Pasaportes y fronteras (III): Consecuencias y cantidades

13/07/2018

En la serie de artículos sobre la apatridia hemos hablado sobre qué es y por qué alguien puede devenir apátrida, pero no qué consecuencias tiene para la persona afectada ni cuántas personas hay en el mundo sin nacionalidad.

 

¿Qué consecuencias tiene la apatridia para el apátrida?

 

En general, la falta de nacionalidad impide al apátrida beneficiarse de los derechos que el Estado reconoce a sus ciudadanos, y normalmente también los que confiere a los nacionales extranjeros, además de hacerlos especialmente vulnerables a abusos, discriminaciones y maltratos por parte tanto del Estado donde residen como por parte de los particulares que tienen por vecinos.

 

Este no reconocimiento y hasta bloqueo institucional a menudo imposibilita a los apátridas hacer las cosas que las demás personas dan por sentado, como registrar el nacimiento de un niño, un matrimonio o  una defunción, viajar dentro y fuera del Estado donde residen, abrir una cuenta bancaria, poseer propiedad, acceder a la educación primaria, secundaria o superior, conseguir un trabajo de manera regular, conseguir asistencia sanitaria, firmar contratos, tener derecho a la tutela judicial efectiva, tener derecho a la participación política y en general, produce un desamparo administrativo, político y social y una falta casi absoluta de seguridad jurídica.

 

Este desamparo hace que las personas apátridas en muchas ocasiones caigan en la marginación social, recurran al trabajo irregular y sean víctimas de tráfico de personas, especialmente las mujeres y los niños. Además, frecuentemente ocurre que un/a apátrida intente casarse con un nacional del país donde vive para poder naturalizarse, lo que conlleva peligro de relaciones abusivas y de dependencia legal, en las que las víctimas suelen ser mujeres. También merece mención aparte el hecho de que las leyes de inmigración de muchos países establecen regímenes de detención temporal para personas que se encuentran en situación irregular (por ejemplo, por no tener permiso de residencia o de trabajo), pero, en el caso de los apátridas, al no tener país de origen donde poder deportarlos, esta detención puede ser indefinida, provocado la separación de muchas familias.

 

Todos estos factores combinados, el rechazo y marginación social, el maltrato por parte de la administración pública, sumados, en ocasiones, al sentimiento de no pertenencia a ninguna comunidad política y/o cultural, lleva a un número no despreciable de apátridas a la depresión, el alcoholismo, la violencia doméstica, el crimen y, en ocasiones, al suicidio [1].

 

Pero si pasamos de los efectos individuales que la apatridia puede tener sobre una persona más o menos aislada a los efectos que este fenómeno puede tener cuando afecta a grupos más o menos grandes por motivos históricos, culturales, étnicos, etcétera, vemos que puede conducir a pueblos enteros al desplazamiento forzado o la huida del territorio del Estado donde residían previamente; un ejemplo de esto podría ser la minoría nepalesa que vivía en Bután y fue expulsada a Nepal, país que tampoco los reconoce nacionalidad. En algunos casos, esta afectación colectiva de la apatridia puede conducir a conflictos armados[2], dando a este fenómeno una nueva dimensión relacionada con la seguridad internacional, más allá de las evidentes implicaciones en lo que atañe a los derechos humanos.

 

¿Cuántos apátridas hay en el mundo?

 

La cuantificación de la apatridia conlleva serios problemas metodológicos. Por una parte, se pueden hacer estimaciones más o menos acertadas basadas en encuestas y extrapolaciones, que nos dan una idea más o menos aproximada de la magnitud del problema. Esta es una de las tareas que se le ha encomendado al Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), que desde hace años cuantifica el número de apátridas, refugiados y desplazados, entre otros, en el mundo. Estas estimaciones, sin embargo, son más bien poco satisfactorias, porque mientras que actualmente ACNUR estima que hay 10 millones de apátridas en el mundo, en 2009 estimaba que había 12, en 2005 no se atrevía a poner una cifra y hablaba de "millones", en 2004 estimaba 1 millón y en 2002 8,944 millones.

