Introducción al feminismo (III): Feminismo radical

01/10/2018

Zach Reiner @_zachreiner_


Contexto histórico 

 

En tercer lugar, la presente serie de artículos sobre las diferentes ramas del feminismo se centrará en analizar la corriente radical, cuyo origen se puede situar entre los años 60-70 en Estados Unidos, en lo que se ha denominado “tercera ola”. El feminismo tradicional atravesaba una época de crisis, pues un importante sector consideraba insuficientes las políticas mantenidas por la izquierda consistentes en la búsqueda de mínimas cuotas de igualdad entre sexos. Este descontento generalizado, sumado al auge de un sentimiento anticapitalista, dio paso a una nueva forma de entender el feminismo. El nuevo movimiento feminista surgió en una época convulsa en Estados Unidos, concretamente en el seno de los movimientos por los derechos civiles, tales como la liberación del colectivo afroamericano.

 

Las mujeres estadounidenses empezaron a celebrar asambleas donde compartían sus experiencias domésticas, lo que llevó a una toma de conciencia colectiva de la problemática familiar y económica que sufrían como algo estructural en la sociedad. Es decir, que sus problemas compartidos no eran fruto de una casualidad, más bien el resultado de una mentalidad muy extendida y arraigada. Esta práctica tuvo su origen en la creación del grupo  “New York Radical Women” en el año 1967, integrado por mujeres que se desligaron de los movimientos de derechos civiles y contra la guerra por estar éstos liderados únicamente por hombres.  Esta nula participación de la mujer en la vida pública, que se venía denunciando desde la “segunda ola” del feminismo, tomó fuerza nuevamente en el seno de estas reivindicaciones pues resurge la crítica a la posición hegemónica del varón en los puestos de responsabilidad como forma de dominación sobre la mujer.

 

En el año 1968 se produjo uno de los actos iniciales de llamamiento público por la liberación femenina bajo la óptica del feminismo radical. Un grupo de mujeres irrumpieron el certamen de Miss América exponiendo lo degradante de los concursos de belleza hacia la mujer. Las protestantes consideraban el concurso como sexista, pues proyectaba el ideal de mujer sumisa y apolítica, sujeta a estereotipos de feminidad, además de unos estándares de belleza irreales y perjudiciales para la mujer. Como medio de protesta instalaron lo que denominaron “el cubo de la basura de la libertad” donde arrojaron objetos que consideraban como una representación del sexismo denunciado (sostenes, ollas, productos de maquillaje, de limpieza del hogar, etc). Estos actos de protesta tuvieron una repercusión inédita, ya que se consiguió la atención al movimiento feminista de los medios de comunicación a nivel mundial.

 

En agosto de 1970  miles de mujeres marcharon en homenaje a los 50 años de aprobación del voto femenino. Entre sus reivindicaciones destacaron la defensa de igualdad en el ámbito laboral así como el derecho al aborto. De este modo, las demandas feministas se ampliaron con respecto al feminismo liberal tradicional y a diferencia de las anteriores olas, se empezó a centrar en el plano sexual, yendo más allá de las reivindicaciones por una mayor participación en la vida pública que caracterizaron los anteriores movimientos por la igualdad de la mujer. El feminismo, por tanto, se amplió a otros muchos aspectos, entre ellos la manera de entender la causa de la desigualdad sufrida por la mujer e identificación de las estructuras sociales políticas y económicas que han venido legitimando esta estructura de poder.  

 

 

Discusión actual

 

