El Día de la Liberación Fiscal

Se llama “Día de la Liberación Fiscal” aquel momento del año en que uno "deja de trabajar para Hacienda y empieza a trabajar para sí". Es decir, aquel día en que –se calcula- uno ya ha generado todo el dinero que ese ejercicio pagará en impuestos. Naturalmente ese día es una abstracción, porque los impuestos que uno paga no se abonan de una tacada en un momento concreto. Sin embargo, si uno calcula la riqueza que de promedio genera cada día, y calcula también cuántos impuestos paga anualmente, puede verse también “cuántos días he trabajado para Hacienda”. Simplificando, si uno cobra unos 30.000 anuales brutos, como el tipo impositivo del IRPF para este tramo es del 30%  se supone que las primeras 2,4 horas de tu jornada laboral las estás trabajando, no para ti, no para el jefe, sino para el Fisco.

 

Según el Think Tank Civismo las comunidades autónomas que -de media- se liberan antes de sus obligaciones tributarias sería Ceuta y Melilla, siendo Cataluña y Cantabria las más perjudicadas.  177 jornadas laborales son lo que de media trabaja un español para su Estado, siendo el pasado 27 de junio el día en que, también de media, los españoles “empezaron a ganar dinero”.

 

 

 

Fuente: https://www.civismo.org/es/investigaciones/informes/dia-de-la-liberacion-fiscal-2018

 

 

 

Eso sí, para afirmar realmente cuántos días se trabajan para el Estado habría que restar todos los impuestos que uno acaba recibiendo en forma de servicios públicos a lo largo de su vida, lo que ciertamente reduciría de forma significativa los días que uno “no trabaja para sí”. Aun con todo el estudio de Civismo (p.44) concluye que “Excluyendo el sistema de Seguridad Social, el pago de impuestos no sale rentable para más del 80% de los contribuyentes en edad laboral.” [i]

 

Son dos los comentarios que me merece este interesante estudio, y en general, las siguientes dos ideas extendidas sobre la tributación. No es extraño oír en tono de crítica que “uno da más de lo que recibe” refiriéndose a los impuestos. Una idea que incluso se ha usado entre determinados sectores del independentismo catalán para justificar el archiconocido “Espanya ens roba”, al entender que si Cataluña mete más dinero a la ucha pública del que acaba volviendo al país, es que existe un “espoli”.

 

No obstante, el que, por regla general, se de más de lo que se recibe debería ser una obviedad, una característica connatural de cualquier sistema redistributivo. Y es que si lo normal fuera recibir -a nivel individual o como región- lo mismo o incluso más de lo que se da, o bien no habría redistribución o bien habría milagro económico. Sin embargo, lo extendido de la crítica anterior se debe -creo yo- a una concepción errónea del modelo fiscal existente. Se piensa -equivocadamente- que el objetivo de los impuestos es, no asistir a los más pobres o necesitados (por enfermedad, edad etc.), sino abaratar costes, convirtiendo los servicios públicos en una economía de escala. Es decir, para muchos -o esa ha sido mi impresión- se pagan impuestos para financiar -por ejemplo- la sanidad porque si cada uno tuviera que pagarse su mutua saldría más caro. Se entienden así los impuestos, o la misma sociedad, como una cooperativa agrícola en la que se compra un solo tractor que es usado por turnos por los miembros de la cooperativa, para evitar de este modo que cada payés tenga que comprarse el suyo. De allí que si alguien descubre que da más de lo que recibe se alarme, porque descubre también que vive en una cooperativa ineficaz [ii].

 

Son ideas como estas las que explican la etiqueta de paternalismo que a veces recibe el sistema fiscal: como si el mismo fuera, en lo esencial, como una macro aseguradora de obligada participación: “Yo ya sé cómo gastarme mi dinero” dicen algunos. No obstante, aunque pueda haber parte de razón en la crítica anterior, la finalidad principal de los impuestos no es proteger al ciudadano de sí mismo, o darle a su dinero un mejor uso del que este le podría dar. El motivo por el cual existe un servicio público de -por ejemplo- recogida de basuras no es, solamente, porque así es más barato -porque bien podría suceder que un barrio pudiera, pagando menos, obtener el mismo servicio- sino porque solo de este modo se consigue que todo el mundo acceda a este servicio básico. 

 

En segundo lugar, querría también abordar brevemente la noción con la que iniciaba este texto: la idea de que llega un día en que, por fin, empezamos a trabajar para nosotros y no para el Estado. No creo que este planteamiento sea del todo equivocado. No obstante, plantear la cuestión tributaria de esta manera dificulta entender por qué cada uno pagamos lo que pagamos, o cuáles son los principios que rigen o deberían regir la política fiscal de un país.

 

A mi parecer la abstracción que sustenta el Día de la Liberación Fiscal debe ser sustituida por la siguiente: A final del año llega el sr. Fisco picando a nuestra puerta y nos pregunta “Cuánto ha ganado ud. este año” y se lo apunta en una libretita. Cuando ya sabe lo que ha ganado todo el mundo fija su atención en el gasto público que habrá que realizar, cuantificándolo en una cifra concreta. Es entonces cuando pica de nueva a nuestra puerta y nos dice: “Cómo hay que pagar tanto, y como todos tenemos que arrimar el hombro por igual, a ud. le toca pagar tal porcentaje de todo lo que haya ganado” (que lo podrás tener ahorrado, o no, eso ya es problema tuyo).

