Atado y bien atado: los lazos y la neutralidad ideológica

 

Marc Sendra Martorell @marcsm


El “procés” tendrá muchos aspectos negativos. No obstante, incluso el crítico más contumaz debe admitir que el problema catalán está generando una cantidad de debate y reflexión raramente vista. La nota media que la ciudadanía española habría sacado hace años en un examen de derecho, politología, y filosofía no tendría nada que ver con la que se sacaría hoy en día. La sociedad estará más dividida, pero será también más culta. Y es que alentados por intereses espurios –de medios, de partidos…-  prácticamente cada mes el independentismo pone sobre la mesa un nuevo tema de reflexión. Es verdad aquello de que no hay mal que por bien no venga.

 

Hace unos días veíamos a líderes de Ciudadanos hacer un claro alarde de españolidad. Pero no porque quitar lazos amarillos sea propio de españoles, sino porque pocas cosas hay más castizas que el empacharnos de guerras simbólicas: no nos cabe un gesto más. Su argumentación, muy extendida entre aquellos que se oponen a la cuelga de lazos, es aquella según la cual lo que es de todos –el espacio público- no debe servir a intereses particulares o partidistas, y que por tanto no puede ser un altavoz de las ideas de solo unos. Sin embargo, y como creo que es fácil de ver, el que algo sea “de todos” no implica que no pueda servir a intereses particulares. Por ejemplo, consideremos lo siguiente: el espacio público es donde se hacen mítines políticos, manifestaciones y huelgas del todo partidistas, sin que por ello consideremos que algo indebido está sucediendo. De hecho, podría decirse que uno de los fines más importantes del espacio público es, precisamente, el permitir que los diferentes grupos ciudadanos tengan un espacio para transmitir sus ideas a los demás. Vaya, podría incluso sostenerse que la politización de las calles –su “agorización”- es, más que un problema, un ideal. Naturalmente, esto no significa que cualquier uso del espacio público para fines políticos particulares sea aceptable, pero sí muestra que no cabe descartar de plano cierta práctica por implicar una politización de “lo que es de todos”. Como digo, determinadas formas de politización del espacio público, son, además de normales y deseables, un derecho fundamental en el ordenamiento vigente.

 

En mi opinión los errores de planteamiento que se tienen respecto a esta cuestión de “lazos sí, lazos no” surgen de no aplicar con normalidad las reglas que consideramos oportunas para lo que –en otros ámbitos- también consideramos que “es de todos”. Y es que si yo comparto piso las reglas que rigen los espacios “que son de todos” –el salón, la cocina…- no exigen que no se haga un uso partidista de los mismos. Prueba de ello es que yo puedo organizar una comida con mis amigos, aun cuando solo sean mis amigos y no los de mi compañero de piso. Ahora bien, como sucede con las manifestaciones en los espacios “que son de todos”, lo que sí es exigible es que esos usos partidistas se hagan de forma ordenada y –muy importante- permitiendo que los demás también puedan realizar sus actividades partidistas. Quizás no hoy, pero sí mañana.

 

¿Dicho esto, cómo traducir estas ideas a la cuestión particular de los lazos en las calles catalanas? ¿De qué manera puede organizarse este uso partidista de las mismas de forma que todas las sensibildiades tengan cabida; para que si hoy yo traigo mis amigos a comer, tu mañana puedas tener noche de póker con los tuyos?

 

A mi parecer sería ideal aplicar el sistema que rige la pintada de graffitis en algunas zonas de Barcelona: uno pide una instancia al Ayuntamiento y se le asigna un trozo de pared, un día concreto y una hora. Un trozo de pared ya grafiteado y sobre el que uno plasmará su arte para que, pasados unos pocos días, lleguen otros y repitan el proceso. Pues bien, si fuera posible trasladar este sistema a la puesta de lazos, pegatinas etc. entonces no creo que pudieran existir razones de peso para oponerse. ¿Y es que por qué debería inquietarnos que del jueves al sábado el vecino del cuarto pudiera ir a colgar lo que quisiera en la farola del número 12 de la calle Fulanito, (y a condición de que se responsabilizara de quitarlo cuando expirase su turno), para que a primer hora del domingo el vecino del primero pudiera ir a enganchar a la misma farola la pegatina (de fácil retirada) que más le gustara?

 

De bien seguro que a muchos les molestaría algo así, porque no querrían “tener que aguantar el ver cada día esto o aquello”. Ahora bien, por muy extendido que un sentimiento así pudiera estar, su presencia no supondría razón alguna. Al contrario, solo evidenciaría la posesión de un talante poco democrático que se ofende ante la expresión de ideas no compartidas. Al fin y al cabo sería como oponerse a que una manifestación pasara por debajo de mi casa. Sin embargo, si comprendemos que, con independencia de la incomodidad que nos cause, debemos tolerar que se usen nuestras calles para la expresión de determinadas ideas durante manifestaciones, ¿qué motivo podría haber para oponerse a otros comportamientos y expresiones análogos?[1] Y es que a mí me pueden caer muy mal los amigos de mi compañero de piso, incluso ser un abanderado contra los juegos de azar, pero mientras sus timbas se me avisen con antelación y duren un tiempo razonable, entonces no tendré motivo alguno para quejarme. Porque de lo contrario el que algo fuera “de todos” sería tanto como si no fuera de nadie, pues nadie podría usarlo.

