Cerebros y mentes (VI): La consciencia como ilusión: una noche en el teatro cartesiano

13/06/2018

Cuando hablamos del problema de la consciencia lo hacemos asumiendo algo: que somos conscientes. Que nos sentimos de alguna forma. En definitiva, que existe la experiencia fenoménica y sus contenidos, los qualia. Tomamos esto como un datum, como un hecho  que no cabe ni siquiera cuestionar. Decíamos que hay algo en lo que incluso un cerebro en una cubeta no puede equivocarse: el contenido de su consciencia. Pero ¿y si esto que tomamos por cierto no fuera más que una ilusión? ¿Y si no existieran los contenidos mentales como qualia?

 

Como vimos al hablar de zombis y espectros, hay algo que parece que no podemos explicar. ¿Cómo de un cerebro surge algo como la experiencia consciente? ¿Qué, en un cerebro, explica que seamos conscientes y cuál sea el contenido de nuestra experiencia? El hecho que no podamos describir la sucesión de acontecimientos que llevan de una sinapsis neuronal a la experiencia del color rojo se conoce como el explanatory gap, el vacío explicativo. Falta algún eslabón que conecte el cerebro con las propiedades fenoménicas que constituyen nuestra consciencia. La tarea de rellenar ese vacío es lo que se ha denominado el problema difícil, el hard problem de la consciencia. Algunos han llegado a considerar que no solo es difícil, sino imposible, y que por ello hay que abandonar todo intento de explicar lo mental a partir del cerebro. A este problema difícil se contraponen los problemas fáciles, que son los que se refieren a encontrar los correlatos neuronales de la consciencia. Resolver los problemas fáciles implica describir, por ejemplo, qué área del cerebro se activa cuando vemos un color, o cuando nos movemos. Esto es algo que nuestra ciencia puede hacer. Pero por muchos problemas fáciles que resolvamos, el difícil sigue ahí. ¿Por qué esa correlación? ¿Por qué esa actividad nerviosa está siempre acompañada de una propiedad fenoménica, como el color rojo?

 

Como decíamos, este problema es el que algunos han considerado irresoluble y el núcleo que debe atacar toda teoría de la consciencia. Pero si el hard problem fuera un falso problema y en realidad no hubiera más que easy problems el misterio de la consciencia no sería tan misterioso.

 

En esta línea, existen diferentes propuestas llamadas ilusionistas. Estas teorías proponen que en realidad estas experiencias conscientes que nos parecen obvias e innegables son una ilusión. Como la asistente del mago que obviamente está partida en dos, esto que obviamente sentimos es ilusorio. Lo que hay que explicar no es cómo el mago ha logrado partir a la señorita en dos sin que muera, sino cómo ha logrado que parezca estar partida en dos. Análogamente, lo que hay que explicar respecto a la consciencia no es por qué existen efectivamente propiedades fenoménicas como el “rojo”, sino por qué parece que existe algo tal como la experiencia fenoménica. No es más que un truco que nuestro cerebro produce con elaborados resortes sinápticos, poleas nerviosas y birlibirloques neuronales imperceptibles a primera vista. Bajo esta óptica, no hay ningún hard problem. Nadie ha sido partido en dos realmente, no hay algo llamado experiencia fenoménica. Solo hay alguien, nosotros, a quien le parece tener este tipo de experiencia cuando en realidad lo que hay son juicios y discriminaciones sensoriales (easy problems) a los cuales atribuimos propiedades fenoménicas. Igual que un robot que puede detectar objetos y delinear su contorno como si lo viera (pero sin verlo conscientemente) en base a píxeles y bits de información, nosotros hacemos lo mismo. Pero además acompaña a nuestra habilidad de discriminar distintas propiedades la ilusión de la fenomenología.

 

Esta propuesta es claramente contraintuitiva. ¿Qué significa que en realidad nuestras experiencias conscientes no existen como tales? La mayoría de nosotros juraríamos que no sólo podemos emitir juicios sobre algo, sino que “vemos” este algo. Juraríamos que “aparece en nuestra mente”. Basta hacer el siguiente experimento: cerrad los ojos e imaginad dos triángulos, uno al lado del otro, el de la izquierda rojo y el de la derecha azul. Ahora imaginad que estos triángulos se mueven, por ejemplo, hacia arriba. Seguramente lo que resulta de este experimento es más que una vaga noción abstracta de dos formas con determinadas propiedades. Probablemente os parece ver los triángulos claramente. Y esta certeza es mayor cuando en lugar de imaginar algo de hecho veis alguna cosa en el mundo exterior, como por ejemplo el cielo azul. ¿Por qué deberíamos dudar de esta obviedad? Veámoslo.

 

Si os pregunto dónde veis los triángulos imaginarios ¿qué me responderíais? Probablemente algo como “en mi mente”, o “en mi cabeza”. Pero ¿dónde en la cabeza, exactamente? El lugar hipotético donde es “representada” nuestra experiencia consciente ha sido bautizado como el Teatro Cartesiano por Daniel Dennett. Este “Teatro” sería el sitio del cerebro dónde, en teoría, llega toda la información de la cual tenemos experiencia consciente, sea imaginada o basada en información del exterior, y en el cual el “yo” es el público. La analogía funciona porque, en cierto modo, nuestra vida mental se parece en cierto modo a una obra de teatro. Las experiencias conscientes se suceden una detrás de otra como si de escenas se tratara. Ahora estás leyendo esto, antes quizás veías los triángulos, y todavía no has visto los siguientes párrafos de este artículo. De acuerdo, quizás se trata de un teatro interactivo; no sólo vemos cosas, sino que oímos, percibimos con el tacto, sentimos olores, etcétera. En cualquier caso, nos parece que podemos establecer claramente lo que ya ha sido en nuestra consciencia y lo que todavía no ha sido con absoluta certeza.

