Memoria histórica: Sic semper tyrannis

18/03/2018

Jametlene Reskp @reskp


Para muchas personas en España leer las palabras “Memoria Histórica” conlleva una reacción que podríamos incluso calificar como clínica, siendo los primeros signos de esta una aceleración del ritmo cardíaco combinado con un incipiente barboteo para, acto seguido, acudir a parapetarse detrás de una de las dos únicas posiciones ideológicas que parecen existir sobre el tema. Véase: “A favor” o “en contra”.

 

Esta situación se manifiesta de una forma todavía más virulenta si la persona en cuestión se encuentra en un plató de televisión, en una tribuna de oradores o en una sobremesa familiar de domingo discutiendo con su pariente. Diagnóstico: la “Memoria Histórica” se trata frecuentemente con la misma rigurosidad con la que un grupo de aficionados de distintos equipos rivales comentan la actuación arbitral del partido que ha enfrentado a sus clubes.

 

La cuestión no es baladí. Pero antes de adentrarnos en las implicaciones que podrían derivarse para una sociedad del mantener un debate sosegado, con pretensiones de objetividad, sobre la Memoria Histórica (en adelante MH), debemos plantearnos qué en sí mismo este concepto.

 

Como era de esperar no existe un definición única y consensuada del significado de MH, ya que al haber pasado esta idea al gran público y haberse visto manoseada en tertulias, platós y “debates” parlamentarios, se encuentra más que deformada y plena de connotaciones. Ni siquiera la llamada Ley 52/2007 española apodada como “Ley para la Memoria Histórica” – aunque su verdadera denominación sea Ley “por la que se reconocen y amplían derechos y se establecen medidas en favor de quienes padecieron persecución o violencia durante la Guerra Civil y la dictadura” – ofrece una definición expresa del término. No obstante, se le atribuye esta concepción historiográfica relativamente reciente al historiador francés Pierre Nora.

 

Decimos relativamente porque, aunque la idea de MH no hubiera sido formulada como tal anteriormente, esta estaba presente en cierto modo en diversas sociedades pretéritas a la nuestra. Un claro y conocido ejemplo, no el primero cronológicamente del que tenemos registro, es la llamada Damnatio Memorae ejercida en la sociedad romana. Esta consistía en una declaración política emitida por el Senado romano que tenía como finalidad, en muchos casos, borrar, literalmente, a la persona a la que se le había aplicado esta técnica de la Historia. Estatuas derruidas, efigies borradas en monedas, desaparición en cualquier tipo de registro etcétera. El repertorio era amplio para ejecutar el olvido forzado. El motivo que conducía a esta terrible sentencia era que el condenado hubiera sido un enemigo de Roma, un enemigo del Estado. Normalmente un tirano. Sin embargo, este mecanismo estaba supeditado a veleidades políticas del Senado o, en la época imperial, del emperador llamado a regir el Imperio. Pese a esto, la sociedad romana estaba construyendo una MH, su MH. Si bien se trataba de un procedimiento exclusivo y excluyente, se estaba decidiendo qué y cómo debía recordarse algo en la historia de la sociedad romana.

 

Es fácil establecer un paralelismo entre la progresiva retirada de monumentos y vestigios franquistas y la Damnatio Memorae. Desde luego, los medios en muchos casos, aun pasados diecinueve siglos, son los mismos. El fin, posiblemente el mismo también; declarar la ignominia sobre un régimen o figura pasada con la vista puesta en que no vuelva a repetirse y – no en el caso romano, y es esta una diferencia significativa – de reparar los daños reparables a las víctimas de este régimen mediante ayudas, subvenciones, acceso a archivos o tumbas etc. Esto nos lleva a la pregunta de si no estará acaso la MH en España sujeta a las ya mencionadas veleidades políticas presentes en la parecida técnica romana. Y, como segunda pregunta, se nos podría despertar el hecho de que, si bien Domiciano era, presumiblemente, un tirano a ojos de los romanos, y sigue siendo a los nuestros, ya que entre otras cosas fue condenado a una Damnatio Memorae ¿por qué nosotros no hacemos lo mismo y condenamos a Domiciano? ¿Por qué Nerón, Atila, Tito, Cromwell…  no merecen ser objeto de Damnatio Memorae o de, al menos, “revisión crítica” de Memoria Histórica, y sí los Franco, Hitler, Mao, Stalin, Mussolini, Pol-Pot…?


 

Por qué Nerón, Atila, Tito, Cromwell…  no merecen ser objeto de Damnatio Memorae

o de, al menos, “revisión crítica” de Memoria Histórica,  y sí los Franco, Hitler, Mao, Stalin, Mussolini, Pol-Pot…?

