¿Cuánto deben cobrar los políticos?

30/06/2018

El sueldo que deben cobrar los políticos se ha convertido en un debate recurrente entre la ciudadanía española. A raíz de una noticia enlazada en la página de Facebook de Libertalia en que el partido Ciudadanos proponía un aumento de sueldo a los políticos españoles, nos proponemos hacer una modesta reflexión sobre este asunto.

¿Pero deben cobrar… algo?

 

La primera pregunta que debemos responder no es la de cuanto deben cobrar los políticos, sino si estos deben cobrar o no. Algunas voces (en general en un contexto de gran desencanto con la política) claman que los políticos no deberían recibir nada por ejercer como tales, ya que la política debería ser un noble servicio vocacional a sus conciudadanos que se ejerza de forma altruista. Este punto lo atacaremos directamente sin tapujos: nos parece muy equivocado. En primer lugar, si la política es un trabajo (con horarios, responsabilidades, etc.), partimos de la sencilla premisa que el trabajo se debe remunerar. De lo contrario hablamos de otra cosa, como un voluntariado, una afición, etc. En segundo lugar, dedicarse a tiempo completo a dicha actividad sin ningún beneficio pecuniario implicaría que solo unos pocos miembros pudientes de la sociedad pudieran permitirse ese lujo, cosa que no parece nada justa ni deseable.

 

Razones a favor

 

Fijada ya nuestra posición en este punto, entremos al debate principal. Los partidarios de los sueldos altos argumentan que las tareas de los políticos son de alta responsabilidad y presión. Suelen tomar decisiones importantes en asuntos complejos. Las horas de dedicación también son muchas, teniendo un alto coste en su vida personal y familiar. Además, en algunos casos también existen incompatibilidades posteriores al ejercicio del cargo. Todo ello les lleva a defender que dicho trabajo se deba recompensar de una manera generosa en lo económico.

 

Existe un segundo elemento que refuerza esta postura. Es necesario captar buenos profesionales que quieran llevar a la política sus conocimientos, aptitudes y experiencia. Sería pues también una cuestión de mejorar la selección de élites. Actualmente la gran mayoría de cargos políticos es reclutada en las estructuras de los partidos, donde estar bien posicionado en éstas tiene más que ver con aspectos como la lealtad al partido que el talento y otras aptitudes. Para atraer a gente de fuera de los partidos se deberían ofrecer buenos sueldos, de manera que el coste de oportunidad de dejar un buen trabajo no fuese tan alto. Además, hay que tener en cuenta que dedicarse a la política a día de hoy acarrea costes importantes a nivel de pérdida de intimidad, ser objeto de calumnias, acoso en redes sociales o hasta en el domicilio, etc.

 

Razones en contra

 

Los defensores de los sueldos moderados suelen argumentar que si los políticos cobran sueldos muy altos esto los lleva inexorablemente a alejarse de las vidas de los conciudadanos que representan. Sueldos altos implicaría una desconexión con las preocupaciones de la mayoría de la población, especialmente en lo material. Sería pues un asunto de respresentatividad descriptiva. Las personas que ocupen cargos públicos representarán mejor los intereses de la mayoría de la gente si se parecen más a esa mayoría que cobra sueldos modestos en lugar de a la minoría que vive de forma muy acomodada.
 

Otro argumento sería el de evitar la captación de personas movidas por el lucro y la avaricia, cosa más probable que ocurra si se ofrecen mayores sueldos. Si aceptamos que estas motivaciones no nos parecen apropiadas para una persona que deba ocupar un cargo público (dónde es preferible que primen otras motivaciones y valores), ofreciendo buenos sueldos nos arriesgamos a captar este tipo de perfiles.

