El problema de la incompetencia política (V): Democracia epistémica, parte I

21/08/2018

Con este artículo en dos partes acabamos nuestro análisis de los problemas derivados de la aparente falta de conocimiento que los votantes tenemos sobre aquello que votamos y que, sin embargo, de tantas formas incide en nuestras vidas (y en la de los animales no humanos, por cierto). En este texto analizaremos una última propuesta bastante extendida entre algunos teóricos de la democracia: la democracia epistémica.

 


Democracia epistémica: ¿qué es y por qué deberíamos (o no) aceptarla?


Para nuestros propósitos, la tesis de la democracia epistémica puede entenderse como la conjunción de las siguientes dos tesis:

 

i) la deliberación, adecuadamente llevada a cabo, es epistémicamente beneficiosa (o lo que es lo mismo, nos lleva a tomar decisiones más informadas, mejor justificadas y lo más cercanas a la verdad que nuestras limitaciones cognitivas nos permiten),

 

ii) las democracias deberían aumentar sustantivamente sus niveles de deliberación. Comúnmente, esta tesis va unida a una concepción de la democracia en la que su capacidad para llevar a decisiones correctas juega un papel bastante relevante en su justificación. En palabras de los teóricos políticos Robert Goodin y Christian List: "para los demócratas epistémicos, el propósito de la democracia consiste en "rastrear la verdad" (to "track the truth")"[i].

 

Por supuesto, cuán relevante es el potencial epistémico de la democracia es objeto de varias disputas. Por ejemplo, para algunos autores este potencial es indispensable si queremos justificar el tipo de autoridad que habitualmente atribuimos a los sistemas democráticos. Un argumento en este sentido lo ha ofrecido el filósofo David Estlund[ii]. De acuerdo con Estlund, un argumento bastante común a favor de la democracia es el siguiente: los procedimientos democráticos están justificados porque confieren a cada votante la misma probabilidad de influir en la toma de decisiones políticas, algo que, en circunstancias de desacuerdo razonable, parece un resultado deseable. Ahora bien, nos dice Estlund, si nos quedamos con esto, entonces no podemos explicar por qué la autoridad de la democracia ha de ser superior a la de un sistema alternativo en el que las decisiones se tomen, por ejemplo, lanzando una moneda. Este sistema alternativo, pese a que intuitivamente no podría calificarse de democrático, parecería al mismo tiempo satisfacer los requisitos de trato equitativo especificados anteriormente: al dejar el resultado al azar, no se está asumiendo de antemano que ninguna opción es preferible a otra. Por lo tanto, no se está asumiendo tampoco que las preferencias de ningún ciudadano deban tener una mayor probabilidad de influir en la toma de decisiones políticos. Como dice el propio autor, "parecería que la democracia es un procedimiento justo, así como también lo sería elegir entre dos propuestas lanzando una moneda. Si esto es cierto y la equidad es el principal pilar de la importancia de los sistemas democráticos, ¿por qué no lanzar una moneda en lugar de estos?"[iii]. Si queremos poder decir que la democracia posee una mayor autoridad entonces debemos mostrar que aporta algo más que sus rivales, y este algo podría ser, por ejemplo, una mayor tendencia a producir resultados correctos.

 

En el extremo opuesto están aquellos autores, como por ejemplo el filósofo Jeremy Waldron, que han sostenido que las teorías epistémicas de la democracia no se toman en serio la existencia de desacuerdos razonables entre ciudadanos[iv]. Para Waldron, recurrimos a los procedimientos democráticos cuando i) tenemos la necesidad de tomar una decisión colectiva (sin la cual todos estaríamos peor) y ii) estamos en desacuerdo acerca de qué debería decidirse. Si estamos en desacuerdo acerca de las decisiones sustantivas que deberíamos tomar, pero sin embargo necesitamos tomar alguna decisión, entonces debemos ponernos de acuerdo en un método para resolver tales desacuerdos, siendo la democracia la propuesta más plausible. Pero todo esto tiene un coste, nos advierte el autor. Si la democracia es necesaria dada la existencia de desacuerdos sobre valores sustantivos, no podemos justificarla apelando a ellos, pues en ese caso estaríamos incurriendo en una ostensible petición de principio.