 

En un sentido similar, habrá quien sostendrá que la neutralidad del espacio público es necesario a fin de que su  “derecho a la tranquilidad” se vea respetado. Un derecho en virtud del cual uno debería poder pasear sin verse “bombardeado” por mensajes de todo tipo en cada momento. Sin embargo, si salimos a la calle veremos que ya sufrimos ese bombardeo sin ponerle ningún pero. Solo que en vez de bombardearnos con “compra mi ideología” o “compra mi partido” se nos dice “compra este coche” o “compra esta colonia”. Luego, aun compartiendo con mi crítico hipotético la idea de un derecho al sosiego –que, por ejemplo, debería limitar la proliferación de los “captadores de ONG” que convierten ciertas zonas céntricas en carreras de obstáculos-, niego que pudiera verse conculcado de llenarse las farolas, bancos, semáforos etc. de lazos, banderas o similar.

 

Se me dirá que crear un sistema de este tipo -por el que uno se mete en la web del Ayuntamiento y reserva la farola de delante de su casa para colgar durante 48 horas una bandera de su gusto- sería demasiado costoso. Es esa también mi sensación. Caben entonces dos alternativas. Por un lado entender que, como no habría manera de organizar la cuestión de forma armoniosa, entonces apostar por mantener la tan vitoreada neutralidad ideológica (pero, eso sí, por razones meramente prácticas). Por otro lado cabría proponer una aplicación imperfecta del modelo: que cada uno colgara y descolgara a placer (como por ejemplo se sugiere aquí).

 

Aunque ninguna de las dos opciones fuera ideal creo que sería preferible la primera pues solo así se evitaría –o reduciría significativamente- que, en esta clase de asuntos, primara la ley del más fuerte o del más rápido, disminuyendo también la comisión de sabotajes y la aparición de comprensibles tensiones. Y es que sin normas que regulen cómo politizar el espacio público lo más seguro es que no todos pudieran acceder al mismo en condiciones de igualdad y seguridad, teniendo las mayorías ideológicas demasiadas facilidades para imponer su voz y ahogar las disidentes. Además, es de imaginar que sin reglas al efecto lo que podría ser un espacio más para el debate o la visibilización de posiciones desconocidas degeneraría rápidamente en un simple combate simbólico, teniendo este último un interés democrático mucho menor. En efecto, si los compañeros de piso fueran incapaces de pactar un horario televisivo, parece que sería más sensato –por pacífico y respetuoso- que el televisor siempre estuviera apagado, pues sería absurdo que, a falta de un consenso organizativo, cada habitante pudiera apagársela o cambiarle el canal a su compañero bajo el pretexto de “la tele es tan mía como tuya”.   

 

La solución propuesta podría aparecer como demasiado radical, en especial cuando lo que se estaría limitando sería un valor tan importante como la libertad de expresión. No obstante, téngase presente que esta limitación surgiría en un contexto de “riqueza expresiva”, donde existen multitud de canales para que todos hagan oír su voz. Aun con todo, es cierto que cabría una posición intermedia en la que se habilitara un sistema para el reparto armonioso de, al menos, algunos espacios de la ciudad, a la manera en que las universidades acostumbran a reservar algunos espacios para que sus alumnos puedan colgar lo que consideren (sin que por ello ese espacio “que es de todos” deje de serlo). Así, no sería especialmente difícil ni costoso habilitar el sistema antes mencionado para algunos pocos lugares concurridos de las ciudades de forma que, por ejemplo, cada semana los leones de la Plaza España de Barcelona lucieran un lazo o bandera en particular.  

 

Sea como fuere, creo que lo importante es darse cuenta que las dificultades a la hora de decidir “lazos sí, lazos no” reside en aspectos más bien logísticos y no tanto conceptuales, al menos una vez que vemos que el espacio público puede politizarse y utilizarse de forma partidista sin que haya nada de malo en ello. ¿Qué es sino el show de Ciudadanos retirando heroicamente lazos en las fracturadas calles catalanas más que la enésima politización del espacio público? Se equivoca pues el Defensor del Pueblo cuando afirmaQue hoy cuelgue del Ayuntamiento de Barcelona una estelada para que mañana cuelgue una rojigualda no es motivo de ofensa (por mucho que ello sí vaya a ofender). La comprensión de la convivencia en lo que es de todos como implicando el silencio es un error que evidencia el carácter inmaduro de nuestro país en cuyas cenas de navidad es mejor no sacar la política que el pluralismo y el respeto a todos pasan por la neutralidad de los espacios (y edificios) públicos. . La casa en que de verdad es deseable vivir no es aquella de paredes desiertas, sino aquella en la que el póster de Reagan cuelga junto al del Che.

 

La tan machacada neutralidad ideológica que le es exigible a los Estados sólo implica que estos no deben inmiscuirse en la vida privada de sus ciudadanos, absteniéndose de llevar a cabo políticas paternalistas o que pretendan imponer una visión concreta sobre el mundo y la vida buena. El Estado es neutro ideológicamente cuando el credo que uno procesa no supone ningún problema o distinción a nivel legal, y cuando -por muy disparatado que sea- puede llevarlo a cabo sin trabas de ningún tipo (si para ello no fuera a afectar también a los demás, claro está). Que la Administración pueda ceder -de forma ordenada, igualitaria e imparcial- sus balcones o sus farolas para que los ciudadanos cuelguen sus banderas, es tan criticable como que ceda “sus” calles para una manifestación, o “sus” plazas para un mitin.
 

[1] Asumo que colgar lazos amarillos no es esa clase de mensajes que quizás no deberían poderse expresar nunca. Es decir, asumo -al menos en este artículo- que las posiciones del independentismo no pueden identificarse con exaltaciones del nazismo o similar
  

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