Porqué el derecho a portar armas es anti-americano

 

 


Seguramente el mejor argumento en contra el derecho a portar armas que recoge la constitución estadounidense sea el de la inseguridad que ello causa. Cientos de heridos y casi cien muertes diarias por armas de fuego deberían ser suficiente para acabar con la segunda enmienda[1].

 

No obstante, es evidente que para muchos no es así. Antes estos datos caben dos respuestas principales. Por un lado negar que la violencia fuese a disminuir de no haber armas y argumentar que esta se canalizaría por otros medios. Alegar que, en sí mismo, la presencia de armas en una sociedad no es un factor de riesgo ya que en países como Suiza se vive de forma muy pacífica aun cuando se recoja un derecho similar. La segunda línea de defensa sería “to bitte the bullet” y sostener que el peligro que comporta el derecho a portar armas compensa, es decir, argumentar que existe un conflicto entre libertad y seguridad, y que uno prefiere quedarse con la libertad.

 

La primera respuesta es ciertamente sorprendente. No obstante, no es una cuestión sobre la que quepa teorizar, sino que debería investigarse de forma empírica. Dejémosla de lado por muy chocante que parezca. En cambio, la segundo respuesta sí permite una reflexión filosófica, pues pocos conflictos teóricos son más clásicos que el de la libertad contra la seguridad. Así, uno podría preguntarse, ¿por qué compensa el derecho a portar armas? O ¿qué hay de  especial en portar armas que justifique su peligrosidad?

 

A su vez esta última pregunta permitiría tres respuestas. De bien seguro que muchos estadounidenses ven en el derecho a portar armas algo valioso en sí mismo, sin necesidad de que sirva para nada más. Poder portar armas sería como poder escoger tu religión o invertir tu dinero donde quisieres, una parte esencial de la libertad individual valiosa en sí misma. Una segunda opción, quizás la más histórica, sería ver en el derecho a portar armas un medio para la defensa contra el poder público, contra el Estado. Y finalmente, cabría ver en el derecho a portar armas un medio de defensa –no contra el poder público- sino contra el poder privado, contra los otros ciudadanos. Es decir, ver en las armas un medio para la seguridad personal.

 

Contra la primer opción no es posible argumentar demasiado, pues no es posible argumentar sobre qué cosas tienen valor en sí mismo. Cada uno de nosotros se lo atribuye a cosas distintas y el consenso racional es casi imposible. En cambio, la segunda opción es muy interesante y merecería un artículo propio. Apuntar solamente dos cuestiones en este sentido: la forma de hacer la guerra y los ejércitos que existían a finales del s.XIX se diferencian con claridad de su iteración actual. Simplificando podríamos decir que, en aquel entonces, unos hombres valientes armados con mosquetes podían plantarle cara al Estado y a sus abusos. Es decir, que los ciudadanos pudieran tener armas suponía una amenaza no desdeñable para cualquier posible tirano. En cambio hoy, dado el poder del Estado y el avance tecnológico que desde entonces se ha producido, la fuerza o contrapoder que podrían ejercer los ciudadanos armados con modernos rifles de asalto sería mucho menor. Es decir, el contrapoder que la segunda enmienda pretende consagrar ha disminuido  desde su instauración, lo que debería tenerse muy en cuenta a la hora de valorar su idoneidad. Similarmente también destacaría que así como una población armada podría –teóricamente- oponerse con más garantías a un gobierno injusto, también tendría más capacidad para derrocar un gobierno legítimo. En efecto, armar a la población es una hoja de doble filo, que tanto puede "contrapesar" los vicios del poder público, como sus virtudes. Puede servir para que el pueblo se alce contra el tirano, pero también contra el progreso.

 

No obstante, la cuestión que más querría analizar sería la última de las ideas anteriores. A saber, la idea de que las armas suponen una ganancia a nivel de seguridad individual contra el crimen o los ataques de terceros. En concreto, quiero sostener que basar el derecho a portar armas en estos términos podría ser considerado como algo realmente “anti-americano”. Me explico.

