Nodrizas: la crianza de los niños en el mundo romano

01/10/2018

 Jordan Whitt @jwwhitt


Nodriza y ama de cría son dos términos que se han utilizado de manera similar a lo largo de la historia para designar a la mujer que amamanta y cría a un hijo ajeno[1]. La utilización de estas mujeres en Roma comenzó a ser habitual a finales de la época republicana, cuando las matronas pertenecientes a las clases más altas comenzaron a utilizar amas de leche para criar a sus propios hijos. Recurrir a una nodriza se acabó convirtiendo en una práctica habitual, sobre todo entre aquellas familias que podían permitirse contar con un alto número de sirvientes o esclavos en su casa. Lo normal es que las casas de familias de alto rango y buena solvencia económica utilizasen a sus propias esclavas para criar a los niños que iban naciendo, pero existían otro buen número de hogares que decidían alquilar los servicios de una mujer libre, a la que pagaban por un tiempo sus servicios nutricios. Entre estas, habitualmente, la mayoría era de origen liberto[2], siendo la profesión más popularizada entre ellas, como demuestra el estudio de la epigrafía[3]. En estos casos, sostenían unos vínculos de dependencia con la familia que las contrataba, aunque eran remuneradas por la crianza de los niños[4].

 

Las razones por las que se decidían a usar nodrizas para criar a los niños eran muy variadas, yendo desde el fallecimiento de la propia madre hasta el ideal aristocrático que consideraba que una mujer debía confiar a su bebé al ama de cría para evitar cualquier sentimiento de cariño hacia él, debido a las altas probabilidades que podía tener de fallecer en la infancia. El parto y la infancia eran los momentos de mayor riesgo en el mundo romano, donde la tasa de mortalidad era más elevada, por lo que estas situaciones eran más habituales de lo que nos pensamos. Por ello, en caso de que falleciese la madre, se hacía necesario recurrir a una nodriza para conseguir que el niño sobreviviese a su primera infancia, de ahí la enorme importancia que tenía la función de estas mujeres. Además, a lo largo del Imperio comenzó a difundirse la idea de que si una mujer daba de mamar a sus hijos, tardaría más tiempo en recuperarse del parto y, por tanto, seguir teniendo descendencia. Al desarrollo de esta idea contribuyó el hecho de que, para los romanos, la maternidad no consistía únicamente en engendrar hijos, sino educarlos y transmitirles los valores tradicionales. De tal forma, no se daba prioridad a la crianza natural de los niños, sino a la educación y formación de tipo moral e intelectual y, por ello, dedicar demasiado tiempo a amamantar a un bebé hacía que la mujer descuidase la instrucción de sus otros hijos[5]. Sin embargo, no todos los autores creían adecuado confiar la crianza de los niños a una nodriza, pues consideraban que lo correcto era que la madre se ocupase de ella directamente, ya que pensaban que estas amas de cría podían transmitir valores inadecuados a sus pupilos: “Pues antaño los hijos nacidos de madre honrada no se criaban en el cuartucho de una nodriza alquilada, sino en el regazo y en el seno de su propia madre, y ésta tenía como principal motivo de orgullo el velar por la casa y ser una esclava para sus hijos[6].”

 

Asimismo, en un período en el que la mortalidad infantil era tan alta, se consideraba muy importante que el niño pudiera recibir una correcta alimentación en sus primeros meses de vida, debido a los beneficios que le puede aportar la leche materna o la de su nodriza. Por eso, en el caso de que la madre no pudiera (o no quisiera) amamantar al bebé, la búsqueda del ama de cría se hacía imprescindible para muchas familias. Escoger una nodriza se consideraba un momento importante, debido a la influencia que se creía que su leche tenía sobre el niño, por ello fue un tema constante en muchas obras literarias que trataban, sobre todo,  acerca de la salud de la mujer[7]. Gracias a textos como el del médico griego Sorano sabemos que:

 

La nodriza no debe ser ni demasiado joven ni demasiado vieja, tendrá entre veinte y cuarenta años, habrá tenido ya dos o tres hijos, estará sana, en buenas condiciones físicas, a ser posible alta y de buen color. Tendrá senos de talla mediana, elásticos, blandos y sin arrugas. Los pezones no han de ser ni demasiado gruesos ni demasiado pequeños, ni demasiado compactos ni demasiado porosos, deben dejar pasar abundantemente la leche. La nodriza ha de ser moderada, sensible, pacifica. Será griega de nacimiento[8].”

