Drogas (II): El fondo moral del asunto


En este artículo abordamos el debate en torno a las drogas desde el punto de vista ideológico. No obstante, para que un debate así sea fructífero es necesario tener una serie de conceptos claros. En este artículo encontrarás una introducción a la naturaleza y peligros de las drogas, donde se despejan mitos y confusiones habituales.

Dicho esto, lo cierto es que el debate sobre cómo resolver los problemas asociados al consumo de drogas acostumbra a ir cargado de indignación moral. Por un lado, hay indignación moral de los que creen que el consumo de ciertas drogas es inmoral, y se debe combatir sin aceptar ningún tipo de uso. Muchas veces estos discursos se visten de alertas sobre los peligros de las drogas en la salud, pero es fácil ver en el fondo la defensa de la pureza o abstención.

Por otro lado, hay indignación moral por parte de los que no sólo creen que consumir drogas no está mal, sino que cada persona tiene derecho a elegir cómo quiere llevar su vida, lo que incluye la obligación del estado de respetar la decisión del ciudadano sobre las sustancias que decida utilizar o consumir.

Evidentemente estos grupos se encuentran a los polos de la indignación moral en el debate sobre cómo abordar los problemas relacionados con las drogas. En un continuum entre esos dos polos se sitúan los que abogan por un abordaje técnico, poniendo la maximización de la salud como valor prioritario. Según mi experiencia personal, en este grupo existe menos indignación moral y funciona de mediador entre los otros dos. Cabe decir también que, bajo el estandarte de maximizar la salud, por ejemplo luchando por una reducción inmediata de las muertes por sobredosis, se encuentran muchos defensores de la libertad y/o derecho de consumo. En ambos casos, al ser la salud el valor más incuestionable a nivel social, ambos polos usan este campo como debate, ya que el debate real sería insostenible a nivel mediático.

Es importante reconocer los distintos valores morales detrás de los distintos discursos, aquí simplificados, para entender de dónde provienen las distintas propuestas para resolver los problemas asociados al consumo de drogas. Cuando está claro como priorizar conflictos de valores, los problemas pasan a ser técnicos, y los científicos podemos sencillamente usar los métodos a nuestro alcance para resolverlos.

Simplificando, estos dos polos morales representan dos abordajes contrapuestos: El prohibicionismo y la defensa del derecho a elegir con qué sustancia decide uno embriagarse. En el centro se encontraría la reducción de riesgos, que prioriza los resultados en salud, hasta ahora siempre desde un marco prohibicionista, impuesto por Estados Unidos a nivel internacional. la reducción de riesgos. Como ya he comentado, en ambos casos optando por posiciones intermedias (poniendo la salud como valor principal) más fáciles de defender.

En la práctica, no encontramos políticas puras, sino que en todos los casos se ponderan conflictos de valores. Hasta los estados más prohibicionistas como Estados Unidos implementan políticas de reducción de riesgos para preservar la salud de sus ciudadanos. De hecho, existen muchos modelos de regulación y hablar de prohibicionismo es una simplificación. Por ejemplo, la conducción de automovil sin carnet está prohibida, pero existen vías legales para poder conducir. Del mismo modo, la venta y consumo de alcohol está prohibida en ciertos espacios, y su distribución habitualmente requiere de licencias restrictivas.

Priorizar la eliminación de ciertas drogas: El prohibicionismo radical

El prohibicionismo más radical entiende que no existe un consumo aceptable y lucha para eliminar las ciertas drogas de la sociedad mediante los cuerpos de seguridad y el tratamiento de los adictos para que conseguir la abstinencia. Este modelo de prohibición radical prohíbe también la prescripción médica de algunas sustancias y entiende el consumo de drogas como delito penal (sería como el homicidio y no como conducir sin carnet). En Estados Unidos el consumo de un sólo porro puede ser suficiente para ir a la cárcel.

Este abordaje entra en conflicto con las políticas de reducción de riesgos que priorizan la salud. Por ejemplo, sería bastante impensable ver a una cola de personas con heroína en los bolsillos delante unas instalaciones de inyección segura, ya que se arriesgarían a penas de cárcel.

Gracias a las distinciones del artículo anterior, se hacen evidentes las limitaciones del prohibicionismo radical para la resolución de la crisis de opioides. 1) A pesar de más de 50 años de “guerra contra las drogas”, éstas no se han podido eliminar ni de una sola ciudad del planeta. Además, a medida que se intentan eliminar drogas como la heroína, los narcotraficantes distribuyen otras drogas más potentes (y aún no fiscalizadas) en su lugar. Cuando las autoridades detectan una nueva sustancia, ya hay varias nuevas sustancias listas para sustituirla y decenas de personas han muerto debido a la adulteración de las drogas de toda la vida con estas nuevas sustancias más potentes. 2) La intervención en los adictos a los opioides deja al margen la mayoría de personas usuarias de drogas sin adicción, que son de los que tienen más probabilidades de morir de sobredosis, por falta de experiencia y falta de tolerancia a las drogas.

Esto no nos debería sorprender, ya que el prohibicionismo es el modelo imperante en Estados Unidos, por lo que es normal que allí se vean los problemas que este modelo no es capaz de solucionar.

