El problema de la constitución del demos (IV): La respuesta nacionalista

17/05/2018

Ha llegado el momento de concluir nuestra serie de artículos acerca de los principios que deberían regir la composición del demos. Por supuesto, este final es algo artificioso, pues las propuestas existentes no se agotan en los tres principios que hemos discutido. Pero tampoco creo que lo sea demasiado: a mi juicio, estos son aproximadamente los tres principios más relevantes para la discusión actual. Para despedirnos por lo alto, analizaremos la idea enormemente popular de que el demos debería constituirse tomando como referencia una entidad previamente existente: la nación. De acuerdo con lo que podemos llamar el principio nacionalista de la autodeterminación, si somos una nación, entonces deberíamos poder decidir colectivamente cómo administrar nuestros propios asuntos. Esta es una idea bastante extendida, que ha sido empleada indistintamente tanto para justificar la secesión de una parte de un estado como para reivindicar la integridad territorial del mismo. Como lo ha expresado el filósofo Arash Abizadeh, “el nacionalismo cultural […] combina […] la tesis de que la legitimación del poder político requiere una base pre política […] con la idea de que la nación cultural proporciona esa misma base”[i].

 

Antes de avanzar, puede ser útil hacer una precisión: en ocasiones, el término “nación” se usa en un sentido eminentemente político, para hacer referencia a quienes integran una determinada comunidad política. Es decir, para designar a los miembros del demos. Pero, como es obvio, este sentido del término es bastante poco útil para nuestra discusión, pues únicamente reformula el problema. La idea de nación que aquí discutiremos es la que presupone la existencia de colectivos que comparten una determinada propiedad o conjunto de propiedades (típicamente culturales, como por ejemplo una lengua o una religión) que las diferencian de otros grupos nacionales. En otras palabras, la nación entendida como un grupo con una identidad distintiva. 

 

Cuando hablamos de naciones en este sentido, nos sumergimos inmediatamente en aguas pantanosas. La primera pregunta que podemos formularnos es: ¿existe realmente algún grupo que cumpla estos requisitos? ¿Hay algo en el mundo que satisfaga esta descripción? Por supuesto, existen grupos de individuos que hablan una misma lengua o practican una religión determinada. Pero esto no proporciona suficiente asidero para el principio nacionalista. Veamos por qué. En primer lugar, una observación difícilmente controvertida: las identidades colectivas son prácticamente infinitas. Además de católico o hablante del alemán, uno puede ser también seguidor de Bruce Springsteen, admirador de Martin Luther King, enamorado de la naturaleza, vegetariano, lector de Dostoievski, hincha del Real Madrid, etc. Por lo tanto, un primer problema es el de la relevancia: ¿por qué deberían algunas identidades ser moralmente relevantes y otras no? Uno podría tratar de argumentar que la religión y la lengua influyen sobre los individuos de un modo en que sus lecturas o preferencias futbolísticas no lo hacen. Pero esto es altamente controvertido y probablemente contingente: para algunos sí, para otros no.

 

Otro problema es el de la identificación. Si nos fijamos en el ejemplo anterior, podemos observar otra característica de las identidades colectivas: en muchos casos las identidades se solapan y agrupan de forma poco estable. Por ejemplo, yo puedo compartir con B (pero no con C) mi afición por las pinturas rupestres, y puedo compartir con C (pero no con B) mi interés por la música clásica. En otras palabras, las múltiples identidades con las que puedo potencialmente identificarme me unen con diversas personas: dependiendo de aquello que tome como referencia, el grupo variará. Con casi absoluta seguridad, los fans de los Beatles, los amantes de la alta cocina y los vecinos del barrio neoyorquino de Greenwich Village no son categorías coextensivas. En conclusión: las identidades colectivas no sólo son enormemente variadas, sino que además raramente coinciden. De nuevo en palabras de Abizadeh, “siempre habrá variación interna respecto a los rasgos culturales de los miembros del supuesto grupo, así como solapamiento externo con quienes supuestamente no son miembros”[ii].

