Memoria histórica e ideología

18/04/2018

En lo alto de un escarpado risco que se yergue sobre el mar, se encuentra un blanco cementerio orientado al oeste. El sol ilumina cada amanecer las tumbas que ocupan este lugar apacible. Hay, en él, una sepultura que destaca sobre las otras. Un epitafio, en forma de roca y cercado por dos setos, en el que se lee: “No hay ningún documento de la cultura humana que no lo sea también de la barbarie”.

 

Esta frase lapidaria corresponde al filósofo de la historia W. Benjamin, quien descansa en este blanco cementerio de la costa catalana. Benjamin llegó a Portbou, lugar donde falleció, acosado por las veleidades políticas de su momento histórico. Víctima, como tantos y tantos miles de personas anónimas, del fascismo de principios de siglo XX. Pareciere ahora que las circunstancias – todavía sin esclarecer del todo – de su muerte, dotaran de especial resonancia a su legado filosófico.

 

Y es que, el berlinés comprendió como nadie la tragedia humana que subyace en cada gran evento histórico. Cada gran evento que, como defendimos en la primera parte de este artículo, merece ser objeto de revisión histórica crítica. El gran problema de esta revisión recae, probablemente, en la influencia de la subjetividad política de quien realiza la revisión. Por poner un ejemplo claro – y en línea con la historia de Benjamin – nunca un revisor de ideología nacionalsocialista hará una lectura coincidente con otro de ideología liberal sobre el famoso caso Dreyfus. Un hecho histórico de antisemitismo que hizo tambalear los cimientos de la tercera república francesa.

 

Por lo tanto, parece, a priori, que la construcción de la Memoria Histórica (MH) está condicionada o capada por la subjetividad política del revisor. O, lo que es lo mismo que la MH está sujeta a las veleidades políticas y la voluntad política del que la revisa.

 

Se podrá argumentar aquí que el revisor, que debiera ser en primera instancia un profesional de la Historia, debiera ser imparcial, objetivo y, redundantemente, buen profesional. Lo cual es cierto. Tan cierto como que no existe un “juramento hipocrático” para historiadores y que, en muchos casos, un hecho histórico arroja más de una lectura única posible, ofreciendo resquicios a las interpretaciones en las que, fácilmente, puede introducirse subrepticiamente la ideología del revisor.

 

Considero sinceramente que admite poca discusión que la MH está sujeta a veleidades políticas. Un ejemplo claro es el de España, en el que la mal llamada Ley de Memoria Histórica fue aprobada con la contrariedad del principal partido político de la oposición, ahora en el gobierno, y que se ha esforzado por vaciar – ni que sea presupuestariamente – de contenido. Lo que revela de pleno estas veleidades de las que hablamos y que apunta, además, a que hubiera sido en este caso concreto muy deseable un gran pacto para salvarlas.

 

No obstante, una rápida mirada al panorama internacional nos muestra que la construcción de la MH en otros países no se aleja tampoco de la subjetividad política que apuntamos. En Australia, la “cuestión” aborigen está sujeta a la reticencia por parte de los diferentes gobiernos australianos de abordar su historia. En Francia, la lectura sobre la descolonización argelina sigue levantando ampollas. En Alemania, la interpretación de la crisis de los Euromisiles varía sensiblemente en función de la fuerza política que la realice. En Rusia, decía recientemente V. Putin respecto al aniversario de la constitución de la URSS que “no había nada que celebrar”

Ahora bien, comprobada esta subjetividad política de la construcción de la MH: ¿Significa esto que no debamos dotarnos de una propia? ¿No hay acuerdo posible entre fuerzas políticas opuestas sobre hechos históricos?

 

La respuesta en ambos casos ha de ser negativa. En primer lugar, un mentiroso puede, intentando mentir, decir la verdad sin pretenderlo. Por supuesto, damos por hecho – por los motivos expuestos en la primera parte de este artículo – que existen unos hechos históricos desentrañables, así como una interpretación objetiva o casi objetiva de los mismo hacia la que debemos avanzar.

 

Respeto a la segunda pregunta, el problema radica en cuando la voluntad política es la de no querer recorrer ese camino. Es razonable dos fuerzas políticas debatan – y no estén totalmente de acuerdo -sobre las consecuencias actuales de un régimen autoritario de hace cincuenta años, lo que no es razonable es que una de ellas no quiera ni sentarse a hacerlo.

 

La MH, al igual que muchas otras cosas, está sujeta a veleidades políticas, y nunca nos desprenderíamos de estas muchas otras cosas. Me explico, los Derechos han estado sujetos – y siguen estándolo – a las veleidades políticas a lo largo de los tiempos. Cuando un grupo de hombres se sentaron en una comisión a discutir sobre cuáles y cómo habrían de ser los derechos recogidos en una Constitución – sea la española, la portuguesa, la francesa… - no hacían otra cosa que, desde sus subjetividades políticas, intentar encontrar un acuerdo, una objetividad que beneficiara a la sociedad o a sus intereses de clase o particulares, dependiendo del ponente. Las veleidades políticas se hicieron carne para redactar un título constitucional. Es impensable, hoy en día, que alguien quisiera renunciar o renegar de sus derechos porque son fruto o están sujetos a estos vaivenes políticos.

 

Así pues, lo mismo ha de suceder con la Memoria Histórica. Quizá una comisión – no sólo de hombres, si puede ser esta vez – pueda dar con la tecla para avanzar en la construcción de una MH objetiva o tendente a la objetividad. Nadie hubiera dicho que Manuel Fraga Iribarne y Jordi Solé Tura llegarían a un acuerdo sobre la redacción del derecho al trabajo. Puede ser que sea el momento de plantear la construcción de una “constitución” histórica. Algo que permita, como venimos diciendo, reconciliarnos con nuestro pasado a la par que aprender de nuestros errores, y sobre lo que levantar las bases de una sociedad más cívica.  

 

Lo que está claro es que el peor enemigo de la inteligencia es la ideología, que no sólo sesga nuestras interpretaciones del presente sino también del pasado. De la elaboración de una MH objetiva, consensuada y respetada se beneficia el conjunto de la comunidad, por lo que vale la pena superar las subjetividades políticas existentes e intentar dotarnos de esta.

 

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