Libertad y determinismo (IV): Hume y el problema del control

Jonas Thijs@jonasthijs

 

En entradas anteriores hemos introducido las ideas compatibilistas y algunos de sus problemas más destacados. Pero quizás no estemos siendo justos con esta teoría, y es que ¿acaso el incompatibilimo ofrece un candidato más alentador? 

 

De entre los diversos antecedentes históricos al compatibilismo actual destaca especialmente el de Hume, quien, contrario al sentido común, consideraba que el verdadero enemigo de la libertad no era el determinismo, sino el indeterminismo. Para ello gozaba de poderosas razones resumidas en lo que hoy se conoce como “el problema del control”. Al contrario de lo que pueda parecer a primera vista, para que una acción pueda ser considerada libre, es necesario que sí haya sido causada o determinada; en particular, causada o determinada por el agente. En caso contrario, de ser una acción puramente indeterminada, sin causa alguna, ¿cómo podríamos considerarla fuente de mérito o culpa? Sin control por parte del agente toda libertad se desvanece. Y es que si yo no he controlado lo que ha sucedido, ¿en qué medida puedo ser responsable de ello?

 

Es decir, y volviendo al experimento de Frankfurt, si una serie de resortes físico-químicos en el cerebro de Pepe no constituyen esa cosa llamada libre albedrío, entonces ¿qué propone el incompatibilista? ¿Que la decisión de Pepe la “fije” un proceso azaroso? ¿Es ese un mejor candidato? Nada indica que substituir muelles y engranajes por una ruleta o unos dados sea beneficioso. En efecto, tanto en un caso como en otro no podremos decir que el sujeto en cuestión haya decidido nada, y por ende, no cabrá imputarle culpa alguna. De hecho, y puestos a elegir, parece que entender las acciones de Pepe como el movimiento de las manecillas de un relejo es mejor que entenderlas como el resultado de una moneda al aire. Parece que para decir que cierta acción es mía debo haberla producido yo -si se quiere, "las manecillas de mi cerebro"-, y no un capricho del azar.   

 

Consideraciones de este tipo llevaron a Hume a pensar que las acciones libres no son las que carecen de causa, sino las que tienen una causa en particular: el carácter y la voluntad del agente. Ese sutil engranaje es lo que convierte a nuestras acciones en libres con independencia de si son posibles otras acciones o si todo esta determinado de antemano. Contemporáneamente estos dos elementos -el carácter y la voluntad del agente- han servido de pilar de muchas de las estrategias compatiblista más influyentes. Son las teorías conocidas como "Real Self Theories" según la expresión de Wolf, (1990, p. 29). Es decir, teorías que consideran que un acto es libre si revela o expresa qué tipo de agente se es, esto es, su carácter.

 

En este sentido cabe decir que, sin duda, las ideas de Hume capturan acertadamente diversas intuiciones. No solo en lo que se refiere al problema del control, sino también en la importancia que otorgamos al carácter del agente. Pues, efectivamente, estamos inclinados a juzgar levemente aquellos actos cometidos “en un arrebato”, cuando el agente está “fuera de sí”, enajenado. Justamente algo como «perdonadme, no era yo quien actuaba» aspira a ser una excusa. No obstante, el mismo sentido común que respalda las ideas de Hume también contiene importantes objeciones. Porque así como «perdonadme, no era yo quien actuaba» puede ser una excusa, «perdonadle, es que el pobre es así» lo es igualmente. Es decir, intuitivamente el carácter también juega un papel exculpante pues consideramos que alguien puede ser “esclavo de su carácter” como lo son las manecillas del reloj respecto al engranaje oculto.

 

Al contrario de lo que opinaba Hume, si alguien hace algo como resultado inexorable de su constitución, entonces difícilmente podríamos considerar que se trata de un acto libre. Si alguien es cobarde, cobarde hasta la médula, castigarle por sus actos cobardes sería tanto como castigar al fuego por quemar y al agua por mojar. Otro ejemplo aún más claro sería el del adicto o el del obseso: indudablemente un adicto a las drogas no es libre de tomarlas, como tampoco lo es el obseso de realizar lo que le obsesiona. Que sus actos sean el resultado y la expresión de sus caracteres de adictos y de obsesos -que lo son- no sirve para que carguen con ninguna culpa. Así pues, ¿qué opciones quedan cuando azar y determinismo parecen ser igual de prometedores? ¿Cómo podemos esquivar el problema del control sin caer al mismo tiempo en los problemas ya conocidos de un mundo cuyo rumbo fue fijado tiempo atrás, en su mismo origen?

 

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