 

Como vemos, Sorano presenta una serie de consejos para elegir a la mujer correcta, los cuales son compartidos por otros autores. Entre estos consejos se aprecia claramente cómo debía ser la nodriza ideal, que era examinada no sólo en base a su físico sino que también era fundamental la calidad de la leche.  Sin embargo, y al igual que hubo autores que se preocuparon por establecer unas bases que permitieran la correcta elección del ama de cría, existieron otros, como Tácito, que consideraban que era, por parte de los padres, una actitud negligente el entregar a sus hijos a mujeres de baja condición social, especialmente cuando eran extranjeras, para que los alimentasen y los cuidasen: “Ahora se entrega al recién nacido a cualquier criada griega, a la que ayudan algunos esclavos de los menos capacitados. Esas almas inocentes asimilan los cuentos y chismes de esa gente y nadie tiene en cuenta lo que se dice o hace ante los pequeños amos[9].”

 

Pese a estas actitudes en contra, la importancia de la nodriza iba más allá de la mera alimentación del niño, puesto que se convertía en la persona que le cuidaba y educaba en los primeros años de vida, confirmando de esta forma los temores de autores como Tácito, a quienes les preocupaba la influencia que podían ejercer sobre los infantes. Estos constantes cuidados hacían que, para el niño, su nodriza fuese una figura más cercana que su propia madre durante toda su infancia, estrechando unos vínculos que duraban toda la vida. De hecho, una vez acabado el período de lactancia, algunas amas de cría (sobre todo las esclavas) eran liberadas del servicio, pero la mayoría se quedaban como criadas de confianza o acompañantes de los niños que habían cuidado, vinculándose directamente con ellos. De hecho, en el caso de las niñas, era muy habitual que cuando contraían matrimonio llevasen a su nuevo hogar, como una parte simbólica de la dote, a la nodriza que la crió durante su infancia, para que se convirtiese en la persona a la que confiar sus problemas y en el vínculo con su familia. Cuando sus protegidos crecían, trataban de recompensarlas de la mejor forma posible, otorgándoles algunos bienes materiales con las que querían facilitar su vida: “Quiero agradecerte que hayas aceptado encargarte del cultivo del pequeño terreno que regalé a mi nodriza[10].”

 

Estos lazos afectivos quedaron reflejados también en el mundo del Más Allá, ya que el término nutrix es uno de los que más encontramos en la epigrafía funeraria[11] dentro de las referencias profesionales. Fueron numerosos los adultos que dedicaron costosos epitafios a las mujeres que les criaron, aunque también encontramos el caso de amas de cría que pagaron una lápida a los niños fallecidos durante su crianza. Dentro de estas relaciones afectuosas, quedaban incluidos también los llamados hermanos de leche, es decir, aquellas personas que, sin compartir ningún parentesco de sangre, habían sido amamantados por la misma mujer. Era bastante frecuente que el hijo de la familia aristocrática hubiese sido criado junto con el hijo de la nodriza, lo que forjaba una relación entre ellos muy familiar que sobrepasaba las posiciones sociales que ambos ocupaban. En cualquier caso, las muestras de amor mutuo que aparecen reflejadas nos hablan de unas relaciones muy intensas entre los niños, las amas de cría y los hermanos de leche[12]: 

 

NUTRIX MELLITISSIMA FECIT ALUMNO SUO L. VALERIO STACHYO, QUI VIXIT MENSIBUS VIII DIEBUS XXV. (Su querida nodriza levantó este monumento fúnebre a su niño de pecho Lucio Valerio Estaquio, que vivió ocho meses y veinticinco días)[13].”

 

MARIAE MARCELLINAE NUTRICI SUAE ET CAEDI RUFINI CONLACTANEI C. TADIUS SABINUS MILES COHORTIS II. PRAETORIAE BENE MERENTIBUS. (A su nodriza María Marcelina y a la memoria de su hermano de leche Cedio Rufino, ambos bien merecedores, levantó este monumento C. Tadio Sabino, soldado de la II Cohorte Pretoriana)[14].”

