Los derechos de los animales demostrados con sencillez

 @Nasa

 

El animalismo es la doctrina filosófica según la cual los seres sintientes –aquellos que posen cierto grado de conciencia típicamente caracterizada por la capacidad para sentir placer y dolor- son dignos de consideración moral (en mayor o menor grado)[1]. La forma más rigurosa de argumentar en pro de esta posición es lo que se conoce como “argumento de los casos marginales” (tal y como se hizo aquí) consistente en evidenciar que cualquier criterio razonable que propusiéramos para excluir a los seres sintientes del reino de la moral, excluiría también a otros seres que sí querríamos incluir.

 

Sin embargo, es posible sugerir con fuerza la postura animalista sin entrar en esa clase de interesantes pero complejas disquisiciones. Esto es, puede razonarse en pro de la subjetividad moral de los seres sintientes de forma más sencilla y directa. Así, consideremos lo siguiente: ¿qué pensaríamos al ver un hombre apaleando a su perro? Parece evidente que todos –animalistas o no- juzgaríamos esa conducta de forma fuertemente negativa. Caben dos explicaciones a ese hecho. O bien entendemos que apalear al perro es inmoral porque eso daña gratuitamente a un ser sintiente –reconociendo entonces la posición animalista- o bien entendemos que eso es inmoral de acuerdo a razones de otro orden. Pues bien, ¿cuáles podrían ser esas razones?   

 

La respuesta más popular en este sentido es la que ofreciera Kant. Para el prusiano actos como el anteriormente descrito serían inmorales sí, pero de manera indirecta y solo en la medida en que nos predispondrían negativamente en nuestras relaciones con los demás humanos. Es decir, que el trato cruel que le daríamos al perro sería criticable porque nos inclinaría o acostumbraría a actuar cruelmente con los humanos. Para muchos un planteamiento de este tipo sería atractivo pero lo cierto es que se toparía rápidamente con importantes dificultades. En efecto, una visión de estas características permitiría la crueldad gratuita hacia los animales siempre que ello no fuera a empeorar nuestras relaciones con los humanos. Y sin embargo, nada parece indicar que una persona incapaz de hacerle ningún mal a un humano actuara correctamente al divertirse golpeando a su perro. Por ejemplo, diríamos que Robinson Crusoe se equivocaría al maltratar a los animales de su isla por mera diversión por mucho que jamás fuera a encontrarse con otro humano.

 

Por otro lado, cabría ofrecer explicaciones de tipo ambientalistas según las cuales deberíamos respetar a los animales, no como fines en sí mismo, sino como medio para la protección de los ecosistemas en que se enmarcarían. No obstante, y aun cuando esos puedan ser bienes a proteger que motiven un cambio en nuestro trato con los animales, es evidente que un enfoque de este tipo no explicaría la maldad anterior, ya que esta no estaría vinculada en modo alguno con la protección del medio natural.

 

Sin embargo, el que “explicaciones alternativas” de este tipo fracasasen no debería sorprendernos dado que nuestro pensamiento moral ya está atravesado por consideraciones de tipo animalista. Al contrario, deberían sugerir que la explicación real es también la más sencilla: apalear al perro por gusto está mal porque con ello el perro sufre sin motivo. Una conclusión que, bien mirado, parece del todo sensata. Y es que si los animales no tuvieran cierta relevancia moral entonces no nos parecería heroico el bombero que rescata a un perro de una casa en llamas, ni tampoco nos parecería bondadoso el dejarle un bol de comida al delgaducho gato callejero que se pasea por nuestro barrio. Tan es así que la defensa de determinadas prácticas perjudiciales para los animales es articulada por sus defensores en términos que solo tienen sentido si se asume implicitamente que los animales no son objetos sino sujetos. Pues si fuese cierto que los animales no fueran dignos de cierta consideración moral, entonces el defensor de determinadas prácticas no buscaría motivos para justificar su conducta, sino que simplemente diría “Pues claro que el animal sufre, ¿qué importa?”. Es decir, no se alegaría cosas tales como que comer carne es necesario o que la caza emplea a muchas personas, porque cuando uno entra a ofrecer explicaciones de este tipo significa que ya ha asumido la tesis de fondo; a saber, que no cabe matar o dañar a seres sintientes sin una razón de peso.