Las bases del discurso radical se han nutrido en gran parte del análisis de la autora Simone de Beauvoir, en su obra “El segundo sexo” publicado en el año 1949.  Dicho ensayo consistió en un extenso estudio sobre las diferencias sexuales entre hombre-mujer y sus implicaciones sociales. La escritora y filósofa relata cómo la sociedad va modulando a la mujer en la subordinación, desde la infancia hasta la edad adulta, mediante construcciones sociales y culturales que imponen un papel o rol de esposa y de madre. La filósofa realiza una retrospección desde un punto de vista antropológico, social y científico a la situación de la mujer en diferentes sociedades a lo largo de la historia, incidiendo así en el carácter intercultural de la opresión por razón de sexo. Es la sociedad, la que, en cada momento histórico, ha perfilado el papel de la mujer, siempre bajo la autoridad del varón. Señala así el dominio del hombre en todos los ámbitos de la vida de la mujer, tanto en la infancia como padre, como en el seno del matrimonio como esposo. Para ello aporta diarios y casos clínicos donde se relatan numerosas experiencias de mujeres en este sentido. Critica, además, lo que posteriormente se ha denominado como “género”. Así lo expresa en una de sus frases más populares “No se nace mujer, se llega a serlo. Ningún destino biológico, físico o económico define la figura que reviste en el seno de la sociedad la hembra humana”.

 

Es decir, no existiría una esencia femenina definitoria de la mujer, sino una estructura social que adjudica un estatus de feminidad en base a la biología. Esto es, la proyección de la mujer como subordinada al hombre vendría sustentada por una serie de roles construidos socialmente entorno a la figura de la “hembra humana”, de manera que ésta asimilaría este papel de inferioridad que a su vez, seguirá perpetuando sobre sus hijas y nietas. Este conjunto de estereotipos impuestos a la mujer empiezan en la educación, pues a las niñas se las educa en unos valores contrarios a los hombres. Ellas gozan de un trato más delicado y protector por parte de sus progenitores, se le enseña a ser  dependientes y a buscar la aprobación masculina, mientras que ellos aprenderán a ser independientes y seguros de sí mismos. Esto es, a las niñas se las educa en la feminidad, mientras a los niños en la virilidad.  La opresión por tanto,  vendría dada a la mujer a través de la imposición de estos patrones de conducta a lo largo de su vida que se van perpetuando entre generaciones.  Observamos además, en la apuntada obra, numerosas referencias al aspecto sexual como base de la desigual situación de la mujer, tales como la problemática entorno al aborto, la maternidad, el estigma de la menstruación en numerosas sociedades o la sexualidad en la adolescencia o en el matrimonio.  

 

Avanzando en la teoría que nos ocupa, resulta vital definir el sentido del adjetivo radical en la forma de entender el movimiento feminista, que viene a significar ir a la raíz, en este caso de la opresión de la mujer. Las autoras radicales centran la raíz de la opresión en la función sexual y reproductiva, y atribuyen la desigualdad social entre sexos a lo que se ha denominado “patriarcado”. Esto sería la forma de organización social, política y económica por la que la autoridad, en sus distintas esferas es ejercida por el varón como jefe  de familia y dueño del patrimonio y poseedor del poder político

 

En este mismo sentido destacan “Política sexual” de Kate Millet, publicado en 1969 y “Dialéctica del sexo”, de Sulamith Firestone, publicada un año después. Millet expone en su obra el carácter sexual de la opresión sufrida por la mujer y ofrece un análisis del mismo desde un punto de vista multidisciplinar, siendo su obra, la primera tesis doctoral sobre género a nivel mundial. La autora hace una crítica a lo que denomina “política sexual” que sería la noción de que el sexo reviste un carácter político en la sociedad, conformando un sistema de opresión que influiría en las relaciones sexuales. Esto se traduce en la idea de que todas las formas de opresión humana entre grupos sociales a lo largo de la historia tienen en común la subordinación de la mujer al hombre. Es decir, todas las relaciones humanas de dominio de un grupo sobre tienen en su base la desigualdad entre sexos. Ejemplo de esto serían las opresiones por clase o etnia, que se habrían levantado sobre la base de la dominación patriarcal. De este modo, una mujer proletaria o racializada estaría doblemente oprimida: por motivo de sexo y por motivo de clase/etnia, situándose en la base de todo el sistema de jerarquización y desigualdad.  

 

La activista definió la política como el conjunto de estrategias destinadas a mantener un sistema de dominación. De ahí una de sus frases más conocidas: “Lo personal es político”. Lo que hasta el momento se había concebido como parte de la esfera personal del individuo (familia, sexualidad etc) se empieza a plantear como una proyección de una forma de organización patriarcal. Se estudian, por tanto, las relaciones de poder en el seno de la familia como una de las manifestaciones de una superestructura de superioridad del varón, pues lo acontecido en la privacidad de la familia tiene consecuencia a nivel social.

