Los derechos (II): ¿Cuál es su función?

23/10/2018

En el artículo anterior analizamos uno de los modelos más populares acerca de cuál es la estructura de los derechos: la clasificación hohfeldiana. Como vimos, esta clasificación nos permite establecer relaciones diversas entre los diversos derechos y sus componentes, iluminando al menos parcialmente lo que está en juego cuando decimos que alguien tiene un derecho a algo. Sin embargo, el proyecto hohfeldiano tiene sus límites: para empezar, no nos explica para qué sirven los derechos, qué función realizan dentro del dominio de lo normativo. En segundo lugar, no nos dice a quién pueden adscribirse, qué clase de entidades son potenciales titulares de derechos. Es decir, pese a su utilidad, el análisis hohfeldiano no nos ofrece una teoría acerca de la naturaleza de los derechos.

 

La teoría de la voluntad

 

Al menos desde principios del siglo XX el debate sobre la naturaleza y las funciones de los derechos ha estado dominado por dos posturas aparentemente irreconciliables: la teoría de la voluntad (will theory) y la teoría del interés (interest theory). Empecemos por la primera.

 

Según los defensores de la teoría de la voluntad, para que alguien pueda ser considerado poseedor de derechos es condición indispensable que sea capaz de ejercer cierto control sobre ellos. Retomando la terminología introducida en el artículo anterior, podría decirse que es necesario que el potencial sujeto de derechos sea capaz de modificar al menos hasta cierto punto los diversos incidentes hohfeldianos asociados a un determinado derecho[i]. Consideremos el derecho a la propiedad privada. Habitualmente, este derecho incluye no sólo la posibilidad de tener acceso a (o poder disfrutar de, utilizar, etc.) X, sino también de modificar cuáles son las obligaciones que otros tienen hacia nosotros. ¿Cómo? Pues, por ejemplo, vendiendo X. Cuando X pasa a ser propiedad de Y, Y deja de tener ciertas obligaciones y pasa a adquirir ciertos derechos (aunque también algunas obligaciones) que, en un principio, sólo me correspondían a mí como titular originario. Al deshacerme de mis derechos, he modificado determinados incidentes hofehldianos: lo que en un principio eran una serie de obligaciones de no interferencia para Y pasan ahora a ser acciones permisibles. De hecho, a la teoría de la voluntad se la conoce también como la teoría de la elección, pues establece que es titular de un derecho aquel que puede legítimamente decidir qué hacer con aquello sobre lo que tiene el derecho. En palabras de uno de sus defensores más famosos, H. L. Hart, tener un derecho implica convertirse en "un soberano a pequeña escala".[ii]

 

La teoría de la voluntad parece, pues, captar un aspecto importante de la idea de los derechos. Pero también se enfrenta a problemas bastante importantes. Uno de ellos, bastante discutido entre los teóricos de los derechos, es el problema de los derechos inalienables. De acuerdo con la teoría de la voluntad, todos los derechos son, en principio, alienables. Uno no tiene un derecho a algo si no cabe la posibilidad de que, en caso de que así lo decida, pueda desprenderse de él. Por lo tanto, la idea de un derecho absolutamente inalienable sería conceptualmente imposible[iii]. Pero para muchos autores, los derechos inalienables no sólo existen sino que designan una categoría a la que de hecho pertenecen muchos de los derechos que consideraríamos más valiosos, como por ejemplo el derecho a no ser esclavizado. De acuerdo con la teoría de la voluntad, si uno no puede esclavizarse voluntariamente, entonces no tiene un derecho a no ser esclavizado. Por supuesto, la mayoría de los defensores de la teoría de la voluntad aceptan que todos tenemos un derecho básico a no ser esclavizados, por lo que lo que en realidad rechazan es que este sea verdaderamente un derecho inalienable. Al fin y al cabo, ¿no es el elemento moralmente aborrecible de la esclavitud su carácter involuntario? Si yo decido voluntariamente someterme a esta condición, ¿dónde está el problema? Una posible respuesta podría ser que la libertad no requiere únicamente que yo sea capaz de tomar decisiones libres en un determinado momento - t1 -, sino también en t2, t3, t4, etc. Sin embargo, al convertirme en un esclavo voluntario, estaré eliminando esa posibilidad. Si mi yo futuro llegara a la conclusión de que la esclavitud voluntaria no es, después de todo, tan atractiva, este no podría hacer nada por revertir su situación, estando como estaría inexorablemente atado por las decisiones de mi yo actual. Parecería pues que no hay ningún momento en el que alguien pueda deshacerse del derecho a no ser esclavizado sin desembocar en una suerte de tiranía intrapersonal (con la excepción, quizás, de que se renunciara al derecho justo antes de morir, cuando ya no existirían momentos temporales adicionales).

 

Otro problema de la teoría de la voluntad es que parece implicar que todo aquel que no pueda deshacerse de un derecho en realidad no lo tiene. Veamos por qué. Una de las razones por las que podríamos no ser capaces de deshacernos de un derecho es porque no tenemos las capacidades cognitivas (o sólo las tenemos potencialmente, o las tuvimos pero las hemos perdido) necesarias para entender lo que está en juego cuándo se toma la decisión en cuestión. Pero, si yo no entiendo a qué tengo derecho, ¿cómo voy a ser capaz de modificar las obligaciones que otros puedan tener hacia mí deshaciéndome de él? Sin embargo, de ser así, esto excluiría, en principio, la posibilidad de otorgar derechos a los bebés, los animales no humanos, las generaciones futuras y quienes sufren problemas cognitivos graves. Fijémonos en que esto no supone únicamente que estos grupos no tienen derechos, lo cual ya sería bastante contraintuitivo, sino que no pueden tenerlos. Otorgarles derechos sería, desde esta perspectiva, conceptualmente imposible, como un triangulo de cuatro ángulos o un soltero casado.

