestro paso. Así, no es difícil que donde antes veíamos blanco, ahora veamos negro, o que finalmente tendamos al gris en la mayoría de las ocasiones. Con respecto a la Gestación Subrogada Altruista (en adelante GSA), parece que los grises se han diluido totalmente, y que sólo hay blancos o negros, con posturas totalmente irreconciliables. No obstante, es posible que con una mayor y mejor información sobre la materia, las posiciones lleguen a acercarse; o al menos en lo que respecta a la posible regulación de esta práctica en España.

 

La GSA viene a dar salida a un problema muy concreto: la incapacidad de gestar de aquellos que podríamos denominar “padres de intención”. Reconocerla como una práctica más de reproducción asistida vendría a equiparar a estas personas con aquéllas cuyas complicaciones para procrear vienen dadas por una deficiencia hormonal, de ovulación, mala calidad del semen, etc., todas ellas atendidas hoy por la medicina de forma regulada. Por lo tanto, regular la GSA pondría fin a la situación de discriminación en la que se encuentran las personas afectadas por dicha incapacidad de gestar. No cabe duda de que la implicación de una tercera persona en todo el proceso acentúa la necesidad de una regulación estricta, basada en el consenso de expertos en materias como el derecho, la medicina, etc. que garanticen la seguridad de todas las partes. Además, la ley debería crear un marco que obligase a realizar esta práctica de una forma totalmente controlada, imposibilitando así la intrusión de las mafias que crecen siempre alrededor de los más necesitados. De esta manera, la incapacidad de gestar no sería un impedimento para convertirse en padre o madre si los avances médicos lo permiten y hay mujeres dispuestas a donar esa capacidad. ¿Qué mujeres? Mujeres libres que decidan sobre su cuerpo.

 

Mujeres que, como yo, seríamos gestantes por convicción (por mucho que gran parte de la población se niegue a aceptar nuestra existencia). Un embarazo y un parto suponen un cambio muy importante en tu cuerpo, un riesgo indiscutible, además de las importantes implicaciones emocionales. Bajo estas premisas, los sectores contrarios a la regulación niegan categóricamente que existan mujeres dispuestas a ser gestantes por motivos altruistas, sin coacción, presiones o necesidades económicas. ¿Quién estaría dispuesta a pasar por un embarazo y un parto para “darle” el bebé a otros? Es comprensible que surja esta pregunta, pero lo primero que debemos tener claro es que las gestantes no “dan” el bebé a “otros”, sino que meramente lo entregan a sus padres. Así no cabe hablar de gestantes arrepentidas que “no quieren dar su hijo” pues el hijo no es suyo en ningún momento. No voy a negar que la vinculación con el bebé gestado es fuerte, pero cuando te planteas formar parte de la GSA como gestante es porque tu mente es perfectamente capaz de diferenciar entre embarazo y maternidad, comprendiendo que ese bebé no será tu hijo. Si no llegas a este punto de convicción, no puedes ser gestante, y nosotras, las que sí lo diferenciamos, lo tenemos claro.

 

Veamos un ejemplo: una mujer tiene un hijo y desde el primer momento una niñera, que incluso puede ser interna y vivir en la misma casa, pasa a encargarse de el bebé. Esa niñera le da de comer, le cuida cuando está enfermo, forma parte de sus juegos, le baña, comparte sus primeras palabras, sus primeros pasos, etc. Pueden transcurrir años, llegar la edad escolar, los deberes… y esa niñera continúa a su lado. Un día, por el motivo que sea, decide dejar el trabajo: ¿a alguien se le ocurriría defender el derecho de la niñera a llevarse con ella a ese niño? Rotundamente, no; simplemente, no es su hijo. En la GSA ocurre lo mismo; es más, cabría incluso sostener que el vínculo generado entre la niñera y el menor sería mucho más fuerte que el que se pueda generar entre la gestante y el bebé. Habrá mujeres que piensen que el vínculo del embarazo es superior, porque –digamos- el bebé se ha formado en tu cuerpo. Una visión así es totalmente respetable, solo que quien piense así no debería ser gestante. Es más, pensemos en la donación de óvulos una práctica usual e incontrovertida. Del mismo modo que nadie piensa que esas mujeres estén explotadas ni que el niño engendrado sea suyo -aun cuando la conexión biológica sea mucho más fuerte- tampoco deberíamos pensar que en la GSA la gestante “entrega a su hijo”.

 

Para muchos el debate en torno a la GSA debe centrarse en si la paternidad/maternidad son un derecho. Sin embargo, la cuestión realmente fundamental es ¿por qué las mujeres que como yo queremos ser gestantes voluntariamente no podemos hacerlo?, ¿por qué  no puedo ejercer mi derecho a decidir sobre mi cuerpo? Ése es el argumento que siempre hemos defendido las feministas a la hora de luchar por cuestiones como, por ejemplo, el aborto libre. ¿Por qué la autonomía corporal de las mujeres no debería extenderse también a la GSA? Si ese derecho se nos reconoce, que la paternidad y la maternidad sean un derecho o un deseo carecerá de importancia, (al menos a nivel práctico).

