El joder se va acabar: una reflexión sobre la natalidad

05/09/2018

Lubomirkin @lubomirkin


Habitualmente planteamos la decisión de tener hijos como una elección poco política y poco relacionada con la moral. Evidentemente, seguir adelante con un embarazo conscientemente puede ser un acto de irresponsabilidad de los padres, si éstos no tienen la capacidad mínima (sea económica o de madurez) para hacerlo. Pero más allá de esto, consideramos la procreación como un acto tan natural y culturalmente está tan extendido que incluso existe cierta presión hacia las parejas que deciden no tener hijos.

 

Esto es: todos estamos de acuerdo en unos mínimos de irresponsabilidad (y, por tanto, de inmoralidad) respecto a esta decisión, pero fuera de estos mínimos, tendemos a considerarla como una cuestión de preferencia personal, relacionada con las dificultades y retos de tener hijos, de tenerlos en el marco de una relación sentimental que puede romperse, de compatibilizarlo con el trabajo, etc.

 

Evidentemente, estos factores deben ser tenidos en cuenta. Mi punto, pero, es el siguiente: ¿puede ser que, en la actualidad y para la inmensa mayoría de personas, tener hijos sea un acto éticamente cuestionable? Para analizarlo, lanzo la idea de que la decisión de no procrear es un acto subversivo, sostenible, útil y moral.

 

Empecemos por lo subversivo. Como es evidente, la presión para tener descendencia no es la misma que en siglos pasados, donde no tener hijos podía representar problemas dinásticos, hereditarios, familiares y sociales mayúsculos. Las personas que no tenían hijos eran, por lo general, biológicamente incapaces de ello, y acarreaban un importante estigma. Hoy en día, sin embargo, sigue habiendo una expectativa generalizada de que dentro de lo que consideramos “normalidad”, además de estar en una relación monogámica y heterosexual, hay que tener hijos, y si no los hay, significa o bien un problema biológico, o bien un problema psicológico, o bien que se está demasiado centrado en el trabajo, etc. Esta presión, cabe añadir, es especialmente intensa sobre las mujeres. La subversividad de no tener hijos, pues, es contribuir a normalizar esta elección como un estilo de vida perfectamente aceptable, y no sintomático de ningún problema. Esto es importante, porque cuanta menos presión social exista para tener hijos, menos gente los tendrá por factores ajenos a su voluntad, y más libres serán las parejas para decidir.

 

Vayamos ahora a lo sostenible. Es aparente para cualquiera que en este planeta hay demasiados humanos, o como mínimo, que el ritmo de crecimiento demográfico actual es disparatado si consideramos los recursos disponibles. Esto no es una constante homogénea en todas las regiones del mundo, evidentemente, ya que las tasas de natalidad de la India o Nigeria no tienen nada que ver con las de Rusia o Japón. Pero el hecho es que al planeta (y su medio ambiente) y a sus recursos (especialmente hectáreas de tierra, agua, minerales, energía) les son irrelevantes la distribución geográfica de los humanos contaminadores y consumidores, especialmente en la era de la globalización, con un comercio internacional intensísimo. Se me dirá quizás que hay (o habrá) nuevas maneras de reducir la contaminación o el consumo, o de hacerlo más eficiente, o de reciclar más y mejor los recursos mediante nuevas tecnologías. No voy a discutir esto porque sería largo y hay quien lo ha explicado antes y mejor, pero baste decir que es poco prudente, ante un problema de semejante magnitud y urgencia, seguir con un patrón autodestructivo y evitable confiando en parches que aún no existen (en caso de que existan nunca).

 

¿Por qué digo que es útil? Si bien es discutible que a nivel individual, esto es, sin tener en cuenta la utilidad para terceros de la procreación, tener hijos sea contraproducente (pues muchos argumentan que a pesar del considerable coste en tiempo, dinero y esfuerzo de la crianza, existen una serie de intangibles emocionales que más que lo compensan), a nivel colectivo no lo es tanto. Primero, por el factor de sostenibilidad antes explicado. Segundo, porque con un previsible aumento progresivo del porcentaje de trabajo realizado por máquinas, la necesidad de tener un volumen elevado de fuerza de trabajo para el mantenimiento de ciertas cuotas de bienestar material cada vez es menor (y también es posible pasemos a entender el bienestar de forma más post-materialista). Tercero, y esto merecería un artículo aparte, porque el hecho de que la población mundial sea tan elevada forzosamente conduce a la urbanización masiva y la alienación del ser humano respecto a la tierra y el medio (esto, por supuesto, ¡no significa que una vida urbana no merezca ser vivida!), además de contribuir a la atomización social y la destrucción de lazos de comunidad y solidaridad (esto es discutible, por supuesto: el anonimato urbano tiene sus ventajas, etcétera).