 

Examinando los argumentos

 

En relación al argumento de la selección de élites, existen algunos estudios que refuerzan la idea que mejores sueldos llevan a mejores profesionales a la política, así como a una mejor gestión pública. Sin embargo, la literatura sobre este punto no es muy numerosa y cabría distinguir entre como opera este argumento en distintos países o niveles de gobierno. Por lo tanto, nos parece temerario aferrarse al argumento de que mejores sueldos nos proporcionará mejores políticos. Alguien puede ser un buen profesional en la empresa privada o la universidad, pero no ser nada apto para la política.

 

A su vez, también existen estudios que afirman que los intereses de ciertos grupos son mejor defendidos por políticos que formen parte de esos grupos (mujeres, minorías étnicas, etc.). No obstante, tampoco parece que estos estudios puedan cerrar el debate de una manera concluyente. En el caso que nos ocupa el factor socioeconómico no resulta tan fácil de operar. Las necesidades de una persona en el paro, una mileurista o una que cobre 2000 mil euros pueden ser muy distintas entre sí. Añádanle si esta persona es joven o mayor, si tiene hijos o no, si vive en el campo o en la ciudad, etc. ¿Qué sueldo debería cobrar un político para representar mejor una amalgama de necesidades tan diversas? No parece que haya una respuesta satisfactoria a esto.

 

Respecto al argumento sobre la posibilidad de captar personas avariciosas, consideramos que el afán por el lucro no es algo indeseable en sí, el problema es la ausencia de otras motivaciones deseables para el servicio público. Claro está que no es deseable que alguien entre en política solo por el dinero, pero querer ganar dinero no debería ser un problema si esta persona cumple con los demás requisitos u aptitudes que juzguemos necesarios para el cargo y cumple las leyes pertinentes. En este sentido, creemos que el problema reside más en los mecanismos de selección de élites que en el afán de lucro en sí mismo.

 

Por último, el argumento que sí que nos convence para ofrecer buenos sueldos a los políticos es el de que un trabajo complejo y con importantes costes personales debe tener una buena remuneración. Nos parece razonable que así sea, pues la única forma objetivable que tenemos para compensar a alguien por un trabajo de esta índole es el salario. Es cierto que pueden existir otro tipo de compensaciones (reconocimiento, capacidad de tomar decisiones…), pero el valor que se de a ellas es mas subjetivo. Incluso si una persona no considera que el dinero sea lo que más desea, aún así puede tener un valor como instrumento para otros usos.

 

Sin embargo, a nuestro entender, este debate se nutre en parte de una falsa dicotomía: cobrar poco contra cobrar mucho. En primer lugar, ¿qué entendemos por un sueldo alto? En España el salario mínimo interprofesional fijado por el Estado es de 735,9 euros al mes para 2018. El salario medio ronda los 1900 euros al mes, y el salario mediano (el más frecuente) se sitúa sobre los 1500. En base a estas cifras, un salario de, pongamos por caso, 3000 o 4000 euros mensuales sería sin duda un salario alto. Sin embargo, si nos fijamos en lo que cobran los directivos españoles, estos salarios más bien serían bajos.

 

Conclusiones

 

Así pues, nuestra postura en este debate es la de que los políticos cobren buenos sueldos, pues sí que nos parece razonable que un trabajo que conlleva una gran responsabilidad y costes personales considerables se remunere bien. Dicho esto, debemos realizar una serie de matices a esta posición.

 

El primero, sueldos altos no significa necesariamente tener que asimilarlos con los sueldos más altos de la empresa privada. Esa asociación nos parece totalmente arbitraria. Segundo, deben existir escalas salariales y estas deben estar fijadas por ley. A mayor responsabilidad del cargo, mayor sueldo. Tercero, la evolución de dichos sueldos debería ir ligada de algún modo a factores como el IPC, las subidas o bajadas de sueldo de los empleados públicos, las necesidades presupuestarias, etc. El sueldo tiene que ir acorde con el contexto general que el político vive. Cuarto, con buenos sueldos habría que revisar otros tipos de pagos “es especias” como dietas, alojamiento, complementos, etc. Son estas las situaciones que más se prestan a fraude y que luego generan mayor desconfianza y desafección hacia la política.

 

 

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