Cataluña: ¿existe un mandato para la independencia?

05/11/2018

Recién cumplido un año de la proclamación de independencia del Parlament de Cataluña, hay un asunto de especial trascendencia que continua siendo debatido en la política catalana. ¿Existe un mandato popular para convertir Cataluña en un estado independiente? Este asunto salió de nuevo a colación tras las declaraciones del Consejero de Exteriores catalán, en que reclamaba un apoyo popular mayor para pedir apoyo internacional a su causa. Esta reflexión causó la reacción furibunda de algunos sectores independentistas, los cuales consideran que ya existe un apoyo popular suficiente que legitima el avance hacia el estado propio. Una encuesta reciente sitúa en el 28,8% el número de catalanes que considera que el resultado del referéndum del 1 de octubre de 2017 legítima la secesión. No se trata pues de un debate menor. El camino que pueda tomar el actual gobierno catalán está marcado en gran medida por la posición que se adopte ante esta pregunta. En este artículo  queremos analizar si efectivamente existe un mandato para la independencia de Cataluña y dilucidar qué postura nos parece más razonable.

 

El origen del debate

 

En realidad, el debate sobre el apoyo popular real de la independencia viene de lejos. Dado que no se ha realizado un referéndum/consulta con una pregunta explícita dónde los partidarios y detractores de esta idea se hayan movilizado por igual, el cálculo del apoyo a la secesión se ha venido aproximando a través de encuestas y extrapolación de las elecciones autonómicas. Tras la consulta no vinculante realizada el 9 de noviembre de 2014, los partidos independentistas acordaron convocar elecciones autonómicas para el 27 de septiembre de 2015, que ellos considerarían plebiscitarias. Es decir, si las candidaturas independentistas ganaban, estos entenderían que el apoyo mayoritario a la independencia habría quedado demostrado.

 

En este punto emergieron dos problemas. El primero, que los partidos no independentistas negaban el carácter plebiscitario de la elección. Segundo, ¿cuál debía ser el resultado obtenido para cantar victoria? Debido a los desajustes en el sistema electoral catalán, es posible obtener la mayoría de escaños sin obtener la mayoría absoluta de votos. Así pues, ¿mayoría de votos o escaños? La negativa de los contrarios a la secesión a dar por bueno el proceso empleado y los problemas de interpretación de los resultados son todavía hoy la base del problema de legitimidad del mandato independentista.

 

Los resultados de las elecciones de 2015 generaron una situación endiablada, pues los partidos independentistas alcanzaron la mayoría en escaños pero no en votos. Naturalmente, los contrarios a la secesión argumentaron que los independentista habían perdido el plebiscito (aunque préviamente ellos tampoco le daban tal carácter a la elección). Sin embargo, la coalición mayoritaria ganadora, Junts pel Sí, cantó victoria: "Hem guanyat, hemos ganado, we have won, nous avons gagné", se declaró en la noche electoral. Sin embargo, el candidato de la CUP afirmó que no se había ganado el plebiscito, aunque el procés seguía adelante.

 

Un año después el Gobierno catalán cambiaba de rumbo y retomaba la idea de celebrar un referéndum de independencia en 2017, para obtener la legitimidad que las elecciones de 2015 no habían acabado de demostrar. ¿Qué diferenciaría este referéndum de la consulta de 2014? Esta vez se preguntaría de forma binaria y sin tapujos por la independencia, pero sobre todo se afirmaba que se aplicaría el resultado. No se marcó ningún umbral de participación ni mayoría cualificada de "sies". Una vez más, los contrarios a la secesión negaron la validez al mecanismo empleado, destacando su "falta de garantías" y llamando a sus votantes a no acudir a las urnas. 

 

Tras la jornada de votación del 1 de octubre, marcada por una injustificable violencia policial dirigida a impedir chapuceramente la votación, esta fue de todo menos normal. La Generalitat publicó que el "sí" había ganado con un 90,2% de votos sobre una participación del 43% del censo. Como era previsible, los contrarios a la independencia consideraban que el 1 de octubre no legitimaba ningún tipo de secesión. En cambio, la casi totalidad de líderes de los partidos y entidades soberanistas sí que otorgaban validez al referéndum, pasando a debatir la idoneidad de la proclamación de independencia en términos de su viabilidad y consecuencias prácticas, dando por descontada su legitimidad.

