Inmersión lingüística: En contra de Babel (III)

19/10/2018

La semana pasada se publican aquí dos artículos sobre la idoneidad o deseabilidad de la inmersión lingüística en Cataluña. Resumiendo, las posturas de los artículos eran las siguientes:

 

Por mi parte defendía que la proporción de catalán/castellano en las escuelas no debía ser ni la que los padres quisieran, ni la que la promoción de una u otra lengua requirieran, ni tampoco ninguna otra proporción predefinida marcada en función de agendas políticas partidistas. En mi opinión la proporción de catalán/castellano en la escuela debe ser aquella que mejor asegure el conocimiento de las mismas, lo que a su vez depende de una pluralidad de factores sociales y familiares cambiantes en el tiempo (no es lo mismo la Cataluña de hoy que la de los años 60), y en el espacio (no es lo mismo el Barcelonés que las comarcas interiores donde la inmigración es mucho menor). Decía, en definitiva, que el único motivo racional que podía llevar a imponer un modelo lingüístico contrario a los deseos de los padres era que tal modelo –y no otro- fuera el necesario para asegurar que los alumnos acabaran su etapa educativa con un nivel suficiente de castellano y catalán, (por cuanto algo así es del interés de cualquier persona que tenga pensado desarrollar su vida en Cataluña, tanto a nivel profesional como a nivel personal.) Es por ello que hablaba del –por mi bautizado- “argumento de la televisión” tradicionalmente esgrimido por el sector pro inmersión según el cual la preponderancia del catalán en las aulas estaría justificado a fin de “contrarrestar” la preponderancia del castellano en la sociedad: se decía –o se dice- que si en la televisión, en los periódicos, en las empresas... se habla de forma muy mayoritaria en castellano, solo se podría conseguir que todos los estudiantes –en especial los de familia castellanoparlante- acabaran su educación desempeñándose con soltura en ambas lenguas de dar un lugar privilegiado al catalán en la educación.

 

En mi artículo no entraba a valorar la preponderancia social del castellano ni tampoco a cuantificarla. Solo precisaba que de existir esa preponderancia la inmersión en catalán no quedaría automáticamente justificada, en la medida en que la existencia de cierto grado de preponderancia no tendría porque exigir como medida de contrapeso que la proporción de catalán/castellano fuera de 100-0. En definitiva, sostenía que los padres deberían poder escoger la la lengua de estudio de sus hijos, pero siempre que ello asegurase que estos recibieran a lo largo de su etapa educativa las suficientes horas de ambas lenguas. O dicho de otro modo: que el margen de actuación de los padres debía quedar limitado por aquello que más conviniera al estudiante. ¿Cuál es ese número mágico de horas de catalán y castellano semanal que la elección de los padres debería respetar? Difícil saberlo. Sea como fuera esa es una cuestión a determinar científicamente (en la que se tenga en cuenta la lengua materna de los escolares en las diferentes zonas de Cataluña, la preeminencia de cada lengua en cada una de esas zonas, los hábitos de los jóvenes etc.), sin apriorismos ni móviles políticos de fondo. Así pues, ¿defendía o me oponía a la inmersión lingüística (en catalán en Cataluña)? Ni una cosa ni otra. Simplemente destacaba cuál creo que debe ser el marco mental desde el que discutir esta cuestión, cuyo resultado podía ser la inmersión en catalán pero también un modelo totalmente distinto en que las familias tuvieran un amplio margen de decisión.

 

Por su parte, mi compañero sí que defendía abiertamente la inmersión lingüística (aquí). Para ello se valía de las siguientes premisas:

 

1.- Una sociedad plurilingüe tiende a ser una sociedad más políticamente plural porque cada lengua conlleva que su hablante tenga una cosmovisión particular. Una sociedad con dos lenguas tenderá a ser una sociedad con dos culturas. 

 

la cultura y la lengua existe una especie de codificación de preferencias y valores respecto lo que funciona y lo que no, lo que es responsable y diligente y lo que no. Es decir, las culturas y lenguajes contienen determinadas preferencias sobre cuestiones prácticas: ser prudente vs arriesgar, hedonismo vs moderación, propensión al sacrificio, tipo de relación del individuo con la comunidad; y ya a nivel político, preferencia por el orden respecto a la libertad, preferencia por el bienestar respecto a la libertad, idealismo vs pragmatismo, observancia germánica de la ley vs picaresca mediterránea…

 

2.- El pluralismo político (dentro de los límites del respeto por los DDHH y otros mínimos morales) es positivo –entre otros motivos- porqué el contacto con otras culturas favorece el análisis crítico de la nuestra y promueve un talante más tolerante y democrático.

 

Pero no solamente es la pervivencia de varias culturas y lenguas valiosa por permitir en mayor medida el examen “descentralizado” de moral y virtud política, sino que además reduce los costes de transición de una convicción moral a otra, en términos sociales

 

3.- Conseguir una sociedad plurilingüe –y por ende una sociedad políticamente plural- exige de la inmersión lingüística, pues de lo contrario la sociedad catalana acabará por “descatalanizarse” fundiéndose en la cultura mayoritaria en España, la castellana.