 

Pero nuestro cerebro no funciona de forma únicamente serial, y la información se procesa en escala de milésimas de segundo. Distintos tipos de información son procesados en distintas regiones en paralelo, pero no necesariamente de forma simultánea como nos parece percibirlos. Las regiones cerebrales más lejanas del punto de origen reciben la información más tarde. El problema es que esta información no converge en un único punto final. No hay un sitio en el cerebro en el cual confluya toda la información de la cual tenemos experiencia consciente; no hay un escenario central donde se represente toda nuestra vida mental en forma de fenomenología. El teatro cartesiano no existe. Pero no solo el escenario es problemático; también lo es la audiencia. ¿Quién sería este “yo” que asiste al espectáculo? Y ¿cómo percibe esta obra? El problema es análogo al de cómo percibimos el mundo en primera instancia a través de los sentidos. Nos encontramos delante de una regresión al infinito: para responder a la pregunta habría que postular otro teatro dentro de este “yo” que observa, y otro observador.

 

Esta problemática ha dado lugar a posiciones escépticas respecto a la existencia de los llamados contenidos mentales llegando hasta el ilusionismo radical, que los niega. El método llamado heterofenomenología propuesto por Daniel Dennett, quizás precursor del ilusionismo actual, sugiere que en lugar de asumir que aquello de que la gente habla cuando describe sus experiencias conscientes es algo que existe realmente y es infaliblemente cierto hay que tomarlo como una ficción, como un relato. Podemos asumir que lo que nos cuentan es sincero, que lo que les parece efectivamente les parece así. Pero cuando dicen que ven algo rojo, quizás en realidad no lo ven en ningún sitio, porque no parece posible en base al argumento anterior. Así que lo que hacen es un juicio “esto es rojo” al que atribuyen propiedades fenoménicas. La consciencia es una atribución, no una realidad ontológica.

 

Aunque parece señalar algunos problemas relevantes, la idea del ilusionismo no gusta a todo el mundo. Para empezar, muchos la rechazan por tacharla simple y llanamente de absurda. Negar los contenidos de la consciencia es más ridículo que negar que la tierra sea esférica. ¿Qué puede haber más obvio? Por otro lado, muchos defensores del ilusionismo proponen que es la teoría más razonable por defecto. Delante de algo que parece sobrenatural, algo para lo que no tenemos una explicación física a la vista, lo más razonable es asumir que hay truco. Así que lo que hay que hacer es intentar desenmascararlo, buscar el truco en lo más recóndito del cerebro hasta agotar todas las posibilidades que nos ofrece el mundo físico. La pregunta es ¿cuándo hay que abandonar esa búsqueda? Visto que no tenemos ni idea de dónde está la trampa, ¿hay algún indicio que pueda indicarnos si vamos por buen camino, más allá de la intuición de que en esto de la consciencia hay truco y de que se a lo más razonable? Si estamos dispuestos a aceptar la propuesta del ilusionista y continuar en la cruzada que busca en el cerebro el truco de la consciencia, deberíamos exigirle también que nos diga cuando basta investigar en esta línea si la búsqueda es estéril. Finalmente, no es necesariamente cierto que sea más fácil explicar la ilusión de la fenomenología que explicar la fenomenología misma. Partamos de la conclusión del ilusionista: no hay “propiedades fenoménicas”. Es decir, no hay nada que podamos ver en ese teatro cartesiano ni un teatro donde verlo. Lo único que hacemos son juicios, y nos parece que los basamos en algo que llamamos experiencia fenoménica, pero en realidad no es así. Hacemos juicios que basamos sobre procesos de discriminación sensorial. El hard problem se ha convertido en el illusion problem. Pero, si no hay nada que pueda parecer (las propiedades fenoménicas que el ilusionista niega), habrá que explicar el hecho de que algo parezca en absoluto. Habrá que explicar cómo de procesos de discriminación sensorial que tienen lugar en distintas regiones cerebrales dan lugar a una ilusión de experiencia consciente, a la ilusión de ver el color rojo. Pero, un momento, visto así…  ¿no es el illusion problem el mismo hard problem del cual intentaba librarse el ilusionista?

 

Quizás hacer desaparecer el problema de la consciencia con un chasquido de dedos no sea tan sencillo.

 

 

Chalmers, D., 2000. “What is a neural correlate of consciousness?” In Thomas Metzinger (ed.), Neural correlates of consciousness. MIT Press, pp. 17-39.

Dennett, D., 1991. Consciousness Explained. Boston: Little, Brown and Company.

Dennet, D., 2016. “Illusionism as the obvious default theory of consciousness”.

Frankish, K., 2016. “Illusionism as a theory of consciousness”, Journal of Consciousness Studies, 23:11-39.

Levine, J., 1983, “Materialism and Qualia : The Explanatory Gap,” Pacific Philosophical Quarterly, 64: 354–361.

Ryle, G., 1949. The Concept of Mind. London: Hutchinson.

 

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