Netflix en Corea del Norte

05/07/2018

 

Kim Jong Un, el flamante líder supremo de Corea del Norte, está de enhorabuena. Recientemente ha pasado de ser un paria en la comunidad internacional a reunirse con nada más y nada menos que el presidente de Estados Unidos, en lo que podría ser el inicio de la resolución de un conflicto de más de 60 años. Si finalmente el histórico armisticio de 1953 se convierte en un fructífero tratado de paz con su vecino del sur y el Tío Sam, sin duda alguna “little rocket man” pasará a la historia por la puerta grande.

 

En este contexto, cabe preguntarse cuál será el futuro del régimen norcoreano. ¿Puede el fin de la confrontación suponer una apertura de éste? ¿Y de ser así, hacia dónde? Son muchos los casos de países que se han visto en esta tesitura: regímenes autocráticos, a menudo autárquicos, ante el dilema de abrirse al mundo. Sirva de ejemplo el caso de España en los años 50 y 60 o las recientes reformas en Cuba, pasando por la evolución de China desde la muerte de Mao.

 

Una tesis habitual barajada por los expertos es que la apertura al exterior puede suponer, a la larga, una amenaza para la autocracia en cuestión. La circulación de información y la influencia de ideas, valores, costumbres o modas exteriores podría impactar negativamente en el apoyo popular al régimen. De hecho, durante la guerra fría los Estados Unidos promovieron la recepción de emisoras de radio pro occidentales en países comunistas, con el objetivo de erosionar el apoyo de la población a sus gobiernos. Hoy en día, el gobierno Chino realiza grandes esfuerzos para censurar todo aquello que le parece inoportuno en internet.

 

Pero, ¿es esto realmente así? ¿Los medios de comunicación extranjeros debilitan los gobiernos autoritarios? Aunque muchas teorías sobre la democratización asumen en un grado u otro la validez de esta afirmación, la verdad es que no hay muchos estudios empíricos que puedan resultar concluyentes. Precisamente por eso seguro que a Kim Jong Un le resultaría de gran interés leer el estudio de Kern y Hainmueller sobre el impacto de la televisión de Alemania Occidental en la extinta Alemania Oriental.

 

Hasta la reunificación alemana, la mayor parte de la antigua República Democrática Alemana llegaba a recibir las emisiones de televisión de su vecina occidental y capitalista. La tesis de estos autores es que si bien es cierto que a través de estas emisiones los ciudadanos de la RDA podían recibir información negativa sobre su gobierno que de otra manera no obtendrían, también recibían información negativa sobre occidente. Pero sobretodo, la televisión occidental podía funcionar como entretenimiento que hiciese sus vidas más llevaderas, rebajando así el descontento con el régimen de Honecker y compañía.

 

Fíjense que hemos dicho que las emisiones llegaban a la mayor parte de la RDA, pero no a toda ella, y desde luego con una calidad muy variable. Esto no es baladí para la metodología del estudio, al contrario. Si quisiéramos comparar el efecto de ver la televisión occidental en las actitudes políticas de los ciudadanos de la RDA, deberíamos viajar a los años 80, seleccionar a un grupo que la viera y otro que no, asegurarnos que los hemos seleccionado aleatoriamente (ya que no queremos sobrerrepresentar ni infra representar ninguna característica relevante de estas personas) y hasta estudiarlos sin que ellos fueran conscientes que lo estamos haciendo. Solo entonces podríamos comparar sus actitudes políticas y determinar si hay diferencias entre ambos grupos, y de se así otorgarlas al “tratamiento” que uno de los dos grupos ha recibido, que sería ver la TV de Alemaia Occidental. Naturalmente esto es imposible, y resulta un buen ejemplo de las limitaciones de las ciencias sociales.

 

Pero en ocasiones sucede que un elemento exógeno, en este caso la topografía del este de alemania, se encarga de asignar los grupos del estudio como si lo hiciéramos de forma aleatoria. Es lo que en ciencias sociales se conoce como un experimento natural. Dado que no toda la población de la Alemania comunista estaba igual de expuesta a recibir dichas emisiones de televisión, podemos compararlos de forma eficaz.

 

Los autores utilizan datos recogidos por el Instituto Central para Investigación de la Juventud, una institución de la extinta RDA que realizaba encuestas a jóvenes que no solían salir nunca a la luz (que para algo eran una dictuadura, vamos). De esta forma, y hasta teniendo en cuenta que los encuestados podían no responder con total sinceridad, pudieron comparar las actitudes políticas de los jóvenes expuestos a la televisión occidental con los no expuestos. En este punto los autores ya detectan un efecto positivo de la exposición a la TV occidental con respecto al apoyo al régimen comunista.

 

Además, los autores también cruzaron los datos de solicitudes para obtener una visa para emigrar al extranjero durante esos años. Se fijaron en un nivel territorial todavía menor, el área de Dresden, donde la recepción era muy irregular. Así pues, encontrarion que a mayor recepción de señal de la televisión occidental, menor cantidad de solicitudes de visa para emigrar al extranjero y viceversa.

 

Por último, cabe preguntarse cuál era la actitud de las autoridades comunistas hacia la recepción de canales occidentales. ¿Pensaban que soscaba el régimen o eran consciente de este hipotético efecto positivo? Los autores explican que hacia los años 60 y 70 la actitud gubernamental era abiertamente hostil, pero en los años 80 se instauró un cierto laissez faire. Algunas autoridades locales así lo aconsejaron al politburó, destacando que los ciudadanos estaban más contentos si podían ver la televisión occidental. Además, en algunas localidades donde las autoridades habían perseguido la instalación de antenas satélite por parte de individuos o hasta comunidades de vecinos, se había aconsejado darles manga ancha. De lo contrario, auguraban problemas mayores si se continuaba con su desmantelación.

 

Así pues, el camarada Kim Jong Un quizás debería replantearse su postura ante la entrada de medios de comunicación extranjeros en su país, por lo menos los que se basan en el entretenimiento. Es posible que la política de cierre total no sea la que más ayude a la supervivencia del régimen. Al contrario, quizás dejar que los ciudadanos de Corea del Norte incorporen como distracción diaria las intrigas palaciegas de The Queen, el demogorgo de Stranger Things o las diabluras de Pablo Escobar en Narcos acabe resultando en una población todavía más amansada. Al fin y al cabo, nada que no supieran ya los romanos: panem et circenses.

 

 

Kern, H. L. y Hainmueller, Jens, Opium for the Masses: How Foreign Media Can Stabilize Authoritarian Regimes, Political Analysis, 2009, 17:377-399

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