Si el lector me permite, en este texto empezaremos la casa por el tejado intentando dar respuesta a la segunda pregunta en primer lugar, y dejar la otra para otro artículo. Así pues, una diferencia claramente advertible podría ser la del tiempo. De esta forma lo he querido evidenciar también en los ejemplos anteriormente dados. Parece ser que, si estos crímenes de lesa humanidad fueron cometidos de 1917 para atrás, ya no son objeto de “Memoria Histórica”, simplemente son “Historia". Es muy probable que dos personas adultas españolas de ideologías diferentes puedan mantener un debate calmado y riguroso sobre Genghis Khan, Iván el Terrible o Al-Mansur. Sin embargo, cuando pasamos de la citada fecha, es probable que las cosas comienzan a complicarse no sólo históricamente sino emocionalmente para determinados debatientes. Se podría argüir, como primera idea, que este hecho viene provocado por las “implicaciones” que, hoy en día, siguen teniendo los conflictos ocasionados entre 1917 y 2018.

 

Esta línea es muy fácil de entender. Todavía existen, en el momento de escribir estas líneas, víctimas de los regímenes totalitarios y autoritarios del siglo XX. Personas que directa o indirectamente han padecido el horror de estos sistemas políticos. Por motivos biológicos obvios, no ocurre lo mismo de 1917 hacia atrás. Lo mismo sucede con el patrimonio, otra expresión de la vida y crímenes de estos gobiernos: campos de concentración, monumentos al régimen, fosas comunes, patrimonio artístico robado o desplazado, son parte de sus legados materiales. Aunque sea de Perogrullo, hemos de señalar que, según nos remontamos en el tiempo también se vuelve difícil encontrar patrimonio de estos regímenes condenables. Y, sobre todo, lo más importante en este punto es la carencia de significado emotivo que tienen para el ciudadano de a pie e incluso para el más profesional historiador, gran parte del patrimonio de estos gobiernos condenables pasados frente a los condenables del siglo XX.

 

Si han tenido la ocasión de visitar Roma y han aprovechado para pasear por los antiguos foros imperiales, habrán tenido la suerte de poder observar el llamado “Arco de Tito”. Este monumento fue erigido en honor al triunfo del que todavía no era emperador, Tito, en la provincia romana de Judea. Tito, al igual que había hecho su padre Vespasiano con anterioridad, tuvo que afrontar diversas rebeliones de la población judía en Judea, especialmente en Jerusalén. Ante la insistencia de los judíos por liberarse de la autoridad romana, hacia el año 70 d.C. Tito entra en la ciudad, arrasándola y derruyendo el sagrado templo de Jerusalén. Son visibles en el Arco los grabados que muestran a los soldados saqueando la ciudad y acabando con las vidas de miles de personas, muchas de ellas judías.  Señalo esto último porque si, haciendo un ejercicio de imaginación, supusiéramos acto seguido de ver este monumento observáramos otro anexo erigido en honor a la persecución de los judíos durante el fascismo es probable – y deseable – que, como mínimo, nos echáramos las manos a la cabeza y exigiéramos algún tipo de cambio en el monumento, desde una “museización” hasta su retirada parcial o total.

 

Dos refutaciones que se podrían argüir a este ejemplo son, en primer lugar, que la sociedad romana o, si se prefiere, “Antigua”, no es asimilable a la nuestra en cuanto a costumbres o juicios morales y, en segundo lugar, que estamos banalizando algo tan grave como fue la acción deliberada y sistemática por parte de Estado Nazi de exterminar, literalmente, a minorías como los judíos o los gitanos con una “acción” de guerra aislada. 

 

Respecto a la primera, es palmario que en las sociedades occidentales somos en gran medida herederos de la Antigua Roma. No sólo desde un punto de vista jurídico – en el que el Derecho Romano impregna casi cada rama de nuestro sistema legal – sino también cultural o, si se quiere incluso moral. Como decíamos anteriormente, los romanos – ejemplo en el que nos centramos, pero ni mucho menos único – ya distinguían entre los buenos y malos regímenes o, en otras palabras, los que eran deseables que se repitieran y los que no. Por tanto, tenían, como hemos dicho, un concepto muy similar al nuestro sobre la MH. Por lo que esto de que hablamos de sociedades “diferentes” resulta cuanto menos cuestionable. Aunque el romano medio no estuviera afiliado a Médicos Sin Fronteras ni votara al PSOE cada cuatro años, seguía siendo un sujeto moral conocedor de que un buen gobierno no acostumbra a perpetrar matanzas de forma gratuita.

 

Respecto a la segunda, los registros históricos de los que disponemos nos muestran que la acción de Tito iba dirigida a sofocar las rebeliones judías definitivamente, aunque no lo consiguiera. Muestra de ello es la destrucción del templo sagrado israelita y del exterminio de la población de Jerusalén. Por supuesto, no es comparable al Holocausto en tanto que no se pusieron los mecanismos del Estado – pues ni siquiera había tal como hoy lo entendemos – al servicio de un exterminio racionalizado de un colectivo. No obstante, la desgraciada intención de aniquilar a un conjunto de la población seguía estando presente, y en ambos eventos con públicas “justificaciones” políticas de los hechos.

