Democracia salvaje: el lugar de los animales

30/08/2018

¿Cuál es el estatus de los animales dentro de la teoría democrática? Esta pregunta puede parecer extraña, incluso ridícula. ¿Por qué debería preocuparse la teoría democrática de los animales? Al fin y al cabo, estos no votan, e incluso si adoptamos una visión muy generosa de sus facultades cognitivas, es casi seguro que tampoco pueden votar. Así que, ¿por qué preocuparse? Pues por una razón sencilla: pese a que los animales no participan en los procedimientos democráticos, no por ello están menos sujetos, o son menos vulnerables, a las consecuencias de las decisiones de quienes sí lo hacemos.

 

La siguiente analogía puede resultar ilustrativa: a lo largo de la historia de la ética varios autores han sostenido que, puesto que los animales no son agentes morales (esto es, individuos que pueden reflexionar sobre lo que la moralidad requiere, actuar a la luz de estas razones y, en consecuencia, ser premiados o sancionados por sus actos), no merecen consideración moral. Hoy en día esta postura, al menos en su versión más cruda, es rechazada por la mayoría de filósofos morales, quienes aceptan que la categoría de agente moral no debería agotar el conjunto de seres merecedores de consideración moral. Si así lo fuera, muchos humanos que no son agentes morales (ya sea de forma temporal, como los bebés, o permanentemente, como es el caso de quienes sufren de problemas mentales congénitos) quedarían también desprotegidos, lo que parece totalmente inaceptable. La estrategia más común en la actualidad es trazar una distinción - probablemente bastante vaga y no excluyente - entre agentes morales y pacientes morales. Los primeros, como hemos dicho, son aquellos con la capacidad de actuar basándose en razonamientos morales. Los segundos, por el contrario, son aquellos que, independientemente de si además son agentes morales o no, poseen un bienestar propio que es moralmente relevante. Es decir, son el tipo de seres cuya vida puede ir mejor o peor en un sentido que no es moralmente neutro. Por supuesto, los filósofos morales discuten acerca de qué debería seguirse exactamente de esta distinción, pero para nuestros propósitos no es necesario entrar en esos debates, pues con esto ya tenemos suficiente material para trazar la analogía: pese a que los animales (como los bebés o los individuos con graves deficiencias mentales) no son agentes democráticos, no por ello dejan de ser pacientes democráticos, cuyo bienestar puede verse afectado de un modo significativo por decisiones tomadas democráticamente.

 

¿Cómo afectan las democracias a los animales? Por ponerlo del modo más abstracto posible, los sistemas democráticos otorgan a los votantes - al menos de forma colectiva - una enorme cantidad de lo que los teóricos de los derechos conocen como poderes Hohfeldianos. ¿Qué son estos poderes? Pues muy sencillo: son poderes que conceden a sus beneficiarios la habilidad de determinar la estructura de los derechos (y deberes) más básicos de otros individuos (i). En el caso de los humanos, las democracias otorgan a los ciudadanos adultos y competentes el poder de determinar (dentro de un determinado margen) los derechos y deberes legales de sus conciudadanos - no necesariamente adultos o competentes. Ahora bien, en el caso de los animales esta implicación es mucho más extrema, pues los votantes gozan de la posibilidad misma de decidir si los animales deben ser considerados potenciales sujetos de derechos cuyo bienestar debe ser tenido en cuenta o meros instrumentos para satisfacer las necesidades humanas, sin importar lo triviales que estas sean. Dado el enorme dominio que los humanos actualmente ejercemos sobre los animales, y cuyas posibilidades el desarrollo de las biotecnologías no va sino a incrementar (ii), las implicaciones de este hecho, pese a su descripción abstracta y general, son de todo punto significativas.

 

Ahora bien, alguien podría objetar que defender que la teoría democrática debería tener en cuenta a los animales implicaría que estos deberían tener derecho a voto, lo que constituiría una clara reducción al absurdo de nuestro argumento. ¿Es esto así realmente?

 

En primer lugar, la teoría democrática no se ocupa exclusivamente de discutir quiénes deberían ser los titulares de los derechos democráticos, sino que también trata acerca de qué es lo que legítimamente puede decidirse. Esto es ni más ni menos que la cuestión acerca de los límites de la democracia, de lo que es legítimamente decidible. Si un estado militarmente potente decidiera bombardear sin ningún motivo aparente una nación pequeña (Trinidad y Tobago, por poner un ejemplo), esta decisión sería totalmente ilegítima (ningún otro estado o agente tendría el deber de no intervenir), y no porque la decisión no haya sido tomada por el demos correcto - aunque también podría darse el caso, por supuesto -, sino porque la acción misma sería impermisible. Por lo tanto, de afirmar que la teoría democrática debería tomarse en serio los animales no se sigue necesariamente que estos hayan de formar parte de los propios procesos democráticos. Una de las formas en las que la teoría democrática podría hacer esto es preguntándose si algunas de las decisiones que los ciudadanos regularmente toman en las sociedades democráticas podrían ser ilegítimas, no por no haber sido tomadas por el demos correcto, sino porque su impacto en el bienestar de los animales las hace inaceptable. Por poner un ejemplo: supongamos que, tras la celebración de un referéndum con todas las garantías procedimentales, un estado democrático autorizara a los ciudadanos que así lo deseen torturar a los Grandes Simios no humanos que habiten dentro de sus fronteras. ¿Sería esta decisión democráticamente legítima? Es decir, ¿generaría en el resto de ciudadanos un deber de no intervención? Creo que la respuesta es no. O, como mínimo, no resulta obvio que sí lo sea. Una posible labor de la teoría democrática es preguntarse si el bienestar (o los derechos, o lo que sea que uno considere relevante para la discusión) de los animales puede establecer algún tipo de límite a las decisiones que un estado democrático puede legítimamente tomar.