 

La encruzijada actual

 

Como ya se ha dicho, los problemas sobre la existencia de un mandato para la independencia son esencialmente dos: la negativa de los contrarios a la secesión a dar por legítimo el proceso empleado y la interpretación de las cifras de apoyo. Ni el método usado sería el pertinente ni se habría demostrado una cifra de apoyo popular suficientemente grande. Ante estas críticas, voces independentistas suelen responder dos cosas. La primera, que si el proceso no se pudo llevar a cabo de otra manera fue por la postura del Estado Español, contraria a celebrar ningún tipo de consulta o referéndum bajo ninguna circunstancia, hasta llegar al punto de enviar miles de policías a requisar urnas cuando la votación se convocó unilateralmente. Respecto las cifras de participación, suelen afirmar que el referéndum permitía votar a los partidarios del "sí" y del "no", de modo que la baja participación no es excusa, máxime si los partidarios de la unión se quieren autootorgar a su bando la abstención estructural que suele haber en todas las elecciones (un 20%).

 

En nuestra opinión, nos parece claro que quién quiere afirmar que existe una mayoría en favor de su propuesta es quién debe llevar la carga de la prueba. El problema ha surgido cuando los cauces políticos del Estado no han permitido canalizar esta demanda, aunque fuera solo para comprobar la magnitud se su apoyo con una consulta no vinculante. Sin embargo, esto no exime la responsabilidad de llegar a demostrar que esta mayoría existe. En este sentido, ni el referéndum (con la participación y circunstancias que tuvo), ni las elecciones celebradas en 2015 y 2017 lo demuestran, pues como comentamos en este artículo, el apoyo a la independencia en estos comicios continua unos puntos por debajo del 50%. Algunas voces suelen recordar que entre los votantes de los Comunes/Podemos hay cierto número de independentistas según las encuestas, de modo que no se deberían sumar todos al bloque contrario a la secesión. Es cierto que estos votantes existen, incluso pueden existir en los que voten en blanco, nulo o a partidos extraparlamentarios. Pero tan cuestionable es sumar esos votos al "no" como al "sí". Esta reflexión solo demuestra que extrapolar el apoyo a una cuestión concreta en base a unos resultados parlamentarios es una aproximación imperfecta, nada más. De nuevo, la carga de la prueba implica demostrar estas cosas.

 

Por último, no debemos olvidar la cuestión de la participación. Si bien en las elecciones al Parlament esta ha marcado récords, ni en la consulta de 2014 ni en el referéndum de 2017 llegó al 50% del censo. No se puede ventilar este asunto tan a la ligera, diciendo que la gente que no vota debe aceptar los resultados sin quejarse. Es evidente que un gran número de catalanes no participó en estas convocatorias no por falta de interés o neutralidad ante la cuestión planteada, si no porque no consideraba legítimo el proceso que se estaba llevando a cabo. Si este grupo de gente fuera mucho más minoritaria quizás ignorarlos no sería tan grave, pero es que estamos hablando de una parte muy importante del censo catalán. Por lo tanto, el independentismo necesita alcanzar más del 50% de los votos para legitimar su proyecto, pero también que un mayor número de contrarios consideren legítimo el camino que les está llevando a Ítaca, aún cuando ellos no quieran llegar allí. Si la democracia fuera un partido de baloncesto, para ganarlo no bastaría con anotar más puntos que el equipo rival. Debe haber un número suficiente de jugadores rivales que estén de acuerdo en jugar el partido contra nosotros, acordando ambos equipos las normas. Por ejemplo, si el triple se lanza desde los 7,24 metros (distancia NBA) o desde los 6,75 metros (distancia europea). En caso contrario, en lugar de jugar un partido entre dos equipos puede que solo acabemos celebrando una pachanga entre nosotros mismos.

 

 

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