 

La teoría del interés

 

Así pues, la teoría de la voluntad se enfrenta a obstáculos bastante importantes. Llegados a este punto, hay al menos tres alternativas disponibles. Una posibilidad es tratar de refinar la teoría para acomodar sus aparentes contraejemplos. Otra posibilidad consistiría en asumir estas consecuencias como un precio que, al fin y al cabo, merece la pena pagar. Una tercera sería abandonar la teoría de la voluntad. Pero, si elegimos esta última, ¿qué nos queda? ¿Qué alternativas existen?

 

Como mencionábamos más arriba, el principal rival de la teoría de la voluntad es la teoría del interés, según la cual la función de los derechos consiste en proteger intereses fundamentales. Esto puede sonar demasiado vago. ¿Qué quiere decir intereses? ¿Es lo mismo que deseos? No necesariamente. La noción de “interés” relevante para esta discusión se refiere a aspectos importantes del bienestar de un individuo. Para algunos, esto equivale a la máxima felicidad posible (o al menor padecimiento); para otros, a la satisfacción de preferencias o deseos. Un tercer grupo considera que el bienestar debería identificarse con determinados bienes (la obtención del conocimiento, el desarrollo de la amistad, cultivar el arte, etc.), independientemente de que, desde un punto de vista subjetivo, los consideremos valiosos o no [iv]. En definitiva, “interés” equivale a los elementos constitutivos del bienestar. Como dice la que probablemente sea la versión más famosa de la teoría, propuesta por Joseph Raz, X tiene un derecho si y sólo si, ceteribus paribus, “un aspecto del bienestar de X proporciona una razón de suficiente peso como para generar un deber por parte de Y”.[v]

 

Por supuesto, esta teoría tampoco está exenta de dificultades. En primer lugar, atar la teoría de los derechos a una teoría previa del bienestar complica doblemente la labor del teórico de los derechos. Esto, evidentemente, no es una objeción concluyente, pero sí un riesgo que debe tenerse presente, pues diferentes teorías del bienestar diferirán con respecto a lo que deben considerarse aspectos importantes del bienestar de un individuo.

 

Un problema más serio es que parece que existen intereses muy relevantes para los que no existe un derecho correlativo, y viceversa. Por ejemplo, si mi mujer decide divorciarse de mí, mi bienestar se verá significativamente afectado. Y, sin embargo, afirmar que en este caso tengo un derecho a que mi mujer no se divorcie de mí no sólo suena extraño sino moralmente perturbador. Por el otro lado, hay derechos, como el de poder ser presentarse a cargos políticos, que no es obvio que conlleven un aumento del bienestar de sus titulares.

 

¿Rechazando los términos del debate?

 

Como es comprensible, los defensores de ambas teorías han tratado de responder a estos desafíos, por lo que nada de lo dicho aquí debe tomarse como una refutación definitiva. No obstante, puede resultar útil concluir mencionando una alternativa a ambas, que consistiría en poner en duda el propio marco en el que habitualmente se encuadra el debate[vi]. En concreto, lo que se ataca es la idea que existe un único concepto general de derechos, del que corresponde dar cuenta teóricamente. Si esto es realmente así, entonces las opciones disponibles son tres: i) o la teoría de la voluntad es correcta, ii) o lo es la teoría del interés, iii) o en realidad las dos son compatibles. Pero si se rechaza este presupuesto, uno puede sostener que incluso aunque la teoría del interés y la de la voluntad sean incompatibles, ambas pueden ser correctas si su ámbito de aplicación no es el mismo. Es decir, si no tratan de explicar exactamente el mismo fenómeno. De acuerdo con esta posición, tanto la teoría del interés como la de la voluntad captan fenómenos normativos interesantes. Ahora bien, y esta es la aportación principal, ¿por qué deberíamos suponer que están hablando de lo mismo únicamente porque en ambas aparezca la palabra “derechos”? Bien podría ser que ambas teorías trataran de dar cuenta de fenómenos tangenciales que sólo por contingencias lingüísticas han acabado asociadas a la misma palabra. De ser este el caso, entonces lo que hay que hacer no es buscar una teoría sobre el concepto de los derechos, sino primero distinguir los diferentes sentidos de la palabra, rastrear los fenómenos que cada acepción trataría de explicar, y sólo entonces evaluar qué tal funciona cada teoría en su dominio restringido. Tal vez, después de todo, debamos dejar de culpar al zapato o a los pies cuando el problema es que estamos utilizando un calzador equivocado.

 

 

[i] Probablemente la referencia clásica aquí sea Hart, H. L. 1955. “Are There Any Natural Rights?”, Philosophical Review 64(2): 175-191.

[ii] Hart, H. 1982. Essays on Bentham: Studies in Jurisprudence and Political Theory. Oxford: Clarendon Press, 183.

[iii] Para una discusión interesante por parte de un teórico de la voluntad, véase Steiner, Hillel. 2013. “Directed Duties and Inalienable Rights”, Ethics 123(2): 230-240.

[iv] Para un buen análisis, véase el artículo de Roger Crisp en la Stanford Encyclopedia of Philosophy.

[v] Raz, Joseph. 1986. The Morality of Freedom. Oxford: Clarendon Press, 166.

[vi] Por ejemplo, van Duffel, Siegfried. 2012. “The Nature of Rights Debate Rests on a Mistake”, Philosophical Quarterly 93(2): 104-123.

 

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