 

Además, de igual modo que Beauvoir, la autora critica lo que se ha conocido como género, en tanto en cuanto, expone la desigual educación recibida por ambos sexos. Según Millet, se construye socialmente un temperamento en base a unos estereotipos que sostienen el estatus de superioridad del hombre. Es decir, la estructura patriarcal se encarga de asignar un código de conducta de sumisión a la mujer en función de su biología, siendo la identidad femenina algo meramente cultural o social. No encuentra, una causa científica suficiente en las diferentes ramas de la medicina que justifiquen una desigualdad mental o emocional entre sexos y por tanto una asignación de papeles sociales diferentes, por lo que estas desigualdades solo se pueden sostener desde un punto de vista cultural.

 

En estos términos, la escritora canadiense Firestone toma como punto de partida las teorías marxistas de opresión de clase y lo extrapola a la opresión sufrida por la mujer. Propone un método de análisis materialista, conceptualmente acorde con el método utilizado por Karl Marx y Friedrich Engels para comprender la historia humana.  Este materialismo histórico consistiría en tratar de analizar los hechos acontecidos en la historia prescindiendo de voluntades y deseo subjetivos en el análisis (contrariamente a las teorías idealistas), sino por el contrario, basándose únicamente en hechos empíricos y en lo resultante de los mismos en las relaciones y estructuras humanas. Este método analiza la producción material, es decir, la influencia de los modos de producción de bienes con el desarrollo o progreso de la sociedad. Esto pone de relieve el hecho de que la conciencia social siempre estaría ligada a la de las clases dominantes, pues no se puede comprender la ideología, opiniones y mentalidad de los hombres  sin atender al origen material o económico de las instituciones dominantes. Marx y Engels explotan este método en el análisis de las relaciones de clase burguesía-proletariado. Firestone adopta este materialismo histórico como método analítico en la opresión sufrida por la mujer, cuya causa sitúa en la función reproductiva de la misma y propone en consecuencia, una versión feminista del materialismo histórico, pues considera insuficientes las referencias marxistas a lo que denominó “clase sexual”. De acuerdo con la autora, se ha conformado culturalmente entorno a la mujer un rol de cuidadora de la familia y del hogar, quedando relegada al ámbito estrictamente privado. Para ello se han defendido por parte del patriarcado unos valores intrínsecos en base a su biología (por ejemplo: el sacrificio personal por amor a sus allegados, la abnegación, la paciencia, el instinto maternal, etc). La función de la mujer a lo largo de la historia se ha visto limitada al ámbito doméstico mediante la interiorización de estos valores patriarcales y en base a su capacidad reproductiva y sexual. Mientras, el hombre ha ostentado los privilegios en relación a su sexo, pues ha estado al mando de las altas instancias políticas, sociales y económicas, lo cual, no hubiera sido posible sin esta asignación de este papel de sumisión a la mujer. Para Firestone, son las relaciones de reproducción y no las de producción, las que mueven la historia. Del mismo modo que Marx propone una revolución económica para liberar al proletariado, Firestone propone una revolución biológica. Las mujeres deben apropiarse, siguiendo este orden de ideas, de los medios de reproducción para conseguir la eliminación del sistema sexual de clases.

 

Encontramos, por tanto, entre las principales diferencias con otras ramas del feminismo, el método de análisis sobre la causa de la opresión, así como una notable ampliación de las demandas feministas, pues se trataría de lograr la liberación y emancipación de la mujer en todos los ámbitos y no únicamente una igualdad formal de derechos. La raíz de la problemática de la mujer radicaría en el sexo o función reproductiva, hecho a partir del cual el patriarcado habría formado una sistema de valores y estructura política por el que la mujer ostenta un papel secundario en beneficio del mismo. Así, a diferencia de la teoría transfeminista, el feminismo radical contempla el género y sus roles, no como una identidad ni un espectro no binario, sino como una jerarquía socialmente impuesta,  claramente delimitada entre dos sexos y especialmente lesiva para los intereses de la mujer, porque se trataría de un intento de justificar o naturalizar la inferior posición social de ésta mediante la asimilación de unos roles patriarcales aprendidos desde la infancia y en beneficio de patriarcado.