 

En segundo lugar, incluso si nos centramos en la cuestión de quiénes deberían participar en la toma de decisiones democráticas, la reducción al absurdo sólo resultaría exitosa si identificamos el proceso democrático exclusivamente con el voto. Pero esto no tiene por qué ser así. Por ejemplo, para algunos autores el ideal más atractivo de la democracia es el de la igual promoción de intereses, entendidos como elementos constitutivos del bienestar de los individuos. En el caso de los humanos adultos y competentes el voto parece necesario para evitar intromisiones paternalistas. Pero si los animales también poseen intereses que deben ser tenidos en cuenta durante la toma de decisiones, prescindir del voto no parece tan problemático: el paternalismo para con los animales parece mucho más fácil de justificar que cuando se aplica a los adultos competentes. Por lo tanto, una posible realización del ideal democrático en cuestión podría ser un sistema híbrido que incluyera el voto para los adultos competentes y otros sistemas de representación más heterodoxos para los animales (y también para los bebés, humanos con deficiencias mentales graves, generaciones futuras, etc.). Esto sería suficiente para contrarrestar la reducción al absurdo pues, como ha afirmado el teórico de la democracia Robert Goodin, aunque sería absurdo sugerir que los animales pueden votar, "la absurdidad de esta sugerencia no se traduce en ninguna absurdidad respecto a la idea de que sus intereses deberían estar representados, por otros medios si es necesario" (iii)(Goodin 1996, 841).

 

Hay al menos dos razones por las que esta propuesta podría ser plausible:

 

Primero, la idea de que los animales (y sus intereses) deberían ser tomados en cuenta durante la toma de decisiones democráticas parece seguirse de un principio bastante extendido (aunque, por supuesto, no aceptado unánimemente) acerca de cómo debería configurarse el demos: el principio de todos los intereses afectados (iv). De acuerdo con este principio, todo individuo cuyos intereses estén potencialmente afectados de un modo significativo por una decisión democrática debería poder influir de algún modo en ella. Si esto es así, entonces los animales deberían beneficiarse de algún tipo de representación en el proceso de toma de decisiones.

 

Segundo, durante las últimas décadas varios autores han defendido modelos expansivos de la representación política, en los que la representación de los intereses de los animales sería posible. Por ejemplo, en un influyente artículo Andrew Dobsonv proponía reservar cierto número de asientos en las cámaras legislativas, que quedarían ocupados por personas elegidas por individuos razonablemente dedicados a la promoción y cuidado del bienestar animal. Por otra parte, Robert Goodin ha sugerido la posibilidad de "encapsular los intereses" de los animales en los de los humanos adultos y competentes, de modo que estos, al votar, estuvieran de facto avanzando ambos (v).

 

Esto debería ser suficiente para mostrar que la reducción al absurdo con que nuestro objetor hipotético nos amenazaba no es tan obvia como podría parecer en un principio. Evidentemente, podría ser que, después de todo, no sea posible representar democráticamente a los animales. Por ejemplo, podría ser que el principio de todos los afectados resultara ser falso, y que el principio correcto no dejara ningún espacio para ellos. O podría ser también que ninguno de los modelos heterodoxos de representación política (los comentados u otros) resultara exitoso. Además, la propuesta que hemos venido considerando también se enfrenta a otros problemas que, por cuestión de espacio, no hemos podido mencionar: ¿podemos identificar lo suficientemente bien los intereses de los animales? ¿O sólo algunos intereses? ¿O de sólo algunos animales? De ser así, ¿cuáles? Todo esto es relevante, por supuesto. Pero cabe recordar que el objetivo de este artículo es mucho más modesto: mostrar que la teoría de la democracia debería reflexionar acerca de qué lugar reserva para los animales. Para ello, hemos ido haciendo afirmaciones cada vez más controvertidas. Si finalmente resultara que sólo algunas de ellas se sostienen, esto validaría mi afirmación. De hecho, incluso si todas ellas resultaran ser falsas, el hecho de que sólo pudiéramos llegar a esa conclusión tras un proceso de argumentación (y no mediante una reducción al absurdo apresurada) ya sería suficiente.


 

 

(i) El locus classicus de esta terminología es Hohfeld, W. N. 1919. Fundamental Legal Cocneptions as Applied in Legal Reasoning. New Haven: Yale University Press.

(ii) Un ejemplo de esto es el caso de los xenotransplantes, que involucran el trasplante de células u órganos de miembros de una especie no humana a seres humanos. A medida que esta tecnología vaya mejorándose, los humanos (y en los sistemas democráticos), los votantes, tendremos - hasta cierto punto, ya tenemos - en nuestro poder la capacidad de decidir si los individuos de otras especies deberían ser o no en bancos de órganos para humanos.

(iii) Goodin, Robert. 1996. "Enfranchising the Earth, and Its Alternatives", Political Theory

(iv) Este principio ha sido discutido aquí: https://www.revistalibertalia.com/single-post/2018/04/23/El-problema-del-demos-II.

(v) Dobson, Andrew. 1996. "Representative Democracy and the Environment", in W. Lafferty and J. Meadowcroft (eds), Democracy and the Environment: Problems and Prospects. Cheltenham: Elgar, 124-139.

(vi) Goodin, Robert. 2003. Reflective Democracy. Nueva York: Oxford University Press, cáp. 11.

 

 

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