Sistemas electorales (III): Buscando el equilibrio

03/05/2018

En los anteriores artículos (Sistemas electorales (I) y Sistemas electorales (II)) expusimos las principales características de las dos grandes familias de sistemas electorales que encontramos en política comparada. Vimos como ambos modelos generan unas características opuestas entre ellas, a veces aparentemente irreconciliables.

 

Así pues, parece que si se busca un sistema que acerque los representantes a la ciudadanía, esto repercute negativamente en la asignación proporcional de escaños, como vimos en el caso de los sistemas mayoritarios. Por el contrario, un sistema que prime un ajuste proporcional entre los votos y los escaños repartidos implicará una mayor lejanía entre votantes y representantes, como ocurre en los sistemas proporcionales.

 

Esta contraposición es lo que se suele denominar en inglés un trade off, una situación en que apostar por una característica concreta (A) implica necesariamente renunciar a otra característica concreta (B) y viceversa. Lo comentado en el anterior párrafo vendría a ser el principal trade off en sistemas mayoritarios y proporcionales, pero existen otros que también comentamos anteriormente. Por ejemplo, podríamos querer sobrerepresentar en escaños a un territorio porque, pongamos por caso, está poco poblado y no queremos que los legisladores se olviden de él y favorezcan solo a los territorios más poblados. De ser así, esto repercutiría negativamente en la proporcionalidad del sistema electoral. O imaginemos que queremos diseñar un sistema que propicie ejecutivos estables y duraderos, ya que damos mucha importancia a la gobernabilidad del país. Esto también implicaría necesariamente la disminución del número efectivo de partidos con representación parlamentaria.

 

La selección de un sistema electoral u otro puede responder a factores muy diversos: la cultura política del país, las experiencias históricas, la presencia de minorías, la existencia de un sistema unicameral o bicameral, la descentralización del estado y un largo etcétera. No obstante, la forma del sistema también puede responder a razones más prosaicas, como sencillamente los intereses partidistas de sus diseñadores. Así pues, si nos fijamos en el sistema electoral español, aunque hay aspectos que pueden responder a consideraciones normativas muy razonables, uno de los negociadores en su creación llegó a reconocer que su peculiar diseño respondió a la idea de que el partido gubernamental del momento pudiese alcanzar la mayoría absoluta con el 36-37% de los votos, que eran lo que les otorgaban las encuestas.

 

Sin embargo, también podemos encontrar modelos que han pretendido romper la lógica de este trade off, incorporando los elementos considerados más deseables de los dos grandes sistemas electorales. Se trata de los modelos mixtos y su ejemplo más paradigmático es el de Alemania.

 

El modelo alemán

 

El sistema electoral vigente en Alemania pretende justamente superar el dilema que hemos puesto en el ejemplo inicial, el de proporcionalidad versus cercanía de votantes y representantes. La solución fue que en las elecciones al Bundestag (la Cámara Baja del Parlamento Federal) los electores emitieran no uno si no dos votos. El primer voto va dirigido a un solo candidato, el cual se presenta por una pequeña circunscripción. En este caso el ganador obtiene el escaño por mayoría simple. De esta forma se eligen 299 escaños a lo largo y ancho de todo el país, la mitad de la cámara, denominados de “mandato directo”.

 

El segundo voto va dirigido a una lista de partido a nivel de cada land (región). Los escaños en juego en cada land se reparten por sistema proporcional de acuerdo con los resultados de este segundo voto. Cabe señalar que para entrar en el reparto de escaños el partido debe haber alcanzado el 5% de los votos a nivel nacional o haber conseguido al menos 3 escaños por mandato directo. De este modo se eligen otros 299 escaños, conformando un total de 598 representantes en el Bundestag.

 

Llegados a aquí el lector quizás habrá percibido un pequeño problema: aunque la mitad de los escaños se reparta proporcionalmente, si la otra mitad se eligen por un sistema mayoritario, el reparto de los 598 escaños del Bundestag no será del todo proporcional. La solución que ofrece este sistema es la asignación de unos escaños “extra” a los partidos infrarepresentados, cuya función es la de equilibrar el reparto final. Esto de hecho provoca la existencia de unos “escaños sobrantes”, de manera que el número de escaños del Bundestag varía entre legislaturas. El mínimo es de 598 escaños, pero en la actual legislatura alcanza la cifra de 709, record histórico.

 

Este mecanismo no ha estado exento de polémicas, incluso llegando el asunto al Tribunal Constitucional alemán, pues la forma en que se realiza este reparto de escaños extra también puede resultar más beneficiosa para unos partidos que para otros. Además, el hecho de que el número total de escaños en el parlamento no se establezca hasta después de cada votación deja en el aire el umbral exacto de la mayoría absoluta de escaño elección tras elección.

 

Por último, a pesar que este sistema electoral se haya creado con la intención de superar los principales trade off de los sistemas mayoritarios y proporcionales, genera uno nuevo. Como más sofisticado sea un sistema electoral, por mucho que sea para alcanzar fines loables, más dificultades se le generan a la ciudadanía para que esta ejerza conscientemente su voto. Sabemos que no todas las personas en una sociedad comprenden con la misma facilidad los entresijos de la política, ni tienen el mismo interés en ella o juzgan útil ejercer sus derechos políticos. Esto se explica por distintos factores, pero principalmente por el nivel educativo, pues a mayor nivel mayor impacto positivo en los aspectos recién mencionados. Por lo tanto, si queremos sofisticar los mecanismos de votación, corremos el riesgo de propiciar que algunas capas de la sociedad vayan a acudir aún menos a las urnas.

 

Conclusiones

 

Terminamos aquí esta serie de tres artículos sobre sistemas electorales. La idea que hemos querido trasladar en todo momento es que no hay sistemas mejores o peores, sino que hay sistemas que tienden a producir unos elementos u otros y que priman unos aspectos sobre otros. En la política, como en la vida, a menudo hay que elegir entre distintas opciones y no existe una respuesta objetivamente mejor que otras. La respuesta puede tener más que ver con los valores o planteamientos que juzgamos normativamente más deseables. Además, escoger tiene costes ya que implica renunciar a cosas que quizás también nos parecen deseables. Esto no exime que podamos buscar un sistema que persiga un equilibrio entre aquellos elementos que nos parecen más deseables y que en algún grado u otro queramos conservar. En política, existen pocas soluciones permanentes y definitivas, y la búsqueda por un sistema mejor y que resulte útil a la ciudadanía nunca debería darse por concluida. Sobretodo dentro de una democracia.

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