Boycott: El consumo como forma de participación política

 

A día de hoy, donde todo debe ser virtual, online y 2.0, yo quiero recordar y reivindicar una antigua forma de participación política: el boicot.

 

En mi opinión, aun cuando la dimensión política del consumo ya sea conocida, creo que se desconoce su poder verdadero y, en especial, los beneficios que tiene respecto a algo tan reverenciado como el voto. Quizás alguna vez hayamos oído que “comprar es votar”, a lo que yo respondo: no, comprar es –en muchas ocasiones- mejor que votar.

 

¿Por qué comprar es tan maravilloso? Primero porqué, efectivamente, comprando votas: votas por determinadas políticas económicas, tributarias, laborales, ambientales… Pero en segundo lugar, y más importante, porqué votas sin muchos de los problemas del voto tradicional (al menos tal y como existe en nuestras sociedades de masas). El consumo como forma de participación política tiene varias de las virtudes de la democracia, sin tener varios de sus problemas. Veámoslos.

 

La erosión del voto tradicional

 

Yo no soy un apasionado de ir votar, y en la gran mayoría de elecciones no lo he hecho. Seguramente este pasotismo sea una cuestión generacional, de una generación que ha nacido con la democracia regalada y presupuesta. Sin embargo, otro factor en la ecuación es la masificación de nuestras sociedades. A la hora de votar uno se siente como una gota en el océano. ¿De qué servirá mi voto entre tantos millones? Como decía Nozick, solo si hay un empate mirarán qué he votado yo, y vaya, no habrá un empate. Es decir, y como es bien sabido, como mayores sean las democracias menos influencia tiene cada ciudadano. La soberanía sigue siendo popular, sin duda, pues todo el mundo tiene voz. Sin embargo, se trata de una voz tan extremadamente pequeña que cuesta diferenciarla del silencio más absoluto. A día de hoy, quitarla a alguien el voto, sería una afrenta meramente simbólica.

 

Las minorías persistentes

 

En esta línea destaca también en democracia el problema de las minorías persistentes: grupos de personas que sistemáticamente pierden las votaciones y que, por tanto, son incapaces de hacer valer sus opiniones. Un problema que se ve especialmente acentuado en el caso de sociedades masificadas como las nuestras, en las que las minorías pueden llegar a suponer grupos muy grandes de personas.

 

La imprecisión en los sistemas representativos

 

A medida que las sociedades crecen y crecen se impone la necesidad de participar en democracia de forma descafeinada: por medio de representantes.

 

En primer lugar, y más obvio, porque es imposible meter a varios millones de personas en un parlamento para que discutan y voten. Y, en segundo lugar, porqué la política actual es de una complejidad tal que el ciudadano medio no tendría tiempo libre suficiente ni para conocer sus propias opiniones sobre muchos temas. Ya lo decía Aristóteles, sin esclavos que trabajen por ti a uno no le queda tiempo para dedicarse a la política.

 

Con todo ello a uno no le queda más que delegar en unos desconocidos con la esperanza que de que sean honrados, de que cumplan sus promesas y de que trabajen diligentemente. Pero incluso si tuviésemos los políticos más honestos y cumplidores delegar en representantes sería alto indeseable.

 

Pensemos en lo siguiente: a la hora de votar uno se encuentra que tiene que escoger entre diversos “packs” de medidas e ideas. Es decir, si votas por el partido A, entonces votas por el pack de medidas A’. Si votas por el partido B, votas por el pack de mediadas B’ etc. Pero ¿qué sucede si, de forma esperable, uno solo está de acuerdo con cierta parte de este pack y cierta parte de aquel pack? Pues que uno opta por resignarse y acaba decantándose por aquel partido cuyo pack se asemeje más al suyo. ¿Qué nos queda entonces? Un parlamento significativamente no-representativo, incluso cuando los políticos en cuestión pudiesen ser honrados y cumplidores.

 

Así las cosas, nuestros parlamentos acaban muy simplificados y sin recoger realmente las ideas mayoritarios, pues el voto se decide por dos o tres factores solamente: independencia sí o independencia no, aborto sí o aborto no, lleva corbata o no lleva corbata. La gente acaba escogiendo un determinado pack –un determinado partido- aun cuando pueda no estar de acuerdo con muchísimas políticas de ese partido.