 

Al agasajar a sus amas de leche, a veces más que a sus propias madres naturales, queda patente que fueron las nodrizas quienes habían cuidado y confortado a sus pupilos como si fuesen sus propios hijos a lo largo de la infancia, forjando unos vínculos de afecto tan poderoso que parecía que no se podía comparar con la progenitora, la cual se había limitado tan sólo a llevarles en su vientre a lo largo del embarazo.

 

Por tanto, como hemos visto en estas líneas, en el mundo romano la maternidad era un concepto ligado casi más a la educación y formación de los niños, como continuadores de la gens o estirpe familiar, que a una crianza afectiva como tal. De ahí, el hecho de que muchos niños desarrollasen lazos de afecto muy fuertes con las mujeres que los habían criado en su primera infancia, puesto que eran ellas las que se habían encargado de su bienestar. Sin embargo, esto no sucedió en todas las familias romanas, ya que muchas seguían manteniendo los ideales de crianza materna que habían existido en épocas precedentes o no tenían medios para contratar a una nodriza. De cualquier forma, la vida de los niños dependía del reconocimiento de los padres, ya que cuando nacían eran ellos los que debían aceptarlos, o no, dentro de la familia. En el caso de que fuesen admitidos dentro de la familia, pasaban a tener su nombre y podían recibir los cuidados pertinentes, tanto de su madre como de los esclavos o criados que le rodeasen. En caso contrario, eran expuestos (es decir, abandonados), por lo que cualquier persona que se los encontrase podía recogerlos y criarlos, en el caso de que consiguiesen sobrevivir al trance de la exposición. Normalmente, eran recogidos por mercaderes de esclavos, que convertían a estos niños en futuros esclavos, pero también podían hacerlo particulares. En ambos casos, eran criados por nodrizas, a quienes se les pagaba un salario por amamantarlos en sus primeros meses de vida[15], aunque en estas situaciones los vínculos afectivos eran menos intensos que en el caso de las esclavas o amas de cría utilizadas por familias pudientes. De cualquier manera, la función de las nodrizas en el mundo romano debe ser muy valorada, puesto que criaban a niños que no eran suyos y a los que, en la mayoría de los casos, les daban el amor y los cuidados que las convertía, de manera simbólica, en una madre para ellos.

 

[1] RODRÍGUEZ GARCÍA, R. (2017) “Nodrizas y amas de cría. Más allá de la lactancia mercenaria”. En MASSÓ GUIJARRO, E. “Mamar. Mythos y lógos sobre lactancia humana”. Dilemata, Revista Internacional de Éticas Aplicadas, número 25, p. 37.

[2] Término que hace referencia a un esclavo al que se le ha concedido la manumisión, es decir, que ha obtenido su libertad.

[3] Ciencia que estudia las inscripciones hechas sobre materiales duros, estableciendo metodologías para poder leerlas e interpretarlas.

[4] HERNÁNDEZ GUERRA, L. (2013) “Los libertos de la Hispania romana. Situación jurídica, promoción social y modos de vida”. Editorial Universidad de Salamanca, p. 76.

[5] CORBIER, M. (2000) “La niñez en Roma: leyes, normas, prácticas individuales y colectivas”. Auster, p. 29.

[6] TÁCITO, Diálogo sobre los oradores, 28.

[7] LÓPEZ PÉREZ, M. (2004-2005) “La alimentación del lactante: la nodriza y el examen probatorio de la leche en la obra de Oribasio”. Espacio, Tiempo y Forma, Serie II, Historia Antigua, t. 17-18, p. 227.

[8] SORANO, Ginecología II, 19.

[9] TÁCITO, Diálogo sobre los  Oradores, 29.

[10] PLINIO, Epístolas, VI, 3.

[11] El término “epigrafía funeraria” hace referencia a los textos escritos en piedra relacionados con el mundo de la muerte, es decir, lápidas, epitafios o inscripciones en urnas, sarcófagos, aras o estelas.

[12] CORBIER, M. (2000) “La niñez en Roma: leyes, normas, prácticas individuales y colectivas”. Auster, p. 37.

[13] DE 8537.

[14] CIL XI 6345.

[15] CORBIER, M. (2000) “La niñez en Roma: leyes, normas, prácticas individuales y colectivas”. Auster, p. 24.

 

 

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