Los defensores de acabar “la guerra contra las drogas” consideran que el prohibicionismo radical alimenta el crimen organizado y “regala” a las mafias uno de los negocios más provechosos. En este paradigma no se concibe el usuario de drogas ilegales no adicto, a pesar de ser una realidad contrastada.

Una de las victorias que sí se puede atribuir a este modelo de prohibicionismo radical es el gran rechazo social que hay en Estados Unidos del consumo de algunas sustancias, aunque no se ha podido demostrar que disminuya el consumo o la disponibilidad de drogas.

Como ejemplo de Estado que orienta su política de drogas a la maximización de la salud de sus ciudadanos se encuentra Portugal. A pesar de mantener la política prohibicionista promovida por los Estados Unidos, el consumo de drogas ilegales no está criminalizado. En Portugal, el consumo es una falta administrativa (como conducir demasiado rápido) y el tráfico un delito penal.

Priorizar la salud: La reducción de riesgos

Portugal es también un estado pionero en la implementación de programas de reducción de riesgos. La reducción de riesgos se basa en la aceptación del consumo de drogas y pone el foco en evitar las consecuencias negativas del consumo. Algunas de las intervenciones que realiza son los programas de intercambio de jeringuillas (evitar que los usuarios de drogas contraigan infecciones graves), salas de consumo supervisado por sanitarios (evitar que los usuarios mueran de sobredosis) y el análisis gratuito de sustancias (evitar que los usuarios consuman una sustancia pensando que es otra).

Estas políticas se implementaron el Portugal durante una grave crisis de problemas asociados al consumo de sustancias opioides y ahora se encuentra entre los países con menos problemas de este tipo. En Portugal, la salud de sus ciudadanos ha estado por encima de promocionar una sociedad libre de drogas o de garantizar la libertad de consumo.

Una de las principales críticas a este modelo, no obstante, es que podría estar incentivando el consumo. Aquí se puede ver muy bien la diferencia moral que existe entre los defensores de uno y otro modelo. Para los prohibicionistas, el consumo es malo per se, y el hecho de que aumente, a pesar que se reduzcan las consecuencias negativas de éste, es inaceptable. Para los defensores de la priorización de la salud, el aumento de consumo no es un problema per se. Su objetivo es reducir las consecuencias negativas asociadas al consumo, como las muertes por sobredosis y la prevalencia de adicción, aunque aumente o no el consumo.

Priorizando la libertad de consumo: Ausencia de modelos

En la actualidad, ningún país se sitúa al polo moral de la libertad o el derecho de consumo. Aún los países como Portugal en que el consumo tiene menos carga moral, se sigue desincentivando a nivel poblacional bajo el prisma de reducir la prevalencia de una actividad de riesgo (a pesar que no se desincentiva el uso del coche o el submarinismo). Eso ocurre en gran parte porque Estados Unidos es líder internacional en política de drogas y no permite disidencia con las convenciones internacionales que prohíben ciertas sustancias. Sí que es cierto que algunos estados de los mismos Estados Unidos y otros como Holanda han legalizado el cannabis, pero esto significa sólo mover la línea arbitraria que separa las sustancias aceptables de las que no. No significa defender la libertad o derecho individual de escoger qué sustancias psicoactivas consumir.

El caso de Uruguay es interesante ya que a pesar de legalizar sólo el cannabis, lo ha hecho atendiendo al orden de superioridad de las convenciones internacionales, amparándose en la que la convención de los derechos humanos prima por encima de los convenios internacionales sobre drogas.

Conclusión

El debate, según mi opinión, existe en el conflicto de valores. Sean cuales sean las políticas, habrá un momento que habrá que primar un valor (pureza, salud, libertad o derecho) por encima de los otros, y allí sabremos dónde nos encontramos en este espectro moral.

Algunas de las preguntas que debemos hacernos para poder aportar soluciones científico-técnicas, tanto a la crisis de opioides de Estados Unidos como a cualquier problema asociado al consumo de drogas son: ¿Está intrínsecamente mal consumir drogas? ¿La elección de qué drogas consumir es un derecho fundamental de las personas? ¿Qué distingue al consumo de drogas de otras actividades de riesgo para la salud como el sexo, la conducción de automóviles o el submarinismo?

Puntos clave:

  • No hay ninguna epidemia de adición o consumo de heroína.

  • Existe un aumento masivo y preocupante de las muertes por sobredosis con presencia de heroína, potentes adulterantes y otros sedantes en Estados Unidos.

  • El aumento de las muertes por sobredosis es difícil de explicar basándose exclusivamente en el aumento de prescripción de analgésicos opioides.

  • Las muertes por sobredosis parecen estar muy relacionadas con la adulteración mediante derivados de fentanilo y la mezcla de sustancias opioides con otros sedantes como alcohol y benzodiacepinas.

  • Los derivados del fentanilo son sustancias muy seguras cuando se usan en ámbito hospitalario. El riesgo de muerte existe sobre todo cuando se consumen pensando que son heroína.

  • Las intervenciones propuestas para afrontar la crisis no tienen en consideración el 80-90% de los usuarios de sustancias opioides (los que no tienen una adicción) con riesgo a sufrir una sobredosis mortal.

  • Al plantear políticas de drogas existe un conflicto entre al menos tres valores: Pureza, salud y libertad de consumo.

Para saber más:

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