 

 

Aplicación práctico-social

Desde este prisma de la opresión de la mujer como un asunto íntimamente relacionado con el movimiento obrero y consecuente liberación del proletariado, se desprende el carácter anticapitalista del sector radical del feminismo. Siendo la mujer una clase social subordinada al sexo masculino tanto en relación al Estado como en el seno de la familia, las épocas de mayor precariedad económica siempre irán en especial perjuicio de la mujer, pues sobre ella recae gran parte del peso económico de la sociedad en tanto en cuanto ostenta la totalidad de la responsabilidad doméstica, siempre sin retribución. Asimismo, la mujer, dentro del sistema capitalista y en base a su rol de madre y cuidadora de la prole, sobreviene en una dependencia económica respecto del hombre, que a su vez ostenta todo el poder político y económico, socialmente reconocido y retribuido. Se estima, bajo esta perspectiva económica, que de la población pobre a nivel mundial, más del 70% son mujeres, según datos de la ONG “Manos unidas” [1].  De este modo, capitalismo y patriarcado se complementan y nutren uno de otro en detrimento de la mujer, cuyo papel social es imprescindible para el funcionamiento de este sistema.

 

No cabe obviar, desde la vertiente del feminismo radical, la violencia sufrida sistemáticamente por la mujer. Esto sería una de las manifestaciones principales de la opresión objeto de estudio. Las cifras de violencia intrafamiliar, por parte de parejas o exparejas aumenta exponencialmente, del mismo modo que las violaciones. En España, sin ir más lejos, se han producido más de 900 asesinatos a mujeres en los últimos 14 años [2], (y todo ello teniendo en cuenta la falta de registro de la violencia machista fuera del seno familiar en estas estadísticas). En la misma línea, durante el año 2017, aumentaron en un 10% y siguen aumentando durante el 2018 las cifras de violencia machista, según datos del Ministerio de Interior. En los tres primeros trimestres del 2018 se han producido 371 agresiones sexuales con penetración, es decir, un 28,4% más sobre el mismo período del 2017 [3]. Estos dramáticos datos no son, sino un reflejo del sistema de dominación sexual, que lejos de haber quedado olvidado o suponer estos casos algo excepcional, sigue cada día más vigente pese a los intentos del gobierno de poner fin a la situación. Resulta imprescindible, y así lo exponen las autoras radicales, comprender las causas de dicha violencia como algo estructural, y no una mera casualidad o arbitrariedad criminal.

 

Avanzando en la teoría, conviene analizar las formas actuales de lo que el feminismo radical viene denunciando como explotación sexual y reproductiva de la mujer y cuyo objetivo es la eliminación de las mismas. Esto vendría reflejado por la práctica de prostitución, pornografía o de la denominada “gestación subrogada”. La crítica a la realización de estas actividades tendría su base la idea de la mujer como un mero objeto a disposición del hombre y la defensa implícita de un derecho de disposición al cuerpo de la mujer mediante su mercantilización. Se propone, en consecuencia, la abolición de estas actividades como única solución válida.

 

Llegados a este punto, resulta necesario distinguir abolicionismo de prohibicionismo, pues son términos que se suelen confundir generando gran conflicto. Abolir la prostitución implicaría la persecución y penalización de los consumidores y proxenetas, en ningún caso a las prostitutas, víctimas de explotación sexual según el feminismo radical. El objetivo sería conseguir una salida para las prostituidas que no atente contra su integridad y partiendo de una libertad real y no viciada por una precariedad económica. De este modo se persigue acabar con la demanda penalizando a quienes se benefician, teniendo como punto de partida la precaria situación de la mujer prostituida. Por el contrario, el prohibicionismo implicaría criminalizar a todas las partes implicadas. La prostituida pasaría a considerarse delincuente y no víctima, aludiendo a la necesidad por parte del Estado de solucionar el problema de la corrupción en esta actividad. La diferencia fundamental radica, además de en los medios para acabar con la prostitución, en el análisis del propio sistema. Desde el abolicionismo se denuncia la estructura social que legitima el acceso de los varones al cuerpo femenino así como las condiciones previas de las prostitutas que les lleva a tal actividad, mientras que el prohibicionismo se limita a penalizar todo acto relacionado con la misma, prescindiendo de cualquier análisis de las causas. 

