El problema de la incompetencia política (VI): Democracia epistémica, parte II

14/09/2018

En la primera parte de este artículo introdujimos la idea de democracia epistémica, concluyendo que para evaluar realmente sus posibilidades deberíamos centrarnos en analizar si su premisa principal - que la deliberación es epistémicamente beneficiosa - es correcta o no.

 

Durante las últimas dos décadas los beneficios (o defectos) de la deliberación han generado una enorme discusión, así que tal vez se haya alcanzado ya algún veredicto, aunque sea provisional. ¿Es así? Sí y no. Sí porque la mayoría de autores parecen estar de acuerdo en que si la deliberación funciona o no dependerá fuertemente del contexto. Así lo ha expresado Dennis Thompson, uno de los principales defensores de la democracia deliberativa: "La conclusión general de la investigación empírica llevada a cabo hasta ahora es que, en conjunto, los resultados son variados o inconcluyentes… La principal razón de estos resultados variados es que el éxito o el fracaso de de la deliberación depende mucho del contexto en que se produzca" [i]. Ahora bien, este mismo hecho nos impide realizar afirmaciones generales del tipo: "La deliberación tiende a ser positiva" o "La deliberación tiende a producir resultados negativos". Lo máximo que podemos decir es "La deliberación tiende a ser positiva si se dan una serie de circunstancias X" y "La deliberación tiende a ser contraproducente si se dan una serie de circunstancias Y". Por lo tanto, aunque sí se ha alcanzado una suerte de consenso entre quienes estudian la materia, este no es suficiente para vindicar (o echar por tierra) las esperanzas del demócrata epistémico.

 

Cuando la deliberación funciona: el caso de los mini-públicos deliberativos

 

Uno de los argumentos más optimistas a favor del valor de la deliberación proviene del estudio de los llamados mini-públicos, asambleas de ciudadanos, demográficamente representativas de la población general, que se reúnen para deliberar sobre diversos temas, con el objetivo de producir decisiones mejor informadas. Un ejemplo de esto es lo que los científicos sociales James Fishkin y Robert Luskin han denominado "encuestas deliberativas" (deliberative polls).

 

Durante varios años, Fishkin y Luskin [ii] han experimentado con diversas propuestas de este tipo, con el objetivo de poner a prueba (si bien sólo de forma indirecta) las pretensiones de la democracia deliberativa. ¿Cómo funcionan estas encuestas? En primer lugar, se escoge de manera aleatoria a un grupo reducido de ciudadanos, cuya composición deberá reflejar la estructura demográfica de la población general. En segundo lugar,  quienes aceptan participar reciben materiales informativos sobre una serie de temas, en los que aparecen resumidos los principales argumentos a favor y en contra de políticas concretas, tal y como suelen figurar en las discusiones académicas. Durante una semana, los miembros del grupo se subdividen en grupos más pequeños, que se dedican a deliberar y debatir, participando en sesiones de preguntas y respuestas con expertos. En todo momento, el proceso cuenta con una serie de moderadores cuya función es garantizar que el proceso discurra por los cauces adecuados. Finalmente, los participantes son cuestionados acerca de sus opiniones antes y después de la deliberación.

 

De acuerdo con Fishkin y Luskin, los resultados de este tipo de experimentos tienden a ser positivos. Por mencionar unos pocos efectos: los participantes suelen ser representativos; las opiniones se modifican, como también lo hacen las intenciones de voto; los participantes acostumbran a ganar información - lo que, a su vez, guarda una correlación importante con los cambios de opinión [iii].

 

Todo esto es, sin duda, muy interesante. Pero una pregunta nos acosa desde las tinieblas: ¿Y esto - experimentos realizados en entornos cuidadosamente estructurados, con temas y argumentos rigurosamente presentados, y con la presencia de moderadores - qué implicaciones tiene para el mucho más caótico y salvaje paisaje de las democracias reales? Las dudas del escéptico podrían resumirse del siguiente modo: las encuestas deliberativas están muy bien pero, ¿son algo más que una mera curiosidad a comentar en los departamentos de ciencias políticas? En realidad, el demócrata epistémico tiene una posible respuesta a esta objeción, puesto que su tesis es simplemente que la deliberación debería jugar un papel más importante en nuestros sistemas políticos, no que estos deberían convertirse en una encuesta deliberativa tamaño XXL. Esto no es un compromiso necesario para el demócrata epistémico, y haría bien en evitarlo. Todo lo que necesita decir es que sería recomendable experimentar con este tipo de propuestas, aplicándolas en diversas etapas del proceso democrático, sin que esto implique i) que todas las etapas del proceso deban ser deliberativas ni ii) que toda deliberación deba ser de este tipo (por ejemplo, si se cumplen determinadas condiciones, también los diputados de un parlamento pueden concebirse como agentes deliberativos). Una vez introducidos estos matices, las ambiciones del demócrata epistémico aún pueden sostenerse, aunque, por supuesto, hasta qué punto lo hagan es otra cuestión.

 

Ahora bien, hay quienes han lanzado una crítica más dura aún contra esta propuesta (y los mini-públicos en general), a la que han acusado de no constituir en absoluto un mecanismo democrático. Esta idea la ha defendido, por ejemplo, el teórico de la democracia Michael Saward, para quien "la lógica de estos modelos es excluyente en lugar de democráticamente inclusiva" [iv]. Creo que este argumento apunta hacia algo importante, pero no refuta al demócrata epistémico moderado descrito en el párrafo anterior, pues para este la función de los mini-públicos deliberativos no es la de sustituir completamente los existentes sistemas democráticos (sólo ocasionalmente deliberativos), sino ofrecer mecanismos auxiliares que permitan mejorar la calidad deliberativa del proceso en general. De nuevo, hasta qué punto esto pueda ser así dependerá de cuánto puedan generalizarse estas propuestas (o cuánto puedan expandirse sus efectos, incluso entre quienes no participan en ellas). Esto es, de momento, una pregunta abierta.

