Equilibrios imposibles con la presunción de inocencia

08/07/2018

Tyler Milligan @tyler_milligan_visuals


Recientemente, y a raíz de los tristes acontecimientos sobre la Manada, ha surgido un debate que parecería superado en relación a la presunción de inocencia y el estándar probatorio. En relación a todo ello sería oportuno clarificar una serie de conceptos que acostumbran a discutirse entremezclados. Por un lado estaría la presunción de inocencia que consiste meramente en asumir que el acusado -o cualquier otro ciudadano- es inocente hasta que una sentencia firme no diga lo contrario. Por otro lado hablaríamos de la carga de la prueba, que determina quien es el encargado de demostrar la culpabilidad del acusado y aquel a quien perjudica la falta de pruebas. Y finalmente distinguiríamos el estándar probatorio, que determina con cuanta fuerza debe sugerirse la culpabilidad de alguien para que la misma se considere probada. A día de hoy el estándar probatorio español se establece en aquella fórmula que dice que todo crimen debe probarse “más allá de toda duda razonable”, una expresión cuyo contenido exacto es, naturalmente, imposible de detallar.

 

Hechas estas precisiones podemos ya plantear el debate que, como creo que se verá, gira realmente en torno al estandar probatorio. ¿Cómo de exigente debe ser nuestro estándar probatorio? ¿Qué -digamos- "porcentaje de probabilidad" en la comisión del supuesto crimen debe exigirse para que pueda enviarse a una persona a prisión? ¿Debería condenarse con que el crimen fuera probado, no más allá de toda duda razonable, sino –por ejemplo- cuando fuese la opción significativamente más plausible?

 

Para responder a esta pregunta es necesario que antes establezcamos la relación de impunidad-injusticia que creamos adecuada. Llamo relación de impunidad-injusticia a la proporción que consideramos aceptable de culpables-en-las-calles-e-inocentes-en-prisión. Pues bien, ¿cuántos inocentes estamos dispuestos a enviar a prisión a fin de no dejar a ningún culpable en la calle? O ¿cuántos culpables estamos dispuestos a dejar en libertad a fin de no enviar a ningún inocente a prisión?

 

Por ejemplo, si, como Maimónides, pensáramos que es mejor absolver a mil culpables antes que condenar a muerte a un inocente, entonces nuestra relación de impunidad-injusticia sería de -simplificando- 1001-1[1], con lo que nuestro estándar probatorio debería ser altísimo, del 99.9% de seguridad. Es decir, solo cuando las pruebas hubieran sugerido la culpabilidad de una persona al 99.9% podría condenársela[2]. La consecuencia sería que con un estándar así una gran cantidad[3] de culpables se librarían injustamente de su merecido castigo, pero a la vez extremadamente pocos inocentes deberían pagar por lo que hicieron otros. ¿Sería esta una proporción aceptable?

 

Pero por si todo esto no fuera suficientemente complejo aun habría que incluir otro elemento a la ecuación. Si asumimos con Beccaria que aquello que mayormente disuade de la comisión de un crimen no es la severidad de la pena sino su certeza, entonces como mayor sea el estándar probatorio, menos cierta será la pena. Luego, a la hora de establecer un estándar probatorio no solo debería tenerse en cuenta la peliaguda relación impunidad-injusticia, además debería tenerse presente el efecto preventivo que la misma tendría. Esto es, a la hora de establecer un estándar probatorio alto debería valorarse, no solo cuantos culpables quedarían impunes, sino también cuantos nuevos culpables surgirían al calor de un sistema con muchos “agujeros”.  

 

Así pues, podemos concluir que un estándar probatorio muy alto no solo es “impuno-génico”, sino también “crimino-génico”. Crimino-génico, además, en dos sentidos pues no solo aumenta la inseguridad ciudadana al hacer todo el sistema penal poco disuasorio, sino que también dejaría en las calles personas que, dada su culpabilidad en crímenes pasados, podrían estar especialmente inclinadas al delito. Ergo, un estándar probatorio alto conllevaría una disminución de la capacidad de prevención general del sistema penal, pero también de su capacidad de prevención especial. De todo ello cabe inferir que a la hora de establecer un estándar probatorio también deberíamos tener presente lo que podríamos llamar la relación víctima-injusticia para cuyo establecimiento deberíamos responder a la también imposible pregunta ¿cuántas víctimas estamos dispuestos a crear a fin de no enviar a un inocente a prisión?

 

Estas reflexiones podrían llevarnos a poner en duda una idea tan asumida como es que el estándar probatorio en materia criminal debe ser uniforme, esto es, el mismo para todos los delitos. Y todo ello en base a que como la sociología de cada delito es distinta, su prevención también podría serlo. ¿Qué quiere decir esto? Sucede que no todos los delitos deben estar disuadidos y perseguidos por igual para que su comisión disminuya. Por ejemplo, la corrupción debe estar muy disuadido, porque i) son delitos de los que uno puede lucrarse, y ii) porque la moral individual no es especialmente crítica con ellos. En cambio el homicidio o la tortura no requieren una gran disuasión por parte del Estado ya que, por los motivos antes expuestos, son crímenes de los que uno ya, motu proprio, se abstiene de cometerlos. Pues bien, si hay delitos que requieren más disuasión que otros a fin de obtener el mismo grado de prevención habrá motivos para que, en el enjuiciamiento de los mismos, se sea menos garantista, a fin de no transmitir el mensaje de que “de hacer X uno se libra casi siempre”.

 

En definitiva, a la hora de establecer un estándar probatorio determinado deben equilibrarse estos tres factores: la cantidad de inocentes que irán a prisión, la cantidad de criminales que quedarán impunes, y la cantidad de víctimas que surgirán. En función de la importancia relativa que le demos a cada uno de estos elementos apostaremos por un estándar probatorio u otro. Como se puede ver se trata de un tema complejo como pocos que un hilo de Twitter no debería pretender resolver.  

 

 

 

[1] Evidentemente Maimónides se habría opuesto a la matematización de su frase pues lo que con ello quería significar es, simplemente, que el estándar probatorio debe ser altísimo. Hagamos ver que lo que decía Maimónides no era una forma de hablar.

[2] Evidentemente todos estos números son simples abstracciones. Aspirar a una respuesta cuantitativa a estas preguntas es absurdo. Decir que la relación de impunidad-injusticia es de 1001-1, o que el estándar probatorio debe ser de 99.9% es solo una forma de hablar que debe servirnos para plantear la cuestión. A la hora de aplicar cualquiera de estos conceptos los números deberían ser sustituidos por conceptos imprecisos como el de “más allá de toda duda razonable”.

[3] Atención, que la relación sea de 1001-1 no significa que se librarían 1000 culpables. Eso solo sería así si lo normal fuera que en los juicios la culpabilidad de alguien estuviera siempre bastante disputada, cunado lo cierto es que la gran mayoría de veces está bastante clara. Luego incluso con un estándar probatorio altísimo las cárceles estarían razonablemente llenas.

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