El Valle de los caídos: ¿reconciliación y perdón?

 


Dicen que la leyenda del monstruo del lago Ness surgió un verano en la redacción de un pequeño periódico en que la falta de noticias obligó a inventarlas. La verdad es que no cuesta demasiado creer que algo así fuera verdad. Para comprobarlo solo es necesario ver cualquiera de los telediarios estivales: los sucesos sustituyen a las noticias y los consejos sobre cómo combatir el calor van en primera plana. Este verano, sin embargo, no ha sido así. Gracias al ímpetu socialista por exhumar los restos de Franco las redacciones han podido, a modo de excepción, hacer su agosto en agosto

 

En lo que sigue solo pretendo opinar sobre uno de los muchos extremos que rodean la cuestión; a saber: el que el Valle de los Caídos sea un monumento a la reconciliación de todos los españoles, tal y como se afirma con vehemencia en no pocos foros y tertulias. Así pues, no se pretende realizar ningún tipo de reflexión general sobre la espinosa cuestión de la memoria histórica, ni sobre el destino que deba tener el Valle en su conjunto o los huesos del dictador en particular, ni mucho menos posicionarse sobre la compleja cuestión jurídica que cualquier movimiento al respecto conlleva. Para ello seguramente serían necesarias muchas páginas y la intervención de gentes más expertas. En cambio, creo que sí es posible formarse una buena opinión sobre el primero de los puntos. Para ello solo es necesario atender a unos pocos documentos y acontecimientos muy significativos cuyo estudio está al alcance incluso de un profano en la historia como yo.

 

Así, nada mejor para empezar el análisis que el 1 de abril de 1940, cuando se dictó el Decreto por el que se mandaba construir la “Basílica, Monasterio y Cuartel de Juventudes en la Sierra del Guadarrama”, lo que hoy conocemos como ‘Valle de los Caídos’. Como podemos leer al inicio del Decreto su construcción perseguía un fin muy concreto: “perpetuar la memoria de los caídos de nuestra gloriosa Cruzadacon la intención de que las generaciones futuras puedan rendir “tributo de admiración a los que les legaron una España mejor ”, también llamados “nuestros muertos […] que cayeron en el camino de Dios y de la Patria [...] héroes y mártires de la Cruzada”.

 

Pues bien, si prestamos atención a las palabras usadas en el Decreto -que, cabe suponer, fueron escogidas con cautela- parece que, al menos en un inicio, el Valle pretendía homenajear a unos caídos, pero no a todos, pues es de suponer aquellos que “legaron una España mejor”, o que fueron “héroes y mártires de la Cruzada” eran los nacionales muertos en combate. Ciertamente, sería una interpretación cuanto menos extraña el entender que, por ejemplo, Durruti -anarquista “de pedra picada” que decimos en catalán-, fuera un “héroe y mártir” de una Cruzada que pretendía, precisamente, liberar a España de rojos, masones, y demás. 

 

En unos términos similares se iniciaba el Decreto Ley de 23 de agosto del 57 recordando que la erección del magno monumento se hacía para “honra de los que dieron su vida por Dios y por la Patria”, lo que parece excluir, claramente, a los republicanos, es decir, a esos "antiespañoles, violamonjas y quemaconventos".

 

 

No obstante, y muy importante, el repertorio conceptual de este segundo Decreto era más rico que el del anterior, pues a lo dicho primeramente se añadía que los lustros de paz que han seguido a la victoria han visto el desarrollo de una política guiada por el más elevado sentido de la unidad y hermandad entre los españoles.”  Luego no sería descabellado interpretar que, pasados ya 18 años desde el fin de la guerra, la postura del Caudillo se habría relajado hasta el punto de transformarse en algo completamente diferente. Es decir, que con la promulgación de esta nueva norma la posición oficial del régimen en relación al Valle y a su significado era, realmente, la tan mencionada reconciliación. No en vano se hablaba de unidad y hermandad entre los españoles, sin que las antiguas distinciones entre azules y rojos, buenos y malos, salieran a relucir.

 

Como digo esta podría ser una interpretación, pero una lectura completa de la norma lo desmiente: tanto en el Decreto del 40 como en el del 57 la construcción no busca homenajear a todos por igual, ni mucho menos en los mismos términos. Así, y al hilo del significado “profundamente cristiano” que perseguía el monumento se decía que al sagrado deber de honrar a nuestros mártires ha de ir siempre acompañado del sentimiento de perdón que impone el mensaje evangélicoNótese el matiz: por un lado estarían nuestros mártires, y por otro lado aquellas ovejas descarríadas que habría que perdonar. Y es que no es lo mismo reconciliarse - volver a las amistades, atraer y acordar los ánimos desunidos, que dice la RAE- que perdonar - remitir la deuda, ofensa, falta, delito u otra cosa. Es decir, no es lo mismo el decir “todos cometimos errores, qué tragedia fue la guerra, busquemos puntos en común” que “cómo os equivocasteis, de qué tragedia sois responsables, os perdonamos en un gesto de magnanimidad”. En el primer caso estaríamos ante un gesto efectivo de reconciliación -o su intento- en el segundo en algo bien distinto. 

