Introducción al feminismo (I): Feminismo Liberal

29/08/2018

 


Introducción histórica

 

Cuando hablamos de feminismo, solemos aludir al concepto de igualdad. Así, una de las definiciones mayoritariamente aceptadas del movimiento feminista nos dice que es aquel que lucha por la obtención de la igualdad de la mujer, pasando por un reconocimiento legal de la misma para poder acceder a los mismos recursos políticos, económicos y sociales que los hombres. Esto se ha conocido tradicionalmente como “feminismo de la igualdad”.

 

Esta reivindicación se ha convertido en un paradigma del movimiento. Sin embargo, la interpretación del concepto de igualdad es uno de los aspectos más controvertidos entre diferentes ramas del feminismo (como ya veremos en esta serie de artículos). En concreto, el principal objetivo de la corriente feminista -llamada- liberal, cuyo inicio podemos situar entre 1800 y principios de 1900, fue lograr la obtención del voto femenino. Su máxima expresión la encontraríamos en países como EEUU e Inglaterra. En esta denominada segunda ola del feminismo[1], se buscaba también  el acceso a la educación y a puestos públicos por parte de la mujer, relegada tradicionalmente y en prácticamente todas las culturas a la esfera privada de la familia y crianza de la prole.

 

Siguiendo estas demandas, se empezó a fraguar en Inglaterra el denominado movimiento sufragista, integrado mayoritariamente por mujeres de clase media-alta que llamaban a la reivindicación de sus derechos a las mujeres explotadas en las fábricas. Una de las figuras más influyentes y pionera en este sentido fue Emmeline Pankhurst, que dedicó su vida al activismo, y tuvo una enorme influencia en el movimiento sufragista europeo, llegando a extender su transgresor discurso a EEUU.
 

En el año 1889, la líder feminista fundó junto con su marido, Richard Pankhurst, la Liga para el Sufragio Femenino, cuyo objetivo fue la participación de las mujeres en comicios locales, así como el reconocimiento de una igualdad legal de derechos en asuntos de herencia o divorcio. Un año más tarde, la mencionada institución se disolvió por problemas internos. Este acontecimiento no detuvo a la activista, que fundó el Partido Laboralista Independiente, incluyendo entre sus reivindicaciones la búsqueda de mejores condiciones sociales para los más desfavorecidos, especialmente las mujeres de clases bajas que eran las que mayor precariedad laboral padecían. Siguiendo esta línea, y avanzando en la lucha sufragista, Pankhurst funda en 1903 la Unión Social y Política de las Mujeres, ampliando sus objetivos a la obtención del derecho a voto femenino. Esta reivindicación tuvo su máxima repercusión dos años después, cuando se concentraron centenares de mujeres frente al Parlamento tras la obstrucción de la propuesta de ley del mencionado sufragio.  

 

Para la consecución de sus objetivos, las sufragistas llevaron a cabo acciones pacíficas como el reparto de panfletos, asistencia a manifestaciones o interrupción de actos políticos. Ante la ineficacia de estos métodos, y con el paso del tiempo, adoptaron por medios más directos en busca de la agitación social como la rotura de mobiliario urbano o incluso detonaciones con el propósito de destruir comunicaciones, si bien las acciones violentas siempre tuvieron un carácter residual. Estos actos llevaron a Pankhurst a su encarcelación en numerosas ocasiones, donde organizó huelgas de hambre en busca de mejores condiciones. Tras la incansable lucha sufragista, se logró finalmente la obtención del voto para las mujeres inglesas el 6 de febrero del año 1918 con la "Ley de 1918 sobre la representación popular”. Este espíritu de lucha por la igualdad de derechos se contagió rápidamente a otros territorios.