 

Ahora bien –cabría preguntar- ¿por qué si todos tenemos que arrimar el hombro por igual, a mí me cobran una cantidad y a mi vecino otra? Bien sencillo: porque la unidad que se toma en consideración a la hora de determinar cuánto aporta cada uno –y por tanto si todo el mundo aporta lo mismo- no es el dinero que efectivamente se da. La unidad de medida es –o creo que debería ser- el sacrificio que uno hace. Esto es, cuánto se sacrifica uno individualmente por el bien común. Lo que, traducido a dinero, implica tasas diferentes, no solo en valor absoluto, sino incluso en cuanto al porcentaje. Pues solo si existen porcentajes diferentes para cada nivel de riqueza –lo que se conoce como progresividad- puede conseguirse que todo el mundo “arrime el hombro por igual”, es decir, que todo el mundo realice el mismo esfuerzo por el bien común. En efecto, solo con porcentajes diferentes puede conseguirse que quien tiene 10 se sacrifique lo mismo que quien tiene 100, pues es evidente que cualquier porcentaje común que se impusiera sería mucho más gravoso para el de 10 que para el de 100. Dicho de otro modo: para que al final del año todos hayamos hecho una renuncia individual en pro del bien común igual de intensa, es necesario que unos renuncien a mucho y a otros a poco, toda vez que renunciar a mucho cuando se tiene mucho es tanto como renunciar a poco cuando se tiene poco.

 

Es por ello que plantear la cuestión en términos de “cuántos días trabajo para el Estado” es, sino incorrecto, al menos confuso, pues sugeriría que los más ricos “trabajan más días para el Estado” y que por tanto se sacrifican más, cuando en puridad el sacrificio es -o debería ser- el mismo, aun cuando para ello hagan falta porcentajes impositivos diferentes. Es decir, el motivo de que “los ricos paguen más” es, no demonizar la riqueza -como se hace entre determinados sectores-, sino conseguir que todos paguen lo mismo. 

 

Naturalmente lo cierto es que, en rigor, para que de verdad se exigiera el mismo sacrificio o servicio público por parte de todo el mundo -y se respetará realmente el principio de igualdad- debería entrarse a valorar multitud de factores muy escurridizos. Por ejemplo, debería tenerse en cuenta la utilidad social del trabajo de cada uno, pues podría decirse que si uno se ocupa en un oficio de por sí muy beneficioso para la comunidad ya estaría sacrificándose por el bien común. O debería tenerse en cuenta la dureza del trabajo de cada uno, pues obviamente no es lo mismo quitarle un 15% a un minero que un 15% a un oficinista, aun cuando los dos cobren el mismo sueldo. O debería tenerse en cuenta cómo ocupa uno su tiempo libre, si tumbado en el sofá o haciendo un voluntariado. O muy importante también, debería tenerse en cuenta si el dinero ganado se ha conseguido con más o menos horas de trabajo siendo así posible que dos personas con la misma riqueza debieran tributar cantidades distintas

 

No obstante, aunque la aplicación rigurosa de un sistema tal fuera imposible -al fin y al cabo estandarizar y medir el sacrificio de cada uno es imposible- es importante que la idea de fondo se tenga presente, pues de lo contrario sobreestimaremos nuestra contribución real. Así, la cuestión contributiva no debe plantearse en términos de “cuántos días trabajo para el Estado”, sino a cuánto he renunciado este año -días de vacaciones, cenas, ropa…- por los demás dado todo lo que me han cobrado. Al plantearlo de la primera forma se sugiere que uno vive esclavizado y que la carga -cualquiera que sea- es asfixiante, cuando lo que realmente sucede es que, por culpa de los impuestos, en vez de estrenar 3 pares de zapatos, este año solo estreno 1. El esfuerzo, y no los días de trabajo, es la medida que, en última instancia, debería explicar un sistema tributario.

 

Con todo, me gustaría concluir con un comentario positivo en relación al “Día de la Liberación Fiscal”. Y es que con la extensión de estas nociones se extiende también una mayor conciencia sobre cuál es nuestra carga fiscal, lo que en principio debería servir para que como sociedad fuéramos más exigentes y críticos con los fines que el dinero público recibe. Para que cada vez que veamos un gasto público  -una subvención, una infraestructura, un nuevo máster universitario- nos preguntemos: ¿es este un fin de suficiente importancia como para justificar que yo no pueda irme de puente? ¿Está legitimado el sr. Fisco en pedirme que hoy no vaya al cine para que esta subvención tenga lugar?

 

[i] https://www.civismo.org/es/investigaciones/informes/dia-de-la-liberacion-fiscal-2018


[ii] Dicho esto, la cuestión de si existe o no espolio fiscal en Cataluña queda sin abordar. Porque lo que determina si existe expolio no es si se da más de lo que se recibe, algo propio de una región comparativamente rica, sino cuan grande es esa contribución. Es decir, cualquier región rica dará más de lo que recibe -si es que debe haber redistribución- pero solo habrá expolio cuando ese más que se dé sea más alto de lo aceptable, lo que, naturalmente, es muy difícil de determinar objetivamente.

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