El problema de la incompetencia política (II): ¿Es realmente tan grave el problema?

17/07/2018

 

En el artículo anterior presentamos el problema de la incompetencia política de los votantes, y analizamos parte de la evidencia al respecto. Como vimos, esta parece arrastrarnos más bien hacia conclusiones pesimistas: cuando tomamos decisiones políticas, los electores somos muchas veces ignorantes e irracionales. Pero, ¿es realmente tan grave el problema? En este artículo discutiremos algunas posibles respuestas que tratan de argumentar que, después de todo, la aparente falta de información de los votantes podría no comportar consecuencias tan negativas como en un principio podríamos imaginar.

 

Atajos cognitivos

 

Supongamos que quiero viajar a Australia. Una posible opción sería aprender todo lo necesario para poder construir y pilotar un avión, y una vez adquirido este conocimiento elegir qué vuelo debería tomar. Por otra parte, también estaría bien que tuviera conocimientos sobre cómo funciona la economía y, en concreto, acerca de cómo se rigen las aerolíneas - qué determina principalmente sus precios, etc. Esta opción enciclopédica, además de ser tremendamente costosa e ineficiente, tendría implicaciones nefastas: dado que actualmente no poseo los conocimientos anteriormente descritos, parece que se seguiría que soy incapaz de viajar a Australia. Pero esto es absurdo: por supuesto que sé cómo viajar a Australia. Lo que falla aquí no es mi conocimiento, sino una idea equivocada acerca del tipo de conocimiento necesario para poder viajar a Australia. Por ejemplo, ¿es necesario que sepa cómo construir y manejar un avión? Lo cierto es que no. Lo que sí es necesario es que sepa identificar de un modo fiable a aquellos que sí saben hacerlo, lo que constituye un requisito bastante más fácil de satisfacer. ¿Y qué ocurre con la economía de las aerolíneas? ¿Hace falta que sea un experto aquí? Pues probablemente tampoco. Si soy capaz de encontrar buenas ofertas, que equilibren mi preferencia por viajar a un determinado lugar y en una determinada época con mi preferencia por un viaje barato, entonces parece que ya he obtenido la información necesaria. Y, de nuevo, esta no es una tarea hercúlea, sino que puede resolverse en apenas unas pocas horas comparando la información de unas pocas páginas webs. En definitiva, para viajar a Australia no necesito un conocimiento enciclopédico, sino simplemente saber tomar los atajos cognitivos adecuados.

 

Algunos autores[ii] han argumentado que algo parecido ocurre en el ámbito de la política. Aunque la mayoría de los votantes carezcamos de información explícita (enciclopédica) acerca de lo que está en juego cuando tomamos una decisión política, esto no significa que no podamos tomar buenas decisiones políticas. Si somos capaces de tomar los atajos cognitivos correctos, entonces, a efectos prácticos, nuestra contribución a una decisión política determinada será equivalente a la que haríamos si estuviéramos bien informados. Para votar bien no hace falta ser un científico político, de la misma manera que para poder viajar a Australia no hace falta ser un ingeniero.

 

Ahora bien, esta idea no está exenta de problemas. Como el científico social Arthur Lupia ha reconocido: "El inconveniente de estos atajos es que pueden no ser fiables"[iii]. Supongamos que me duele la espalda, y quiero aliviar el dolor. Para conseguir este objetivo, tengo al menos dos opciones: convertirme en médico o tomar un atajo cognitivo. Puesto que la primera opción es demasiado costosa, sobre todo si lo que quiero es que el dolor remita en el menor tiempo posible, seguramente me inclinaré por la segunda alternativa. Pero ricemos el rizo un poco más. Imaginemos que, llegados a este punto, puedo elegir además entre dos potenciales atajos cognitivos: un médico o un chamán que he visto anunciado en la televisión. ¿Son ambas alternativas equivalentes? Obviamente no. Aunque, por supuesto, los médicos están lejos de la infalibilidad, constituyen atajos cognitivos mucho más recomendables que los chamanes. En este último caso, también elegimos un atajo, pero es un atajo al desastre.