 

En esta dirección se ha pronunciado la autora Ana de Miguel, en su obra “Neoliberalismo sexual. El mito de la libre elección”.  La escritora expone los mecanismos que ha ido adoptando el patriarcado acorde a los cambios sociales para enmascarar las tradicionales formas de opresión sexual a la mujer, entre ellos la apelación a la libre elección de la mujer para ejercer la prostitución. En palabras de la autora, “la prostitución refuerza la idea de las chicas/mujeres como cuerpos y trozos de cuerpos de los que es normal disponer”. Esta noción implica una gran despersonificación pues reproduciría los esquemas patriarcales de dominación del hombre y el derecho de acceso al cuerpo de la mujer, constituyendo las más pobres y en su mayoría inmigrantes, las mujeres más susceptibles de caer en la prostitución. La autora discrepa con la defensa de la prostitución como una actividad cualquiera, pues tiene unas connotaciones personales e íntimas que requieren de un deseo previo por ambas partes, del que se prescinde en la prostitución, ya que se promueve la idea de la sexualidad como un poder de unos cuerpos sobre otros y no como algo equitativo y deseado.

 

Igual postura adopta en este aspecto la fundadora del Partido Feminista de España, Lidia Falcón, personalidad destacada en el marco del feminismo radical. La abogada, periodista y doctora en filosofía propone un modelo abolicionista en el que se persiga a consumidores de prostitución y proxenetas así como una protección social y laboral de las víctimas. Apela a la ONU en su pronunciación contra la prostitución como un trabajo por considerar que carece de la dignidad propia de cualquier actividad laboral. Asimismo, denuncia la intrínseca relación entre trata y prostitución, pues alude a la violencia que sufren las prostituidas cuando tratan de buscar alguna salida a dicha actividad. No existe, por tanto, la libertad en materia de prostitución, ya que las mujeres que se dedican a ello no tienen otra opción. La autora alude a la imagen pública que se da de la prostitución como un negocio lucrativo para las ejercientes, sin embargo, cree que se obvia la parte del beneficio económico que percibe el proxeneta, los empresarios de burdeles etc.. siendo el beneficio para la mujer ínfimo y solo suficiente para la mera subsistencia en el mejor de los casos. Desde el punto de vista laboral, Falcón abre el interrogante sobre las condiciones que se establecerían por contrato, por ejemplo: si se estipularía una cotización mayor atendiendo a la naturaleza del servicio sexual o si se establecerían centros de enseñanza y formación para dicha actividad o a que edad se podría acceder a dicha formación. De este modo deja patentes sus dudas sobre la prostitución como una actividad laboral y formativa más.

 

Otro aspecto controvertido entre diferentes ramas del feminismo sería la realización de pornografía, actividad deshumanizante y degradante para la mujer según la corriente radical. Uno de los referentes literarios en este sentido fue la escritora Andrea Dworkin, especialmente en su obra “Pornography: Men Possessing Women”, publicada en 1981. La feminista contemplaba la pornografía como una violación a las mujeres, pues es un negocio que compra y vende mujeres y por ende, comercia con el cuerpo femenino. Critica, además, la fijación por parte de la pornografía de un estándar patriarcal en la sexualidad femenina, porque proyecta la imagen de satisfacción de la mujer siendo un mero objeto al servicio del hombre. Del mismo modo que la prostitución, convierte los cuerpos en mercancía a disposición de los hombres que deshumanizan y objetualizan a la mujer. Considera la autora, entonces, que la aceptación de la pornografía implica abandonar el feminismo y a las mujeres.

