Inmersión lingüísitca: la torre de Babel (I)

13/10/2018

Toda la Tierra hablaba una misma lengua y usaba las mismas palabras. Al emigrar los hombres desde Oriente, encontraron una llanura en la región de Senaar y se establecieron allí. Y se dijeron unos a otros: «Hagamos ladrillos y cozámoslos al fuego». Emplearon ladrillos en lugar de piedras y de betún en lugar de argamasa; y dijeron: «Edifiquemos una ciudad y una torre cuya cúspide llegue hasta el cielo. Hagámonos así famosos y no andemos más dispersos sobre la faz de la Tierra». Pero Yahveh descendió para ver la ciudad y la torre que los hombres estaban edificando y dijo: «He aquí que todos forman un solo pueblo y todos hablan una misma lengua; siendo este el principio de sus empresas, nada les impedirá que lleven a cabo todo lo que se propongan. Pues bien, descendamos y allí mismo confundamos su lenguaje de modo que no se entiendan los unos con los otros». Así, Yahveh los dispersó de allí sobre toda la faz de la Tierra y cesaron en la construcción de la ciudad. Por ello se la llamó Babel, porque allí confundió Yahveh la lengua de todos los habitantes de la Tierra y los dispersó por toda la superficie. (Génesis 11:1-9)

 

Como se explica en el Antiguo Testamento, yo también considero que el plurilinguismo es un lastre para la humanidad. No creo que una mayor riqueza lingüística conlleve alguna ganancia cultural. No creo que el mundo mejore o empeore cuando una lengua nace o muere. En mi opinión las lenguas son simples herramientas y tener más de una no es muy práctico; al contrario, es un castigo divino. Dicho esto, es obvio que un planteamiento como este sería solo atractivo para una minoría muy minoritaria. Para muchos mi perspectiva sería muestra de una gran ignorancia, falta de sensibilidad… fuente incluso de indignación. Por ello voy a abstraerme totalmente de la misma y a razonar sobre la inmersión lingüística en Cataluña sin tenerla en cuenta; defenderé mi posición al respecto usando argumentos que  debería apelar a cualquier persona razonable fuera cual fuera su posición de fondo sobre las lenguas.

 

Ahora bien, del mismo modo que la política educativa que mi planteamiento lingüístico genuino conllevaría sería “demasiado radical” y por tanto descartable, también deberíamos tachar de radical y descartables otras tantas posiciones sobre política educativa, quizás más extendidas, pero igual de inasumibles. Tales posiciones son las que yo calificaría como “posiciones políticas sobre la educación”, caracterizadas por determinar cómo debe ser la educación en base a criterios político-ideológicos en vez de en criterios pedagógico-laborales. Me explico.

 

Llamo “enfoque pedagógico-laboral” a aquel según el cual el currículum educativo –o en general la educación- debería fijarse en atención a las siguientes dos (más bien tres) variables: 1) qué educación es de mayor calidad desde un punto de vista puramente intelectual, 2) qué educación garantiza una mejor inclusión laboral, (y 3) qué educación garantiza mejor una mínima decencia ciudadana.)[1] Naturalmente determinar con precisión 1 y 2 es muy complicado. Por ejemplo, para algunos una educación de calidad requiere mucha formación en filosofía e historia, mientras que otros creerían que solo las ciencias deberían tener lugar. Sea como fuera, el enfoque pedagógico-laboral nos dice que la educación debe estar al servicio del alumno, esto es, que la educación debe ser tal que le dé al alumno lo que más necesite tanto a nivel intelectual como a nivel práctico.

 

A mi parecer este sería un enfoque ciertamente no controvertido y de sentido común. No obstante, tal obviedad sirve para rechazar de plano ideas tan extendidas como “dado que esto es Cataluña la educación debe ser en catalán” o  “dado que esto es España la educación debe ser en español”. Estos planteamientos son apriorismos estúpidos que mezclan cuestiones políticas donde no tocan. Como digo la educación deberá ser de la forma que mejor convenga al estudiante y  para ello deberá tomarse en cuenta el lugar de residencia del mismo, sin duda, pero al final será un factor más. Luego, si lo más beneficioso para el estudiante fuera que la educación fuera en francés, debería ser en francés, aunque este estuviera en Cataluña, Taiwan o Francia. Esto es lo que “poner la educación al servicio del alumno” significa.