 

Los atajos cognitivos defectuosos (más conocidos como "sesgos") son un fenómeno ubicuo. Por ejemplo, las investigaciones de los psicólogos Daniel Kahneman y Amos Tversky sobre lo que ellos denominan "estrategias heurísticas" (otro sinónimo de "atajo cognitivo") revelan que estas son, muy frecuentemente, deficientes: nos llevan a centrarnos en elementos irrelevantes y a descontar la importancia de otros que sí son relevantes[iv].

 

Esto debería templar nuestro optimismo respecto al potencial de los atajos cognitivos. Pero, además, existe un problema adicional: cuando los ciudadanos desinformados (es decir, aquellos de quienes se espera que tomemos atajos cognitivos) mejoramos nuestra educación política y conversamos sobre asuntos políticos concretos, tendemos a modificar nuestras preferencias y puntos de vista. Lo que sugiere que no es cierto que el voto "atajado" sea equivalente a un voto informado[v]. 

                                                                                                                                                                    

Voto retrospectivo

 

Otra posible respuesta afirma lo siguiente: hasta ahora hemos asumido que la información relevante es aquella que obtenemos antes de tomar decisiones. Pero esto podría no ser así. Los partidarios del llamado voto retrospectivo[vi] afirman que los votantes tendemos a evaluar a nuestros líderes políticos por lo que han hecho una vez que han sido elegidos, más que por lo que esperamos que hagan antes de llegar al poder. Analizando nuestros niveles de bienestar subjetivo, castigaremos o premiaremos al político que haya estado en el poder durante los años previos. Es decir, la pregunta relevante no es: ¿maximizará este candidato la satisfacción de mis preferencias?, sino ¿es mi situación - o la del grupo que considere relevante - mejor ahora que antes? Si la respuesta es que sí, entonces el político (o su partido) seguirá en el poder; si es que no, será expulsado del gobierno.

 

Esto parece exigir bastante menos de los ciudadanos, pues no exige que tengan conocimiento enciclopédico acerca de nada, sino simplemente que sepan analizar mínimamente bien sus niveles de bienestar y que puedan discernir adecuadamente qué parte del mismo es atribuible a la acción del político en cuestión.

 

Pero hay quienes han sostenido que incluso esto es exigir demasiado a los votantes. De acuerdo con Christopher Achen y Larry Bartels[vii], los dos principales fallos en el voto retrospectivo son lo que ellos denominan retrospección ciega y retrospección miope. La primera se produce cuando se castiga a un político por algo sobre lo que difícilmente tenía algún tipo de control - como es el caso, según los autores, de las sequías o los ataques de tiburones. En estos casos los ciudadanos no están infiriendo las conclusiones adecuadas de las fluctuaciones en sus niveles de bienestar subjetivo, sino todo lo contrario: al castigar a los políticos en el poder, están actuando como "quien golpea al perro después de un duro día de trabajo"[viii]. Por otra parte, la retrospección miope se da cuando hay elementos que juegan un papel desproporcionado en el modo en que los ciudadanos evalúan la competencia de un político. Por ejemplo, cuando los ciudadanos evalúan a sus líderes, estos tienden a centrarse principalmente en el período inmediatamente previo a las elecciones, descontando el pasado más remoto. Pero esto no parece ni una buena manera de juzgar la actuación de dicho político ni una forma de recomendable de incentivar el buen gobierno - al fin y al cabo, si esto es cierto, el mensaje que se está mandado es que no hace falta que se gobierne bien a lo largo de toda la legislatura, sino simplemente que se consiga un efecto de prosperidad en los últimos meses.

 

Todo esto nos lleva a concluir que el voto retrospectivo probablemente no consiga aliviar todas las preocupaciones que la aparente incompetencia de los votantes puede suscitar

 

El milagro de la agregación

 

La última propuesta parte de la siguiente observación estadística. Imaginemos que lanzo una moneda al aire, con un 50% de probabilidad de que salga cara y un 50% de que salga cruz. Si solo repito esta acción tres veces, es posible que la distribución de resultados sea CARA, CARA, CARA. Pero cuanto más siga lanzando la moneda, más se acercará la distribución a un 50% de caras y otro 50% de cruces. Ahora bien, si el resultado de lanzar 400 veces una moneda al aire es un 50% de caras y un 50% de cruces, entonces tenemos un empate.  Los defensores del "milagro de la agregación"[ix] nos dicen lo siguiente: si el electorado desinformado es lo suficientemente grande, y vota aleatoriamente entre dos opciones, entonces sus errores se distribuirán de una manera también aleatoria, cancelándose mutuamente. De nuevo, tendremos un empate entre las distintas opciones. ¿Y quién será el encargado de romper el empate? Los votantes informados. Por lo tanto, no importa que haya votantes desinformados (de hecho, si debe haberlos, cuantos más, mejor), porque al agregar las preferencias de todos los votantes, serán las de los votantes informados las que decidirán la partida.