 

Patologías de la deliberación

 

Hasta ahora hemos tratado la cara amable de la deliberación, pero no todos los que han investigado el fenómeno se han topado con resultados tan halagüeños. Probablemente uno de los ejemplos más famosos sea lo que el teórico Cass Sunstein [v] ha denominado la ley de la polarización de grupo: cuando individuos con ideas parecidas se sientan a deliberar, estos suelen acabar adoptando versiones más extremas de sus posturas. Por supuesto, alguien podría objetar que esto no sería deliberación genuina, y en algunos casos esto podría ser verdad, pero sostener que sólo hay deliberación cuando se enfrentan posturas opuestas parece una maniobra excesivamente ad hoc, a la que se recurre únicamente para esquivar las implicaciones de fenómenos como la polarización de grupo. Pero estos van a seguir ahí, independientemente de nuestros deseos, igual que muchos otros. Lo que sigue es un breve listado de potenciales efectos no deseados de la deliberación [vi]:

 

1. La deliberación puede incidir negativamente en la participación política. Cuanto más se delibera y se atienden otros puntos de vista, menos seguros están los ciudadanos de querer participar en procesos políticos.

 

2. La deliberación puede llevar a quienes deliberan sobre un tema concreto a dudar que existe una posición correcta. Mientras que una dosis moderada de escepticismo parece saludable, demasiado escepticismo puede resultar letal.

 

3. La deliberación tiende a facilitar la cooperación entre individuos enfrentados a dilemas sociales, pero la reduce entre grupos.

 

4. Cuando la deliberación se produce entre grupos de diferente tamaño, la deliberación tiende a incrementar el conflicto en lugar de reducirlo.

 

5. La búsqueda de estatus juega un papel desproporcionado en muchos procesos deliberativos.

 

6. Los individuos con un estatus más elevado hablan más y reciben una mayor credibilidad que los demás, independientemente de si sus opiniones son mejores o peores.

 

Por supuesto, cualquier ítem de esta lista puede ser cuestionado, pero creo que es imposible evitar la conclusión de que tenemos razones para pensar que la deliberación no siempre es tan beneficiosa como nos gustaría pensar. Dadas las limitaciones argumentativas y cognitivas de los seres humanos, muchas veces la deliberación no es sino la herramienta que usamos para engañar a los demás o sentirnos bien con nosotros mismos tras adoptar la opinión mayoritaria.

 

La filósofa Hélène Landemore y el científico cognitivo Hugo Mercier han propuesto una explicación, que aquí nos limitaremos a exponer, acerca de cuándo (y por qué) es beneficiosa o no la deliberación [vii]. Como los propios autores reconocen: "[U]n problema mayor es que los resultados empíricos en ocasiones son inconsistentes, y lanzan mensajes encontrados acerca de cómo deberían modificarse las asunciones y predicciones de los demócratas deliberativos" [viii]. ¿Hay algo que nos permita orientarnos un poco en este panorama aparentemente tan sombrío? Para Landemore y Mercier, la respuesta es afirmativa, y la explicación que dan se apoya en una concepción darwinista de la racionalidad humana. Esta, dicen los autores - siguiendo la Teoría argumentativa de la razón, que Mercier ha venido desarrollando junto al psicólogo Dan Sperber - evolucionó con un objetivo específico: facilitar la argumentación. Y es en este contexto, cuando la razón (y, más importante aún para nuestros propósitos, la deliberación) funciona mejor; por el contrario, cuando deliberamos con quienes piensan igual que nosotros, sin ninguna pretensión de argumentar seriamente, los resultados tenderán a ser negativos.

 

Conclusión

 

Con esto acabamos la serie sobre el problema de la incompetencia de los votantes. No hay aquí un final feliz, pero sí una puerta abierta a que sigamos experimentando. De momento no sabemos lo suficiente ni sobre lo que explica la desinformación (o, según algunos, la irracionalidad) de los votantes ni sobre que lo podría mitigarla. Y aunque tal vez no tengamos aún razones para el optimismo, tampoco las hay para el escepticismo. Aunque sólo sea porque sólo hemos empezado a probar soluciones.

 

[i] Thompson, Dennis. 2008. "Deliberative Democratic Theory and Empirical Political Science", Annual Review of Political Science 11: 497-520; 499.

[ii] En este artículo tomaremos como referencia su artículo de 2005, "Experimenting with a Democratic Ideal: Deliberative Polling and Public Opinion", publicado en Acta Politica 40(3): 284-298.

[iii] Ibid., 290-291.

[iv] Saward, Michael. 2000. "Less than Meets the Eye: Democratic Legitimacy and Deliberative Theory", en Saward, Michael (ed.), Democratic Innovation: Deliberation, Representation and Association. Londres y Nueva York: Routledge, 76.

[v] Sunstein, Cass. 2002. "The Law of Group Polarization", Journal of Political Philosophy 10(2): 175-195.

[vi] Estos ejemplos están extraídos de la extensa lista que ofrece Jason Brennan en Brennan, Jason. 2016. Against Democracy. Princeton: Princeton University Press, 62-67.

[vii] Landemore, Hélène, y Hugo Marcier. 2012. "Reasoning Is For Arguing: Understanding the Successes and Failures of Deliberation", Political Psychology 33(2): 243-258.

[viii] Ibid., 243.

 

 

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