El problema de la incompetencia política (III): ¿Debemos restringir el voto de los ciudadanos incompetentes?

02/08/2018

Concluíamos el artículo anterior asumiendo que el problema de la ignorancia política era un problema genuino. Asumiendo esto, surge un nuevo interrogante: ¿Cuáles son las implicaciones morales? Esta es una pregunta enormemente difícil, pero aun así puede resultar útil examinar algunas de las respuestas que se han ofrecido.

 

Empecemos con la propuesta más contundente, defendida por el filósofo estadounidense Jason Brennan. Según Brennan, en determinadas circunstancias puede llegar a ser legítimo restringir el derecho de voto de aquellos cuya ignorancia política vaya más allá de lo tolerable. A primera vista, esta no parece una afirmación muy sorprendente. Al fin y al cabo, la idea de que el poder político debería estar distribuido de manera desigual no es para nada novedosa: la historia está repleta de ejemplos de grupos a los que se les han limitado (o directamente negado) sus derechos políticos. ¿Cuál es la diferencia? Pues que Brennan, al contrario que muchos de quienes defendieron ideas parecidas en el pasado, acepta que los seres humanos somos, en cierto sentido, fundamentalmente iguales. Esto implica, entre otras cosas, que todos tenemos derecho a no ser discriminados: es decir, a no ser desaventajados por razones arbitrarias. Y uno podría decir: bien, ¿y no es este el caso? ¿No estarían siendo aquellos cuyo poder político se viera restringido discriminados en este sentido? Brennan, que es un autor ágil, se anticipa a esta posible objeción, argumentando que el hecho que las razones esgrimidas en el pasado para excluir a determinados grupos fueran terriblemente arbitrarias no implica que no puedan existir buenas razones para una distribución no igualitaria del poder político.[i] ¿Cómo? Consideremos la siguiente analogía: supongamos que alguien está intentado sacarse el carnet de conducir y es rechazado por ser ateo. Esta parece claramente una razón arbitraria. Como también lo serían, por ejemplo, ser mujer, negro, católico, seguidor de los Yankees, fan de las películas de Woody Allen, saxofonista, etc. Esta es una lista de razones irrelevantes, cuyo uso constituiría un caso claro de discriminación injusta. Ahora bien, ¿implica esto que no puede haber razones para que a alguien se le deniegue el carnet de conducir? Evidentemente no. Una razón no arbitraria y relevante sería que durante el examen práctico el candidato hubiera atropellado a cuatro personas y arrojado el coche al mar. En este caso, negarle el carnet de conducir estaría prima facie justificado, pues el potencial conductor es un peligro al volante, y los demás ciudadanos tenemos derecho a ser protegidos de él. Pues bien, dice Brennan, tal vez algo parecido pueda decirse de los votantes desinformados. En sus propias palabras: “Tal vez algunos ciudadanos son participantes incompetentes que imponen demasiado riesgo sobre otros cuando participan [en procesos políticos]. Quizás algunos de nosotros tenemos derecho a ser protegidos de su incompetencia”.[ii]

 

Veamos con algo más de profundidad el argumento de Brennan en favor de un sistema epistocrático; es decir, un sistema en el que el reparto del poder político es sensible a los niveles de conocimiento de los ciudadanos – coloquialmente, un sistema en el que mandan (más) los listos. El argumento sigue los siguientes pasos[iii]:

 

1. No existen buenas razones procedimentalistas para preferir la democracia (una persona, un voto) a una epistocracia (influencia política dependiente del nivel de conocimiento).

 

2. El principio de competencia: “Es presumiblemente injusto, y además viola los derechos de los ciudadanos, privarles por la fuerza de su vida, libertad, o propiedad, o dañar significativamente sus perspectivas vitales como resultado de una decisión tomada por un grupo incompetente, o como resultado de decisiones tomadas de manera incompetente o con mala fe”[iv]

 

3. Existe una presunción en favor de sustituir un sistema de toma de decisiones incompetente por uno que lo sea menos.

 

4. Los sistemas de sufragio universal tienen una mayor tendencia a producir resultados incompetentes de la que tendrían al menos algunas versiones de la epistocracia.