 

En las sociedades masificadas los sistemas de partidos serán muy necesarios, no lo dudo, pero son también muy imprecisos a la hora de representar las posiciones políticas de los ciudadanos. Piénsese: ¿si los temas que se votan en el parlamento se votasen en referéndum qué sucedería con los resultados de las votaciones? Diferirían muchas veces, estoy seguro. Es decir, los partidos mayoritarios –aun cuando actúen con la mayor honradez posible- no representan con precisión el pensar mayoritario de sus votantes.  

Por ejemplo, pensemos en el Partido Popular. ¿Cuánta gente habrá votado al PP meramente porque cree que es un partido que defenderá con fuerza la unidad de España? ¿Creen también que toda esa gente que lo ha votado por el motivo anterior hubiese también votado favorablemente la reforma laboral o la amnistía fiscal? Seguramente ahí los números cambiarían.

 

Mucha gente se sorprende de que la corrupción no le cueste más votos al PP, pero algo así es bien previsible en nuestro sistema. Porque aun cuando muchos votantes del PP desearían castigar esas conductas corruptas “no pueden hacerlo”, porque castigar al PP implicaría votar a otro partido, implicaría renunciar “a la unidad de España”, o a esas pocas ideas fundamentales que los otros partidos no defienden.

 

En conclusión, nuestro sistema de partidos crea unos estrechísimos cuellos de botella cuyo resultado no es otro que el de parlamentos muy poco representativos. Al final los votantes no pueden “castigar” determinadas políticas si no es “traicionando” determinadas ideas que sienten como fundamentales. El voto a un partido es pues una forma muy imprecisa de participar en política.

 

La falta de control en los sistemas representativos

 

En esta misma línea y por los mismos motivos que hacen necesario optar por democracias representativas, nos vemos obligados a optar por legislaturas de varios años. Períodos que, desgraciadamente, se convierten en breves reinados en los que los partidos en el poder pueden hacer y deshacer con más libertad de la que a veces sería deseable. Se trata del fenómeno conocido como “monarquías electivas”.

 

Los partidos no solo pueden incumplir sus programas sino que deben lidiar con situaciones imprevisibles para las que no existe un mandato popular. Es decir, incluso si por ley los partidos gobernantes cumpliesen a rajatabla con sus programas, durante las legislaturas surgirían problemas para los que no tenían propuestas contempladas y para los que, en definitiva, no fueron votados. Las soluciones que se les diesen serían, desde un punto de vista democrático, “improvisadas”.

 

 La corrupción de la clase política

 

Pero es que además, y es por todos sabido, que “el corazón de los hombres se corrompe con facilidad.”  De ahí que delegar en unos representantes siempre sea arriesgado.

 

 

 

El impacto del consumidor vs el impacto del votante

 

¿Cómo esquiva el consumo estas dificultades?

 

Si reflexionamos nos daremos cuenta que, en muchos aspectos de la sociedad, nuestra influencia como consumidores es mucho mayor que como votantes. En este sentido sucede además que las minorías, aun y siendo minorías, pueden ser capaces de cambiar según qué cosas. El poder de una minoría de consumidores es gigante en comparación con el poder de una minoría de votantes.

 

Por ejemplo, pensemos en el caso típico: empresas que maltratan a sus trabajadores. ¿Qué puede hacerse contra ellas? Si un 10% de ciudadanos concienciados votase al “partido laborista” difícilmente se conseguiría algo. Pues, por regla general, un 10% de escaños no tiene mucha fuerza. (Si bien es cierto que en España estamos súper acostumbrados a ver cómo la aritmética parlamentaria da un poder increíble a partidos con incluso 1 solo escaño).

 

En cambio, si ese 10% de ciudadanos se dedica a boicotear a esa empresa conseguiría ejercer una presión que no se hubiese conseguido por las vías parlamentarias. O dicho de otro modo, la presión que ejerce una disminución en las ventas del 10% ni se asemeja a la presión que pueden hacer unos pocos escaños.

 

Pensemos sino en mi ejemplo preferido: las bebidas de soja. Si los veganos hubiesen intentado que por ley los bares tuviesen que incluir leche de soja en su oferta, no hubiesen conseguido nada. Sin embargo, aun y cuando son una minoría extremadamente minoritaria, su fuerza económica como consumidores es más que suficiente para que a bastantes bares les interese incluir la leche de soja en su oferta.

 

La precisión del consumo como forma de participación política

 

Pero además de ser una forma bastante efectiva de hacer presión es también una forma precisa y constante. Uno puede decidir exactamente qué productos y en qué momento quiere ejercer presión.