 

Los argumentos expuestos anteriormente son muy cuestionables: es dudoso que en la actualidad en España haya tanta presión para tener hijos, y por tanto, que no tenerlos sea tan subversivo; es dudoso también la medida en la que no tener hijos sea indispensable ecológicamente, pues al fin y al cabo no es lo mismo tener 1 hijo (cosa que, si fuera imitada por todo el mundo, reduciría notablemente la población mundial al cabo de unas generaciones) que tener 3; y la utilidad (léase en terminología utilitarista) de las acciones no tiene por qué ser una buena guía de conducta, ni mucho menos. Por eso quiero hacer énfasis en la faceta moral de no tener hijos.

 

Tener descendencia implica crear en el mundo una vulnerabilidad que antes no existía. Implica crear un ser enormemente dependiente (al inicio, casi completamente, luego cada vez menos, en la mayoría de los casos). Dicha vulnerabilidad y dependencia, de por sí, puede ocasionar fácilmente sufrimiento y que no se alcance el nivel de plenitud y realización vital que consideramos deseable. Pero no sólo esto, sino que los encargados de mitigar este peligro (el de la vulnerabilidad y la dependencia), esto es, los padres, pero también los profesores, los médicos, los diseñadores de política públicas, etc., no siempre, 1) están dotados de las capacidades objetivas (materiales, tecnológicas, psicológicas…) para lograrlo 2) incluso si son capaces teóricamente, no necesariamente lo hacen lo mejor que podrían 3)  incluso si son capaces y diligentes, no siempre disponen de la información correcta para hacerlo (pensemos sino, en las generaciones pasadas, que confiaban en mitos y hechicería para la crianza y salud de sus hijos; y no es razonable suponer que ahora lo sepamos todo), y 4) aunque se sea capaz, diligente y perfectamente informado, sigue existiendo un porcentaje no desdeñable de factores ajenos a la voluntad de los padres: accidentes, adicciones, enfermedades graves, crímenes, guerras, etc. Esto es así especialmente en el siglo XXI, donde, a pesar de tener información más fiable y más tecnología disponible, los padres, para influir en la croanza de sus hijos, tienen que competir con televisión cada vez más agresiva, videojuegos cada vez más vívidos, un internet cada vez más grande, diverso y accesible, teléfonos cada vez más potentes y omnipresentes, y, en general, una cantidad de inputs tecnológicos y culturales cada vez más potente y epiléptica.

 

Con todo esto no quiero decir que una vida imperfecta no merezca ser vivida, ni tampoco pretendo establecer un ideal de crianza del cual sea necesariamente malo apartarse, pero sí que hay una serie de hechos que podrían suceder en la vida de un niño (o no tan niño) que podríamos llegar al consenso que son altamente indeseables. Ahora bien, muchos de estos hechos, se me dirá, puestos en una balanza con la vida al otro lado, siguen sin desvirtuar la vida. El hecho, sin embargo, es que no hace falta entrar en casuística sobre esto: no es lo mismo quitar una vida dolorosa que no concebir una vida potencialmente dolorosa. No hay ningún daño a ningún sujeto en la decisión de no crear una nueva vida, pues como esta vida no es actual ni futura, sino hipotética (“vida en potencia”, quizás), no se puede matar lo inexistente. Al revés, sí se puede crear un daño teniendo hijos, creando (quizás temerariamente) un potencial (actual, no hipotético) de sufrimiento. Además, no puede contarse con el consentimiento del concepturus, ni siquiera presunto, para nacer, pues sabiendo que hay gente que desea la muerte, no puede presumirse una voluntad genérica absoluta de existencia. Como mucho, puede obtenerse una ratificación ex–post del individuo una vez maduro, pero esto es imposible de conocer antes de la concepción. 

 

Evidentemente, la responsabilidad sobre el nacimiento de un hijo es de los padres, siempre que la decisión sea consciente y voluntaria, y por ende la mayor parte de la responsabilidad de proteger a ese individuo y tutelar su desarrollo hasta que alcance cuotas razonables de autonomía recae en los causantes de su creación. Tomen consciencia, pues, los padres en potencia, de  la (in)moralidad y la temerariedad de la acción creadora de vida, tan habitual como impredecible ( a nivel individual) y trágicamente predecible (a nivel colectivo).
 

 

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