 

5. Probablemente deberíamos sustituir la democracia por alguna versión de la epistocracia.

 

Como puede verse, el argumento de Brennan no afirma simplemente que debamos adoptar un sistema epistocrático, sino que es algo más modesto: deberíamos adoptar un sistema epistocrático si y sólo si se dan determinadas circunstancias -  en este caso, si y sólo si alguna versión de la epistocracia podría producir mejores resultados que los sistemas democráticos con sufragio universal. Por lo tanto, el argumento de Brennan es esencialmente dependiente de consideraciones empíricas.

 

Esto tiene que ver con el primer punto del argumento. Para algunos autores (los procedimentalistas), los procedimientos democráticos son intrínsecamente valiosos, lo que quiere decir que tenemos razones para preferirlos incluso si producen políticas injustas – al menos, hasta cierto punto. Brennan discrepa: para él, la democracia no es un fin en sí mismo sino un sistema cuyo valor depende principalmente de la calidad de las decisiones que tienden a producir a largo plazo, comparadas con otros sistemas políticos factibles. Esto es lo que se denomina instrumentalismo político (y más, concretamente, instrumentalismo democrático). Pero si esto es así, entonces si la democracia (y, por extensión, cualquier sistema político) es valiosa o no dependerá de consideraciones parcialmente empíricas – en este caso, de si efectivamente los sistemas democráticos tienden a producir mejores resultados (o, como mínimo, a reducir los resultados negativos) que sus alternativas[v].

 

Puesto que la mayoría de filósofos han defendido que la democracia tiene algún tipo de valor intrínseco, no es de extrañar que Brennan dedique una parte sustancial de su libro a discutir esta idea. Menos sorprendente aún es que no todos hayan quedado convencidos por sus argumentos.[vi] En lo que sigue, asumiré que Brennan está en lo cierto y el valor de la democracia depende exclusivamente de la calidad de sus resultados a largo plazo. ¿Acaba esto con cualquier posibilidad de resistir las conclusiones de Brennan? Creo que no.

 

Una primera respuesta nos permite resistir sólo parcialmente el argumento de Brennan, y gira alrededor de su idea de que el voto desinformado es como la contaminación, una acción que se vuelve dañina únicamente cuando se cruza un determinado umbral[vii]. Si yo fuese el único conductor sobre la Tierra difícilmente causaría un daño medioambiental grave. Pero si el número de conductores es lo suficientemente grande, entonces la situación es diferente. En este caso, las restricciones a las emisiones de gases contaminantes parecen justificadas. Del mismo modo, si yo fuera el único votante desinformado de mi país, y asumiendo que el número de votantes es lo bastante grande, las consecuencias de mi voto serían nulas y yo no llegaría a causar ningún daño. Pero puesto que el número de votantes desinformados no parece ser muy pequeño, el peligro puede ser real, por lo que, dice Brennan, también estaría justificada la restricción de “votos contaminantes”. Pero este argumento en realidad sólo apoyaría parcialmente un sistema epistocrático, puesto que aún permitiría que varios ciudadanos desinformados conservaran su voto – aquellos cuyo número no fuera lo suficientemente elevado para atravesar el umbral a partir del cual el voto desinformado resultaría dañino.   

