Sistemas electorales (II): Sistemas proporcionales

17/04/2018

Continuamos la serie sobre sistemas electorales centrándonos esta vez en los sistemas proporcionales, el modelo con mayor implementación en la Europa continental.

 

Los sistemas proporcionales

 

La lógica de estos sistemas es simple: el reparto de los escaños en juego en una elección debe corresponder con la distribución del voto emitido por la ciudadanía. Así pues, si imaginamos una elección con 100 votantes escogiendo a 10 representantes, podemos suponer que el resultado sea de 50 votos para el partido A, 30 para el partido B y 20 para el partido C. En tal caso, el partido A obtendrá 5 escaños, el partido B obtendrá 30 y el partido C obtendrá 2.

 

Sin embargo, aunque esta lógica es simple su aplicación no lo es tanto. Imaginemos que en lugar de la distribución de votos recién mencionada tenemos una distinta. El Partido A ha obtenido 46 votos, el partido B ha obtenido 36 y el partido C ha obtenido 18. En este nuevo caso el reparto de escaños resultaría de 4,6 para el partido A, de 3,6 para el partido B y de 1,8 para el partido C. Asumiendo que no podemos desmembrar a los representantes electos, ¿cómo realizamos ahora este reparto?

 

Estas mismas dudas surgieron en los incipientes sistemas representativos de la segunda mitad del siglo XIX y primera mitad del XX, los cuales estaban adoptando el sufragio universal. La respuesta fue la elaboración de distintas fórmulas matemáticas para realizar el reparto de escaños. Las más conocidas son la ley D’Hondt, el método Sainte-Laguë (y su versión modificada), el cociente Hare, etc. Sin entrar en los pormenores matemáticos, la principal diferencia entre las fórmulas es que algunos métodos hacen un reparto que puede favorecer ligeramente los partidos más votados, otros los menos votados o intentar buscar el punto más equilibrado.

 

Los problemas “técnicos”

 

Hemos visto como llevar a la práctica un sistema proporcional puede tener consecuencias políticas importantes ya de entrada en sus elementos más “técnicos”. Si el lector de este artículo reside en España quizás habrá oído que el mal endémico de nuestro sistema electoral reside en la dichosa ley D’Hondt. En efecto, en España existe un sistema electoral proporcional que aplica la fórmula matemática D’Hondt. Esto es cierto, y también lo es que el sistema español, a pesar de ser proporcional por mandato constitucional, presenta desequilibrios significativos entre los votos emitidos y el reparto de escaños. Algunos partidos están sistemáticamente sobrerrepresentados mientras que otros están sistemáticamente infrarrepresentados. No obstante, aunque la fórmula matemática de D’Hondt no es la más proporcional de las que existen, la principal razón del desequilibrio no es del matemático belga que dio nombre a esta fórmula, si no del tamaño de las circunscripciones[1].

 

La práctica totalidad de países con sistemas electorales proporcionales dividen su territorio en circunscripciones para asignar los escaños. Volviendo al ejemplo español, si en una circunscripción se reparten más de 10 escaños, como en Valencia y Alicante, el reparto será bastante proporcional. Si se reparten más de 30 escaños, como en Madrid y Barcelona, el reparto será muy proporcional. Pero si se reparten menos de 5 escaños el reparto será poco proporcional. En España hay más de 20 circunscripciones que reparten menos de 5 escaños. Es en estos casos donde la proporcionalidad cae en picado y se generan los efectos antes señalados, puesto que si se reparten pocos escaños los partidos que queden en tercer o cuarto lugar no obtienen escaños a no ser que alcancen porcentajes muy altos de voto[2].

 

Por lo tanto, vemos que en los sistemas proporcionales hay dos elementos clave en cuanto a su puesta en práctica: la fórmula matemática del reparto y el tamaño de las circunscripciones. Estas no son meras cuestiones “técnicas”, pues tienen un importante impacto en el reparto de escaños y por lo tanto en la formación de mayorías parlamentarias.

 

Efectos políticos

 

Uno de los principales riesgos que se achacan a los sistemas proporcionales es el de propiciar situaciones de inestabilidad en cuanto a la gobernabilidad. Si con un puñado de votos basta para entrar en el parlamento, el número de partidos que lo pueda hacer tenderá a ser mucho mayor que en un sistema electoral mayoritario, y los estudios confirman que así es. En este escenario puede resultar más difícil formar mayorías parlamentarias estables que garanticen gobiernos duraderos en legislaturas largas.

 

Esta preocupación se esgrime para justificar el establecimiento de barreras electorales. En estos casos la ley exige que para entrar en el reparto de escaños se alcance un mínimo porcentaje del voto, habitualmente entre un 1% y un 5%, sea o bien en el conjunto de circunscripciones o bien exigiéndolo en cada circunscripción separadamente para obtener escaños en ella. Naturalmente esto tampoco es neutro y dificulta la entrada de los partidos nuevos o más pequeños, propiciando además que a menudo algunos partidos se presenten en coalición para superar dicha barrera.

 

Un elemento que a menudo se relaciona con estos sistemas es que facilitan una mayor concentración de poder en los partidos políticos. Los partidos deben elaborar listas con suficientes candidatos para cubrir todos los escaños en juego en cada circunscripción. Como es lógico, los candidatos en los puestos de salida (los primeros de la lista) tienen mayor probabilidad de ser elegidos. De manera que, si un diputado o un miembro de un partido muestra discrepancias con la línea oficial del mismo, a la dirección le basta con no incluirle en la futura lista o dejarle en los últimos puestos. Por lo tanto, en los sistemas proporcionales encontramos diputados mucho más disciplinados que en los mayoritarios, así como partidos con más poder en su estructura orgánica.

 

Otro aspecto muy relevante en los sistemas proporcionales es la cercanía entre la ciudadanía y los representantes. De nuevo, si el lector reside en España, basta que intente mencionar quienes son los diputados o senadores de su provincia en las Cortes, los diputados de su circunscripción en su cámara autonómica o los concejales de su ayuntamiento. Incluso si el lector está muy interesado en la política, es poco probable que pueda mencionar muchos nombres. Es razonable que sea así, pues la lógica de las elecciones es de partidos y no de candidatos, o como mucho del candidato que encabeza la lista. Como vimos en el anterior articulo este conocimiento sí que está más presente en los sistemas mayoritarios.

 

Para acabar, cabe decir que en relación a estos efectos que acabamos de explicar algunos sistemas han explorado diferentes propuestas respecto a las listas, con el fin de restar poder a las estructuras de los partidos o acercar los candidatos a la ciudadanía. Así pues, existen las listas cerradas y bloqueadas (las del Congreso de los Diputados en España), donde el elector solo puede votar una lista de un único partido sin modificar su composición u orden. En cambio, en las listas cerradas y desbloqueadas el elector también vota únicamente una lista de un único partido, pero puedo alterar su orden, descartar candidatos o dar más peso a algunos. Por último, en las listas abiertas, el votante puede escoger los candidatos que prefiera de cualquier partido.

 

 

[1] Este problema de poca proporcionalidad a menudo se solapa con un problema distinto, el del prorateo. Como ya vimos en el artículo anterior, podemos encontrar circunscripciones donde se escoge un número de escaños más elevado del que correspondería por la cantidad de población, de modo que en estas los escaños son más “baratos” que en las circunscripciones más pobladas.

 

[2] El caso extremo en España para los partidos en tercer o cuarto lugar son las circunscripciones que reparten 3, 2 o 1.

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