 

Y lo que es más preocupante para el principio nacionalista, una propiedad cultural difícilmente coincide con un territorio concreto. Esto es importante, porque el principio nacionalista busca, al menos en un principio, justificar la soberanía sobre un cierto territorio. Esa soberanía, afirman sus defensores, recae sobre nosotros porque, al fin y al cabo, somos nosotros quienes habitamos el territorio. ¿Y quiénes conforman ese “nosotros”? Nuestros connacionales. Pero si no hay una propiedad que sea al mismo tiempo moralmente relevante y que designe a un grupo de individuos que coincida con un territorio, entonces el principio nacionalista se asienta sobre un terreno muy resbaladizo. Esta idea ha sido defendida, por ejemplo, por Steven Pinker:

 

Uno de los peligros de la "autodeterminación" es que en realidad no existe tal cosa como una "nación" en el sentido de grupo étnico y cultural que coincida con un trozo de propiedad inmobiliaria. A diferencia de las características de un paisaje de árboles y montañas, las personas tienen pies. Se desplazan a sitios donde hay más oportunidades y pronto invitan a sus amigos y parientes a que se les unan. Esta mezcla demográfica transforma el paisaje en un fractal, con minorías dentro de minorías dentro de minorías.[iii]

 

¿Cómo podría responder a esto el defensor de un principio como el que estamos discutiendo? Una posible respuesta sería la siguiente: en los casos en que exista algo así como una cultura mayoritaria, existe un deber de adherirse a ella. Donde fueres, haz lo que vieres. Incluso si la nación no es algo que esté allí esperándonos, tenemos el deber de realizarla y completarla. Pero esta estrategia es problemática por al menos dos razones: en primer lugar, si tenemos en cuenta la discusión anterior, la idea misma de una cultura mayoritaria no es muy clara. Lo que hay es una multiplicidad de identidades colectivas, que se solapan y entrecruzan de formas diversas, y en ocasiones se agrupan de un modo más o menos arbitrario. Pero dejemos de lado esta cuestión. Aceptemos la descripción tal y como la plantea el defensor del principio nacionalista. ¿Por qué debería seguirse de ella que hay un deber de adherirse a la cultura hegemónica? Sea cual sea la respuesta, esta no podrá presuponer a su vez la existencia de una nación, ya que es precisamente esto lo que la existencia misma de culturas minoritarias pone en entredicho.

 

Por supuesto, nada de esto trata de negar que a veces tengamos el deber de adoptar – o abandonar - determinados rasgos culturales. Por ejemplo, parece razonable suponer que tenemos la obligación moral de no perpetuar tradiciones crueles o gravemente injustas. Por otro lado, en determinadas circunstancias podemos tener razones instrumentales para adoptar la lengua mayoritaria de en un territorio – por ejemplo, para posibilitar la coordinación social. Pero incluso esto último no implica que debamos disolvernos en la cultura mayoritaria – de nuevo, asumiendo que esta idea tenga sentido y no sea una controvertida reificación -, dado que estas razones se aplicarían únicamente en un número limitado de casos.

 

Consideremos ahora otra posible respuesta. Alguien podría objetar que nuestra discusión está asumiendo algo que es en realidad bastante discutible: a saber, que es relevante para el principio nacionalista que exista un rasgo (o rasgos) culturales que coincidan con un grupo determinado en un territorio concreto. Pero esto podría no ser necesario. Tal vez baste con que exista un grupo cuyos individuos se reconocen recíprocamente como miembros de una misma nación, independientemente del criterio al que recurran. Así pues, lo que identificaría a una determinada nación y a sus miembros serían una serie de estados mentales compartidos. Sin embargo, esta idea no está exenta de dificultades. Supongamos que los miembros de una pintoresca familia deciden ocupar una plataforma petrolífera abandonada localizada en territorio británico – o más concretamente, en aguas británicas – y fundar una micronación, a la que dan el nombre de “Sealand”.[iv] ¿Es esto suficiente para que el territorio adquiera un derecho a separarse del Reino Unido? Si la respuesta es sí, entonces parece que estamos vendiendo la idea de nación demasiado barata, pues cualquier grupo – por muy reducida que sea su tamaño – puede convertirse en una. Por el contrario, si la respuesta es negativa, la pregunta es obvia: ¿en base a qué? Evidentemente, el criterio no puede hacer referencia a rasgos culturales o la discusión actual colapsaría en la anterior. Tal vez podría decirse que es necesario que los individuos sean sinceros cuando creen que forman una nación. Este requisito excluiría la fundación de naciones completamente ad hoc, pero no está claro cuál es su alcance: al fin y al cabo, ¿qué nos permite negar la sinceridad de los “fundadores” de Sealand? Otra posible respuesta es que en el caso de Sealand, lo que está en juego es tan trivial que resulta, desde un punto de vista moral, irrelevante si Sealand tiene derecho a la autodeterminación o no. Está bien. Pero en muchos otros casos lo que está en juego no es para nada trivial: el bienestar de muchos ciudadanos podría verse afectado de un modo relevante, por lo que esta estipulación no nos serviría de mucha ayuda.  