 

Uno de los argumentos más manidos en defensa de las armas es que son un “equalizer”: ponen al mismo nivel a la pobre abuelita que al cachas de dos metros.  Si ambos portan un arma, poco importan los kilos de músculo que cargue cada uno. Como se decía en el viejo Oeste “Dios creó al hombre, y Samuel Colt los hizo iguales”. Es evidente que, en sentido estricto, una pistola no es capaz de acabar con todas las diferencias de poder; siempre habrá alguien más diestro en su manejo o que contará con el factor sorpresa, por ejemplo. No obstante, aunque no sea un igualador perfecto, hace bastante bien su trabajo. En efecto, para toda aquella gente que en una confrontación física -fruto de un intento de robo, de agresión, de violación…- no estaría en condiciones de defenderse, las armas pueden suponer una gran ayuda. Sí, es cierto, si ambos implicados llevan armas la confrontación se vuelve mucho más peligrosa, pero eso no quita que ahora, gracias a las armas, uno tenga la opción de salir airoso. ¿Es este un buen argumento?

 

En mi opinión un razonamiento de este tipo sería muy vulnerable a lo que se conoce como la “leveling down objection”. La “leveling down objection” es una crítica clásica en materia de justicia distributiva aplicable a gran cantidad de teorías igualitaristas; se nos advierte que por muy deseable que pueda ser la igualdad (material) entre las personas, hay veces en que conseguirla hace mucho más mal que bien. El ejemplo que lo ilustra perfectamente lo encontramos en la obra del  filósofo libertario estadounidense R. Nozick (1938-2002). Dice así: en nuestro mundo existen dos clases de personas, los videntes y los ciegos. Como a día de hoy no es posible curar la ceguera, sólo existen dos posibilidades. O bien permitir que exista una gran desigualdad -entre videntes y ciegos- o bien igualar la situación, dejando a todo el mundo igualmente ciego. ¿Qué es preferible?

 

Como es evidente, es preferible que exista una grave desigualdad a que todo el mundo esté igual de mal. Es decir, es mejor que existan desigualdades (incluso inmerecidas) a igualar “a la baja” (y de aquí el nombre: ‘leveling down objection’). Debe tenderse con fuerza a la igualdad -qué duda cabe- pero sólo (o principalmente) cuando se iguale “al alza”.

 

¿Y qué relación guarda todo esto con el tema de las armas? Pues que, aunque quizás no lo parezca, el “argumento del ecualizador” en favor de las armas es solo una versión más del despropósito que supone intentar “igualar a la baja”. Sí, es cierto, armando a toda la población se consigue darle una nueva posibilidad o poder. Pero eso no excluye que se trate de un caso de “igualdad a la baja” por cuanto lo que se distribuye de forma universal no es algo positivo -en cuyo caso estaríamos igualando al alza- sino algo absolutamente negativo: la posibilidad de herir o matar a alguien con facilidad. O dicho de otro modo, igualar al alza maximizando algo negativo es tan sensato como igualar a la baja maximizando algo negativo.

 

Si nadie puede llevar armas, entonces sólo una minoría -los más dotados físicamente- dispone del poder de atacar a los demás con impunidad. En cambio, si todo el mundo puede portar armas, entonces todo el mundo dispone del poder de atacar letalmente a los demás. Es decir, en el primer caso sólo existían unos pocos ciegos -los más dotados físicamente-, y en el segundo conseguimos que todo el mundo sea incapaz de ver. Luego armar a la población maximiza el número de ciegos, es decir, el número de personas que pueden matar o herir con facilidad. Armar a la población universaliza algo que no debería tener nadie y de que, de normal, solo tienen unos pocos. 

 

Maximizar algo totalmente indeseable es totalmente indeseable, por mucha igualdad que ello traiga consigo. Si la sociedad ideal es aquella en que nadie es capaz de herir o matar con facilidad a un tercero, entonces no tenemos que ir en dirección contraria, por mucha igualdad que ello supusiera. Visto todo lo anterior, queda claro pues que el “buen” americano dice ”no” a las armas. Haciendo broma podríamos decir que ¡solo un socialista preferiría igualar a la baja! Si Dios creo al hombre desigual, quizás no quería que Colt los hiciera iguales.

 

 

 

[1] Que, recordemos, afirma que: “A well regulated Militia, being necessary to the security of a free State, the right of the people to keep and bear Arms, shall not be infringed.”

 

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