La objeción expresivista contra la gestación subrogada

10/10/2018

El debate sobre la permisibilidad de la gestación subrogada puede enfocarse desde al menos dos ángulos. Por un lado, podemos abordar el asunto centrándonos en la idea de coacción: ¿Involucra la gestación subrogada niveles objetables de coacción? Para algunos, la respuesta es enfáticamente afirmativa. La gestación subrogada, sostienen, típicamente implica unos costes de salida inasumibles para las madres – por lo que, una vez iniciado el proceso, retirarse dejaría de ser una posibilidad real para muchas de ellas - , o una relación desigual, en la que el poder de negociación de una de las partes es notablemente superior al de las otras – por lo que, en muchos casos, las madres biológicas tampoco accederían de un modo genuinamente voluntario a la transacción. Estas objeciones pueden formularse de dos formas distintas: en primer lugar, se puede querer decir que la gestación subrogada, tal y como se practica actualmente en los lugares en que está permitida, acarrea dichos niveles de coerción; en segundo lugar, se puede querer afirmar, de un modo más ambicioso, que la naturaleza de la gestación subrogada (tanto en sus modalidades existentes como en cualquier regulación factible) es inexorablemente coactiva. Como afirma en su manifiesto una asociación española contraria a la gestación subrogada: “Ninguna legalización puede controlar la presión ejercida sobre la mujer gestante y la distinta relación de poder entre compradores y mujeres alquiladas”[i].

 

Este es uno de los frentes – probablemente el más popular – en los que se puede librar la batalla sobre el estatus moral de la gestación subrogada. Pero no es el único. En este artículo expondremos una estrategia alternativa: la objeción expresivista.

 

¿En qué consiste la objeción expresivista? Veámoslo con un ejemplo: Supongamos que mis padres, después de vivir un tiempo fuera, me invitan a una comida familiar. Ellos se encargan de preparar la comida y yo llevo el vino. La comida transcurre estupendamente, hasta que, una vez terminada, mi madre se acerca y deja un papel al lado de mi plato. Lo miro y descubro sorprendido que lo que hay allí escrito es la cuenta de la comida, de la que amablemente han sustraído la cantidad equivalente al vino. ¡La cuenta! ¡Mis propios padres! En una situación así, la reacción más previsible de muchos de nosotros sería de indignación: ¡Así no es como se supone que debe ser una relación entre padres e hijos!, exclamaríamos, antes de largarnos dando un sonoro portazo.

 

Las objeciones expresivistas tratan de dar un asidero teórico a nuestros sentimientos de indignación en situaciones como la descrita anteriormente, afirmando que hay ciertas actitudes o acciones que, en determinados contextos, son incompatibles con el significado de algunas prácticas. O lo que es lo mismo, expresan una actitud equivocada. Este tipo de gestos corrompen, contaminan o estropean la naturaleza de dichas prácticas. Normalmente, este tipo de objeciones se han dirigido a la comercialización de ciertos bienes. En palabras del filósofo Michael Sandel: “De acuerdo con esta objeción, el valor de ciertos bienes sociales y cívicos disminuye o se corrompe si pueden comprarse o venderse por dinero”[ii].

 

Una descripción bastante exhaustiva de este tipo de argumentos la han dado los filósofos Jason Brennan y Peter Jaworski, quienes definen las objeciones expresivistas (que ellos denominan “semióticas”) del siguiente modo: “[L]a comercialización de un determinado bien o servicio X constituye una forma de expresión simbólica que comunica el motivo o la actitud erróneas respecto a X, o expresa una actitud que es incompatible con la dignidad intrínseca de X, o muestra una falta de respeto o una actitud irreverente para con cierta práctica, costumbre, creencia, o relación con la que X se asocia”[iii].

 

Dicho esto, resulta fácil ver cómo podría aplicarse esta objeción a la gestación subrogada: al introducir elementos comerciales en el proceso de gestación, su significado (o dignidad intrínseca) se ve corrompido. Pagar para que otra persona tenga a tu hijo expresa actitudes equivocadas respecto al embarazo y lo que este debería suponer. Por ejemplo, de acuerdo con la filósofa Elizabeth Anderson, la mercantilización del proceso supone erradicar la intimidad por la que, a su juicio, este debería estar caracterizado[iv].