 

En este mismo sentido también debería descartarse cualquier instrumentalización de la educación para fines globales de tipo cultural. Pienso en la idea según la cual la educación debe ser en una lengua concreta a fin de que esa lengua florezca o no se pierda. Ese puede ser un fin socialmente deseable –yo no lo comparto pero lo asumiré en lo que sigue-, pero no al precio de empeorar la educación del escolar. Si lo mejor para el escolar es X, aun cuando lo mejor para la lengua sea Y, deberá optarse por X y no por Y. Y es que por muy importantes que puedan ser las lenguas –y que merezcan inversión pública en su favor para producir libros, películas… en esa lengua- debemos acordar que su pervivencia o floreciemiento no puede ponerse por encima del interés del estudiante en recibir la mejor educación posible.  

 

Asentadas estas bases, ¿qué decir sobre la inmersión lingüística catalana en Cataluña? Por ‘inmersión lingüística’ entenderé aquel sistema educativo en una sociedad con más de una lengua establecida en el que la lengua vehicular de la enseñanza –la lengua en que se enseñan matemáticas, gimnasia, historia…-  es solo una de las varias establecidas, quedando las otras lenguas relegadas a la clases de esas lenguas. Aplicado al caso catalán: que todas las asignaturas menos castellano e inglés se impartan en catalán. 

 

Dado el enfoque aquí propuesto para opinar sobre la inmersión catalana debemos preguntarnos: ¿es el mejor sistema para el alumno? En mi opinión difícilmente podría negarse que un sistema trilingüe sea el más óptimo. Incluso el nacionalista más redomado aceptará lo importante de tener un nivel de inglés más bien alto, y que para ello es imprescindible –además quizás de muchas otras cosas- que este tenga mucha presencia en la educación. Sin mucha más presencia de inglés en las aulas sucederá lo que suceda ahora y no escapa a nadie: que los españoles tenemos un nivel de inglés más bien pobre y que debe verse complementado con academias, películas, música… Fijémonos en el número de academias de química o matemáticas que existen en nuestros barrios y comparémoslo con el número de academias de inglés (y lenguas). En efecto, si proliferan estos negocios es que algo va mal en la educación. Pues bien, esta mejora en el nivel de inglés puede darse siguiendo dos vías: o bien dando muchas más horas de inglés a la semana, o bien dando menos pero haciendo del inglés lengua vehicular de algunas otras asignaturas, como historia o química. Quizás cualquiera de esas posibilidades sea igual de efectiva, pero es evidente que una es mucho más eficiente: dado que también debe hacerse hueco para otras asignaturas fundamentales, parece que la única manera de que el inglés tenga una gran presencia en la escuela es que otras asignaturas se impartan en ingles (pues la otra vía exigiría dar demasiadas horas de clase cuando quizás deberíamos plantearnos que ya damos demasiadas). Dicho esto, dejemos la cuestión de inglés (también) de lado. Es decir, imaginemos que el mundo empezara en el estrecho de Gibraltar y acabara en los Pirineos; si así fuera ¿qué relación deberían mantener el catalán y el castellano en las escuelas de Cataluña?

 

Existen dos líneas argumentales principales en favor de la inmersión lingüística en catalán: por un lado la línea político-nacionalista según la cuál en Cataluña la educación debe ser en catalán por ser esta “la lengua propia de Cataluña” y un medio necesario para impulsarla. Como digo creo que debemos descartar estas líneas –además de por otros motivos- por no enfocar la cuestión pedagógica desde un prisma pedagógico, es decir por no enfocar la cuestión lingüística poniendo el beneficio del alumno en primer lugar. Ojo, entiéndase bien: no estoy diciendo que el catalán no deba ser la lengua vehicular única en la enseñanza catalana –al menos de momento-, solo digo que la situación geográfica de las escuelas catalanas no es, por sí mismo, motivo suficiente para justiciar la inmersión. Justificar la inmersión pasa por mostrar que es lo mejor para el alumno, algo que el argumento anterior no aborda. 