 

Esta aplicación de la ley de los grandes números al terreno de la política resulta interesante, sin duda, pero no está claro que sea algo más que una mera curiosidad matemática. El principal problema es que, como vimos en el artículo anterior, no tenemos muchas razones para pensar que los votantes desinformados voten aleatoriamente. Muchos sesgos pueden tener efectos sistemáticos, lo que impediría que los errores se cancelen mutuamente, convirtiendo así el milagro de la agregación en la pesadilla de la agregación. Supongamos que los votantes tendemos sistemáticamente a favorecer - de manera poco informada - opciones proteccionistas en el ámbito económico[x]. Si tenemos que elegir entre una alternativa que favorece el proteccionismo y otra más favorable al libre comercio, ¿podemos esperar una distribución aleatoria de los votos? Más bien no. En este caso, los votos desinformados irán en una mayor proporción a la opción proteccionista. Y en este caso, sí que importa cuántos votantes desinformados haya. Si apenas hay unos pocos, el grupo informado aún podría decidir la partida aún sin existir una distribución aleatoria de los errores. No obstante, si estos son muchos, entonces la cosa se complica, y la probabilidad de los votantes informados de acabar determinando el resultado de la elección disminuye sensiblemente.

 

Podemos concluir, pues, que el grado en el que estas propuestas consiguen aflojar la presión sobre el problema de la incompetencia política es debatible. Tal vez, en el mejor de los casos, sólo ofrezcan una tirita para lo que es en realidad una herida profunda. Por supuesto, el debate continúa, por lo que la siguiente afirmación tiene algo de estipulación: en lo que sigue, asumiré que el problema de la incompetencia política es un problema genuino, y discutiré qué posibles implicaciones podría tener.

 

 

[ii] Véase, por ejemplo, Lau, Richard R. y David P. Redlawsk. 2006. How Voters Decide: Information Processing during Election Campaings. Cambridge: Cambridge University Press; Lupia, Arthur. 1994. "Shortcuts Versus Encyclopedias: Information and Voting Behavior in California Insurance Reform Elections", American Political Science Review 88(1): 63-76; Lupia, Arthur y Matthew D. McCubbins. 1998. The Democratic Dilemma: Can Citizens Learn What They Need to Know? Nueva York: Cambridge University Press; Popkin, Samuel L. 1991. The Reasoning Voter: Communication and Persuasion in Presidential Campaigns. Chicago: University of Chicago Press

[iii] Lupia 1994, 63.

[iv]Kahneman, Daniel. 2012. Pensar rápido, pensar despacio. Madrid: Editorial Debate. Para un reasumen, véase también: https://www.revistalibertalia.com/single-post/2018/06/20/Juicios-y-predicciones.

[v] Por ejemplo, Althaus, Scott L. 1998. "Information Effects in Collective Preferences", American Political Science Review 92: 545-558 y Luskin, Robert C., James S. Fishkin y Roger Jowell. 2002. "Considered Opinion: Deliberative Polling in Britain", British Journal of Political Science 32: 455-487.

[vi] Fiorina, Morris. 1981. Retrospective Voting in American National Elections. New Haven: Yale University Press.

[vii] Achen, Christopher y Larry Bartels. 2016. Democracy for Realists. Princeton: Princeton University Press, caps. 4-7.

[viii] Ibid., 93.

[ix] Por ejemplo, Surowiecki, James. 2004. The Wisdom of Crowds. Nueva York: Doubleday y Wittman, Donald. 1995. The Myth of Democratic Failure: Why Political Institutions Are Efficient. Chicago: Chicago University Press.

[x] Este ejemplo está tomado de Caplan, Bryan. 2007. The Myth of the Rational Voter. Princeton: Princeton University Press, cap. 2.

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