Aunque, como es esperable, tanto el argumento de Estlund como el de Waldron han sido criticados[v], esta breve exposición debería ser suficiente para mostrar el tipo de consideraciones que podrían llevar a alguien a aceptar (o rechazar) la idea de la democracia epistémica.

 

El potencial epistémico de la democracia: algunas propuestas formales

 

La idea de que la democracia puede resultar epistémicamente beneficiosa se ha tratado de modelar formalmente de varias maneras. Una propuesta célebre es el llamado Teorema del jurado de Condorcet[vi], que nos dice lo siguiente: enfrentados a una elección dicotómica (o A o B), si los individuos que componen el grupo que va a tomar la decisión tienen una probabilidad de elegir la opción correcta mayor que el azar (es decir, mayor que la que tendrían si tomaran la decisión lanzando una moneda al aire), añadir miembros adicionales al grupo (con igual capacidad) hará que la probabilidad de acertar se acerque a la certeza. Aunque Condorcet formuló su teorema para tratar de entender la fiabilidad de los jurados, su generalización a la democracia puede parecer inicialmente plausible. Si el electorado tiene una probabilidad de tomar la decisión correcta mayor que el azar, un demos extenso (que es el que requeriría el sufragio universal) sería epistémicamente superior a un demos reducido (por ejemplo, uno en el que sólo gobernara una élite selecta), pues a medida que este último se fuera expandiendo, la probabilidad de acierto no haría sino aumentar.


Pese a su sencillez, el Teorema del jurado de Condorcet no está exento de problemas. Uno bastante importante - y no excesivamente técnico - es el siguiente: después de todo lo que hemos visto en artículos anteriores, no está nada claro que asumir que los electores tendrán una mayor probabilidad de elegir la opción correcta que si actuaran al azar sea una estrategia muy recomendable[vii]. Si, como algunos autores sugieren, los votantes somos sistemáticamente ignorantes (o, peor, irracionales), entonces la idea de que los electores votemos peor de lo que lo haríamos si simplemente nos limitáramos a lanzar una moneda al aire no parece tan descabellada. Pero esto es problemático, no sólo porque hace que la magia del teorema se desvanezca, sino porque además pone en marcha el mecanismo opuesto: en efecto, el Teorema del jurado de Condorcet también parece implicar que si la competencia de quienes toman las decisiones es menor que si decidieran al azar, cuantos más individuos incompetentes participen, menor será la probabilidad de que la decisión que tomen sea la correcta.

 

Una posible respuesta a este reto consiste en señalar que para que el teorema proporcione los resultados deseados no es necesario que cada individuo que participe en la toma de decisiones tenga una competencia media de 0.5, sino que basta con que la tenga el electorado en su conjunto. De hecho, algunos autores han observado que incluso con una competencia media algo inferior a 0.5 (concretamente, 0,471)[viii]. estos resultados podrían seguir siendo válidos. ¿Aliviaría esto nuestras preocupaciones? Sólo en el caso de que estos requisitos menos estrictos se cumplieran, lo que dependerá de cuán grave sea la incompetencia sistemática de los votantes. Si estos se encuentran debajo del umbral, entonces esta maniobra no habría servido para mucho. El teorema del jurado de Condorcet seguiría siendo incapaz de vindicar el valor epistémico de la democracia.


