Referéndums: una introducción

12/03/2018

Arnaud Jaegers @ajaegers


Durante los últimos años se han celebrado referéndums de diferente índole en distintos países, algunos de ellos de especial trascendencia. Estos referéndums fueron acompañados de una oleada de críticas a la figura del referéndum per se como método para dirimir cuestiones políticas. ¿Qué hay de cierto en estas críticas? ¿Son razonables y justas? En definitiva, ¿cuáles son las principales razones a favor y en contra de la celebración de referéndums? En este artículo pretendemos realizar una modesta aproximación a todo ello, sin entrar a valorar si los referendums nos parecen mecanismos más “democráticos” que los demás o en qué ocasiones nos parecen pertinentes.

 

Introducción

 

Cuando hablamos de referéndums nos referimos a un mecanismo concreto de democracia directa, es decir, aquel tipo de democracia en que la toma de decisiones políticas requieren del concurso y aprobación explícita de la ciudadanía. Hay otras formas de democracia directa como consultas, procesos participativos y demás, pero hoy los dejaremos de lado.

 

La mayoría de democracias liberales contemporáneas dan mucho más peso al elemento representativo. Así, la toma de decisiones políticas recae habitualmente en manos de representantes elegidos en elecciones periódicas. Los referéndums suelen ocurrir en raras ocasiones, muy a menudo previstas legalmente y para asuntos de gran calado: aprobación y modificación de constituciones, ingreso en organizaciones internacionales, descentralización del estado, etc. Como excepciones a este modelo encontramos los conocidos casos de Suiza y Estados Unidos, donde es muy habitual que periódicamente se celebren referéndums sobre una gran variedad de asuntos.

 

A finales del siglo XX la democracia representativa parecía estar sufriendo un cierto desgaste en multitud de países. La participación en las elecciones empezó a sufrir caídas importantes, así como la militancia en los partidos políticos, la confianza en las instituciones o la satisfacción con el funcionamiento del sistema democrático. Aparecieron conceptos como “apatía” o “desafección” hacia la política o la democracia, e incluso el apoyo a los partidos mayoritarios tradicionales empezó a mermar de forma muy significativa. Es en este contexto donde aparecen las demandas de implementar formas de democracia directa como remedio a tales males.

 

Aspectos positivos de los referéndums

 

En primer lugar, dada la creciente distancia entre los votantes y sus representantes, así como hacia las políticas que estos adoptan, los referéndums permitirían volver a acercar la ciudadanía a la política, venciendo así esa preocupante apatía, desafección y insatisfacción. Poner en las manos de los votantes decisiones que les afectan directamente serviría para potenciar su interés en la res pública, enriquecería el debate político y vigorizaría la vida democrática.

 

Pero no solo eso. En los (escasos) países donde el referéndum es una herramienta habitual, a menudo un grupo de ciudadanos puede presentar una propuesta avalada por un número determinado de firmas para que esta sea votada en referéndum. Esto permite que no sea solo la clase política quien decida cuándo, cómo y sobre qué se celebran referéndums, ya que la ciudadanía puede incorporar temas al debate público que quizás de otra manera no hubieran surgido en la arena institucional.

 

En segundo lugar, en las elecciones convencionales a lo mejor que podemos aspirar es a que los representantes que votamos vayan a actuar de una forma parecida a nuestras preferencias. A menudo esto no ocurre. El sistema político es complejo, los partidos políticos tienen intereses propios, y al fin y al cabo nosotros ni siquiera decidimos quién va en las listas ni tenemos la certeza de lo que harán nuestros representantes en los próximos 4 años. En cambio, en un referéndum la ciudadanía puede expresar de una forma clara su preferencia en un asunto en concreto, sin intermediarios ni otros componentes exógenos que la puedan distorsionar.

 

Por último, los referéndums pueden servir para legitimar (o deslegitimar) una importante decisión política, de una forma más explícita de lo que se deriva de nuestro voto en las elecciones convencionales. Si pueden existir dudas del apoyo o rechazo a una importante propuesta política, qué mejor forma cabe que la ciudadanía la valide o no con su voto y salir de dudas.

 

Aspectos negativos de los referéndums

 

En primer lugar, la forma en que se plantee el referéndum, desde la forma de la pregunta, a la organización, pasando por cosas tan aparentemente inocuas como su fecha, no son neutras en absoluto. En este sentido, quién lo organiza dispone de mecanismos más o menos determinantes para influir en su resultado y a menudo también para implementar su resultado, escenario en que los votantes ya no tienen control sobre la decisión que acaban de tomar.

 

En relación al punto anterior, en muchas ocasiones la motivación de la convocatoria de un referéndum tiene más a ver con su uso como arma política que con la idoneidad que pueda tener como mencanismo de toma de decisiones.

 

En segundo lugar, sabemos que ni el interés por la política ni la participación se distribuyen de forma homogénea entre la ciudadanía. Algunos sectores tienden a estar más movilizados e informados que otros, lo que puede llevar a resultados no representativos de la voluntad mayoritaria de la sociedad. Una minoría ruidosa e hipermovilizada puede conseguir alcanzar sus objetivos aún cuando estos no tuvieran gran apoyo social. Esto cobra especial gravedad cuando una parte importante de la ciudadanía no reconoce la legitimidad del propio referéndum y en consecuencia no participa en él.

 

En tercer lugar, una pregunta en un referéndum no deja de ser una simplificación de una cuestión compleja. En este sentido, pocos matices caben en una respuesta binaria. Los referéndums pueden socavar una lógica más consensualista que impera en mayor medida en la democracia representativa, dejando de lado soluciones intermedias para llevar a una mayor polarización entre las opciones más opuestas. El resultado de nuevo puede ser la toma de decisiones que en realidad solo es apoyada por una minoría.

 

Conclusiones

 

Como cualquier mecanismo de toma de decisiones colectivas, un referéndum tiene aspectos deseables y no deseables. Sin embargo, creemos que muchas de las críticas que se hacen a este mecanismo son, en mayor o menor medida, también aplicables a la democracia representativa. En las elecciones convencionales también podemos encontrar los aspectos recientemente mencionados (falta de neutralidad, resultados no representativos y simplificación de la complejidad).

 

Hay otra serie de críticas que se han expresado recientemente que no son de índole normativa, si no que responden a cuestiones consecuencialistas. Estas críticas recientes a los referéndums también se enmarcan en el contexto de algunos casos en que el resultado fue el “incorrecto” (leáse Brexit, acuerdo de paz en Colombia). Así, los referéndums no serían buenas herramientas porque son terreno abonado para los “populistas”.

 

Estas otras críticas nos parecen deshonestas y un tanto elitistas. Se puede argumentar razonablemente a favor o en contra de los referéndums, pero no en función de si nos gustan o no los resultados producidos en según qué casos o si van a servir para activar o desactivar demandas políticas que no nos gustan. Al fin y al cabo, ninguna de estas voces cuestionó las elecciones convencionales cuando poco después de estos referéndums donde la gente votó “mal” Donald Trump ganó las elecciones en Estados Unidos. (Obteniendo por cierto menos votos que su rival, pero alcanzando la presidencia gracias al peculiar sistema electoral estadounidense, igual que ocurrió en el año 2000 a George W. Bush. Situación inverosímil que jamás se daría en un referéndum.)

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