El problema de la incompetencia política (I): ¿Cuánto sabemos los votantes?

28/06/2018

Decía Winston Churchill (o al menos eso se le atribuye popularmente) que "el mejor argumento contra la democracia es una conversación de cinco minutos con el votante medio". Esta cita esconde, al menos, dos ideas: la primera, que la inmensa mayoría de los votantes somos intolerablemente ignorantes (o, aún peor, directamente irracionales); la segunda, que esto supone un problema serio para la democracia. En esta serie de artículos diremos algo sobre ambas, aunque nos centraremos principalmente en la primera.

 

¿Somos los votantes tan poco fiables como sugiere Churchill? Desde la segunda mitad del siglo XX, varios científicos sociales han tratado de ofrecer una respuesta a esta pregunta, y hasta el momento los resultados no parecen excesivamente halagüeños. En palabras de Philip Converse, una de las figuras más influyentes entre quienes estudian la competencia política de los votantes, "las dos verdades más simples que conozco acerca de la distribución de la información política en los electorados modernos son que la media es baja y la varianza es alta"[i]. Una idea parecida ha sido defendida por el científico social Larry Bartels, para quien "la ignorancia política del votante americano es una de las características mejor estudiadas de la política contemporánea"[ii].

 

Veamos algunos ejemplos extraídos del caso estadounidense[iii]. Por ejemplo, muchos ciudadanos no saben identificar ninguno de los candidatos al Congreso en su distrito electoral[iv]. O desconocen qué partido tiene una mayoría en el Congreso[v]. O subestiman sistemáticamente la porción del presupuesto nacional destinada a la ayuda exterior[vi]. Por último, este fragmento del influyente libro What Americans Know About Politics and Why It Matters, de Michael X. Delli Carpini y Scott Keeter es tan informativo que merece ser citado en su totalidad:

 

"[Durante las elecciones presidenciales de 1992], el 86 por ciento de los ciudadanos sabía que el perro de los Bush se llamaba Millie, pero apenas el 15 por ciento sabía que ambos candidatos presidenciales apoyaban la pena de muerte. El juez Wapner (anfitrión del programa de televisión "People's Court") fue identificado por más gente de la que era capaz de identificar a los presidentes de la Corte Suprema Burger o Rehnquist"[vii]

 

Todo esto parecería confirmar la interpretación menos dura de la cita de Churchill, la que simplemente se limita a afirmar que los votantes somos, por lo general, bastante ignorantes. Para muchos autores, esto no es sorprendente en absoluto. Al fin y al cabo, ¿cuáles son las probabilidades de que nuestro voto resulte decisivo en una elección? Prácticamente nulas[viii]. Si la principal razón por la que uno va a votar es porque quiere contribuir a implementar una determinada política (o serie de políticas), entonces ha elegido el medio menos eficiente. No sólo porque sus beneficios (medidos de acuerdo con la probabilidad de resultar decisivo) sean ínfimos, sino porque, además, los costes sí suelen ser elevados. Uno debe hacer un esfuerzo para votar. Como mínimo, uno debe desplazarse hasta su colegio electoral. ¿Es esto costoso? En parte, sí. Todo tiempo que invierto haciendo X es un tiempo que no puedo dedicarle a Y. Bien, pero aún así, ¿no es un coste ridículo? Pues depende. De acuerdo con algunas estimaciones, la probabilidad de morir en un accidente de tráfico de camino al colegio electoral es parecida a la probabilidad de tener un impacto en el resultado de esa elección[ix]. Visto así, sí puede parecer un coste muy elevado. Pero los costes aumentan aún más si suponemos que no basta con que yo vaya a votar sino que además debo haber dedicado un cierto tiempo a reflexionar sobre mi voto. Es decir, que no es suficiente con que me presente el día de las elecciones y deje caer la papeleta en la urna. Para ser un votante responsable, debo haberme informado adecuadamente. Y esto sí que parece costoso en un sentido no trivial. Informarse adecuadamente de cara a una elección no es una tarea sencilla: requiere tiempo y esfuerzo, sacrificar muchas Ys para una X sobre la que probablemente no tenga mucha influencia después de todo. Para alguien que crea que debemos actuar con el objetivo de maximizar la satisfacción de nuestras preferencias (es decir, que debemos emplear siempre los medios más efectivos para nuestros fines), puede resultar racional ser ignorante en materia política. Esto es lo que se conoce como la tesis de la ignorancia racional[x]. Puesto que las probabilidades de que mi voto sea decisivo son tan escasas, y los costes de oportunidad (todo aquello a lo que renuncio) tan elevados, carezco de incentivos para informarme - a no ser, claro, que tenga otras razones para informarme.[xi]