 

Pero este no deja de ser una objeción bastante descafeinada al argumento de Brennan. Una respuesta más poderosa consistiría en poner en cuestión directamente la idea de que un sistema epistocrático traería mejores resultados, principalmente porque parece que la adopción de un sistema epistocrático acarrearía altos costes de transición. Por ejemplo, incluso si consiguiéramos elaborar una lista operativa de lo que constituye información política necesaria – y en este aspecto, crucial por otra parte, Brennan tampoco es muy claro -, ¿qué razones tenemos para suponer que esta sería aplicada de un modo honesto? Lo cierto es que no muchas. Teniendo en cuenta los beneficios derivados de pasar con éxito un test de conocimiento político, los incentivos para amañarlo parecen enormes.[viii] Por otro lado, dado el valor simbólico otorgado a las libertades políticas (y en especial al derecho a voto) en muchas democracias contemporáneas, ¿qué razones tenemos para suponer que una epistocracia podría aplicarse de un modo exitoso? Más bien parecería que un giro de este calibre llevaría a una crisis de legitimidad bastante peligrosa. Por supuesto, Brennan no es del todo ajeno a estas dificultades, y reconoce que la implantación de la epistocracia probablemente no sea una cuestión de todo o nada. A su juicio, deberíamos estar abiertos a la experimentación, y tal vez probar alternativas epistocráticas en pequeña escala, en lugares lo suficiente “amables” como para que el intento pudiera como mínimo llevarse a cabo.[ix] Pero, de nuevo, esto sigue siendo insuficiente. Primero, porque no es nada obvio que una restricción en los derechos políticos de los ciudadanos vaya a obtener una recepción más comprensiva en estos lugares. Segundo, porque incluso si consigue implementarse con éxito, las características bastante idiosincráticas de estos casos dificultarían bastante generalizar sus resultados, y, por extensión, estimar las probabilidades de éxito de un sistema epistocrático en entornos más amplios.

 

Obviamente, nada de esto supone una refutación del argumento de Brennan. El único objetivo de esta discusión ha sido el de señalar que, incluso si aceptamos la idea de que el valor de la democracia es puramente instrumental, su propuesta aún incluye demasiadas puntos ciegos. En su libro, Brennan acepta que es en los sistemas democráticos donde, por regla general, se vive mejor[x]. Por eso, dado lo que está en juego, parece razonable exigir que cualquier propuesta de modificación radical analice exhaustivamente los posibles costes de transición. Puesto que Brennan aún no nos ha ofrecido un análisis semejante, la epistocracia tendrá que esperar.

 

 

 

[i] Brennan, Jason. 2016. Against Democracy. Princeton: Princeton University Press, 17.

[ii] Ibid., 18.

[iii] Ibid., 141.

[iv] Loc. cit.

[v] Hablo de “parcialmente” empírico porque discutir qué cuenta como un peor o mejor resultado nos lleva derechos al terreno de la teoría moral. Para un argumento a favor del instrumentalismo democrático, véase Arneson, Richard. 2004. "Democracy Is Not Intrinsically Just", en Dowding, Keith; Goodin, Robert, y Carole Pateman. Justice and Democracy. Essays for Brian Barry. Cambridge: Cambridge University Press. Para una defensa de la idea de que el valor de la democracia sí es, al menos en parte, intrínseco, véase, por ejemplo, Kolodny, Niko. 2014. "Rule Over None II: Social Equality and the Justification of Democracy", Philosophy & Public Affairs 42(4): 287-336.

[vi] Véase, por ejemplo, https://ndpr.nd.edu/news/against-democracy/ o la discusión – con respuestas del propio Brennan - en http://peasoup.us/2017/06/ndpr-discussion-forum-jason-brennans-democracy/.

[vii] Brennan 2016, 143-144.

[viii] Curiosamente, en un libro anterior, el propio Brennan afirmaba: "En la práctica, un examen de competencia está listo para el abuso y la captura institucional. Las pruebas de competencia muy probablemente serían utilizadas para excluir del electorado a aquella gente que podría votar contra el partido en el poder. Los grupos de interés lucharían por controlar la agencia encargada de los exámenes. E incluso si el examen fuera justo y equitativo en principio, es muy improbable que este fuera administrado de un modo justo y equitativo en la práctica" (Brennan, Jason. 2011. The Ethics of Voting. Princeton: Princeton University Press, 108).

[ix] Ibid., 230.

[x] Ibid., 8.

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