 

En cualquier momento uno puede retirarle la confianza a cierta empresa, o volvérselo a dar. Las legislaturas son, en el campo del consumo, extremadamente breves: circunscritas a cada producto que uno compra. Uno puede estar cambiando su voto cada día si lo desea. Si una empresa no “cumple su programa” y se pone –por poner un ejemplo- a contaminar más de lo aceptable, el consumidor puede castigar esos comportamientos inmediatamente, sin necesidad de esperar cuatro años.

 

El consumo: participación directa

 

Decía que el corazón de los hombres se corrompe con facilidad, y eso también es cierto con respecto a la gente corriente, a los consumidores. Sin embargo, si la falta de conciencia de los consumidores impidiese según qué cambio positivo al menos cabría el consuelo de que han sido los propios afectados los que han acabado sin cambiar nada.

 

Es decir, el consumo es una forma de participación directa por lo que es cada uno por sí mismo quien apuesta o dificulta según qué actividades. No cabe pues que alguien traicione la confianza que se le ha depositado.

 

De forma que, en contextos de alta corrupción institucional, es una buena forma de luchar por determinadas causas. Por ejemplo, si a la hora de subir unos impuestos no se puede contar con unos políticos tentados por algún jugoso puesto en un consejo de administración, siempre cabe la “acción directa”, el boicot, capaz de “baipasear” esos agujeros de corrupción.

 

Boicot vs huelga

 

Añadir finalmente que el consumo es, a la hora de luchar por determinado tipo de modelo económico, laboral y medioambiental, mucho menos lesivo o exigente para los más “débiles”: los trabajadores. Es decir, el boicot puede forzar a una empresa a subir sueldos con la misma eficacia que una huelga pero sin que ningún trabajador tenga que arriesgar su puesto de trabajo. Además, es tal la fuerza del consumidor que la existencia de “esquiroles” –personas que no secundan el boicot- no es demasiado relevante porque, como ya decíamos, una minoría es suficiente como para cambiar las cosas, con lo que se evita tener que conseguir mayorías gigantescas para hacer fuerza de verdad.

 

 

 

¿Significa entonces que un consumo responsable solucionaría todos los problemas políticos? Obviamente no.

 

La limitación de su campo de acción

 

El consumo como forma de participación política es bastante limitado en su ámbito de actuación. Muchos temas no están suficientemente relacionados con el consumo como para que los movimientos en ese ámbito pueden importar. Es sencillo dar con ejemplos: ¿cómo puede el consumidor impulsar la legalización del aborto o la eutanasia?

 

El coste

 

Antes decíamos que el consumo destaca además por poder provocar cambios sin necesidad de que los más vulnerables tengan que arriesgarse. Sin embargo, esto no es del todo cierto. Para muchas familias comprar la ropa en las tiendas en que -oh milagro- se consiguen vender prendas a menos de 5€ o 10€ no es una opción, sino una necesidad. Es decir, el consumo responsable puede ser muchas veces un consumo más caro y por tanto no accesible a todo el mundo. Justamente si se persiguen mejoras en los campos laborales, tributarios y ambientales, el resultado será el encarecimiento de los productos. El consumo, podría criticarse, es un tipo de sufragio censatario: solo las clases acomodadas pueden permitirse participar de esta forma.

 

La tiranía de las minorías

 

Sin embargo, el problema más importante debe ser el siguiente. Si hay algo peor que la tiranía de las mayorías es la tiranía de las minorías. Es decir, que un 10% de  bondadosos sindicalistas consigan mejorar las draconianas condiciones de unos pobres obreros suena muy bien. Pero si un 10% es capaz de un cambio en ese sentido también lo es en sentido contrario. Es decir, el boicot, como cualquier herramienta puede servir a los fines más bajos, con el agravante de que unos pocos pueden tener un impacto sobre-representativo.

 

Conclusión

 

En resumen, con independencia de si es algo bueno o malo, es importante tener presente que el poder del consumidor puede ser mucho mayor que el poder del votante. Conocer esta arma de doble filo no es baladí, y quizás muchos cambios positivos solo puedan venir por esta vía.

 

Mi conclusión es que así como es necesario que la clase trabajadora sea consciente de su situación para poder mejorarla, en nuestros tiempos es más necesario que nunca que los consumidores “despierten” y sean también conscientes de su situación. Consumidor debe ser una categoría política.

 

Un fantasma debe recorrer Europa: el fantasma del (nuevo) consumismo.

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