 

Además, ACNUR sólo estima el número de apátridas que entran en la definición del mandato que la Asamblea General de la ONU le dio, es decir, los apátridas en sentido estricto-formal y las personas que no pueden acreditar su nacionalidad.

 

Por otra parte, se pueden recoger datos oficiales de los gobiernos que acreditan un número de personas como apátridas dentro de sus fronteras. Esto tiene varios problemas. El primero es que los Estados sólo cuentan los casos de apatridia formal (dejando de lado la apatridia de facto, de la que hablamos en el primer artículo). Además, hay un problema práctico, porque como la definición de la apatridia es negativa (no contar con nacionalidad), el Estado debe asegurarse de que ninguno de los Estados con los que el individuo ha sido vinculado en el pasado (por lugar de nacimiento, residencia, matrimonio ...) no tiene leyes que lo hagan susceptible ser nacional, y en muchas ocasiones se debe consultar con los gobiernos de estos Estados, que pueden tardar en responder o pueden no responder en absoluto.

 

Por otro lado, no hay un consenso claro en la definición formal concreta de apatridia entre los Estados ni tampoco en qué procedimiento se utilizará para identificarlos. De hecho, ni siquiera hay consenso en llamarlos apátridas, y a veces se les llama personas de "nacionalidad desconocida", por ejemplo. El otro gran problema es que sólo una porción de los Estados puede recabar datos sobre apátridas, y de éstos, sólo algunos las comparten con el ACNUR, debido a las importante consecuencias políticas que para algunos Estados tiene reconocer la cantidad de personas apátridas en su territorio, especialmente cuando esto tiene implicaciones étnicas o religiosas, por lo que la veracidad de algunas de las cifras de los Estados que las facilitan es cuestionable. De todas formas, cada vez más Estados comparten estos datos: en 2004 sólo 30 Estados lo hacían, mientras que en 2015 ya eran 78. Esto explica, en parte, el ligero aumento en el número de apátridas contados desde 2012.

 

La cuantificación de los apátridas de facto sería aún más complicada, en parte por la ya explicada potencial confusión con el concepto de refugiado, en parte por la más difícil calificación jurídica: es necesario que su Estado no los proteja efectivamente (y que previsiblemente esta situación sea indefinida, porque si fuera eminentemente temporal hablaríamos más bien de refugiados).

 

En este sentido, puede servir de orientación mirar el número actual de refugiados (16 millones) y de demandantes de asilo (3,2 millones) en 2015, entre los que habrá muchos que cumplirán con la definición que hemos dado de apatridia de facto [3]. Además, aquí se podrían incluir todos aquellos exiliados que no entren dentro de las categorías de refugiado ni de asilado pero que no reciban protección efectiva por parte de su Estado, que son prácticamente imposibles de cuantificar porque difícilmente pueden ser distinguidos de los emigrantes que sí reciben protección.

 

En términos geográficos, los casos más notorios de apatridia los podemos encontrar en la actualidad entre las tribus de etnia Akna, Lanu, Lisu, Yao, Hmong y Karen de Tailandia y Myanmar, los Kurdos de Irak y Siria, los Palestinos en todo el mundo árabe, especialmente en Cisjordania, en Gaza, en el Líbano y en Jordania, muchos gitanos en todo el mundo o los Tutsis Banyarwanda que viven en la República Democrática Congo, además de los Rohinya de Myanmar, los apátridas haitianos en la República Dominicana y los rusos en Estonia y Letonia[4].
 

[1] SOKOLOFF, C., Para el Consejo Asesor para la Seguridad Humana del Fondo Fiduciario de Naciones Unidas para la Seguridad Humana Denial of Citizenship: A Challenge to Human Security, 2005 p. 22
[2] VAN WAAS, L., Nationality Matters: Statelessness under International Law, School of Human RightsResearch Series, Vol. 29, Utrecht, 2008, p. 14 y SOKOLOFF, C., (ver arriba) p. 11
[3] Según ACNUR: http://reporting.unhcr.org/population
[4] LYNCH, M., Lives on hold: The Human Cost of Statelessness, Washington, Refugees International, 2005, p. 7-10

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