 

En Estados Unidos, de forma paralela, el movimiento por la equiparación de derechos tuvo entre sus figuras más destacadas a las feministas Susan Brownel Anthony y Elizabeth Cady Stanton, dos importantes escritoras norteamericanas que abogaron por la inclusión femenina en la vida pública, así como en cuestiones como el divorcio, la herencia y la propiedad. La demanda social del sufragismo en EEUU se hizo patente en la “Seneca Falls Woman's Rights Convention” organizada por Lucretia Mott y Elizabeth Cady Stanton. Las sufragistas americanas, de igual modo que las activistas inglesas, organizaron protestas políticas como piquetes, huelgas de hambre, marchas y manifestaciones, lo que llevó a muchas a la prisión. En el año 1919 el presidente del partido demócrata Woodrow Wilson, tras años de presión, anunció su apoyo al sufragio femenino. Finalmente, en el año  1920  se consiguió el voto de la mujer en EEUU con la  XIX Enmienda a la Constitución.

 

Unos años más tarde, durante la década de los 20, las reivindicaciones feministas también llegaron a España. Dos de las protagonistas más relevantes en este proceso revolucionario fueron las abogadas Clara Campoamor y Victoria Kent. Si bien este fenómeno tuvo su origen en las demandas iniciadas durante la presidencia de Antonio Maura entre 1907 y 1908, dichas propuestas no prosperaron en aquel momento, pues venían muy limitadas por la condición social y familiar de la mujer. Pero a la vista del éxito de las propuestas inglesa y norteamericana resurge con fuerza en España el movimiento feminista. Así, en el año 1920 se crea la Asociación Nacional de Mujeres Españolas, donde se promueven actos con el objetivo de exponer la situación de desigualdad social de la mujer. En 1924 se promulga un Decreto que regula la participación de la mujer en la política, permitiendo que voten en elecciones locales todas las que no estuvieran casadas ni ejercieran la prostitución. Tras años de tensión entre monárquicos y republicanos, se celebran elecciones municipales en abril de 1931 que, tras la victoria republicana en los núcleos urbanos, precipita la marcha de Alfonso XIII y la proclamación de la Segunda República. Es entonces que, por primera vez, en la elección de cortes constituyentes se otorgó a las mujeres el derecho al sufragio pasivo (siendo elegidas para las cortes únicamente tres mujeres: Victoria Kent, Clara Campoamor y Margarita Nelken.) Y no fue hasta la promulgación de la Constitución de 1931 en que se reconoció el sufragio universal en España

 

 

Discusión actual
 

Caracteriza a la corriente liberal de la que hemos apuntado sus bases históricas, la idea según la cual el conseguir la igualdad corresponde a cada mujer mediante sus acciones, por lo que se desprende un importante tinte individualista. De este modo, las autoras feministas liberales critican la discriminación positiva que sufre institucionalmente la mujer, puesto que –en su opinión- esta discriminación legal parte de la creencia de que las mujeres gozan de menor capacidad física e intelectual que los hombres.
 

En este sentido, la corriente entiende que como ya existe una igualdad formal entre ambos sexos cualquier decisión de una mujer es el producto del ejercicio de su libertad. A grandes rasgos, la doctrina liberal sostiene que se debe luchar únicamente por la igualdad de oportunidades, puesto que la igualdad formal entre sexos y el reconocimiento legal de Derechos Fundamentales ya se han conseguido.
 

En la actualidad, una de las defensoras españolas más férreas de la teoría liberal es la economista María Blanco González, especialmente en su obra Afrodita desenmascarada (2017). En ella la autora enfatiza la defensa de los principios rectores del liberalismo: derecho a la vida, derecho a la propiedad privada, y cumplimiento contractual. Asimismo, pone de manifiesto la necesidad de reivindicar un nuevo tipo de defensa de la mujer. Para Blanco González se ha adoptado una política legislativa de intervencionismo que impide a las mujeres tomar las riendas de su vida. Aprecia, por tanto, un marcado victimismo en el discurso feminista generalizado que considera se está imponiendo en la educación que reciben actualmente miles de niñas. Ejemplo de esta crítica sería, según la autora, la Ley Integral de la Violencia de Género, que considera entra en contradicción con la igualdad que se pretende obtener.