 

En este mismo sentido, y antes de pasar a la segunda línea argumental en pro de la inmersión, debe descartarse también la crítica política a la inmersión según la cual es un derecho de los padres escoger en qué lengua se forma su hijo. Falso también, o al menos muy matizable. De nuevo, un planteamiento así aborda una cuestión pedagógica desde una óptica política. Sin embargo, la(s) lengua(s) o más generalmente, la forma en que deba ser educado un escolar debe venir principalmente determinado por lo que a este más le conviene, y no por lo que quieran los padres. En efecto, así como los padres no podrían decidir que su hijo no estudiase historia o biología, no deben poder escoger que no estudie en esta o aquella lengua, si es que estudiar en esta o aquella lengua fuera del interés del estudiante (como es el caso del catalán para las personas en Cataluña). Atención de nuevo: esto no significa que los padres no tengan nada que decir en relación a qué educación recibe su hijo. En absoluto. Significa que ese campo de elección debe circunscribirse a las opciones que son igualmente buenas. Es decir, unos padres son libres de elegir si su hijo hace fútbol, baloncesto o tenis, pero no son libres de elegir que su hijo lleve una vida sedentaria y malsana. Luego, si convenimos que en la sociedad catalana es claramente de interés del estudiante que se desenvuelva con soltura en catalán y castellano, el margen de elección de los padres deberá circunscribirse a aquellos modelos educativos que provean al estudiante de esa doble soltura. (Y vaya, es evidente que en una sociedad bilingüe como la catalana es del interés de cualquier persona el conocer ambas lenguas. Tanto a nivel profesional como incluso a nivel meramente social-interpersonal).

 

Con todo esto claro podemos pasar a la segunda línea principal a favor de la inmersión lingüística según la cual el catalán debe tener un lugar muy privilegiado en la educación en la medida en que es necesario para que los estudiantes adquieran soltura en ambas lenguas. A primera vista algo así puede sonar extraño. ¿Cómo va uno a aprender dos cosas instruyéndose solo de una? Simplificando, la respuesta habitual del defensor de la inmersión consiste en señalar lo que podríamos llamar “el argumento de la televisión”: como la televisión, las empresas, los libros, las películas… se desarrollan mayoritariamente en castellano uno vive empapado de esa lengua, con lo que su aprendizaje está asegurado, incluso cuando en el colegio tenga solo un papel muy minoritario (limitado a aquellas cuestiones que el día a día no enseñan, tales como sintaxis, literatura etc). Es decir, que por regla general, si dos marcianos aterrizaran en Barcelona a los 5 años de estancia sacarían mucha mejor nota en un examen de castellano que en uno de catalán.

 

Para muchos algo así es del todo indignante, pues es percibido como un ataque a algo tan íntimo y cargado emocionalmente como es la lengua. Sin embargo, debe reconocerse que el argumento en sí mismo es razonable. No necesariamente cierto, pero sí razonable. Es decir, si en una sociedad los niños dedicaran todo su tiempo libre a leer sobre historia dar las mismas clases de historia que de química sería del todo estúpido. Hay que dar clases, no de aquello que sea importante que los niños conozcan, sino de aquellas cosas que los niños deben conocer y que no conocen ya por sus medios. Luego si por factores diversos los niños ya están muy familiarizados con el castellano uno debe dejar de lado sus sentimientos y aceptar que el tiempo de estudio se centre en aquellas otras cuestiones de las que sí se cojee. No obstante, es evidente que la coherencia y sensatez del argumento de la televisión no prueba su verdad. No obstante, asumamos –por mor del argumento- que en Cataluña existe una preeminencia social del castellano y que por tanto conseguir que los estudiantes acaben su educación con un nivel alto de ambas lenguas exige un refuerzo del catalán. Con todo, si el defensor de la inmersión lingüística quiere ser tomado en serio (y no aparecer como un fanático camuflado que quiere que el catalán sea lengua vehicular por alguno de los erróneos motivos políticos antes expuestos), debe estar dispuesto a realizar los importantes matices que siguen.