 

Sin embargo, no todos los autores están dispuestos a pararse en la ignorancia racional. Por ejemplo, para el economista Bryan Caplan, el potencial explicativo de esta teoría es importante, pero también limitado[xii]. En algunos casos, dice Caplan, no nos queda otra opción que concluir que los votantes son, simple y llanamente, irracionales. Eso sí, irracionales racionales. ¿Qué quiere decir esto? Para entender esta idea, es útil distinguir entre creencias epistémicamente irracionales y creencias instrumentalmente irracionales. Una creencia epistémicamente irracional es aquella que mantenemos a pesar de que existen razones decisivas en contra. Por el contrario, una creencia instrumentalmente irracional es simplemente aquella que no conduce a la satisfacción de nuestras preferencias. Supongamos que creo que vivo en un mundo de fantasía. Esta creencia es claramente irracional desde un punto de vista epistémico, porque carece completamente de justificación. Pero lo es también instrumentalmente, pues difícilmente me conducirá a la satisfacción de mis preferencias. Si cruzo la calle sin mirar porque creo que estoy en un prado sacado de mi novela de aventuras favorita, la realidad - o, mejor dicho, la parte delantera de un camión - no tardará en hacerme pagar el precio de mi irracionalidad epistémica. Pero hay casos en los que ambos tipos de irracionalidad podrían no coincidir. Imaginemos el caso de un niño que está empezando a dudar de la existencia del ratoncito Pérez, una creencia que tradicionalmente siempre le ha hecho sentirse bien, algo que valora enormemente. Si, frente a su crisis de fe, el niño decidiera mantener su creencia en la existencia del ratoncito Pérez, esta creencia sería obviamente epistémicamente irracional. Pero es menos obvio que lo sea también desde un punto de vista instrumental: al fin y al cabo, los beneficios de mantenerla son elevados y sus costes son muy bajos. Por lo que esto podría ser un ejemplo de algo epistémicamente irracional pero no instrumentalmente.

 

Para Caplan, esto es precisamente lo que nos ocurre a muchos votantes: dado que el coste material de nuestra irracionalidad individual (lo que perderíamos si nuestra creencia irracional saliera victoriosa una vez descontada la improbabilidad de resultar decisivos) es muy bajo, resulta (instrumentalmente) racional ser (epistémicamente) irracional.

 

Lo cierto es que los ejemplos de irracionalidad en política - independientemente de si la explicación de Caplan es válida o no - parecen ser abundantes. Por ejemplo, el fenómeno del razonamiento motivado, en el que nuestras creencias se modifican para encajar con aquello que nos hace sentir bien, y no al revés. Por ejemplo, en un experimento[xiii] se les enseñó a los participantes imágenes de famosos que habían cometido una acción aparentemente contraria a los ideales que afirmaban sostener. Esto último es importante porque permitía dividir a los famosos en conservadores y liberales. Lo que los resultados del experimento sugerían es que los conservadores tendían a ser mucho más comprensivos con las aparentes inconsistencias de sus correligionarios, mientras que eran mucho más duros con las de sus rivales ideológicos. Y lo mismo ocurría al revés: los liberales tachaban a los conservadores de hipócritas mientras tendían a exculpar al resto.

 

En otro experimento se concluyó que los votantes tendían a cambiar sus preferencias sobre diversas políticas una vez se les decía cuál de ellas apoyaban sus candidatos preferidos[xiv]. Es decir, que en vez de elegir a los candidatos en función de preferencias previas, lo que se hacía era precisamente lo contrario. Esta idea se repite en muchos trabajos actuales. Por ejemplo, tras un exhaustivo estudio de diferentes períodos electorales en Estados Unidos, Canadá, el Reino Unido y los Países Bajos, el científico político Gabriel Lenz afirmaba que "los votantes no eligen a los políticos basándose en sus posiciones políticas; más bien parecen adoptar aquellas políticas que sus políticos favoritos prefieren"[xv]. La idea central de esta teoría es que nuestras elecciones políticas están motivadas de un modo muy importante por nuestras identidades partidistas. En palabras de John Zaller, "los votantes partisanos toman la posición que se espera de ellos como partisanos, pero no parecen preocuparse especialmente por ellas"[xvi]. Una versión extrema de esta tesis es la defendida por los científicos sociales Christopher Achen y Larry Bartels, para quienes las identidades grupales son el principal determinante de nuestras elecciones políticas.[xvii]

 

Como decíamos al principio, la imagen que surge de esta discusión no parece excesivamente halagüeña. De ser cierta, el dictum de Churchill sería válido incluso en su versión más dura: no solo somos la mayoría de votantes altamente ignorantes, sino que además también nos comportamos de manera bastante irracional. Un ideal célebre de la democracia la compara con un foro donde los ciudadanos participan en un debate sereno e informado. Pero tal vez en nuestras condiciones no ideales la analogía más adecuada sea la del estadio de fútbol, y nosotros, un grupo de hooligans.

