Una moneda para salvar el mundo


Uno de los problemas más grandes de nuestro tiempo es el cambio climático. Los cuatro jinetes del apocalipsis serán el Dióxido de Carbono, el Metano, el Ozono y el Óxido de Nitrógeno. Para evitar esta catástrofe se han implementado o propuesto muchísimas medidas. No obstante, y en mi opinión, no se ha producido el avance conceptual necesario en relación al acto de contaminación. Su significado político es aún oscuro.

Se tiene generalmente presente que la causa principal de la contaminación -de la destrucción del planeta- es el consumo. Sin embargo, y como digo, no se ha profundizado lo suficiente sobre las implicaciones políticas de esta identidad. Nos hemos quedado con la idea de que consumir es “malo” y que, por lo tanto, debemos “decrecer”, reducir el consumo. Eso es sin duda cierto, pero también es insuficiente. El consumo no solo es un mal, también es un derecho. Ahora bien, como cualquier otro derecho, está limitado por los derechos ajenos, en este caso, por el derecho ajeno a consumir y contaminar.

La pregunta clave es: ¿cómo de amplio es mi derecho a contaminar, o cómo de amplio es mi derecho a destruir el mundo a través de mis actos de consumo? Creo que es evidente: igual al de las otras personas. En efecto, si el mundo puede permitirse una tasa X de contaminación antes de colapsar, significa que cada uno de nosotros puede contaminar X dividido entre el número de terrícolas. ¿Qué otra magnitud sería posible? ¿Por qué alguien podría tener un derecho superior a contaminar? A menos que sostengamos que la Tierra pertenece más a unos que a otros, deberemos afirmar que el derecho a destruirla o a gozar de ella debe ser igual para todos.

Sin embargo, por muy obvio que esto pueda parecer es evidente que no se respeta. A día de hoy, hay personas que -gracias a su riqueza y consiguiente mayor consumo- contaminan muchísimo, mientras que hay otras que -debido a su menor riqueza y consiguiente menor consumo- contaminan muy poco. Como digo, esto no puede ser así, no es justo. ¿Con qué derecho el rico puede llevarse una parte mayor del pastel? ¿Por qué el rico puede destruir más esta propiedad común que es la Tierra? Sí, de acuerdo, si tienes más dinero, entonces estás legitimado a gastarlo como te plazca, faltaría más. Pero debes hacerlo dentro de tu campo de acción válido, dentro de tu pedacito de contaminación posible. Que tengas más dinero no es excusa para apropiarse de lo ajeno (en este caso, una cuota de contaminación, una cuota “de mundo”).

¿Cómo puede combatirse esta grave injusticia? En mi opinión, a través de la aplicación a nivel individual de los “carbon credit”, de los derechos de emisión, que en una forma u otra ya tienen los Estados, pero de aplicación directa a los individuos. Debería crearse un sistema monetario paralelo al actual conformado por “ecomonedas”. El sistema estaría caracterizado por lo siguiente:

  • Cada persona dispondría (pongamos que a principio de cada año) de las mismas ecomonedas pues -como digo- cada persona tiene el mismo derecho a contaminar/consumir/destruir-el-mundo.

  • Cada producto tendría, además de su coste en una moneda convencional dólares, euros, yenes…), un precio en ecomonedas. Ese precio vendría determinado por el impacto ecológico del producto.

Sucedería entonces lo siguiente: el consumo que cada persona pudiese realizar no sólo estaría limitado por la cantidad de dinero convencional. También estaría limitado por su cantidad de ecomonedas. Por mucho dinero convencional que uno tuviese, no podría adquirir ningún otro bien o servicio a menos que entregase también su coste en ecomonedas.

En ese escenario, si alguien quisiera consumir más allá del límite que sus ecomonedas le permiten no tendría otra opción que comprar (con dinero convencional) ecomonedas a alguna persona dispuesta a venderlas. No puede ser de otra manera: si alguien quiere un trozo más grande de pastel, tendrá que pedírselo a su legítimo poseedor.

Las ecomonedas situarían el consumo y la contaminación en niveles razonables;

al mismo tiempo que generarían una gran redistribución de la riqueza.

¿Cuáles serían los efectos directos de esta medida? En primer lugar, y más obvio, situaría el consumo y la contaminación a niveles aceptables. En segundo lugar, y más revolucionario, redistribuiría la riqueza de una forma nunca vista: para que los más acaudalados (en moneda convencional) pudiesen disfrutar de su riqueza se verían en la necesidad de traspasar parte de su dinero a los menos afortunados. El consumo se mantendría constante, pero se distribuiría de forma mucho más equitativa ya que necesariamente se repartiría entre muchos más.

Ahora bien, a diferencia de tantas otras medidas redistributivas, sería una medida prácticamente “no-ideológica”, una medida que debería parecer justa a personas de todas la sensibilidades políticas. ¿Quién puede negar que si la Tierra soporta un consumo/contaminación anual de X, y somos Z personas, entonce tocamos a X/Z de contaminación legítima por persona al año? De nuevo, ¿por qué el rico puede destruir más esta propiedad común que es la Tierra?

Pero además de ser una medida muy positiva a nivel redistributivo tendría otros muchos efectos secundarios beneficiosos. Por citar solo algunos:

  • Desincentivaría fuertemente el consumo de carne ya que, dado el alto impacto ecológico de su producción, su coste para el consumidor se dispararía. (Sobre porqué es éticamente deseable no consumir carne ver el siguiente artículo.)

  • Incentivaría fuertemente el desarrollo de productos y de técnicas de producción limpios ya que el impacto ecológico de cada producto redundaría fuertemente en su precio, y por tanto en su competitividad. Ahora no-contaminar no sería ya una cuestión moral, ¡sino económica!

Como digo, la idea de que existan unos derechos transmisibles relacionados con la contaminación no es nueva. Sin embargo, creo que es importante que se le dé esta óptica política y no meramente ecológica. Es decir, que se vea la contaminación como una cuestión de derechos individuales y no sólo como una cuestión estatal relacionada con el cambio climático.

Se trata de un tema muy complejo, no cabe duda, pues determinar todas las X, Y, y Z de la ecuación es dificilísimo, así como tantas otras variables y excepciones que una política como ésta requeriría. (Por ejemplo, no es cierto que todo el mundo debería poder contaminar lo mismo, pues hay personas con muchas más necesidades, el coste de las cuales no sería justo imputarles). Aun así, consciente de todo ello, considero que el potencial positivo de una medida así justifica todos los esfuerzos que su estudio requeriría.

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