De este modo, se confirman nuestras sospechas según las cuales el monumento solo rendiría tributo a los sublevados –"a nuestros mártires"- en oposición a aquellos a los que hay que perdonar en cumplimiento de los deberes del buen cristiano. Es por ello que, al menos a partir del 57, existía de forma clara la intención de que el Valle fuera de todos los caídos. Ahora bien, el título con los que unos y otros entraban a formar parte de ese “todos” era muy distinto. Unos entraban en tanto que héroes liberadores de España a los que honrar, y otros entraban en tanto que pecadores perdonados. En consecuencia, más que un monumento a la reconciliación, era –propiamente- un monumento a la gloria de los caídos de un bando, y al perdón de los crímenes y fechorías del otro. Luego hablar de reconciliación sería forzar mucho las palabras. 

 

En este sentido es especialmente indicativo la situación de los presos que participaron en la construcción del Valle. En contra de lo que se ha dicho su trabajo no era forzado. Y es que aunque sería violentar las palabras el decir que era voluntario, es cierto que nadie obligaba a ningún preso a inscribirse en el sistema de redención por medio del trabajo -que se obtenía pidiendo una instancia al Patronato de Nuestra Señora de la Merced para la Redención de Penas, un órgano integrado en el Ministerio de Justicia- que permitía que por cada día invertido en la construcción se eliminara uno o varios días de prisión (hasta seis, en los últimos años). Para muchos, -esforzados normalmente en demostrar su voluntariedad, su retribución y su similitud con el que hacían los obreros libres- esta opción evidenciaría el talante reconciliador del monumento. Nada más lejos de la realidad: ir a redimirse no es lo mismo que ir a reconciliarse, en especial cuando solo deben redimirse unos y no todos. De nuevo, el Valle no simbolizaba el acuerdo entre dos Españas, el reconocimiento mutuo de las atrocidades cometidas, una paz sin vencedores ni vencidos; simbolizaba el perdón de una de ellas a la otra, como Jesús perdonó a sus asesinos porque no sabían lo que se hacían

 

Buena prueba de ello lo encontramos en el discurso de inauguración del Valle del 2 de abril del 59, en que Franco, desde el marco conceptual ya expuesto se dirige a los españoles diciendo: “Nuestra guerra no fue, evidentemente, una contienda civil más, sino una verdadera Cruzada; […]. Jamás se dieron en nuestra Patria en menos tiempo más y mayores ejemplos de heroísmo y se santidad, sin una debilidad, sin una apostasía, sin un renunciamiento. Habría que descender a las persecuciones romanas contra los cristianos para encontrar algo parecido.” De allí que recuerde la guerra, no como esa lucha intestina entre hermanos que nunca debió suceder, sino como una lucha del bien contra el mal: “Mucho fue lo que a España costó aquella gloriosa epopeya de nuestra liberación para que pueda ser olvidado; pero la lucha del bien con el mal no termina por grande que sea su victoria.” De hecho, el que con la otra España no ha habido reconciliación sino victoria se expresa de forma clara: “La anti España fue vencida y derrotada, pero no está muerta.” Es más, al combatiente republicano se le niega incluso el estatuto de español cuando se dice que: “No importaba dónde, si en la tierra, en el mar o en el aire; si entre infantes o jinetes, artilleros o ingenieros, falangistas, requetés o legionarios. Era el soldado español en todas sus versiones.” Es por todo ello que cuesta de creer que, tal y como se dice “Nuestra Victoria no fue una Victoria parcial, sino una Victoria total y para todos. No se administró en favor de un grupo ni de una clase, sino en el de toda la Nación.” No es casual pues que el discurso concluyera recordándose que existen dos Españas y que una de ellas es enemiga: “En el tiempo que corremos no cabe el descanso. No es época en que se puedan desmovilizar los espíritus después de la batalla, ya que el enemigo no descansa y gasta sumas ingentes para minar y destruir nuestros objetivos. ”.

 

Así pues, incluso sin ser demasiado suspicaz, se hace muy difícil ver en el Valle de los Caídos un monumento genuino a la reconciliación. Si atendemos a los documentos mencionados -puede que hayan otros que lo desmientan- el Valle fue, en su origen, un monumento a los muertos del bando golpista, para después añadirle algún elemento de perdón con importantes matices (y poca legitimidad). En este sentido tampoco ayuda que muchos de los restos de soldados republicanos enterrados lo estuvieran sin el consentimiento de sus familias o que los puestos más destacados del mausoleo lo ocupen solo los “caídos” de un bando (por mucho que ni Franco fuera un caído en la guerra, ni fuera el propio Franco -sino el franquista Arias Navarro con la mediación del entonces príncipe Juan Carlos- quien se encargara de enterrar allí al caudillo). Qué deba hacerse con el Valle es una cuestión muy compleja. No obstante, es evidente que cualquier decisión que se tome debería partir de que el Valle no es, ni mucho menos, un templo a la reconciliación.

 

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