 

Finalmente, un defensor del principio nacionalista de autodeterminación podría objetar que negar el principio nos lleva a conclusiones absurdas. Por ejemplo, tomemos el caso del colonialismo. Si no aceptamos algo así como el principio nacionalista, ¿cómo podemos afirmar que el colonialismo fue moralmente erróneo? Por supuesto, puede decirse que las incursiones coloniales se vieron acompañadas de graves violaciones de derechos básicos (asesinatos, abusos físicos…), pero esto no parece agotar la lista de males del colonialismo. La explicación más sencilla de esta intuición es que también se violó el principio nacionalista de la autodeterminación. Este argumento tiene algo de cierto: parece razonable suponer que uno de los males del colonialismo fue la disminución (si no la desaparición) de la capacidad para autodeterminarse políticamente - sea lo que sea que signifique esta idea - de aquellos sobre quienes se impuso una autoridad extranjera. Pero es bastante discutible que sólo el principio nacionalista ofrezca una explicación satisfactoria[v]. De hecho, los dos principios anteriormente discutidos (el principio de todos los afectados y el principio de todos los legalmente afectados) servirían igualmente para condenar este aspecto particular del colonialismo. A la vista de esto último, no está claro que el principio nacionalista ofrezca la única explicación de los males esencialmente políticos del colonialismo. Y, teniendo en cuenta lo dicho hasta el momento, tampoco la más satisfactoria.

 

 

 

[i] Abizadeh, Arash. 2012. "On the Demos and Its Kin: Nationalism, Democracy, and the Boundary Problem", American Political Science Review 106(4): 867-882, p. 869.

[ii] Ibid., 870.

[iii] Pinker, Steven. 2012. Los ángeles que llevamos dentro. Paidós: Barcelona; 328.

[iv] Uno podría pensar que esta historia es tan surrealista que sólo puede ser real. Y en efecto, así es: https://en.wikipedia.org/wiki/Principality_of_Sealand.

[v] Un argumento en este sentido, puede encontrarse en Ypi, Lea. 2013. "What's Wrong with Colonialism?", Philosophy & Public Affairs 41(2): 158-191.

 

Compartir en Facebook
Compartir en Twitter
Please reload

Buscador

Entrevistas

Qué opinan las voces más destacadas sobre los asuntos más candentes.s

Series

Diversos temas tratados con mayor profundidad y extensión en formato de series de artículos monotemáticos

colabora.jpg

Si quieres quieres criticar o complementar este texto, si no compartes su perspectiva, no lo dudes, haznos tu propuesta a la redacción.

¿En desacuerdo con este artículo?

Please reload

Revista Libertalia

Filosofía y Humanidades

  • Twitter - Revista Libertalia
  • Facebook - Revista Libertalia
  • LinkedIn - Revista Libertalia
  • SoundCloud - Revista Libertalia

Revista Libertalia es un proyecto sin ánimo de lucro ni línea editorial centrado en la filosofía y las humanidades.

 

Nuestro objetivo es promover la reflexión seria y profunda entre gente joven de dentro y fuera de la academia, tratando los diversos temas de forma compleja, pero con un lenguaje claro y directo.

 

Si estás interesado en colaborar con nosotros no lo dudes, enviándonos tus textos; nuestro equipo estará a tu disposición para acompañarte en el proceso de edición y publicación;  o bien ayudándonos a financiarnos a través de Patreon. 

Recibe la Newsletter