 

Es más, si el sufrimiento animal no tuviera ninguna importancia –si el único dolor moralmente relevante fuera el humano- entonces pegarle un tiro de gracia al caballo que acaba de romperse la piernas, o sacrificar a un perro anciano y moribundo sería absurdo o percibido como una pérdida de tiempo. Y sin embargo, del niño al anciano, entendemos que esos actos beneficiosos son deseables, simple y llanamente, porque benefician al animal. De allí que las leyes contra el maltrato animal no generen mayor rechazo (excepto cuando pretenden ser ejecutadas de forma coherente para acabar realmente con todo el maltrato animal). De allí también que expresiones como “pobre bestia” tenga sentido, mientras que “pobre árbol” o “pobre piedra” sean absurdas o meramente metafóricas.

 

Estas consideraciones generan en muchos una clara animadversión. Son tres los motivos que principalmente lo explican. En primer lugar la incomprensión del animalismo, que lleva a pensar que hablar de “derechos animales” conlleva elevarlos al nivel del humano medio. Falso. Que sea inmoral apalear a un perro no significa que su muerte fuera comparable a la del humano medio. En segundo lugar, y de forma más prosaica, porque aceptar esta filosofía nos empujaría a abandonar determinadas prácticas muy placenteras. En particular, y de forma más extendida, el consumo de carne, huevos y leche (dado que reiteradamente se ha puesto de manifiesto que, por regla generalísima, cabe alimentarse adecuadamente sin recurrir a estos productos)[2]. Y en tercer lugar, quizás de forma más profunda, porque la doctrina animalista tiene como consecuencia el empequeñecimiento del hombre, tal y como antes lo implicaron la astronomía galileana o  la biología darwinista. Tres teorías muy distintas y alejadas temáticamente pero que le dicen al ser humano que su lugar en el cosmos es mucho menos especial de lo que podía pensarse; una cura de humildad ciertamente desagradable.

 

Con todo, reconocer la inmoralidad del maltrato gratuito no excluye que el mismo pudiera estar justificado en algunos casos en tanto que lamentable mal menor. Así un animalista convencido podría incluso apoyar determinada experimentación animal en los casos en que la misma fuera realmente necesaria para, por ejemplo, desarrollar según qué fármacos. Y es que lo que el animalismo realmente exige es la revisión y progresivo abandono de aquellas prácticas -digamos- frívolas que, a todas luces, no cabría considerar como un mal necesario y por ende, como moralmente justificables.

 

 

 

[1] Dicho esto, es de remarcar lo confuso del término ‘animalismo’ que sugiere que la tesis del animalismo sea que los animales son dignos de consideración moral. No es así. Para el animalismo solo son sujetos de derechos aquellos seres que, animales o no, sean sintientes. Luego animales como los insectos no serían considerados dignos de consideración moral.  

 

[2] Véase por ejemplo el “abstract” del artículo de 2009 de la Asociación Americana de Dietética donde se dice: “Es la postura de la Asociación Americana de Dietética que las dietas vegetarianas adecuadamente planificadas, incluidas las dietas totalmente vegetarianas o veganas, son saludables y nutricionalmente adecuadas y pueden proporcionar beneficios para la salud en la prevención y en el tratamiento de ciertas enfermedades. Las dietas vegetarianas bien planificadas son apropiadas para todas las etapas del ciclo vital, incluidos el embarazo, la lactancia, la infancia, la niñez y la adolescencia, así como para deportistas. Una dieta vegetariana se define como aquella que no incluye carne (ni siquiera de aves) ni pescado o marisco ni productos que los contengan”. (Craig J.W  y Mangels A.R, ADA position: Vegetarian Diets. J Am Diet Assoc. 109(7): 1266-82. Traducción a cargo de D. Román. Extraído de: https://unionvegetariana.org/dietas-vegetarianas-postura-de-la-ada/)

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