 

Para poder formarse una opinión fundada sobre la realidad de la GSA en España es imprescindible  acercarse a asociaciones como Son Nuestros Hijos, donde se engloban decenas de familias creadas por GSA dispuestas a contarnos sus historias y  relación con las que fueron sus gestantes. Igualmente, es muy recomendable hablar con los distintos miembros de la Asociación por la Gestación Subrogada en España para comprender el modelo de regulación que se propone que nada tiene que ver con la visión distorsionada y sórdida que sobre la misma se da desde cantidad de medios. Es indiscutible que existen modelos de GS en otros países que siembran la duda sobre si la regulación en España podría servir de excusa para facilitar la explotación de mujeres pobres. La gran mayoría conocemos el caso de la India, donde las gestantes son separadas de sus propias familias y llevadas a lo que se conoce vulgarmente como “granjas de mujeres”. Allí son sometidas a un estricto control durante todo el embarazo, se olvidan sus derechos, y se convierten en obedientes instrumentos de las “clínicas-hotel” en las que están encerradas. Sobra decir que los grandes beneficiados de este sistema son los intermediarios y las mafias nacidas al amparo de una práctica que debería estar totalmente prohibida. Según publicaba Hoy el 16 de julio de 2018, por ejemplo, la doctora de una de estas “clínicas” cobraba 20.000 € por cada bebé, mientras que la gestante sólo recibía 5.000 €. Tan es así que el incremento de la demanda de bebés llevó a la India a cerrar sus puertas a las parejas extranjeras y homosexuales en 2016, si bien eso no significó que este tipo de explotación no siga vigente. Pues bien, es evidente que nadie puede defender algo así. No obstante, tampoco podemos pensar que no cabe otro modelo de GSA. En efecto, según la organización Save the Children cada 11 segundos una niña menor de 15 años es obligada a casarse en algún lugar del mundo, pero no por ello nos planteamos eliminar el matrimonio en España.  La conclusión de todo ello es que del mismo modo que caben buenos y malos sistemas de matrimonio, también caben buenos y malos sistemas de GSA.

 

Así pues, es a lugares como Estados Unidos hacia donde deben dirigirse nuestros ojos y nuestras preguntas, porque ése es el modelo a seguir. Bajo el modelo californiano las gestantes deben pasar un reconocimiento médico, haber sido  madres y haber gozado de un embarazo sin riesgos, ser psicológicamente aptas, tener una renta mínima que asegure su motivación altruista y, en definitiva, responder a una serie de requisitos que eliminaría cualquier parecido con las realidades anteriormente descritas. En este contexto, y sobre la base de una regulación garantista y respetuosa para con todas las partes, debemos desterrar el estereotipo que estigmatiza  a la gestante como una mujer desprotegida que  desesperada ofrece su capacidad por pura necesidad, al mismo tiempo que presenta a los padres de intención como unos explotadores sin escrúpulos. No podemos abrir un debate sobre la regulación si no lo centramos en lo que realmente supondría implantar la GSA en España. Una mujer que, como yo, quiere gestar al bebé de aquéllos que no pueden hacerlo por sí mismos sabiendo exactamente lo que ello implica, no puede ser comparada con otra que lo hiciera desde el desconocimiento o la necesidad. Del mismo modo, los padres de intención que acuden a esta técnica a través de agencias serias, bien asesorados y con el mayor de los agradecimientos y respeto por su gestante, no pueden asemejarse a los que se aprovechan de la debilidad ajena. Hablar de mercantilismo, de “alquilar úteros”, de bebés-producto, discrimina a estas familias y daña al menor. Asimismo, también debe desecharse la asocación "GSA-bebés a la carta”: la GSA no conlleva ningún tipo de diseño o manipulación genética. (De hecho, en no pocas ocasiones lo que iba a ser un bebé se convierte en dos.) La GSA consiste en una fecundación in vitro al uso, pero caracterizada por que en lugar de realizar la implantación en la madre, se hace en la gestante.

 

Por último, debemos tener en cuenta un factor importantísimo: cada vez son más los españoles que acuden a la GS en otros países. Según las últimas estimaciones de Son Nuestros Hijos, entre 700 y 1,000 niños llegan anualmente a España a través de esta técnica. Y la tendencia va al alza. Quizás sea el momento de estudiar la realidad, valorar la situación y entender que la GSA ya está presente en España, aunque sus gestantes aún estén fuera. En definitiva, es hora de escuchar a las mujeres que –desde el convencimiento- nos ofrecemos a gestar por aquéllos que no pueden, así como de valorar que la regulación es siempre la mejor forma de luchar contra la explotación y los abusos que ahora mismo rodean este asunto.

 

 

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