 

Asunto de actualidad en España y problemático en los mismos términos sería la práctica de los llamados “vientres de alquiler” o gestación subrogada. Como se apuntaba en el artículo sobre feminismo liberal, dicha técnica constituye, para la feminista Lidia Falcón una nueva forma de explotación reproductiva de las mujeres más pobres, que serían quienes se prestarían a realizar gestar hijos para otras personas. La autora niega la existencia de un derecho a ser padres, pues no existe reconocimiento legal alguno en dicho sentido. Tampoco se puede aceptar la existencia de una potestad para acceder a la capacidad reproductiva de las mujeres. En este aspecto, critica la apelación a la libertad del discurso liberal en favor de dicha técnica del mismo modo que ocurre con la prostitución. Se recurriría, como es común dentro del liberalismo, a la individualidad y deseos privados como justificación para instaurar un sistema que supone la mercantilización del cuerpo de la mujer. No cabe hablar de libertad en un sistema capitalista puesto que la pobreza y precariedad es la motivación principal de prestarse a la práctica de dicha técnica. Tampoco cabe apelar a la solidaridad, otro motivo comúnmente escuchado en la defensa de la gestación subrogada, pues perpetuaría los ideales machistas de un carácter abnegado y sacrificado de la mujer e iría encaminada a defender los privilegios de las clases dominantes. Desde esta noción de la paternidad como un ejercicio de generosidad al cuidar a un menor, la feminista recuerda la posibilidad de recurrir a la adopción como método para ello, pues miles de niños están en una situación de desamparo. Sin embargo, destaca el egoísmo de las personas cuyo principal interés es la preservación de su línea genética. Asimismo, supondría una vulneración de los derechos de los menores, pues nunca podrían acceder a sus orígenes e historia de sus padres biológicos.

 

En definitiva, el feminismo radical, a diferencia de otras ramas, especialmente la liberal, parte de un nuevo método analítico de la situación de la mujer, y llega a la raíz: el sexo y la capacidad reproductiva. A su vez, identifica al patriarcado como estructura social, política y económica de subordinación de la mujer, sustentada en el dominio y superioridad del varón en todos los ámbitos y valiéndose del sistema capitalista, oprime y explota, siendo la mujer pobre la más susceptible. Se empieza a hablar, por tanto, de opresión, y no únicamente de discriminación tal como se venía haciendo, pues el patriarcado obtiene beneficio de la desigualdad de la mujer. La solución, del mismo modo, sería opuesta a la de la rama liberal, pues pasaría por la abolición de toda forma de explotación sexual y reproductiva de la mujer tal como la prostitución o la práctica de pornografía, y del llamado género como estructura jerárquica y social entre ambos sexos.

 

 

[1] http://www.elmundo.es/elmundo/2007/03/05/solidaridad/1173121147.html

 

[2] https://www.eldiario.es/sociedad/violencia-machista-asesinados-estadisticas-oficiales_0_711479187.html

 

[3] https://elpais.com/politica/2018/05/10/actualidad/1525955036_406665.html

 

 

Compartir en Facebook
Compartir en Twitter
Please reload

Buscador

Entrevistas

Qué opinan las voces más destacadas sobre los asuntos más candentes.s

Series

Diversos temas tratados con mayor profundidad y extensión en formato de series de artículos monotemáticos

colabora.jpg

Si quieres quieres criticar o complementar este texto, si no compartes su perspectiva, no lo dudes, haznos tu propuesta a la redacción.

¿En desacuerdo con este artículo?

Please reload

Revista Libertalia

Filosofía y Humanidades

  • Twitter - Revista Libertalia
  • Facebook - Revista Libertalia
  • LinkedIn - Revista Libertalia
  • SoundCloud - Revista Libertalia

Revista Libertalia es un proyecto sin ánimo de lucro ni línea editorial centrado en la filosofía y las humanidades.

 

Nuestro objetivo es promover la reflexión seria y profunda entre gente joven de dentro y fuera de la academia, tratando los diversos temas de forma compleja, pero con un lenguaje claro y directo.

 

Si estás interesado en colaborar con nosotros no lo dudes, enviándonos tus textos; nuestro equipo estará a tu disposición para acompañarte en el proceso de edición y publicación;  o bien ayudándonos a financiarnos a través de Patreon. 

Recibe la Newsletter