 

No cabe, según Maria Blanco, mendigar ayuda al Estado en la defensa de los intereses de la mujer,  pues esto las haría dependientes y negaría sus capacidades para lograr, por sí mismas, sus objetivos. En su opinión debe ser la mujer individualmente quien tome buenas decisiones, sin que el Estado tenga que ir asesorándola. Asimismo, se pronuncia en defensa de actividades como la prostitución, pues admite, no encontrar diferencia entre el servicio intelectual y el sexual y por tanto, coincide con la posición regulacionista propia del liberalismo económico. El arquetipo para esta posición regulacionista sería el modelo alemán, donde la prostitución goza de legitimidad legal desde el año 2002 con el fin de proteger legalmente a las prostitutas[2]. En este sentido, Blanco define el capitalismo como “el mejor amigo de la mujer” ya que es en las sociedades capitalistas donde se puede acceder más fácil y eficazmente a los puestos de responsabilidad en las empresas y al ejercicio de otros derechos[3].
 

Quedaría amparada también, siguiendo esta lógica regulacionista, la cobertura legal de prácticas como la denominada “gestación subrogada”. La gestación subrogada consiste en una técnica de reproducción asistida por la que una mujer accede a gestar el hijo de otra persona o pareja, normalmente a cambio de una contraprestación económica. Se apela, nuevamente, en defensa de la mencionada técnica, a la propia facultad de las mujeres para decidir si quieren gestar en beneficio propio y de terceros y a lo contraproducente que resulta privarlas de su libertad de decisión. No cabe optar, en consecuencia, por la penalización de prácticas deliberadas en la esfera personal, sino, dotar de garantías suficientes el procedimiento para evitar posibles situaciones de abuso o clandestinidad.
 

Otro objeto controvertido entre las diferentes doctrinas feministas se encuentra en la realización de pornografía, que desde el liberalismo, y acorde con lo expuesto, se encuentra aceptada por esta rama objeto del artículo. Uno de los exponentes más visibles en la defensa de la industria pornográfica sería la ex actriz Amarna Miller, que encuentra la actividad como una forma de liberación sexual tras muchos años de lucha por la misma y valora negativamente la postura de limitar los deseos en este ámbito. La actriz critica la postura del sector radical, que considera, se entromete en los deseos individuales de cada mujer.

 

En definitiva, en el pensamiento de la corriente feminista liberal, no cabe un movimiento de igualdad de derechos que no delegue en las facultades individuales de cada mujer mediante un correcto ejercicio de sus libertades, como tampoco ninguna intromisión por parte de los poderes institucionales, que siempre deben respetar el libre mercado y las decisiones adoptadas en la esfera privada.

 

 

[1] Correspondiendo la primera ola con el feminismo ilustrado del s.XVIII con autoras como Olympe de Gougesy su Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana, y Mary Wallstonecraft y su Vindicación de la mujer.

 

[2] Sin embargo, pese a los buenos propósitos de tal línea de pensamiento, la realidad indica que como resultado, se produjo un aumento notable de la demanda. Según estadísticas de la  policía alemana, se estima que el consumo de prostitución podría haber aumentado hasta en un 30%, estimándose ésta hace 15 años en 40.000 mujeres en situación de prostitución lo que produce una clara contradicción entre una propuesta bienintencionada y unos resultados que engordan una actividad, cuanto menos, poco edificante.

 

[3] Encontramos la contrapartida a esta posición regulacionista en el abolicionismo defendido por el feminismo radical. Entre sus representantes españolas más destacadas podemos encontrar a la fundadora del Partido Feminista de España Lidia Falcón que considera la prostitución como “una de las formas más graves de explotación que puede sufrir el ser humano, y que está motivada por la necesidad económica” (Nuevos mitos del feminismo, 2000). Trataremos esta cuestión en próximas entradas.

 

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