 

Aunque este tipo de argumentos tengan menor prominencia, no están completamente ausentes de la discusión actual. Por ejemplo, en el mismo manifiesto citado anteriormente (elaborado por una asociación denominada, de un modo bastante ilustrativo, No Somos Vasijas), se afirma que “no se puede ni se debe describir como “gestación subrogada” un hecho social que cosifica el cuerpo de las mujeres y mercantiliza el deseo de ser padres-madres”. Del mismo modo, también se sostiene que “la perspectiva de los Derechos Humanos supone rechazar la idea de que las mujeres sean usadas como “contenedoras” y sus capacidades reproductivas sean compradas”. Es decir, que incluso aunque la gestación subrogada se produjera de un modo completamente voluntario entre partes con una similar capacidad de negociación, esta aún seguiría siendo, en sí misma, moralmente repulsiva.   

 

¿Cuál es el alcance de este tipo de objeciones? A mí juicio, no está muy claro. Incluso si es cierto que determinados actos o actitudes pueden corromper ciertas prácticas de un modo que es moralmente objetable, esto no implica necesariamente que esos actos o actitudes deban prohibirse. Hay muchas acciones moralmente cuestionables (como, por ejemplo, ignorar a un conocido que nos saluda por la calle, negarnos a decirle la hora a quien nos la pide, engañar a nuestros amigos o a nuestra pareja...) cuya prohibición resultaría, no obstante, ilegítima. ¿Debería estar prohibido que los padres pasen la cuenta a sus hijos después de una comida familiar? Por muchos reparos morales que me produzca un escenario de este tipo, creo que la respuesta es no[v]. El dominio de lo moralmente reprochable no tiene por qué coincidir (y, de hecho, parece saludable que no lo haga) con el dominio de lo legalmente impermisible.

 

Ahora bien, podría cuestionarse si esta respuesta no concede demasiado al defensor de las objeciones expresivistas. Al fin y al cabo, estamos reconociendo que estos casos implicarían algo moralmente rechazable. ¿Pero es esto siempre así? Brennan y Jaworski, por ejemplo, creen que no: a su juicio, los argumentos expresivistas se apoyan demasiado en la idea de que las prácticas sociales necesariamente significan algo, de manera que ciertas actitudes necesariamente expresan algo negativo. En el caso que nos ocupa, muchos autores han asumido que la mercantilización de un bien es intrínsecamente degradante porque las transacciones de mercado implican que las partes están movidas por su propio interés y no tienen en cuenta el valor de aquello sobre lo que comercian. Este argumento puede defenderse de al menos dos maneras. Por un lado, puede defenderse afirmando que los intercambios mercantiles, por definición, se producen entre agentes egoístas. No obstante, esta es una mala estrategia: los argumentos martilleados a base de estipulaciones terminológicas casi nunca son una buena idea, pues convierten potenciales preguntas sustantivas en triviales tautologías sin interés alguno. Una mejor estrategia es definir los intercambios en el mercado de un modo que no implique la presencia de motivaciones egoístas, y analizar el papel que estas jueguen.

 

Brennan y Jaworski, no obstante, toman otro camino: lo que ellos hacen es tratar de mostrar que la idea de que el mercado es inseparable de las motivaciones egoístas – que es la que, en última instancia, determina que un intercambio comercial X sea interpretado como corruptor de una práctica o bien social Y - es, de hecho, una construcción social contingente. No todas las culturas lo han asumido, ni tampoco lo ha hecho siempre la nuestra. Esta idea resulta, por lo tanto, de unas determinadas prácticas interpretativas bastante extendidas. Pero si estas prácticas no son necesariamente como parecen, sugieren los autores, esto nos permite formularnos la siguiente pregunta: ¿Deberíamos tener esas interpretaciones en primer lugar? Supongamos que es cierto que en una determinada sociedad, las prácticas comerciales realmente expresan una actitud incompatible con el significado dado a otras prácticas. ¿Por qué deberíamos asumir que estas últimas constituyen el criterio moral relevante? Después de todo, como Brennan y Jaworski nos recuerdan, hay prácticas que son enormemente costosas, tanto por las consecuencias dañinas que comportan como por sus elevados costes de oportunidad – todo aquello a lo que nos obligan a renunciar sus reglas y normas. Según ellos, si la comercialización de un determinado bien “comportaría buenos resultados (o si su prohibición acarrearía malas consecuencias), entonces (pro tanto) los miembros de dicha cultura deberían revisar sus prácticas sociales concernientes a lo que cuenta como una expresión de falta de respeto o egoísmo”[vi]. En otras palabras: si considerar que la comercialización de X es intrínsecamente corruptora implica consecuencias dañinas, lo que deberíamos hacer no es resistir la comercialización de X sino reformular los constructos culturales que nos llevan a querer resistirnos a dicho proceso.