 

Hay varias maneras de enfrentarse a este desafío. La primera consiste en rechazar que la situación sea tan dramática como parece en primer lugar. La segunda acepta que la visión pesimista es aproximadamente cierta, pero niega que la ignorancia/irracionalidad de los votantes individuales se traslade al nivel colectivo de la toma de decisiones. La tercera posibilidad concede aún más: la visión pesimista es cierta, y lo es de un modo preocupante, pero qué conclusiones morales se siguen es una cuestión abierta. Por último, está la posición de quienes sostienen que los problemas de las democracias realmente existentes pueden justificar restricciones (o alternativas) a los propios procesos democráticos. Todo esto lo discutiremos en los textos siguientes.

 

 

[i] Converse, Philip. 1990. "Popular Representation and the Distribution of Information", en Information and Democratic Processes, editado por john A. Ferejohn y James H. Kuklinnski, Urbana: University of Illinois Press, 372.

[ii] Bartels, Larry. 1996. "Uninformed Voters: Information Effects in Presidential Elections", American Political Science Review 40, 194.

[iii] Frente a la posible objeción de que la elección del caso estadounidense es lo que explica esta tendencia, dos observaciones: i) como puede verse, por ejemplo, en estos artículos ("http://www.elmundo.es/f5/2015/12/17/5671e50246163f7d578b4650.html" y " https://www.eldiario.es/agendapublica/blog/saben-ciudadanos-politica-hombres-mujeres_6_97700239.html", el problema en cuestión trasciende fronteras, y ii) algunos de los casos discutidos más adelante involucran otros países.

[iv] Hardin, Russell. 2009. How Do You Know? The Economics of Ordinary Knowledge. Princeton: Princeton University Press, 60.

[v] Somin, Ilya. 2013. Democracy and Political Ignorance. Stanford: Stanford University Press, 17-21.

[vi] "Americans Stumble on Math of Big Issues", Wall Street Journal, 7 de enero, 2012. " https://www.wsj.com/articles/SB10001424052970203471004577144632919979666".

[vii] Delli Carpini, Michael X. y Scott Keeter. 1996. What Americans Know About Politics and Why It Matters. New Haven: Yale University Press, 101.

[viii] Una entretenida introducción a la discusión, de la mano de los economistas Stephen Dubner and Steven Levitt, puede encontrarse aquí: https://www.nytimes.com/2005/11/06/magazine/why-vote.html. Para un análisis algo más detallado, véase <https://plato.stanford.edu/archives/win2016/entries/voting/>.

[ix] "https://www.forbes.com/sites/jimpagels/2014/11/04/youre-just-as-likely-to-die-en-route-to-vote-than-to-impact-an-election-outcome/#4c1a8586756e"

[x] Aunque la idea fue popularizada por Anthony Downs (en su An Economic Theory of Democracy. 1957. Nueva York: Harper and Row), la expresión sería acuñada algo después por el economista Gordon Tullock.

[xi] Por ejemplo, si soy un aficionado a la política y valoro el conocimiento político en sí mismo. O si soy un lobista y sí tengo probabilidades de influir en las decisiones políticas.

[xii] Caplan, Bryan. 2007. The Myth of the Rational Voter. Princeton: Princeton University Press.

[xiii] Westen, Drew; Blagov, Pavel S.; Harenski, Keith; Kilts, Clint y Stephan Hamann. 2006. "The Neural Basis of Motivated Reasoning: An fMRI Study of Emotional Constraints of Political Judgment during the U.S. Presidential Election of 2004", Journal of Cognitive Neuroscience 18: 1947-1958.

[xiv] Cohen, Geoffrey. 2003. "Party Over Politics: The Dominating Impact of Group Influence on Political Beliefs", Journal of Personality and Social Psychology 85: 808-822.

[xv] Lenz, Gabriel. 2012. Follow the Leader? How Voters Respond to Politicians' Policies and Performance. Chicago: The University of Chicago Press, 3.

[xvi] Zaller, John. 2012. "What Nature and Origins Leaves Out", Critical Review 24, 617

[xvii] Achen, Christopher y Larry Bartels. 2016. Democracy for Realists. Princeton: Princeton University Press.

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