 

En primer lugar debería analizarse qué proporción de catalán-castellano conlleva aceptar el argumento de la televisión. Es decir, aceptar el argumento de la televisión no implica automáticamente que la lengua vehicular debe ser el catalán, sino que solo implica que el catalán debe tener un lugar privilegiado a fin de “contrarrestar” el lugar privilegiado que ya tiene el castellano en el día a día. Ahora bien, el lugar privilegiado puede que sea una relación del 60-40, del 90-10, o del 75-25. Quizás la preeminencia del castellano en la sociedad es tan elevado que la relación catalán-castellano debe ser 100-0, quedando el castellano relegado a la clase de lengua y literatura castellana, tal y como sostiene el defensor medio de la inmersión. De entrada no me opongo a algo así. Ahora bien, asumir acríticamente que “100-0” debe ser la proporción exacta es erróneo (y síntoma de que detrás de la propuesta de inmersión lingüística hay ideas ni de lejos tan sensatas como es el argumento de la televisión). Es decir, si el motivo real para proponer la inmersión es el argumento de la televisión uno debe estar dispuesto a aceptar que el lugar privilegiado del catalán pueda ser inferior a la total inmersión lingüística. (Igualmente, el crítico de la inmersión lingüística debe estar dispuesto a aceptar que el lugar del castellano sea solo el de la clase de castellano si esa fuera la proporción catalán-castellano que mejor asegurase la competencia en ambas lenguas una vez finalizado el período educativo).

 

En este sentido, también debe apuntarse que el argumento de la televisión no implica tampoco que la proporción catalán-castellano deba ser la misma a lo largo de toda la educación. Así podría sostenerse que es muy importante que durante las primeras fases de la educación (parvulario y primaria) haya una gran presencia del catalán –por ser esa la fase más sensible a la hora de aprender una lengua- pero que en las últimas fases de la educación (bachillerato), ya no es tan necesario y puede abrirse la posibilidad para que sean los alumnos o sus familias los que elijan qué proporción desean, (toda vez que llegados a ese punto educativo si todo lo anterior se ha hecho bien el nivel en ambas lenguas ya es bastante adecuado y la educación en lengua debe centrarse más bien en cuestiones de comprensión lectora, capacidad para escribir, conocimiento de la literatura etc.).

 

Igualmente, una aplicación rigurosa del argumento de la televisión conlleva que la proporción catalán-castellano no tiene porque ser la misma en todo el territorio catalán. Y es que difícilmente podrá negarse que la preeminencia del castellano no es igual en el Barcelonés que en otras comarcas interiores de Cataluña muy poco afectadas por la inmigración. Luego sería razonable que en unos colegios el castellano tuviera una presencia mucho menor que en otros, pues lo cierto es que la presencia del castellano en la sociedad catalana tampoco es homogéneo.

 

En definitiva, mi idea es la siguiente: 1) el sistema educativo a escoger debe ser el que más convenga al estudiante en lo que atañe a su nivel cultural, capacidades intelectuales y físicas, así como su posibilidad para obtener un buen trabajo (además de los elementos humanos y morales insinuados al principio y en el pie de página). 2) Conviene sobremanera a un estudiante de Cataluña el poder desenvolverse con soltura en castellano y catalán. 3) Dada la preeminencia general del castellano en la sociedad catalana asegurar el bilingüismo de los estudiantes exige dar preponderancia al catalán en la educación. 4) Eso sí, esa preponderancia debe ceñirse a lo necesario para conseguir el objetivo anterior dejando espacio para la elección personal y familiar cuando fuera posible. 5) Todo lo dicho no conlleva que el Estado no deba impulsar el florecimiento de las lenguas o la cultura de las regiones en que estas estén implantadas, sino solo que ese impulso no debe ser tal que empeore la educación de los jóvenes de la región. (6) Igualmente es muy importante aclarar que la aplicación de una lógica como la propuesta debería adaptarse a las limitaciones materiales y humanas que existieran en cada lugar, como no podría ser de otra manera.)

[1] Como digo considero que una buena educación es aquella que además de preparar intelectual y laboralmente, incluye también un elemento moral, ni que sea un elemento mínimo de respeto por los derechos humanos. Es más, también sería importante tener en cuenta la educación en elementos como la salud, la sexualidad, la alimentación, las finanzas propias etc. En cualquier caso, en lo que sigue dejare de lado esta cuestión que merecería su propio escrito justificativo.

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