 

Así pues, hay, como mínimo, una duda razonable sobre por qué se produce este hecho. O, mirándolo desde la otra perspectiva, la falta de un argumento “vencedor” que nos establezca una clara diferenciación entre dos ejemplos a priori tan extremos. Un relativista epistemológico argüirá, posiblemente, que Tito ganó y Himmler perdió. Por suerte, nosotros intentaremos sostener algo sólido y que nos permita avanzar, aunque sea un paso, en la dirección de no repetir hechos terribles.

 

De esta forma, ¿cómo se puede justificar que un campo de concentración en Cuenca durante el franquismo merece ser objeto de esta revisión y obviar los campos de concentración españoles en Cuba apenas cuarenta años antes? Surge aquí otro argumento que puede dar respuesta a este late motive.

 

El primero, similar a la de la diferencia entre sociedad, es que la España de 1898 y la España de 1936 son sujetos políticos diferentes. No que las sociedades fueran diferentes a nivel cultural y moral, sino que el sujeto político que llevó a cabo estas acciones deleznables era muy diferente. Es decir, que quizás hoy, los ciudadanos en la España de 2018 somos un cuerpo político similar al del período 1936-1978 y que, por tanto, es útil y deseable esta revisión mientras que, en el período del ocaso colonial español, había demasiada diferencia entre quien tomaba estas acciones reprobables y el propio pueblo como para que nos sintamos, de algún modo, partícipes de este pasado. Tan sencillo este argumento como el de cómo vamos a arrepentirnos o a lamentar la expulsión de los sefardíes por parte de los Reyes Católicos, cuando esta fue una decisión absoluta en la que la ciudadanía española no tuvo nada que ver, no como en la Guerra Civil del 36 o la posterior represión. Pero este argumento presupone una MH mucho más restrictiva que la que hemos planteado en este artículo. Presupone que para que algo pueda pasar a formar parte de la MH de un pueblo, el pueblo debe haber tenido plena capacidad de decisión sobre este hecho. Personalmente, no me convence. No creo que el objetivo de la Memoria Histórica deba ser la fustigación, limitándola a hechos de los que la sociedad puede entenderse es “culpable”. Al revés, debe ser una herramienta que, más allá de la conveniencia moral indudable que pueda tener, ha de servirnos para analizar el pasado más allá de nuestra generación y poder transmitir el resultado de este análisis a las siguientes generaciones. En este aspecto, este argumento de diferencias entre sujetos políticos es lógico, pero parte de una concepción de Memoria Histórica excesivamente reducida en el tiempo.

               

No creo que el objetivo de la Memoria Histórica deba ser la fustigación, limitándola a hechos

de los que la sociedad puede entenderse es “culpable”.

 

En síntesis, a la pregunta: ¿por qué Nerón, Atila, Tito, Cromwell…  no merecen ser objeto de Damnatio Memorae o de, al menos, “revisión crítica” de Memoria Histórica, y sí los Franco, Hitler, Mao, Stalin, Mussolini, Pol-Pot…? Hemos de responder que lo merecen tanto los primeros como los últimos. Si queremos construir una sociedad en la que no se repitan estos hechos – como creo podemos acordar – Atila merece pasar a la Historia como el genocida que fue y no desde una total enseñanza acrítica. Atila es exactamente lo mismo que Pol-Pot: un criminal. No resaltarlo es admitir que la Historia absuelve hasta a los peores criminales. Que quizás, dentro de quinientos años, nadie identifique a Hitler y sus homólogos con el mal debido al paso del tiempo.  Pues, sorprendentemente, hay más santos declarados en la Historia que tiranos.

              

Este primer artículo sobre la MH no ha conseguido – tampoco así lo pretendía – esclarecer la solución acerca de cuál ha de ser la legislación apropiada que aborde la cuestión. Tampoco hemos tratado las presuntas veleidades políticas a las que, igual que en la época romana, está sometida la MH. No obstante, hemos intentado arrojar un poco de luz sobre un asunto sobre el que se habla mucho y se piensa poco generalmente. En el que hay en juego sentimientos, emociones y memorias, y del que normalmente cuesta hablar. En palabras de H. Arendt:

 

“Como suele ocurrir cuando las discusiones tienen lugar con grandes muestras de emoción, los intereses prácticos de ciertos grupos, cuya emoción es el resultado de intereses materiales, y que, en consecuencia, procuran deformar los hechos, quedan rápida e inextricablemente unidos a las inmaculadas aspiraciones de los intelectuales quienes, por el contrario, no tienen ningún interés en la determinación de los hechos, que utilizan solamente como trampolín para exponer sus ideas. “

 

Así pues, aunque la MH esté afecta por intereses prácticos, materiales y de grupo, quizás sea posible trazar un punto medio de acuerdo que nos permita desbrozar nuestro inmediato pasado, tranquilizar nuestro presente y encarar mejor nuestro futuro.

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