 

tan malo sería, en mi opinión, querer que el catalán sea la lengua vehicular en Catalunya exclusivamente para conseguir la “catalanización de los alumnos catalanes” como ignorar deliberadamente que se produce la “descatalanización de los niños catalanes” al retirar la inmersión lingüística.

 

Conclusión: la inmersión en catalán sí es deseable.

 

Mi respuesta a este planteamiento es de total rechazo. En primer lugar no veo que de qué manera cada lengua “trae consigo” una cultura propia. No veo en qué se basa mi colega para afirmar que las lenguas llevan codificada una cosmovisión particular.  Ahora bien, incluso asumiendo que esto fuera así, si el objetivo último que justificaría la inmersión fuera el conseguir una sociedad plural –premisa 3-, entonces la inmersión sería del todo contraproducente (i.e la conclusión no se seguiría de las premisas). Es decir, si enseñar una lengua conlleva transmitir una cultura, de transmitir esa lengua a toda la población en edad escolar lo que se conseguiría sería la hegemonía de esa cultura y no el pluralismo que se dice perseguir. Al contrario, si el objetivo fuera el pluralismo lo único que estaría justificado sería que una parte de la sociedad recibiera la inmersión.

 

Sin embargo, el problema principal que el planteamiento de mi colega me sugiere no es el frío non sequitur del párrafo anterior. Y es que incluso asumiendo que las tres premisas fueran ciertas y que la conclusión se siguiera de ellas el planteamiento debería ser inasumible. Reparemos en lo que se está diciendo: según la primera premisa enseñar una lengua es transmitir también unos valores, preferencias… Luego, transmitir una lengua no es como enseñar química o geografía, sino que tiene un claro impacto en la ideología y forma de hacer y sentir del estudiante. Así las cosas debería ser evidente que la enseñanza de una lengua debería realizarse con el mayor de los cuidados pues, como se decía, conlleva un claro adoctrinamiento. En efecto, el texto está diciendo que para conseguir un fin cuya deseabilidad no discuto estaría justificado que el Estado -a través de sus escuelas- transmita sutilmente unas formas de hacer particular: que si hedonismo, que si pragmatismo, que si aversión al riesgo etc.

 

¿Acaso es esto algo remotamente aceptable? ¿Puede el Estado inculcar toda esta clase de valores a sus estudiantes? Como ya afirmaba en mi artículo anterior considero del todo deseable que exista una mínima educación moral en las escuelas –punto que compartía con mi compañero. Ahora bien, esa educación moral –ese adoctrinamiento- debe limitarse con el mayor de los celos a los mínimos de justicia más elementales. En cambio, educar en una cultura particular está totalmente fuera de lugar, es –si se me permite alguna palabra más grave- totalitario. Dicho brevemente: el pluralismo político-cultural será un objetivo social muy deseable, pero el precio a pagar por el no puede ser el permitir que el Estado inculque una cultura particular a sus alumnos (a través del mecanismo que, según el propio texto, es el enseñar una lengua). El pluralismo no puede conllevar el sacrificio de la neutralidad ideológica del estado y de la libertad de conciencia de los individuos, niños o adultos. Es decir, la existencia de varias culturas en una misma sociedad será algo a incentivar y promocionar, pero no a imponer sutilmente a través de la educación. Una medida de ingeniera social de estas dimensiones supone un evidente atropello a la libertad ideológica de los escolares que tienen derecho a que nadie les catalanice ni les españolice. Su catalanidad o su-lo-que-sea debe ser descubierta por sí mismo, y no impuesta por terceros.

 

Pensemos esta cuestión en términos religiosos: siguiendo la misma lógica sería deseable la coexistencia de varias religiones en una sociedad. Ahora bien, es evidente que lo anterior no justificaría medidas educativas destinadas a cristianizar o judaizar a los alumnos, por mucho que eso asegurase la tan deseada pluralidad. Pues bien, si no deberíamos aceptar este medida de “promoción de la diversidad religiosa”, tampoco deberíamos admitir la inmersión como medida de promoción de la diversidad político-cultural, toda vez que, como sostiene en el artículo que critico, transmitir e inculcar una lengua es también inculcar algo muy parecido a una religión: un conjunto de valores, preferencias, formas de ver la vida etc. Dicho brevemente, ni los colegios castellano de Tormes deben educar en la picaresca -por ser esa la cultura del lugar-, ni en los colegios catalanes del Vendrell educar en la moderación y el ahorro -por ser esta la cultura del lugar.

 

De este modo mi conclusión es la siguiente: las premisas de las que se parte son dudosas, en especial la primera. De ser ciertas tampoco mostrarían que la inmersión es el medio necesario para el fin alegado. Y de ser ese el medio necesario para el fin alegado, no sería un medio legítimo. Si la inmersión lingüística debe estar justificada las razones que aduce mi compañero no son las adecuadas.

 

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