Otra propuesta que probablemente merece la pena comentar es el llamado Teorema de Hong y Page, que afirma, como bien ha resumido el científico social Ilya Somin, que "[c]uando un grupo grande y diverso busca la solución a un problema, este puede ocasionalmente tomar mejores decisiones que un grupo más pequeño pero compuesto de expertos, puesto que el primero puede poner en común un conocimiento colectivo, que, en el nivel agregado, resulte ser mayor al del segundo grupo"[ix]. Lo que viene a decir este teorema es, en pocas palabras, que a veces varias cabezas funcionan mejor que una, incluso si esa cabeza pertenece a un individuo bastante competente. Si un alumno de primer curso de una carrera universitaria debate con su profesor, las probabilidades de que salga perdiendo son bastante elevadas; pero si son 20 los alumnos que tratan de rebatir al profesor, la cosa pinta mejor para ellos. Basta con que cada uno sepa algo de alguna cosa (que sean, como exige el teorema, cognitivamente diversos) para que, combinando sus conocimientos, puedan doblegar la competencia (elevada, pero cognitivamente más rígida) de su profesor. 

 

Algunos autores han defendido que, si se cumplen determinadas condiciones, el teorema de Hong y Page podría modelar con éxito el potencial epistémico de la democracia[x]. Pero esto no ha convencido a todos. Por ejemplo, el propio Somin cree que la aplicación del teorema a la democracia exigiría que cumplieran unas condiciones que podrían ser virtualmente imposibles de satisfacer[xi].De un modo parecido, Jason Brennan ha defendido que "[l]as multitudes pueden tomar malas - incluso locas - decisiones, bien porque sus miembros están sistemáticamente sesgados o porque una tendencia a la conformidad cuando deliberan les conduce a un menor grado de acierto y diversidad" [xii].

 

Para nuestra exposición, no es necesario resolver esta cuestión. Lo que está claro, en todo caso, es que la aplicación de estos teoremas a la democracia no supone un delicado camino de rosas, sino, en el mejor de los casos, una carretera llena de baches. Quizás, por lo tanto, sería más útil centrarse en la cuestión de si, y de ser así cuándo y hasta qué punto, la deliberación puede resultar epistémicamente beneficiosa (o, por el contrario, contraproducente). Y esa será nuestro próximo tema de discusión.

 


 

[i] List, Christian, y Robert Goodin. 2001. "Epistemic Democracy: Generalizing the Condorcet Jury Theorem", Journal of Political Philosophy 9(3): 277-306, 277.

[ii] Por ejemplo, véase Estlund, David. 2007. Democratic Authority: A Philosophical Framework. Princeton: Princeton University Press, cáp. IV.

[iii] Ibid., 6.

[iv] Waldron, Jeremy. 1999. Law and Disagreement. Nueva York: Oxford University Press, 252-253.

[v] Véase, por ejemplo, Estlund, David. 2000. "Waldron on Law and Disagreement", Philosophical Studies 99: 111-128; Christiano, Thomas. 2009. "Debate: Estlund on Democratic Authority", Journal of Political Philosophy 17(2): 228-240.

[vi] Marqués de Condorcet,"Essai sur l'application de l'analyse à la probabilité des décisions rendues à la pluralité des voix".

[vii] Esta crítica aparece en Estlund 2007, cáp. 223, y en Brennan, Jason. 2016. Against Democracy. Princeton: Princeton University Press, 180.

[viii] Grofman, Bernard; Guillermo Owen y Scott L. Feld. "Thirteen Theorems in Search of the Truth", Theory and Decisión 15(3): 261-278.

[ix] Somin, Ilya. 2013. "Why Political Ignorance Undermines the Wisdom of the Many", Critical Review 26(1-2),64. Véase también Hong, Lu y Scott E. Page. 2004. "Groups of Diverse Problem Solvers can Outperform Groups of High-Ability Problem Solvers", Proceedings of the National Academy of Sciences 16; 101(46): 16385-16389.

[x] Landemore, Hélène. 2012. Democratic Reason: Politics, Collective Intelligence, and the Rule of the Many". Princeton: Princeton University Press.

[xi] Somin 2013.

[xii] Brennan 2016, 183.

 

 

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