Elecciones, preferencias e intensidades

19/05/2018

Edwin Andrade @theunsteady5



En anteriores artículos abordamos los distintos sistemas electorales y los referéndums como mecanismos recurrentes en una democracia para que sus ciudadanos expresen sus preferencias políticas. Sin embargo, en esta ocasión nos gustaría poner el foco en un aspecto concreto y normalmente olvidado en los procesos de toma de decisiones cuando los ciudadanos expresan esas preferencias: su intensidad.

 

En primer lugar hay que tener en cuenta una serie de supuestos que de una forma más o menos explícita se asumen cuando alguien acude a un colegio electoral.

 

  1. Los individuos disponen de distintas alternativas (candidatos, programas, ideas, propuestas, etc.

  2. Estos son capaces de diferenciar estas alternativas y generar sus propias valoraciones sobre ellas, distinguiendo cuáles les aportan mayor beneficio (o satisfacción, utilidad o felicidad, llámenlo como quieran) y cuáles menos.

  3. Además, son capaces de ordenar esas alternativas según dichas valoraciones. Es decir, son capaces de determinar cuál es su primera preferencia, su segunda, su tercera, etc.

 

Estas sencillas premisas son la columna vertebral de la teoría de la elección racional. En la segunda mitad del siglo XX esta teoría tuvo un impacto importantísimo en la academia, especialmente en relación a la economía, la psicología y la politología. Con este marco se puede explicar desde porque una persona escoge una marca de yogur en el supermercado a porque vota un partido en concreto, pasando por su elección de hipotecarse en lugar de vivir de alquiler.

 

No obstante, poco a poco fueron surgiendo críticas a este marco interpretativo. Por nombrar solo algunas, sabemos que las personas no siempre tomamos decisiones de forma racional, pues sufrimos de una multitud de sesgos cognitivos en nuestra manera de pensar. Las emociones y los sentimiento también juegan un papel crucial en la toma de decisiones. A menudo no disponemos de toda la información relativa a un asunto y cuando la tenemos nos podemos ver abrumados si esta es demasiada extensa.

 

Por ahora vamos a dejar de lado estas críticas. Asumiremos que, de una forma más o menos razonable, efectivamente somos capaces de conocer y entender las distintas opciones ante una elección, ordenarlas según nuestras preferencias y decantarnos por una u otra. Veámoslo con un ejemplo.

 

En un restaurante se ofrecen 3 tipos de paella: de marisco, de arroz negro y “del senyoret”. En mi caso mi primera opción es el arroz negro, pues para mi no tiene parangón. Sitúo en segunda posición el arroz “del senyoret” y en tercera la paella de marisco, pero en este caso la diferencia entre ellos es irrisoria. En el fondo los he ordenado en segunda y tercera posición porque así se me ha pedido, pero tengo tan claro que el arroz negro les da mil vueltas que poco me importa cual quede segundo o tercero. En esta elección el arroz negro no solo es mi primera preferencia: la deseo con una intensidad muy alta.

 

Todo esto no tiene demasiada trascendencia si como solo. Pero si el lector ha acudido alguna vez a un restaurante de arroces, sabrá que es habitual que el establecimiento solo sirva arroz si se pide al menos para dos personas. Siendo así y para dar rienda suelta a mi pasión por el buen arroz, acudo acompañado de mi hermana Marta. Sin embargo Marta tiene un orden de preferencias distinto al mío. Su primera opción es el arroz “del senyoret”, su segunda el arroz negro y su tercera la paella de marisco. Como yo soy un fan incondicional del arroz negro y este es su segunda opción (es decir, no es su favorito, pero una segunda posición sigue siendo una posición muy alta), no nos costará ponernos de acuerdo para pedir dicho arroz. Es el equilibrio resultante de agregar nuestras preferencias. ¡Todo ha salido a pedir de boca!

 

Ahora imaginen que volvemos asiduamente al restaurante y tenemos que repetir la elección una y otra vez. Yo seguiré deseando pedir arroz negro, pues como ya he explicado, para mi está a años luz de los demás. El equilibrio que hemos explicado en el párrafo anterior lo podríamos mantener de forma estable, pero con el resultado que Marta jamás acabará pidiendo su primera opción, el arroz “del senyoret”. Si no transijo, la intensidad con que deseo mi primera preferencia impedirá otro equilibrio. El equilibrio inicial parecía una buena solución, pero no sería extraño que a la larga mi hermana Marta me acabe exigiendo que yo ceda algún día para que ella pueda comer su primera opción. Y de no ser así, quizás deje de venir conmigo al restaurante, de modo que yo tampoco podría pedir arroz alguno.

 

Pueden tomar este ejemplo y variarlo tanto como quieran: añadan más arroces y comensales, cambien el orden de las preferencias. En principio siempre podrán encontrar un equilibrio que maximice la satisfacción en cada caso. Pero introduzcan el elemento de la intensidad. Encontrar ese equilibrio se vuelve más complicado y hasta puede hacer que el sistema acabe saltando por los aires.

 

Traslademos este banal ejemplo a las elecciones que implican consecuencias más serias para un colectivo, como son las que se toman en las urnas. En los artículos sobre sistemas electorales y el artículo sobre referéndums expusimos los problemas que estos sistemas tienen para generar resultados representativos de las preferencias de los ciudadanos. Ahora apuntamos además un nuevo problema: estos sistemas tienen poco margen para atender también la intensidad de las preferencias de los votantes.

 

Quizás el lector viva en un municipio donde se celebren procesos participativos para decidir a qué se dedican algunas partidas presupuestarias de su ayuntamiento. Veamos un caso aparentemente muy sencillo. Se puede dedicar una partida a mejorar las aceras de la avenida principal o bien a construir un parque infantil. La mayoría de votantes opta por mejorar las aceras. Parece lógico, pues casi todo el mundo suele pasar por la avenida principal así que de algún modo todos obtienen un pequeño beneficio de esta mejora. La minoría que ha votado por construir el parque infantil (principalmente parejas jóvenes con hijos) se quedan sin un recurso que básicamente solo iban aprovechar ellos durante unos pocos años.

 

Este ejercicio de democracia directa parece impecable. Pero tengamos en cuenta algo. El beneficio que obtenía la minoría que quería el parque infantil (tener un nuevo parque para que jueguen sus hijos) puede ser mucho mayor que el que obtiene la mayoría ganadora (tener mejores aceras en la avenida principal). Al fin y al cabo unas aceras mejores no suponen un impacto muy grande en la vida de nadie, pero un parque infantil sí que puede suponerlo para las familias que lo usen. Desde un punto de vista utilitarista (tomar la decisión que maximice el beneficio para el mayor número de gente), introducir el elemento de la intensidad en el análisis nos crea un problema en la toma de decisiones, por muy democrático que haya sido el mecanismo usado.

 

Conclusión

 

Sin duda juzgamos imprescindible tener en cuenta las mayorías y minorías resultantes de una elección celebrada a través de mecanismos democráticos. No obstante, nos parece que es más justo y deseable todavía introducir el concepto de la intensidad de las preferencias de cara a determinar la elección obtenida. En este sentido, ya existen propuestas que recogen este guante. El modelo electoral francés a dos vueltas va en esa línea, así como la necesidad de aprobar propuestas con mayorías reforzadas o en general todo lo que hace referencia a la democracia consensual.

 

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