 

Los argumentos de Brennan y Jaworski son, por supuesto, discutibles. Pero apuntan, creo, a algo bastante interesante: enfrentados a argumentos del tipo “X es intrínsecamente degradante”, la pregunta importante no debería ser “Asumiendo que X es intrínsecamente degradante, ¿cómo podemos librarnos de X?”, sino “¿Por qué deberíamos considerar, en primer lugar, que X es degradante?”. Si no somos capaces de señalar nada más allá de nuestras propias reacciones de desagrado, entonces deberíamos sospechar de la fuerza de nuestras objeciones. Tal vez lo que haya en juego realmente no sean más que tabúes y prejuicios irracionales.

 

Volviendo al debate sobre la gestación subrogada, deberíamos preguntarnos: ¿Por qué es problemática la mercantilización del cuerpo de las mujeres? Si la respuesta hace referencia al riesgo de explotación o coacción, entonces nuestro argumento es de otro tipo – correcto o no, no es un argumento expresivista. Si, por el contrario, uno puede imaginar la gestación subrogada, adecuadamente regulada, como el producto de un intercambio genuinamente voluntario, ¿qué es lo que está en juego entonces? ¿El derecho de la mujer a decidir sobre su cuerpo? Esto no puede ser, ya que en este caso la mujer está haciendo precisamente eso. ¿Tal vez el derecho del niño a ser cuidado por su madre biológica? Pero esto es bastante improbable también, pues de lo contrario tendríamos que rechazar otro tipo de prácticas como, por ejemplo, la adopción. ¿O el derecho del niño a un cuidado mínimo? Bien, pero para ello necesitaríamos evidencia en favor de una tendencia de los padres que han adquirido a sus hijos a través de la gestación subrogada a tratarlos con un menor cuidado, evidencia que hasta el momento ha sido proporcionada. El objetivo de esta discusión no es mostrar que la objeción expresivista contra la gestación subrogada no funciona, sino sugerir que una vez se distinguen las dos formas de abordar la discusión, no resulta muy claro en qué podría apoyarse un argumento de este tipo.

 

 

[i] http://nosomosvasijas.eu/?page_id=1153.

[ii] Sandel, Michael. 1997. “What Money Can’t Buy. Pese a todo, la referencia a la comercialización no es una característica necesaria de este tipo de argumentos. Por ejemplo, durante muchos años el diario El País se ha mostrado reacio a publicar noticias acerca del boxeo, al considerar que “la violencia del hombre contra el hombre constituye la esencia misma del boxeo.”, en: https://elpais.com/diario/1997/05/25/opinion/864511206_850215.html. Curiosamente, el mismo diario tiene escrito en su Manual de Estilo que no deben publicarse informaciones “sobre la competición boxística, salvo las que den cuenta de accidentes sufridos por los púgiles o reflejen el sórdido mundo de esta actividad”, lo que nos lleva a preguntarnos: ¿Cómo no va a considerarse la esencia del boxeo una forma  de violencia del hombre contra el hombre si se ya se ha estipulado previamente que, todo aquello que no sea violento o sórdido, no contará como boxeo de cara al diario?

[iii] Brennan, Jason, y Peter Jaworski. 2015. “Markets Without Symbolic Limits”, Ethics 125(4): 1053-1077; 1055.

[iv] Anderson, Elizabeth. 1990. “Is Women’s Labor a Commodity”, Philosophy & Public Affairs 19(1): 71-92.

[v] Por supuesto, otra cosa muy diferente es que los padres pretendieran que la cuenta tiene algún valor más allá de lo simbólico. Por ejemplo, si mis padres trataran de impedirme salir de casa hasta no haber pagado la comida, eso ya sería otro tema.

[vi] Brennan y Jaworski 2015, 1062.

 

 

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